Un sitio para gozar de la belleza masculina en toda su plenitud


Han pasado cinco meses desde la publicación del último relato!!! Esta vez se me fue la mano pero aduzco a mi favor que han sido cinco meses de inusitada actividad. Y bueh, pónganse contentos los que reclamaban y disfrutren de este nuevo relato, que no es más que la continuación del anterior y anticipación del que vendrá, juas.


– Al final yo también resulté un poco puto, ¿no es cierto?

Esa había sido la sencilla pregunta y no podía menos que decirle la verdad: que sí. Al menos fue lo que sentí en ese momento. Al oír mi respuesta se quedó callado mirando al techo. Pensativo.

– ¿Y cómo se puede ser solo “un poco” puto? –se preguntó entonces.

– Mmmm… No sé. Por ahí resulta que sos puto a secas nomás.

– Es un problema…

– ¿Por?

Gustavo volvió a mirar al techo y largó un profundo suspiro.

– A mí me da igual… pero mi viejo me mata primero y después se muere… ¿Vos cómo hiciste con tu vieja?

– ¿Con mi vieja?… Nada… Nunca tratamos el tema. Es asunto mío, no de ella.

– Pero por algo están peleados…

– No estamos peleados. No nos damos bola nada más. Creo que siempre fue así.

– ¡No jodas! No puede ser. Alguna vez se deben haber llevado bien.

– No me acuerdo. Ella siempre fue muy jodida. Le da más bola al pastor que a mí.

– ¿Qué pastor?

– El de la iglesia. Un pelotudo que no puede decir nada si no lo lee en su biblia y encima se piensa que tiene respuesta para todo.

– Pero ella sabe que sos puto…

– ¡Yo qué sé! Sabrá…

Sorpresivamente y sin ninguna razón, se puso de costado, de cara hacia mí, se pegó a mi cuerpo, me abrazó y me dio un beso en la mejilla. Se sintió lindo, muy lindo. Por un instante tuve la sensación de que iba a seguir, pero no.

– Avisale a tu vieja… –le advertí.

Gustavo me abrazó con fuerza y hundió la cara en mi pecho.

– ¡Noooooo! Mi vieja se pondría a llorar y no la terminaría nunca.

– No, boludo, que le avises que te quedás a dormir.

Fue muy gracioso y luego de reírnos un ratito él mismo me dio un pico y se empezó a vestir para bajar a llamar por teléfono. Muy a desgano, hice lo mismo y bajamos los dos juntos. Antes de salir del cuarto, le recordé que no tenía que mencionar siquiera la pelea con Araujo. Eso era algo que yo prefería mantener lejos de la consideración de mi puritana madre.

– Entonces tendríamos que hacer algo con esa gasa.

Pequeño gran detalle. Me había olvidado de la herida. Para hacer las curaciones, la enfermera me había afeitado una pequeña zona de cuero cabelludo en la parte posterior de la cabeza, pero lo había hecho con mucha pericia y, con los cuidados necesarios, Gustavo pudo acomodar los mechones como para cubrir el lamparón.

Cuando llegamos al final de la escalera mi vieja salía de la cocina con un trapo en las manos y al ver a Gustavo se quedó tiesa.

– No sabía que tenías visitas. –dijo.

– Él es Gustavo y se va a quedar a dormir.

Mi vieja se puso más seria que de costumbre pero no dijo nada. Al menos no frente a Gustavo. A él le indiqué dónde estaba el teléfono de la sala (por aquellos tiempos todavía usábamos teléfono de línea) y, mientras hacía el llamado, fui a la cocina urgido por la mirada inquisidora de mi vieja.

– Me podrías haber avisado que estaba él. –me reprochó con voz contenida– Voy a tener que hacer más milanesas. Con las que hice no alcanza.

– Alcanza lo más bien. No estamos muertos de hambre.

– Pero la familia de este chico…

Como era frecuente en ella, no terminó la frase. Aunque a mí me quedaba bien claro lo que intentaba decir.

– La familia no tiene drama. –me aventuré a adelantar– Y tampoco van a la iglesia. ¡No jodas!

– Qué maleducado que sos. No tenés necesidad de contestarme así. Además no era eso lo que iba a decir…

– ¿Ah, no? ¿Entonces qué?

– ¡Nada! Con vos no se puede hablar.

Esa era la frase que solía poner fin a nuestros intercambios verbales. Justo en ese momento entraba Gustavo desde la sala con la confirmación de que su madre le daba permiso. Pero que llamaría en unos minutos para hablar con mi vieja… Había cierto temor en la expresión del pobre… Yo la miré a ella fijamente y, sin mediar palabras, le di a entender que no era momento para hacer planteos. Lo comprendió perfectamente. Segundos después sonó el teléfono. Mi vieja me miró con fastidio y fue a responder la llamada. Gustavo y yo nos quedamos en la cocina comiendo galletitas. Él parecía preocupado por la cara de mi progenitora y yo, para distender la situación, le sobé el bulto. Es mi estilo. Entre risitas y manoseos, escuchamos la voz de mi vieja diciendo que no había problemas y que llamara las veces que quisiera y que no era molestia… Cualquiera que no la hubiera conocido y la hubiera escuchado en ese momento habría dicho que era la más dulce de las madres. Terminada la llamada, mi vieja regresó a las milanesas y nosotros nos fuimos a la sala a mirar televisión.

La cena fue relajada. El show de los Simpson en la tele siempre es una buena opción y suele mantener a Doña Helena calladita. Aunque no tan calladita si tomamos en cuenta los resoplidos y los murmullos ininteligibles. Después llegó la hora de los rezos para mi vieja y su cotidiano retiro “a sus aposentos”, donde se acicalaba estúpidamente para entrar en la cama y para tomarse la pastillita que le permitiría dormir toda la noche sin interrupciones. Antes de retirarse, se apareció con un juego de sábanas limpias y una frazada.

– Llevá el colchón de la pieza de tu padrino… –me dijo, con cierto recelo, como si estuviera invocando a un fantasma.

– No hace falta. –respondí– Podemos acomodarnos los dos en mi cama. Es bastante grande…

– No me parece…

– Yo me acomodo en un sillón… –quiso terciar Gustavo, en vista de la mala onda que se acumulaba entre mi vieja y yo.

– ¿Cómo vas a dormir en un sillón? –dijimos ambos casi a coro.

Yo continué:

– En mi cama hay lugar de sobra. Y si estamos incómodos, vamos a buscar el colchón de la otra habitación.

– No me parece correcto que dos chicos duerman tan… –buscó las palabras adecuadas– tan apretados. Ya sabés lo que dice el pastor sobre esas cosas.

Creo que la mención del pastor me encendió las mejillas. Al menos fue la sensación inmediata que tuve antes de reprimir una puteada.

– ¡Me importa tres rábanos lo que diga ése!

– ¡No está bien!

– ¿Quién lo dice?

– ¡Las normas de la moral!

– No tengo el gusto de conocerlas…

– Si me escucharas cuando te hablo…

– No vale la pena… Conmigo no se puede hablar…

Y dicho esto, con una mano tomé las ropas de cama que ella sostenía en sus brazos y con la otra tomé a Gustavo y ambos regresamos a la sala para seguir viendo la tele. Mi vieja se quedó sola en la cocina, refunfuñando y rogando que el Señor se apiadara de mi alma y esas cosas que en su boca resultan más una plegaria hueca que un verdadero deseo.

Gustavo obviamente no sabía qué hacer y se limitó a dejarse guiar. El pobre no estaba habituado a ese tipo de escenas pero pronto se curtiría y aprendería lo que no hay que hacer para llevar a la ruina una familia. Para eso, mi vieja y yo siempre fuimos excelentes maestros.

En la sala, apagamos las luces y nos echamos sobre el sofá. Todavía no terminaba el programa de los Simpsons por FOX. Claro que poco fue lo que miramos. A mí las manos se me iban por debajo de su ropa y él trataba de resistirse sin demasiado entusiasmo. Cuando sentimos los pasos de mi vieja encaminándose hacia su cuarto, se apartó nervioso pero al quedar todo nuevamente en silencio volvió a distenderse y hasta se dio el permiso de besarme.

Fue un beso sorpresivo, de la nada. Él se había recostado sobre uno de los brazos del sillón y yo me había echado sobre su cuerpo. No tenía todavía una erección pero ya podía sentir la tensión en mi entrepierna. Su piel era muy cálida y al deslizar mi mano por debajo de su remera podía sentir claramente cómo se erizaba. Cuando llegué a sus tetillas, estaban duras como semillas. Él se quedó quieto como si nada sucediera y yo me adosé estrechamente, como buscando calor. En la pantalla, el ratoncito le abría la sesera al gato con un hacha ensangrentada y, en el sillón, Gustavo giró inexplicablemente la cabeza y, luego de mirarme a los ojos con una expresión que aun no logro descifrar, estiró los labios y rozó los míos tan delicadamente que todo mi cuerpo se quedó paralizado esperando más. Él supo interpretar mi quietud. Con la dificultad propia de la posición, se giró enteramente hacia mí, tomó mis mejillas con una de sus manos y volvió a besarme, pero esta vez con más firmeza, entreabriendo los labios y transmitiéndome todo el calor que emanaba de sus ganas. Cuando pude reaccionar, lo abracé con mucha fuerza y le devolví el beso apasionado. Las lenguas se rozaron, se acariciaron, se entrelazaron. Las manos se pasearon por nuestros cuerpos con ansiedad. Aparecieron, por supuesto, las erecciones… aunque la pasión se centraba en nuestras bocas y ninguno de los dos tenía intensión de distraerla. El final de la escena sería provocado sencillamente por la vigencia de la ley de gravedad: en un movimiento involuntario Gustavo perdió apoyo y cayó al suelo sin que yo pudiera reaccionar a tiempo para impedirlo. En medio de las risas y sin que ninguno de los dos se lo esperara, sonó el teléfono. Me dejé caer sobre Gustavo y dimos un par de vueltas por el suelo mientras el timbre pertinaz del aparato seguía sonando.

– ¿No vas a atender? –me preguntó.

Dudé unos segundos…

– Sí… podría ser tu vieja…

Y con esa idea me puse de pie y levanté el tubo. No era la madre de Gustavo. Para mi gran sorpresa, era nada más y nada menos que Franco, el francesito. Su voz era inconfundible. Imaginen todo lo que él diga con un simpático y chistoso acento francés.

– Allô, ¿Ezequiel?

– Hola, Fanco, ¿qué contás? –respondí mientras le hacía señas a Gustavo para que prestara atención.

– Un poco preocupado desde que supe lo de tu pelea esta tarde en el gimnasio…

– No fue nada. No te preocupes.

– Pero ¿estás bien? Me dijeron que te tuvieron que llevar al hospital.

– Mmmmm… Sí, pero fue apenas un cortecito. Lo de Araujo fue más grave.

Franco se quedó callado sin saber cómo continuar.

– ¿Y te duele?

– ¡No! Ya te dije que fue una cosita de nada. Ya estoy perfecto.

– Bon… Yo quería agradecerte…

Gustavo se había acercado a mí, me abrazaba por detrás apoyándome la verga dura entre las nalgas, y adosando su mejilla contra la mía escuchaba lo que Franco me decía.

– ¿Agradecerme por qué?

– Bon… Según me dijeron, la discusión fue por culpa mía… ¿Es cierto?

– Olvidate. La discusión fue por culpa del idiota de Araujo que no sabe mantener la boca cerrada.

– Igual te lo agradezco… Y me hubiera gustado ir a verte pero no me animé…

En ese momento, Gustavo se tentó y tuvo que apartarse un poco para que Franco no sintiera sus risitas contenidas. Sin embargo, su precaución fue fallida.

– ¿Estás solo? –preguntó el francesito.

– Ehhhh… No. Estoy con un amigo que vino a pasar la noche en casa.

Nuevo silencio.

– Sí… Tal vez eso debería haber hecho yo… Por más que digas, supongo que te debe doler la herida…

– ¡No te hagas drama! –traté de tranquilizarlo.

Pero Gustavo me hizo señas desesperadas para que cambiara el discurso mientras se reía contenidamente. “Decile que te duele y que necesitás mimitos” me susurraba muy divertido. No me animé a cambiar tan diametralmente de actitud pero hice lo que pude:

– No hay problema… Aunque si querés venir…

Fueron segundos de honda palpitación. Las imágenes de Gustavo y Franco recostados en mi cama me quemaron la cabeza y la calentura me quitó el aliento por completo.

– Domage… Mis padres han salido y estoy a cargo de mi hermanita… No la puedo dejar sola… Tal vez si te hubiera llamado antes… ¡Qué tonto soy!

Por dentro pensé que sí había sido muy tonto y Gustavo le echó mano a mi bulto, se dejó caer sobre el sillón y me arrastró con él, mientras asentía con la cabeza muerto de la risa.

– Bueno… No es tan terrible. Podés venir mañana o cuando quieras…

El resto de la conversación no fue relevante: apenas unas frases de cumplido y una larga despedida que, por parte de Franco, carecía de convicción y por la mía, buscaba una salida mientras luchaba calladamente con los manoseos incesantes de Gustavo.

– Entonces, nos vemos mañana en el colegio. –dijo Franco finalmente.

– No creo que vaya al colegio mañana. –respondí– Pero vení a casa cuando quieras. Te espero…

Y ese sí fue el final de la llamada.

Colgué el auricular y me desplomé sobre el sofá con la sonrisa más amplia que recuerde en mis labios.

– ¡Lo tenés en bandeja, chabón! –vociferó Gustavo sin darse cuenta de que mi vieja podía oírlo– Ups… ¡perdón!

– ¿Te parece?

– ¡Claro, chabón! –aseveró bajando la voz pero con énfasis– ¡Mañana te lo garchás!

La idea me resultó maravillosa y evidentemente el rostro se me iluminó. Tanto que Gustavo pudo incluso leer mis pensamientos.
– Se te nota que le tenés unas ganas… –se burló.

– Salvo que vos estés dispuesto.

– ¿Dispuesto a qué? ¿A entregarte el orto? ¡Ni lo sueñes!

– ¿Ves? Entonces voy a tener que debutar con él.

– ¿Debutar? ¿Me vas a decir que nunca se la pusiste a nadie?

– Exacto… Y vos bien podrías ser solidario…

– Jajajaja. ¡Jamás! ¿Todavía no te la pongo a vos y ya te voy a entregar el culo? ¿Estás loco?

– Igual tenía que intentarlo, jajaja.

– Estás de suerte igual. Mañana es el día. ¡Cómo me gustaría estar acá para verlos a los dos juntitos en la cama! jajajajaja…
– ¡Qué pajero que sos! –bromée, aunque no tanto– Pero ni se te ocurra quedarte. A ver si se espanta y piensa que lo queremos violar…

– ¿Y no queremos?

Lo miré fingiendo extrañeza…

– ¿Vos sos el mismo que hoy no se animaba ni a quitarse los lienzos?

La respuesta fue inmediata, susurrada al oído y acompañada de un fuerte abrazo.

– ¡Noooooo! Ahora estoy más caliente que nunca…

Dejando las palabras de lado, volvimos a besarnos mientras en FOX iniciaba una película. Después de un rato de escarceo, regresamos a la realidad y con solo una mirada supimos lo que teníamos que hacer.

– Subamos a tu cama… –propuso Gustavo.

Y yo estuve de acuerdo.

Subimos tomados de la mano y en el primer descanso de las escaleras volvimos a comernos las bocas como si en ello nos fuera la vida. La erección de Gustavo estaba en su punto álgido. El glande se escapaba por sobre el borde del pantalón y, en medio del franeleo y el subibaja de las telas, me había humedecido el vientre. Lo advertí al instante y me calentó aun más. Desesperados, subimos el resto de los escalones y, una vez en el cuarto, Gustavo me aprisionó contra la puerta. Sus manos eran puro frenesí. Alguna neurona activa en mi cerebro tuvo fuerzas para cuestionar su heterosexualidad una vez más, del mismo modo en que él mismo lo había hecho antes de bajar, pero las demás decidieron sabiamente declarar la huelga general y poner mi cuerpo todo en manos del deseo, que era lo que más contaba en ese momento. Apoyado contra la puerta, crucé ambos brazos por detrás de su nuca y literalmente me colgué de su cuello, levantando las piernas como tenazas alrededor de su cintura. De inmediato y como si hubiera sido una coreografía largamente ensayada, sus manazas me sostuvieron por las nalgas y su erección se manifestó a través del pantalón dejando el glande húmedo justo a la entrada de mi ano. A veces, la ansiedad puede ser más eficiente que la experiencia. Ante este contacto, Gustavo fue presa de un aluvión de sensaciones agradables que se tradujeron en un profundo y sonoro suspiro al tiempo que apretaba inconscientemente sus mandíbulas y me mordía con fuerza el labio inferior. La mordida fue feroz y dolorosa pero no pudo superar mi excitación. Él pudo percibir el ácido jarabe de mi sangre entre sus labios pero no fue consciente de lo que había sucedido hasta que todo hubo terminado. Se limitó tan solo (y en un acto ajeno a su voluntad) a sorber el líquido que manaba en abundancia y tal vez fuera su propia saliva la que obrara como cicatrizante. El caso fue que ninguno de los dos dio mayor importancia al hecho. Tan excitados estábamos que, con esa destreza que solo permite la pasión más desenfrenada, mi pantalón de jogging se fue deslizando (o Gustavo lo fue deslizando o yo lo fui deslizando) hasta que mi culo quedó piel a piel con su verga. Sin saber cómo, mis zapatillas habían caído al suelo y mis pies se habían anclado a la cintura de Gustavo de modo tal que me permitían un movimiento ligeramente pendular. La verga de Gustavo estaba casi liberada de su mezclilla opresora y entre vaivén y vaivén, la cabezota gorda y palpitante terminó por enterrarse en mi culo con tal precisión que no fue necesario guiarla. Un tremendo oleaje de calor me recorrió de pies a cabeza y hundí un grito de gozo desesperado en su garganta, camuflándolo de beso. Los dedos de Gustavo se incrustaron en mis nalgas y todo su cuerpo empezó a temblar como una hoja pero sin perder estabilidad. Muy por el contrario, sus piernas se plantaron firmemente y sus brazos me elevaron convenientemente para dar lugar a un nuevo arrebato que terminó por incrustar su pija hasta lo hondo. Su pubis selvático abrigó mi perineo y todo mi ser quedó allí clavado, enarbolado en el mayor de los gozos. Por un instante, tuve la sensación de que ya no podía existir nada más placentero que aquello. Pero la fértil calentura de Gustavo me demostraría casi de inmediato que estaba equivocado. Sin cálculos ni especulaciones, giró su cuerpo de modo tal que él quedó de espaldas contra la pared y yo a horcajadas sobre su pelvis, todavía clavado en su verga dura. La maniobra estuvo a punto de hacernos caer al suelo pero él pudo mantener el equilibrio. De ahí en más, mientras nuestras bocas seguían engulléndose y mordisqueándose, su pelvis se encargó de darme pruebas de que en el sexo no existen límites. De dónde sacaba fuerzas para cogerme en esa posición de la manera en que lo estaba haciendo nunca pude averiguarlo. Sus caderas se balanceaban frenéticamente y la poronga se me enterraba con total naturalidad hasta el fondo de mis tripas. Una y otra vez. Mi cuerpo saltaba ante cada embestida y sus brazos de acero me sostenían como si mi deseo fuera apenas una pluma.

En un rapto de claridad y suponiendo que el cansancio podría malograr el buen final de la experiencia, sugerí tendernos en la cama y él aceptó. Sin quitarme la verga del trasero, caminó conmigo a cuestas y juntos caímos sobre el acolchado. Los elásticos crujieron y nuestros cuerpos rebotaron, pero mis piernas seguían aferradas a la cintura de Gustavo y sus manos incrustadas en mi carne. Y por supuesto que su pija continuaba sin cesar con el meta y ponga a modo de pistón incansable. Como pude, logré desnudarlo de la cintura para arriba e hice lo mismo conmigo. Él persistía en su penetración, con el rostro iluminado por la plenitud. De pronto, empezó a murmurar algo así como “Me vuelvo loco. Me vuelvo loco” y paulatinamente la fiereza de sus movimientos fue amainando. Fue el momento en que aproveché para inducirlo a recostarse. Cuando la verga estuvo libre, pudo recuperar el uso pleno del habla:

– ¡Esto es mucho pero mucho más de lo que esperaba! –dijo con un hilo de voz– Te quiero garchar hasta que se me quiebre la chota.

La frase me pareció muy graciosa y ni siquiera reparé en la vulgaridad que acababa de decir, después de haber sido tan romántico y tierno. Sería tal vez porque la idea también me entusiasmaba. Sin decir más, terminamos de desnudarnos y me senté sobre su verga para seguir con lo nuestro. Mis piernas estaban habituadas a las sentadillas y no fueron obstáculo para seguir con el juego. Sin embargo, la calentura de Gustavo estaba desbordada y él necesitaba desahogar todo su brío. Con una fuerza que no le hubiera sospechado a pesar de sus brazos contundentes, me tomó por la cintura y me levantó en el aire como si fuera un muñequito, me dejó caer boca abajo a su lado y de un salto se me echó encima. Su boca empezó a besuquearme la nuca y los hombros mientras con una mano guiaba la verga entre mis nalgas. Volvió a penetrarme hasta el fondo pero esta vez los movimientos fueron un poco menos arrebatados. No cabía dudas de que el cansancio estaba haciendo lo suyo. Por eso decidí que había llegado mi momento de tomar las riendas del asunto. Apoyándome en mis rodillas, elevé mi cuerpo con el suyo encima y me coloqué en cuatro patas. Recuperé así el contacto con mi verga, que estaba tan dura como la de Gustavo y también necesitaba atención. Él me tomó por las caderas e iniciaba otra vez el movimiento cuando le ordené “No te muevas”. Me obedeció de inmediato y entonces fui yo el que comenzó con el meneo. En forma circular, mis caderas se rozaban contra el pubis de Gustavo a la vez que obligaba a su pija dentro de mí a describir un círculo invisible pero placentero. Por ratos también me movía hacia delante y hacia atrás o hacia arriba y hacia abajo, regulando los ritmos y los tiempos, disfrutando de cada centímetro que circulaba, entraba o salía. Y entretanto me pajeaba con una mano y acariciaba su cuerpo con la otra. Poco a poco, nos íbamos acercando al clímax.

– Si te seguís moviendo así te voy a inundar de leche…

Gustavo lo había dicho como si lo hubiera pensado… Yo me sentía igual…

– Entonces dame fuerte… –le sugerí y me eché de espaldas para la penetración final.

– Tu deseo es una orden…

Sus manazas izaron mi cuerpo por los tobillos y acomodaron mi culo justo a la altura de su pelvis. Me la metió con fuerza una y otra vez. Con el mismo ímpetu con que lo había hecho al principio contra la puerta. Pero esta vez la penetración fue mucho más profunda y placentera. Todo mi cuerpo se sacudía ante cada empujón y él gemía acompasadamente, cada vez más cerca de la gran erupción. Mi esfínter estaba tan dilatado a estas alturas que la pija entraba y salía sin ninguna dificultad. Dilatado pero hipersensible. Tanto que, cuando el roce de su vello púbico se hizo más intenso, un calor me invadió desde los huevos y eyaculé con tal vigor que el primer chorro de guasca, en su descenso, fue a caer sobre la nariz de Gustavo. Luego vinieron otros cuatro o cinco igual de potentes mientras Gustavo me daba con más fuerza todavía y mis piernas se arqueaban en el aire buscando la imposible manera de que su penetración fuera más profunda. Su acabada también fue torrencial. Pude sentir dentro de mí la extrema tensión de su miembro y, al sentir que la eyaculación era incontrolable, me la sacó de inmediato, se lanzó sobre mi pecho y me levantó la cabeza. Instintivamente abrí la boca y él me clavó la pija hasta la garganta. No sé si me ahogué por eso o por la cantidad de leche que me lanzó dentro cuando ya no pudo controlarla más.

Tendidos uno junto al otro, el cielorraso blanco fue la única visión a la que pudimos atrevernos después de tanta energía vertida. La mano de Gustavo tomó la mía suavemente y, de repente, todo su cuerpo se me echó encima…

– ¡Qué manera de garchar, chabón! –gritó sin ninguna represión– Creo que ya me hice adicto.

– ¿Eso significa que cuando se te pare de nuevo me vas a coger otra vez?

– ¿Perdón? ¿Quién dijo que se me bajó?

Se irguió poniendo sus rodillas a cada lado de mis caderas y me mostró con orgullo que, efectivamente, su verga seguía tan dura como cuando la tenía dentro de mi carne. Y para que no quedara la más mínima duda me puso con el culo en pompa y me la volvió a meter. Pero solo un par de veces. El agotamiento pudo más que su ego y terminó desplomándose de nuevo a mi lado.

– Admito que tengo más energía en la pija que en las piernas…

Entre risas y chistes, pasamos largo tiempo desnudos en la cama, tocándonos y besuqueándonos. Casi a la medianoche, después de coger por segunda vez con la misma intensidad de la primera, se impuso la necesidad de recargar energías. Me puse un pantalón con la idea de bajar a la cocina y traer algo de comer y de beber, pero cuando me encaminé hacia la puerta de la habitación me llevé la sorpresa:

– Che… ¡jodeme!… ¿Habíamos dejado la puerta abierta?

En realidad estaba solo entreabierta pero la atracada que me había dado Gustavo apenas entramos al cuarto tuvo necesariamente que haberla cerrado.

Gustavo estaba tan agotado que no pudo responder. Yo me quedé con la duda pero el estómago me recordó de inmediato para qué me había vestido.
(Continuará…)

Comentarios en: "El Francesito (4ta parte)" (1)

  1. cuando vas a estar la parte 5?? me re calentaron todas las anteriores… 😀

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