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La humanidad de Don José



El día de hoy es una fecha muy especial para muchos argentinos. Incluso diría para muchos latinoamericanos. Como es mi costumbre, en medio de la vana superficialidad que siempre ronda por este blog, voy a hablar un poco en serio sobre este hombre tan destacado en nuestra historia. Pero igual no se desalienten los que solo buscan chongos, que también habrá de eso acompañando al Gran Libertador, jejeje.

José Francisco de San Martín es uno de esos próceres que se idolatran (de hecho se lo llama “el padre de la patria”) pero sobre el cual casi no se sabe nada. Y no se sabe nada no porque no haya información, sino porque es más sencillo y rápido aceptar lo poco que nos cuentan en la tele, en vez de ponernos a buscar en los libros o los documentos históricos. Si todos investigáramos un poco, descubriríamos a un San Martín apasionante y totalmente desconocido. A pesar de haber sido milico, jajaja.

Cualquier argentino sabe que nació en un pequeño pueblo correntino llamado Yapeyú. Algunos también sabrán que ese nacimiento se produjo el 25 de febrero de 1778 y algunos menos, que su pueblo natal era el más importante centro ganadero del Río de la Plata y que el padre de José Francisco (tan español como la zarzuela) ostentaba el cargo de Teniente Gobernador del Yapeyú desde 1774. José Francisco era el menor de cinco hermanos y fue criado en realidad por una nana india, llamada Juana Cristaldo, que lo consentió hasta en sus mínimos caprichos y a la que la historia oficial ha desterrado al más completo de los olvidos, cuando muy probablemente haya sido la inspiración de muchos de los pensamientos y sentimientos que marcaran la vida del futuro general. En 1883, San Martín padre fue repatriado a España y se le encargó la dirección de un regimiento en Málaga. Allí, el menor de la familia estudió en los mejores colegios y, cuando apenas contaba con once años de edad, ingresó como cadete al regimiento de Murcia, iniciando una brillante carrera en el plano militar.

Pero a pesar de luchar aguerridamente en favor de la Corona de España, San Martín nunca olvidó las enseñanzas de sus nana india y siempre tuvo presente su verdadero origen. Siempre se mantuvo al tanto de los sucesos del Río de la Plata y, al enterarse de los hechos de mayo de 1810, junto con otros militares de origen americano, decidieron pedir el retiro del ejército español para poner sus conocimientos y experiencia al servicio de la revolución americana. Antes de regresar a Buenos Aires, en septiembre de 1811, pasó primero por Londres, donde se puso en contacto con grupos revolucionarios liderados por el venezolano Francisco de Miranda. Allí tomó contacto con el llamado Plan Maitland (elaborado por el general inglés Thomas Maitland) que aconsejaba vencer el poderío colonial español en América, atacando Lima desde Chile.


Llegó a Buenos Aires a mediados de 1812 y logró que se le reconociera su grado militar de Teniente Coronel. La situación en el Río de la Plata era compleja: los territorios del antiguo virreinato eran gobernados desde Buenos Aires por un Triunvirato de ideas conservadoras y bastante poco ejecutivo que terminaba cediendo a la influencia de su secretario, Bernardino Rivadavia. Éste era partidario de un gobierno centralista que desoía sistemáticamente los reclamos de las provincias, perjudicadas por las políticas de libre comercio impuestas desde el Puerto Único. Rivadavia será uno de los principales causantes de la guerra civil que se desataría en nuestras tierras, apenas unos pocos años más tarde. 

Muchos desconocen que la Revolución de Mayo de 1810 no fue apoyada por todos los territorios del virreinato. Montevideo, por ejemplo, el virrey De Elío (que nunca llegó a asumir su cargo de manera efectiva) mantuvo el control de la ciudad y disponía de barcos y tropas que asolaban las costas de Buenos Aires y el río Paraná. El primer encargo que recibió San Martín fue el de organizar un regimiento disciplinado que fuera capaz de custodiar esas costas. Así nació el Regimiento de Granaderos a Caballo, que se instaló en el fuerte de El Retiro. Pero las ideas revolucionarias de su comandante y sus vínculos con los masones rioplatenses lo llevaron a usar esas tropas para dar el primer golpe de estado de nuestra tierra. El 8 de octubre de 1812, las tropas exigieron la renuncia del Triunvirato y, sobre todo, del secretario Rivadavia, para permitir la formación de un Segundo Triunvirato, más afin a las nuevas ideas independentistas.


Por ese mismo tiempo, San Martín conoció a Remedios de Escalada, hija de una de las familias más encumbradas del Buenos Aires de entonces, y se casó con ella apenas un mes después del derrocamiento de Rivadavia. Muchos saben que Remedios tenía apenas 15 años pero casi nadie toma en cuenta que San Martín tenía ya 34. Vaivenes de la cultura: hoy en día sería considerado un pervertido abusador de menores. De todas maneras, es curioso el trámite expedito que recibió el casamiento, en una época en la que se estilaban los noviazgos largos y sujetos a las más estrictas normas de moralidad. Pero la pobre Remedios no iba a tener mucha felicidad al lado de su hombre. En febrero de 1813, el Regimiento de Granaderos hizo su bautismo de fuego contra las tropas realistas, frente al Convento de San Lorenzo, en la provincia de Santa Fe. El combate fue fulminante y exitoso, lo que dio a San Martín un prestigio merecido y todos empezaron a considerarlo el mejor comandante de que disponíamos. Así fue que, en 1814, se le encargó el mando del Ejército del Norte, en reemplazo de mi querido Manuel Belgrano. San Martín aceptó el cargo, pero solo para empezar a organizar su verdadero plan: poner en práctica las recomendaciones de Lord Maitland. En su encuentro con Belgrano pudo conocer a un hombre extraordinario al que jamás escatimó elogios y con el que hizo causa común para alcanzar la tan dilatada Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata. También tomó contacto con otro de los próceres olvidados de nuestra historia: el salteño Martín Miguel de GÜemes, al que instruyó y encomendó la defensa del norte argentino mientras él desarrollaba su plan principal. Hechos todos los preparativos preliminares, logró que el gobierno de Buenos Aires lo nombrara Gobernador de Cuyo, una de las provincias lindantes con Chile, con acceso directo a la capital, Santiago. Instalado en Mendoza, San Martín desarrolló una febril actividad, sin descuidar su doble rol de político y militar. Mientras organizaba la conformación del gran ejército que atravesaría los Andes (en acuerdo con patriotas chilenos como Bernardo O’Higgins), fomentó la educación en la provincia, la agricultura, la industria y (oh, sorpresa para muchos que se piensan que era solo un militar desideologizado) un sistema impositivo igualitario según el cual pagaban más los que más tenían. Obvio que no le faltaron detractores, que lo acusaron (desde el inicio) de déspota y de buscar tan solo la gloria personal. En 1816, desde el gobierno de Cuyo, utilizó todas sus influencias para lograr que el recientemente reunido Congreso de Tucumán declarara finalmente la Independencia (9 de julio de 1816), a pesar del miedo de algunos y de las traiciones de otros. En este contexto, a principios de 1817, el Ejército de los Andes se puso en marcha.

A poco de llegar a territorio chileno (y gracias a un muy aceitado sistema de espionaje, además de la disciplina militar que su autoridad imponía), las tropas de San Martín derrotaron a los españoles en la cuesta de Chacabuco. Un mes después fueron derrotadas por un ataque sorpresa, durante la noche, en Cancha Rayada, pero sin embargo, San Martín supo sacar fuerzas de flaquezas y derrotó definitivamente a los realistas en la batalla de Maipú. En este punto, me parece importante destacar que, durante el cruce de los Andes y aun mismo durante las batallas, San Martín tuvo que lidiar también con su precaria salud. Sufría de asma y úlcera, debido a lo cual lo obligó en más de una oportunidad a trasladarse en camilla y no en ese blanco corcel en el que los historiadores han pretendido inmortalizarlo como si fuera un superhombre. Siempre me pregunto cuánto mal se nos ha hecho al presentarlo como tal y no como un ser humano normal que solo se destacó por mantener en alto sus ideales y su férrea disposición a llevarlos adelante. También me pregunto cuán nefasta es la doble moral que, aun hoy, lo considera un héroe nacional al tiempo que relega a la categoría de asesinos a otros que no han hecho algo muy diferente a lo que él hiciera. Hablo concretamente de Ernesto “Che” Guevara. ¿Acaso San Martín, Belgrano y todos los próceres militares del mundo entero no desenvainaron sus espadas y no mataron gente? ¿O es que nadie se ha dado cuenta de que en toda batalla hay muertes? Las maestras de escuela se cuidan de mencionar ese “detalle”, pero sería de esperar que, cuando uno crece, empiece a darse cuenta de que no todo es tal cual nos lo contaron.


Liberado Chile, San Martín hace un viaje relámpago a Buenos Aires para traer la noticia y solicitar ayuda financiera para la segunda etapa de su plan: la liberación del Perú. Se le promete mucho pero se le cumple poco. De todos modos, regresado a Chile, con el apoyo del gobierno recién constituido, logra armar una escuadra que pondrá al mando del marino escocés Lord Cochrane. Entretanto, en Buenos Aires, las cosas iban de mal en peor. Un nuevo gobierno centralista ordena a San Martín que regrese para sumarse a la lucha contra las tropas provinciales que organizan una guerra civil. Obvio que San Martín se niega y aclara que él “jamás desenvainará su espada para derramar sangre de hermanos”. Una ética que sus contemporáneos y muchos de sus sucesores (hasta el día de hoy, incluso) deberían haber puesto en práctica.

En agosto de 1820, la expedición libertadora parte finalmente desde Valparaíso y en solo veinte días logra imponer el bloqueo al puerto de Lima. Tropas revolucionarias se dirigen hacia el interior del Perú con el objetivo de sublevar a la población y obtiene la importante victoria de Pasco. Acorralado en la capital, el virrey terminará rindiéndose el 10 de julio de 1821 y los soldados de San Martín entrarán en Lima, ese mismo día, sin derramamiento de sangre. Entonces más que nunca se ve la iniciativa ejecutiva de San Martín. En apenas dos semanas, se declara la Independencia del Perú (en el Río de la Plata se habían tardado SEIS AÑOS) y se le entrega el gobierno a Don José con el título de Protector del Perú, con plena autoridad civil y militar. En un principio, San Martín se negó a aceptar el cargo, pero el clamor popular y los consejos de sus allegados lo convencieron. No era momento para resquemores éticos: el enemigo no estaba definitivamente derrotado y las tropas virreinales se estaban reorganizando en varios puntos. San Martín aprovechó la oportunidad para dar muestras de su talento ejecutivo. En el poco menos de un año que duró su gobierno, abolió la escalvitud y los servicios personales (conocidos como mita y yanaconazgo), impuso la libertad de imprenta y de culto, destinó gran parte del mínimo presupuesto a la creación de escuelas y fundó la Biblioteca Pública de Lima. Por supuesto, afrontó terribles dificultades financieras, con el creciente descontento de la población (que, aun en circunstancias como estas, no suele ser muy comprensiva a la hora de llenarse la panza). Pero en poco tiempo logró aniquilar a las fuerzas realistas y pacificar el territorio. Incluso pudo enviar tropas en auxilio de los lugartenientes de Bolivar que peleaban en el Ecuador. 1600 soldados argentinos lucharon y vencieron a las órdenes del general Sucre en las batallas de Riobamba y Pichincha.


Finalmente, en julio de 1822, San Martín y Bolivar se reunieron en Guayaquil. Tenían diferencias políticas y militares: resumiendo mucho, podríamos decir que San Martín era partidario de que cada pueblo decidiera su futuro, mientras que Bolivar pretendía formar un gran estado, con todas las naciones sudamericanas bajo su mando personal.

Tras la entrevista de Guayaquil, San Martín regresó a Lima, donde ya se decían cosas tales como que pretendía convertirse en rey. Fue así como tomó la decisión drástica de renunciar al gobierno y regresar a nuestro país, donde lo esperaban su esposa y su hija, nacida durante su gobierno en Cuyo.

Pero las cosas tampoco serían sencillas. En enero de 1823, cruzó nuevamente los Andes y pidió permiso para regresar a Buenos Aires, donde Remedios estaba gravemente enferma. Rivadavia estaba nuevamente en el poder como ministro de gobierno y le negó el permiso argumentando que no estaban dadas las condiciones de seguridad. En realidad, el ministro no le perdonaría nunca su participación en el golpe de estado de 1812 y, además, temía que San Martín entrara en contacto con los enemigos de sus políticas centralistas. Intentó también dar curso a un juicio contra el general por haber desobedecido la orden de regresar de Chile para reprimir a los caudillos federales. Rivadavia solo dio marcha atrás en sus propósitos vengativos tras la amenaza de Estanislao López, gobernador de Santa Fe, de invadir Buenos Aires si se obraba en contra del Libertador. Pese a los peligros, el agravamiento de la salud de Remedios lo impulsó a viajar a Buenos Aires de inmediato, pero llegó tarde. Viudo, difamado y amenazado por el gobierno central, San Martín decidió partir hacia Europa con su pequeña hija de siete años, donde vivió en medio de penurias económicas hasta 1850, año en que murió.


Los distintos gobiernos argentinos que se sucedieron hasta entonces nada hicieron para mejorar su situación. Solo los gobiernos de Chile y Perú le enviaban alguna remesa, muy de tanto en tanto, como agradecimiento por “los servicios prestados”. Apenas vivía de la renta generada por el alquiler de su casa de Buenos Aires y de la ayuda de algunos amigos. Al parecer, este sería el destino de tantos patriotas latinoamericanos que murieron en la miseria (resaltando diferencias, me resulta imposible no pensar en “El coronel no tiene quien le escriba” de García Márquez). Angustiado por la lejanía, en 1829 intentó regresar a la patria pero, ya estando en el puerto de Buenos Aires, no quiso desembarcar. Un nuevo levantamiento armado comandado por Lavalle acababa de derrocar y fusilar al gobernador Dorrego. Muchas personalidades políticas (incluído el mismo Lavalle) llegan a suplicarle que se hiciera cargo del gobierno, ya que era el único que podía ponerle fin a esa lucha fratricida que llevaba casi veinte años. San Martín sabe que la paz no llegaría “hasta que uno de los dos bandos sea aniquilado” y se niega a asumir esa responsabilidad. Profundamente deprimido, decide regresar a Francia.

Los últimos veinte años de su vida, Don José Francisco los pasó lidiando con enfermedades y apremios financieros, junto a su hija. Siempre se mantuvo al tanto de las idas y venidas de la política rioplatense y solo en 1845, cuando los criollos afrontaron la invasión anglofrancesa, volvió a ofrecer sus servicios militares al por entonces gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas. Pero el Libertador estaba ya muy enfermo. Sufría asma, reuma, úlceras y estaba casi ciego. Su salud se fue agravando hasta que falleció el 17 de agosto de 1850. En su testamento, pedía que el sable corvo, con el que había luchado en su campaña libertadora, fuera entregado a Rosas, “por la firmeza con que sostuvo el honor de la república contra las injustas pretenciones de los extranjeros que trataban de humillarla”. También pedía que su corazón descansara en Buenos Aires.

Uno podría imaginar que, ante la talla del prócer y su deceso, las conciencias vernáculas se sumirían en el más hondo pesar y obrarían de modo tal que (al menos) sus últimos deseos fueran cumplidos de modo inmediato. Sin embargo no fue así. Los restos del Libertador fueron repatriados recién treinta años después de su muerte. Tal vez fue necesario que desaparecieran todos los rastros e influencias de sus enemigos en vida. Parece mentira (y explica mucho de lo sucedido en nuestra historia) que un hombre como San Martín haya tenido enemigos, como también es vergonzoso que Belgrano los tuviera. Su carácter eminentemente militar me lo hace un poco menos querible de lo que quisiera, pero no puedo negar su entereza y su humana devoción por las causas justas. Fue un grande, sin ninguna duda, y muchos después mercantilizaron sus proezas para usurpar una grandeza que nos les pertenecía. Me refiero específicamente a los militares argentinos que, con absoluta miserabilidad, se autoproclamaron como “Ejército Sanmartiniano”, cuando no trepidaron en alzar sus armas contra sus compatriotas, en defensa de los intereses extranjeros de turno. Por más que se trate de ocultarlo (y en esto tienen responsabilidad muchos docentes del área, con su falta de compromiso y sus clases tediosas y mecánicas) la historia es la base sobre la que deberíamos edificar nuestro futuro. Sin ánimos de dármela de maestrito, el conocimiento de lo que pasó nos debería ayudar a no repetir errores y edificar una sociedad mejor en la que todos tengamos sitio, con libertad y dignidad.


Esto no nos excluye a nosotros, los integrantes de la llamada comunidad LGBT. Nuestra historia como colectivo también tiene sus próceres que (al igual que San Martín y tantos otros) han debido afrontar el odio y la incomprensión de propios y ajenos. Desde Milk hasta Perlongher (con un infinito etcétera), también nosotros tuvimos y tenemos nuestros Andes y nuestros Rivadavias. Lo importante sería tomar conciencia de que muchos de esos seres que tanto admiramos porque la educación mecanicista nos lo implantó en el cerebro, cuando escarbamos un poco bajo la costra superficial, descubren un sinfín de razones que los tornan más admirables aún. Pero no porque fueran personajes extraordinarios e irrepetibles sino por todo lo contrario: porque eran personas tan humanas como cualquiera de nosotros. Solo que ellas y ellos comprendieron que lo fundamental es no traicionarse a sí mismos como individuos y, de ese modo, no traicionar los valores que deben extenderse a toda la sociedad.


Comentarios en: "La humanidad de Don José" (3)

  1. Gracias por la historia. Aquí en mi país, no conocíamos ni la cuarta parte.

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  2. Fedellinas dijo:

    hay un error de fecha en la primera foto.
    culpa mia 😀

    Me gusta

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