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Hoy va un nuevo relato. Para que después no se quejen, jajaja. Pero aclaro que, de esta historia, lo único cierto es al primera parte, la parte en la que el pendejo me pide consejo. Todo lo demás es pura invención de mi mente calenturienta. Que conste en actas.


Había tocado el timbre del recreo y todos los alumnos huyeron raudamente hacia el patio. Hacía un día espléndido y la juventud estaba ansiosa por un poco de sol y aire fresco, después de algunos días de lluvia en este Buenos Aires de julio. Como docente, cuando termina mi clase tengo la costumbre de recoger mis papeles e ir a tomar un café en la sala de profesores, pero en esa oportunidad opté por permanecer en el salón. Días atrás había sucedido un hecho muy desagradable con uno de los alumnos de tercer año y las autoridades analizaban la posibilidad de una expulsión. A mí me parecía una medida improcedente y por demás cómoda, ya que no se solucionaba el problema de fondo sino que se lo transmitían a otra jurisdicción. Mis compañeros profesores no veían las cosas desde ese punto de vista y yo ya había gastado demasiada saliva tratando de hacerlos entrar en razones; de manera que renuncié a mi café y permanecí en mi escritorio corrigiendo algunos trabajos prácticos de los alumnos de segundo año, que son aquellos en cuya aula me encontraba. El bullicio llegaba desde afuera como si su epicentro estuviera junto a mi silla, pero a lo largo de estos años he desarrollado una especial capacidad de concentración, aun en las situaciones más estresantes.

Estaba en eso cuando siento una presencia en mi entorno; una de esas sensaciones tan peculiares que todos solemos experimentar de tanto en tanto. Levanto la vista de los papeles y veo a Teo Ludueña mirándome con expresión nerviosa. Es un chico muy simpático y muy estudioso que, además, es buen compañero y cuenta con el reconocimiento de la mayoría de sus camaradas. Intrigado por su presencia tan silenciosa, le sonrío y le pregunto qué sucede.

– Nada, profe… No pasa nada… Pero… ¿usted no se enoja si le hago una pregunta?

Ese era un modo bastante extraño de iniciar una conversación. La experiencia me indica que, si alguien me encara en esos términos, es porque caben serias probabilidades de que me termine enojando. No obstante, hice caso omiso de mis premoniciones y, con mi mejor sonrisa, lo invité proseguir.

– Veamos de qué se trata y después te cuento si me enojo o no.

Teo suele ser un adolescente bastante seguro de sí y con mucha facilidad de palabra. Sin embargo, en aquella oportunidad se lo notaba muy nervioso y se trababa al hablar.

– Mire, profe… yo tengo un problema… creo que nada serio… pero que me preocupa… y creo que usted puede darme una punta para ver si lo resuelvo. No sé si da para que lo charlemos acá ahora, pero aproveché que estaba solo. No es muy común encontrarlo solo en esta escuela y la verdad que necesito conocer su opinión.

Me tranquilizó la certidumbre de que no se trataba de un caso que pudiera llegar a enojarme. Eso había sido un error de Teo o una artimaña dialéctica para preparar el terreno. Sin embargo, me carcomía la curiosidad.

– Pero si no da para que lo charlemos acá y ahora, entonces ¿dónde y cuándo? ¿De qué se trata?

Teo se mostró aun más nervioso.

– No sé, profe… por ahí es una boludez que yo le venga con este asunto… No tiene nada que ver…

Amagó con irse y dejar el tema allí pero lo detuve y le pedí que continuara.

– … en todo caso lo podemos charlar más tranquilos a la salida, en la esquina, mientras espero un taxi. Pero no me dejes con la duda. Adelantame algo.

El mundo de los adolescentes es insondable. Por más que uno se piense que los conoce, siempre surge algo nuevo que nos obliga a darnos cuenta de que no sabemos un carajo y que, al igual que nos sucede con los adultos, siempre estamos sacando conclusiones muy personales sobre asuntos que no dominamos. Como dicen los budistas: no vemos el mundo como es sino como somos.

– Mire… ¿Se acuerda del otro día, cuando estuvimos hablando del flaco de tercero?

– Sí, claro, ¿cómo no me voy a acordar?





Para no darle más vueltas al asunto: el pibe de tercero al que querían expulsar estaba acusado de haber querido violar a su novia en un baño de la escuela y la polémica no se circunscribía a la sala de profesores: todo el colegio hablaba del tema.

– Bueno… ¿vio?… Yo estuve pensando y… no sé… No es que me haya pasado lo mismo, ¡ni dios permita!, pero vio que se dice que el flaco y la mina tenían problemas…

Los “problemas” de que hablaban todos era que, supuestamente (no hay nada probado todavía acerca de nada, ni del intento de violación en sí ni de las posibles causas y circunstancias), llevaban juntos un par de años y todavía la chica no había querido mantener relaciones sexuales. Ella asegura que él la venía atosigando desde hacía tiempo y él, en su defensa, adujo que “ya no aguantaba más” pero negó haber intentado forzarla.

– Bueno… ¿vio?… Yo también tengo pareja…

El suspenso era insoportable y ya me estaba poniendo de mal humor, aunque logré disimularlo. El pobre pibe no tenía la culpa de mis ansiedades.

– Bien… ¿y tienen ese mismo “problema”? –me aventuré a sugerir.

El rostro de Teo pareció iluminarse.

– Algo así. Pero no sé si es el mismo problema. De hecho creo que NO ES el mismo problema.

– ¿Por qué no tomás coraje y me contás de una vez cuál es el nudo del asunto? Ya sabés que conmigo podés hablar de lo que sea. Además, ya va a terminar el recreo.

– Sí, tiene razón, profe… El asunto es que los dos tenemos miedo a la penetración.

Lo dijo tan rápido que apenas pude comprender lo que me estaba diciendo. Parecía uno de esos personajes de comedia que se apuran a confesar una travesura. Pero no se trataba de algo para tomárselo en chiste. Aunque confieso que tuve que reprimir una sonrisita.

– ¿Cómo que los dos le tienen miedo a la penetración? Que ella le tenga miedo me parece un poco comprensible, pero que vos también tengas miedo me resulta extraño. ¿Qué les da miedo? ¿Que quede embarazada?

Teo se puso rojo de vergüenza. O de impotencia. O de bronca. No sé.

– ¡No! ¡Usted no entiende, profe! O yo no me explico bien… Lo que pasa es que mi pareja no es una “ella”: es un “él”.

Ahí fue cuando me di cuenta de que, por más de que uno se piense que se las tiene todas claras, nunca falta la oportunidad para echar por tierra todo lo que postuló durante años. Yo siempre cuestionando a aquellos que presuponen por defecto la heterosexualidad de las personas y ahora vengo a caer en el mismo error que deploro. Cierto es que Teo no es un chico que, por sus maneras, evidencie una posibilidad de ser homosexual, pero ya sabemos (o yo debería saberlo) que en el mundo de la diversidad no todo es necesariamente manifiesto. Al escuchar la explicación, todas estas ideas acudieron a mi cabeza y me quedé con la boca abierta, como preparándome para una rápida respuesta. Pero la respuesta no fue tan expeditiva.

– ¿Lo dejé sin palabras, profe? ¡Eso sí que es una novedad! –bromeó Teo.

– No. No me malinterpretes. Solo me quedé pensando…

– ¿Entiende ahora cuál es el problema, profe?

– Algo… ¿Vos me decís entonces que vos y tu novio le tienen miedo a la penetración y por eso no tuvieron relaciones todavía?

– Más o menos. Quisimos tener y queremos tener relaciones. Pero, ya le digo, nos da pánico la penetración.

– Pero les da miedo porque se imaginan que les va a doler o que no les va a gustar o porque probaron y no resultó.

Teo cerró los ojos y parecía esforzado por contener las lágrimas.

– No sé… Los dos tenemos ganas pero somos muy maricones, profe.

La frase me causó gracia y esta vez no pude reprimir la sonrisa.

– No se ría, profe, que es en serio lo que le estoy diciendo.

Me sentí culpable.
– No. No me río. Solo que me causó gracia la manera en que lo dijiste… Pero no me contestaste. Si no querés contestarme, está bien. Forma parte de tu privacidad. Pero para hacerme una idea de cuál es el verdadero problema, necesitaría saber si lo intentaron o no.

– Mmmm… Nosotros estamos juntos hace un mes nada más… Pero nos queremos mucho. No somos de esos gays que les gusta el touch and go…

– Bueno, no prejuzgues. –lo interrumpí– Cada cual hace su vida como mejor le parece. Concentrémonos en tu caso, que es lo que nos preocupa…

– Lo intentamos, profe. Hace un par de semanas quisimos hacerlo. Pero duele.

En ese momento sonó el timbre. Terminado el recreo, no pasaría mucho tiempo hasta que los asientos volvieran a poblarse de adolescentes bulliciosos. Quedamos en vernos a la salida y seguiríamos la charla en la esquina. “A plena luz del día y ante la vista de todos” me dije para mis adentros, asumiendo el riesgo que conllevaría citarlo en algún otro lugar. Mis ideas y mi homosexualidad ya me ganaron la enemistad de las autoridades de la escuela y no sería prudente darles motivos para iniciarme un sumario.

Durante el resto de la clase, activé el doble comando. Tengo esa capacidad. Por una parte, me mantuve conectado con el entorno y seguí con mi trabajo de un modo más o menos aceptable y, en segundo plano, mi mente trabajaba en la mejor manera de hallarle una solución a los temores de Teo y su novio. En sí, el asunto parecía difícil pero en realidad no lo era tanto. Con esto no quiero decir que fuera sencillo de solucionar sino que las opciones a seguir no eran tantas.

Los seres humanos estamos programados para reaccionar de una u otra manera frente a determinados estímulos. Por lo general, solemos aceptar estas reacciones como “naturales” bajo la categoría de “lógicas”. Lo sorprendente suele llegar cuando uno se da cuenta de que muchos problemas habituales en nuestras vidas pueden tener una solución diferente a la que nos plantea el manual de instrucciones. En el caso de las relaciones sexuales, se da por sentado que, sí o sí, tiene que haber penetración para lograr el placer. ¿Y dónde está escrito eso? ¿Acaso no podemos gozar sin meterle el pene a otro por detrás?

La charla en la esquina del colegio no fue muy extensa. Intenté hacerle percibir mi punto de vista y creo que lo logré. Si las cosas eran como él me las había planteado y había un afecto de por medio, lo mejor que podían hacer era no precipitarse. A veces, la paciencia vale más que la ansiedad. Si no se creen preparados todavía para la penetración, no se obliguen. Hay otras cosas que pueden hacer para pasarla bien. Los besos y las caricias, desde los más inocentes hasta los más audaces, suelen ser siempre un buen comienzo. Lo más importante es perder la vergüenza y permitirse, uno al otro, la mutua exploración. Eso crea confianza entre los dos. Y la confianza relaja, tranquiliza, ahuyenta los miedos. El sexo oral es una excelente opción. ¿Probaste con masturbarlo alguna vez? Vas a ver que le gusta y que a vos también te va a gustar. Siempre tranquilo y sin presiones. Y ya que las manos están en movimiento, con el tiempo, también pueden darse una vueltita por los alrededores del ano acariciando con la yema de los dedos. Solo eso. Podés también ensalivarte los dedos para que se deslicen y acaricien con más suavidad… Pero denle tiempo al tiempo y van a ver que aprenden a pasarla bárbaro, que es lo que interesa. Si se quieren, van a encontrar la manera. Seguro que no la más sencilla (todo en la vida requiere su esfuerzo) pero a la larga se van a dar cuenta de que valió la pena.

Teo se quedó mirándome como un bobo y me dio la impresión de que me veía cada vez desde más abajo. Como si mi imagen se agrandara a medida que parloteaba. Tuve un poco de miedo, no lo voy a negar. Lo único que me faltaba era que un alumno se me enamore.

Pero no. Teo no se enamoró y preparó todo para que el próximo encuentro con su novio, Patricio, fuera memorable.





– Amor, –lo llamó por celular ni bien me subí al taxi y lo dejé solo– ¿tenés algo que hacer esta tarde? ¿No tenés ganas de venir a casa? Te extraño.

En realidad se habían visto el día anterior pero ya se sabe que los adolescentes son así de demandantes. Después de la charla que habíamos mantenido, se sentía envalentonado y con un optimismo que lo hacía ver el mundo con esperanzas. Cuando llegó a su casa, comprobó con alegría que su hermana había salido y una nota en la puerta de la heladera le anunciaba que tenía el almuerzo en el horno, que no regresaría hasta la noche y que llevaría una pizza para la cena. Se alineaban los planetas.

Teo ordenó la casa, barrió un poco, lavó unas tazas que habían quedado del desayuno y después se dio una ducha y se puso ropa cómoda. Patricio le había dicho que llegaría después de las dos de la tarde y todavía quedaba media hora. En la cajonera de su cuarto tenía escondido un porrito que le había regalado una amiga y creyó que era una buena oportunidad para darle una pitada. Una o dos, nada más, para que le pegara un poquito, y el resto lo dejaba para otra ocasión. O para Patricio, si le cabía.

Cuando Patricio llamó a la puerta, Teo estaba super relajado y convencido de que aquella sería una tarde memorable. Cuando se vieron, el ambiente pareció iluminarse. El amor tiene esos efectos fosforescentes. Apenas cerrada la puerta, se dieron el beso más tierno que puedan imaginarse. Patricio fue el más sorprendido. Estaba acostumbrado a las ternuras de su novio, pero aquel beso había sido algo especial. Se abrazaron y se siguieron besando. No hacían falta las palabras. Al menos no por el momento. El primero en hablar fue Patricio, que quiso un vaso de jugo antes de ir a la habitación.

Ya en el cuarto, se tendieron en la cama, abrazados uno al otro. Patricio le contó su mañana en el colegio mientras jugaba con los dedos de Teo. Por su parte, Teo aprovechaba para besuquearle el cuello de tanto en tanto. Pero tratando no ponerse cargoso. Mi consejo había sido “paso a paso” y él estaba dispuesto a hacerme caso. Patricio no podía evitar sentirse un poco incómodo pero sabía que no había nada de malo en lo que estaban haciendo. El único problema sería que Teo quisiera reeditar la mala experiencia pasada, pero ya vería qué hacer si llegaba el momento. Era improbable que no llegara. Estaban solos en la casa, cachondos y tendidos en la cama. Se habían quitado los zapatos y llegado el turno de los besos más apasionados, las caricias también incluían a los pies. Ambos estaban excitados y eso era inevitable a los dieciséis. Era hermoso sentir el amor en los labios. Y en las manos. Y en todo el cuerpo…

De pronto, Teo se zafó dulcemente de su abrazo y mirándolo a los ojos le dijo con cierta teatralidad:

– Quiero que hagamos el amor.

Patricio cerró los ojos como si con ese gesto pudiera volver el tiempo atrás e impedir que sucediera lo que acababa de suceder. Ante el imposible, volvió a abrirlos e intentó dar una excusa. Pero Teo le puso la yema del dedo índice en los labios y le rogó que esperara a escuchar lo que tenía para decirle.

– Quiero que hagamos el amor… Pero a nuestro modo. Quiero disfrutarte y que me disfrutes. Hasta donde podamos y nos sintamos a gusto. Ya sé que tenemos algunos “problemitas” pero por ahí podemos pasar de eso y aprovechar todo lo demás que podemos hacer para estar juntitos. Te amo, ¿sabías?

Claro que lo sabía. Porque Patricio también lo amaba. Aunque no estaba del todo seguro de que aquello que Teo le planteaba pudiera tener un final feliz. Sin embargo, por amor, no dijo nada y se prestó al juego. Más tarde, ya de regreso en su casa, tomaría conciencia de que a lo largo de la tarde sería Teo el que llevara la batuta. Rememorando el modo en que su novio se había encargado de su pene, la comparación le causó gracia. Había dado sobradas pruebas de que podía ser un excelente director de orquesta.

A medida de que los besos se iban apasionando más y más, las manos de Teo se impusieron el deber de explorar a conciencia el cuerpo de Patricio. Sin disimulo, mientras los labios se fundían en los de su amor, sus dedos se deslizaban indiscretamente bajo la ropa, buscando calor y piel. Patricio disfrutó la novedosa osadía pero de momento fue incapaz de seguir su ejemplo. Cuando las manos de Teo cayeron sobre su entrepierna, se puso muy tenso (y no hablo solo de erecciones). Entre besuqueos incesantes, Teo le pidió calma, que no harían nada que fuera molesto, que solo quería ver qué tanto se le había “hinchado”. Y la “hinchazón” era importante. Teo la midió de un modo rudimentario: más de dos palmas y apenas podía juntar sus dedos cuando la rodeaba por su parte más gruesa.

– ¡Cómo no me va a doler con semejante cosa! –se permitió bromear.

Y esa broma logró que Patricio comenzara a relajarse. Los besos y los manoseos en la parte baja continuaron. Se quitaron la ropa y se contemplaron largamente en su desnudez. Los besos no cesaban mientras se masturbaban uno al otro, descubriendo el nuevo placer de compartir caricias. En un arrebato, Teo alargó el brazo y sus dedos se adentraron en la entrepierna, llegando al perineo. Patricio volvió a ponerse tenso. Lo miró con aflicción. La estaban pasando tan bien que no quería decir o hacer algo que pudiera parecer un rechazo. Pero las condiciones estaban dadas para que su novio supiera leer en su mirada. Se detuvo pero a la vez tuvo un gesto que sorprendió a Patricio. Le chupó los dedos y los guió hasta su propio ano. “Yo sí quiero esas caricias”, le susurró al oído. Y no se equivocaba. Los dedos de Patricio eran delicados y sutiles. En un momento, la sensación era tan placentera que sintió la tentación de ir más allá. Pero una voz interior le dijo que no se apresurara. Paso a paso era la consigna. La próxima vez. Va a ser lo mejor.

Fue una larga tarde, aunque se les hizo corta. Así sucede cuando uno se siente a pleno. Teo nunca hubiera imaginado que alguien fuera capaz de eyacular como volcán como lo hacía Patricio. Y el torrente no disminuyó después de la primera vez. Se sacó el gusto de probar el semen y le gustó. Era agridulce. Patricio prefirió que no y todo estuvo bien.

– Me gusta todo de vos. –fue la tierna conclusión de Teo.

Seguramente el tiempo le habrá de mostrar algunas cosas que no sean tan agradables. El amor no es ciego para siempre. Pero por ahí tiene la suerte (y la actitud) de aceptar al otro también con sus defectos.

El viernes pasado, último día de clases antes del inicio de las vacaciones de invierno, los dos me esperaron a la salida del colegio. Se los veía tan lindos que hasta me dieron envidia.

– Compramos unos chocolates y le guardamos uno para usted, profe. Que tenga unas lindas vacaciones.

Por primera vez desde que lo tengo como alumno, descubrí en Teo algunos gestos maricones: una miradita brillante, una carita que sonríe ladeándose hacia un costado, un andar saltarín, una cintura quebrada para levantar el culo… No se dan una idea de lo feliz que me hizo descubrirlos. Una nueva marica abre sus alas de mariposa. Bienvenida sea. Se ha empezado a liberar.







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