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El Papito



El único tipo grande con el que cogí sin que haya habido jamás dinero de por medio se llamaba José Luis. Yo acababa de cumplir los dieciocho y él andaba por los cuarenta y cinco. Era el padre de Adrián, uno de mis compañeros de primer año de facultad.

Marina, Nadia, Adrián y yo habíamos hecho buenas migas desde el principio y terminamos formando un grupo de estudio. No es que fuéramos grandes amigos pero nos llevábamos bien y coordinábamos a la perfección cuando de tragar libros se trataba. Por ese entonces, yo estaba recién instalado en Buenos Aires y el departamento carecía todavía de grandes comodidades. Me llevaría un tiempo aun amoblarlo y ponerlo a tono de mis aspiraciones, de modo que la casa que generalmente utilizábamos para reunirnos por aquel entonces era la de Adrián.

Su madre era una mujer más bien parca, de muy pocas palabras y siempre con expresión de fastidio. Cuando el cuarteto de estudiantes invadíamos su casa, ella se encerraba en su habitación y se desentendía de cualquier actitud que se asemejara siquiera a la de una anfitriona. Era una mujer con un aura extraña. Todos lo pensábamos aunque ninguno lo decía abiertamente. Marina era la única que se atrevía a hacer algún comentario mordaz cuando salíamos y caminábamos hasta la parada del colectivo.

Al padre no lo había visto durante los primeros meses que frecuente su casa. Pero un día se produjo el encuentro y fue una experiencia de lo más estimulante.

Como era mi costumbre, aquella tarde llegué a la hora pactada, lo cual significaba llegar media hora o una hora antes de que llegaran las féminas del grupo. Ese era el tiempo que usábamos Adrián y yo para charlar “cosas de hombres”.

Tomábamos mate en la cocina cuando, de repente, apareció un cuarentón de barba, todavía mojado y con una diminuta toalla anudada a la cintura. Siempre había tratado de comportarme “decorosamente” en casa de Adrián pero ese tipo no podía menos que ser la encarnación de algún dios griego, de esos que tienen estatuas en los museos de Europa. Medía más de metro ochenta sin ninguna duda. Espaldas anchas, hombros fuertes, pectorales poderosos y suavemente peludos, abdominales bien marcados y unas piernotas también peludas que me dejaron con la boca abierta. Apenas verlo, el corazón se puso al borde de la taquicardia y la presión de la entrepierna se hizo sentir.


Era obvio que acababa de darse una ducha e iba confiado hasta darse cuenta de mi presencia.

– ¡Qué boludo que sos, hijo! ¿Cómo no me dijiste que había gente? –se quejó mientras se tomaba la toalla con ambas manos para evitar el accidente de una caída involuntaria.

– ¡Te dije que hoy venían mis compañeros de facultad!

Yo quise decir algo para restarle importancia a la situación pero ese corpachón me obnubiló y fui incapaz de emitir sonido. Solo me quedé mirándolo de pies a cabeza y de cabeza a pies. Ya por ese entonces, yo tenía vasta experiencia con señores mayores, pero juro que nunca había cogido con ningún cuarentón que estuviera tan fuerte como José Luis. Ni recuerdo las excusas que ensayó para disculparse. En realidad no había nada por lo que disculparse. Al fin y al cabo, era un chongazo digno de ver. Y si la toalla se caía, bien lo sabríamos disfrutar. Cuando se retiró, mi excitación fue mayúscula y no pude discernir si era mejor verlo llegar o alejarse.

Desde aquel día, cada vez que iba a casa de Adrián soñaba con encontrarme nuevamente con su padre. Y si salía de la ducha con solo una toalla a la cintura, tanto mejor. Pero la escena no volvió a repetirse. Sí volví a verlo varias veces. Curiosamente, antes de aquel grato incidente, José Luis no había aparecido jamás en nuestras reuniones de estudio. Sin embargo, de allí en más, su presencia se hizo más habitual. Nos preparaba café, nos compraba galletitas, en alguna oportunidad nos ayudó a hacer los resúmenes y a tipear las entregas. Yo lo miraba vestido pero lo veía desnudo. Ya se sabe que tengo una imaginación un tanto ingobernable. Y tan fogosas eran mis fantasías que no me permitían darme cuenta de que él también me miraba de manera poco usual. Una tarde, Marina me hizo un comentario (“Yo le doy a José Luis pero a veces me parece que te mira más a vos que a nosotras”) pero yo lo dejé pasar sin dar demasiadas explicaciones. El papito incluso alguna vez se jugó con algún chiste subido de tono relativo a mi culo, pero nada que mereciera ser tomado en cuenta.

En vísperas de un final, habíamos decidido pasarnos la noche estudiando. La velada iba a ser larga, por lo cual, antes de llegar a casa de Adrián, pasé por el supermercado para comprar víveres (pura comida chatarra que yo detestaba y detesto, pero que en aquellas circunstancias nos eran de suma utilidad). Me llegó el turno en la caja y justo cuando la empleada pasaba por el lector el último producto, una voz muy varonil me habló al oído:

– ¿Hoy estamos de fiesta, bebé?


No necesité darme vuelta para saber de quién se trataba. Hubiera reconocido esa voz profunda entre miles. Al desviar la mirada hacia él, descubrí su rostro iluminado por una tremenda sonrisa de picardía. Se rió. Mi cara de sorpresa debió ser muy graciosa porque volvió a carcajearse sin ningún tipo de pudor.

– Agregue esto a la cuenta. –le dijo a la cajera, al tiempo que le mostraba los productos que llevaba– Yo pago por todo.

Es claro que sobrevino una breve discusión de compromiso. Pero yo estaba bien acostumbrado a que los señores mayores me solventaran los gastos. Le hizo un par de chistes a la cajera (que o no los entendió o la mina estaba en un mal día) y, cuando el pago había sido hecho, me dijo:

– ¿Vas para casa? Estoy con el auto. Vamos que te llevo.

Y así fue. El coche estaba estacionado en la puerta del súper. Extrañamente, toda la jocosidad que había emanado dentro del local se esfumó al salir a la calle. No es que cambiara de humor, sino que volvió a ser el cuarentón serio que había sido siempre. Simpático pero más callado y menos histriónico. Nos subimos al auto después de acomodar las bolsas en el asiento de atrás y, de repente, pareció sentirse incómodo. Yo conocía muy bien ese tipo de situaciones. Cuando me encontraba con algún cliente nuevo, lo más difícil siempre era encontrar el modo de romper el hielo. Por una cuestión de profesionalismo, esa era una tarea que me correspondía e inconscientemente me hice cargo de mi rol. Le empecé a hablar de cosas superfluas mientras conducía las pocas cuadras que nos separaban de su departamento y, en cierta forma, se distendió un poco.

Cuando llegamos al estacionamiento del subsuelo, el lugar estaba desierto y un bastante oscuro. José Luis detuvo el auto y se quedó callado, sin moverse. Yo lo miré como interrogándolo y él supo que yo lo observaba, pero no se animó a voltear su cara hacia mí. Fueron unos segundos eternos tras los cuales sentí la necesidad de actuar, dejándome llevar por el instinto. Así fue como posé mi manito sobre su manota y entonces sí reaccionó devolviéndome la mirada. Pero sin decir palabra. Pude ver la incertidumbre en sus ojos. Me quedó claro que era la primera vez que atravesaba por una experiencia de este tipo y… ustedes se van a reír, pero yo tampoco supe qué hacer. Al menos por unos breves instantes. Muy breves, eso sí. Porque cuando mi instinto retomó el control de mis actos, la mano se deslizó hasta la pierna y mi cabeza se aproximó a la suya, alcanzando con mis labios su mejilla barbuda. Tal como lo había supuesto, su barba era suave y perfumada. Sorprendido y tal vez un poco horrorizado, José Luis giró nuevamente su rostro hacia mí y fue ese el gesto que aproveché para estampar mis labios contra los suyos. No fue un beso apasionado ni nada de eso. Tan solo uno de esos besos inocentes. Pero en los labios. Un beso tras el cual mi cuerpo regresó a su posición normal en el asiento. Volví a mirarlo para verificar que reaccionara de alguna manera. Aquel contacto fugaz había echado a volar una vez más mis fantasías y mi entrepierna se hacía cargo de lo suyo. Pero para mi frustración, sin decir una palabra y sin hacer algún gesto que me permitiera intuir lo que estaba pasando por su cabeza, con un forzado carraspeo, abrió la puerta del auto y salió. Desconcertado, hice lo mismo tras un breve instante. Él ya había abierto la puerta trasera y sacaba las bolsas de la compra. Volvimos a encontrarnos junto al capot y, cuando quise tomar una de las bolsas para alivianarle el peso, sus ojos se fijaron firmemente en los míos y con un rápido movimiento las depositó en el suelo. Quedamos frente a frente, mirándonos como en un trance hipnótico…

Y entonces sucedió.

Sus manazas me tomaron por la cintura y me alzaron hasta que mi boca quedó a la altura de su boca. La sorpresa me llevó a poner mis propias manos sobre sus hombros, buscando un equilibrio que no había perdido y comprobando que los músculos que había visto aquella tarde de la toalla en la cintura eran reales como la frescura de su aliento. Me besó. Pero en ese nuevo beso sí hubo pasión. Y también torpeza. Y también bronca. Y también desesperación… De alguna manera mis pies volvieron a plantarse en el suelo, pero mis brazos se ceñían a su cuello y mi boca no quería despegarse de la suya. En puntitas de pie y con los empeines tensos, siempre adosado a sus labios, me dejé manosear y por primera vez tomé conocimiento de la firmeza de su vientre y la dureza de su verga. Mi mente comenzó a delirar con la idea de chupársela allí mismo y todo lo que deseaba me parecía una locura. Sin embargo, él no pensó lo mismo. Es más: estoy seguro de que no pensó lo que estaba haciendo…

De un modo casi demencial, me alzó nuevamente y me llevó hasta un rincón. Sus brazos poderosos me obligaron prácticamente a pegar mi vientre a la pared, dejando mi espalda a su merced. Intenté detenerlo con la advertencia de que alguien podía sorprendernos fácilmente. Pero José Luis ya no estaba abierto a la prudencia. Me abrazó por detrás y empezó a besuquearme ansiosamente el cuello y la nuca mientras sus manos se metían entre mis ropas en busca de piel. Tal vez haya quien no alcance a comprenderlo, pero juro que yo disfrutaba aquel vértigo. Incluso disfruté cuando sus manos desabrocharon mi pantalón y lo bajaron con un movimiento tan brusco que me causó dolor en las caderas. “No, no. Que nos van a ver” le insistí en voz baja pero todo lo firme que me fue posible. No hubo caso. José Luis ya no atendía razones. De alguna manera se sacó la pija y me bajó los calzones. Ni siquiera se tomó el trabajo de ensalivarla y me la metió tal como estaba. Por fortuna él estaba tan excitado que su verga estaba bastante mojada pero igual me dolió. Era grande como todo él y tuve que taparme la boca para no gritar. Él me seguía aprisionando entre sus brazos mientras sus caderas se movían de atrás hacia adelante, clavando su herramienta entre mis nalgas como si de ello dependiera el futuro del mundo. Me dolía mucho pero también me gustaba. Quienes hayan pasado por algo semejante podrán comprender. El dolor y el placer no son incompatibles. La brutalidad y la ternura tampoco. Me gustaba tanto que ni siquiera había reparado en mi propia erección hasta que uno de los empellones me la estrelló contra la pared. Otro dolor importante (más tarde verificaría que me había lastimado). Cuando me empecé a pajear, José Luis empezó a bufar e intensificó aun más sus embestidas.

En el colmo de la imprudencia, no tuvo cuidado de llamarse a silencio en el momento en que me llenó el culo de leche. Lo suyo fue un rugido de animal herido y yo sentí que la verga me llegaba a lo profundo.

Entonces se detuvo. Su pija siguió dura e incrustada entre mis nalgas hasta que yo mismo logré eyacular contra los ladrillos. Pero él ya no se movió y quedó apoyado, con sus manos contra la pared y las piernas abiertas, como si esperara que un policía lo palpara de armas. Su aliento caliente me daba en la nuca y, mientras me repetía a mí mismo que aquello era una gran locura, también daba las gracias por no haberme resistido. Las piernas me temblaban. Me dolía la pija lastimada y, sin embargo, aun cuando fuera incapaz de ponerlo en palabras, en mi fuero interno sabía muy bien que había sido algo maravilloso.

Después de unos largos minutos, recobramos el resuello y pudimos acomodarnos la ropa. Ninguno de los dos dijo una palabra. Solo intercambiamos un par de miradas furtivas.

– Es muy tarde. –me dijo– Mi señora se debe estar preguntando por qué estoy tardando tanto…

Con tono casi burocrático acordamos subir por separado. Llevábamos el sello de la culpabilidad estampado en la frente y no era cuestión de alimentar sospechas. Yo fui primero. Necesitaba el baño.


Me abrió la puerta la madre de Adrián y evité darle explicaciones sobre la palidez de mi rostro. Sólo atiné a exponerle mis urgencias. Ya en el baño, comprobé que José Luis me había destrozado el calzoncillo, uno de mis preferidos. También comprobé que aquello de que me había llenado de leche no era solo una metáfora y que tal vez mi glande maltrecho dolería durante días. Estaba todavía encerrado, lavándome y reacondicionándome, cuando escuché la voz de barítono de José Luis saludando como si nada hubiera sucedido. Me senté en el inodoro y me dejé llevar otra vez por el instinto. Tomé el celular y escribí un mensaje que decía simplemente: “Quiero más”. Pero no tenía el número de José Luis y tuve que enviárselo horas más tarde, después de revisar furtivamente el celular de Adrián.

Por alguna brujería propia de las mujeres desconfiadas, la esposa empezó a manifestar claramente su descontento por mi presencia en esa casa desde aquella noche. De todos modos, eso no fue impedimento para que me convirtiera en el amante secreto de su marido durante varios meses. Fue una relación turbulenta porque él la vivía con mucha culpa y, cada vez que me veía en su casa, junto a su hijo, se transformaba en el más estúpido y torpe de los hombres. Finalmente, una tarde, en la cama de un telo después de haberme cogido como nunca, me hizo la pregunta fatal:

– ¿Alguna vez te acostaste con mi hijo?

No pude eludir la respuesta ni tampoco tuve estómago para mentirle. Acostarme con su hijo, nunca. Solo le había chupado la pija una vez en el baño de la facultad y después habíamos garchado en la cocina de su casa, un par de veces, mientras esperábamos que llegaran las chicas. Pero de parados.

– Igual quedate tranquilo que Adrián no es puto. –le aclaré por si ese era su problema– Lo hacía de puro pendejo calentón para sacarse las ganas… Ahora que tiene novia ya no me necesita.

No volvimos a tocar el tema. Me abrazó, me besó y me cogió una vez más, con mucha pasión y mucha ternura. Después nos despedimos como siempre, aunque tanto él como yo sabíamos que ya no íbamos a volver a vernos. Ninguno volvió a mandarle mensajes al otro ni a llamarlo en los horarios de trampa. Para ese entonces, mi departamento ya estaba medianamente amueblado y empezamos a reunirnos a estudiar en casa. La siguiente vez que nos vimos fue el día de la graduación. José Luis estaba tan potrazo como siempre. Un poco más canoso pero un fuego. Nos saludamos con un abrazo afectuoso pero nada más. Y nada hubiera hecho referencia a nuestro pasado, en aquella ceremonia, si las dos comadres que tengo por maridos no hubieran querido saber quién era el papito que me guasqueaba en mi primer año de universidad.

Yo y mi maldita costumbre de no guardar secretos.


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