Un sitio para gozar de la belleza masculina en toda su plenitud

Esencias y residuos



En la puerta de nuestra heladera hay un imán con una frase célebre de Juaco que dice: “Hasta las palometas del calzón tienen su por qué y su para qué”. No creemos estar haciendo una infidencia al mencionarlo pero se nos vino a la cabeza porque Zekys sigue ausente con aviso pero nos dejó un relato preparado. Nos pidió que le buscáramos algunas fotos ilustrativas y justo cuadran estas de Dakota, el chonguito de la semana. ¿Casualidad? Hoy, una banana para disfrutar por partida doble.










El auto se había detenido cerca de donde estábamos y fue Marlén la que respondió al bocinazo. Tenía una manera muy graciosa de agacharse sobre la ventanilla de los coches. No sé cómo explicarlo: dejaba las piernas bien derechas y juntas y, si uno la miraba desde atrás, el tremendo culo terminaba por ocultar el resto del cuerpo. Imaginen el espectáculo. Después, cuando volvía a erguirse, lo hacía con gesto mecánico, con el torso rígido y como si tuviera una bisagra en las caderas. Muchas veces, el ritual terminaba con ella subiéndose al auto y partiendo hacia donde fuera. Pero esta vez se dio vuelta y se encaminó hacia nosotros, señalándome con el dedo y hablando a los demás:

– Les dije que esta putita cheta nos iba a soplar toda la clientela.

Me sonrió y me hizo señas de que el cliente me quería a mí.

Yo estaba allí por casualidad. Era domingo y había quedado con un chico que había contactado por internet. Me hice el viaje hasta Capital y resultó que el chabón se debe haber arrepentido porque nunca llegó a la cita (hay putos así)… y, ya que estaba cerca, compré unas cervezas y me fui a visitar a los amigos que estaban en la parada. No tenía intenciones de laburar. Al otro día tenía que ir al colegio y no podía faltar porque estaba al borde con las faltas. Pero lo pensé rápido y me dije que no podía dejar pasar esa oportunidad: el coche era un bote y el tipo debía tener toda la tarasca.

Tal como lo había supuesto, el tipo era un ricachón. Nada atractivo pero con buena tela. Tendría unos cuarenta y cinco o un poco más… Se podía decir que tenía un rostro agradable pero su abdomen abultado se llevaba todas las ganas de encontrarle algo seductor. No obstante, apenas me senté en el asiento del acompañante, su voz me sorprendió:

– ¿Ezequiel?

Era una voz de locutor. De esas tan profundas y firmes que parece que acarician… Nunca había estado con un tipo que tuviera buena voz y me entusiasmó la nueva experiencia. Con una sonrisa le contesté que sí. Aunque no recuerdo si lo dije con palabras o solo con un gesto.

– Pero vos no tenés dieciocho años…

No fue una pregunta sino una afirmación. Y al parecer, esperaba que yo la confirmara.

– Me descubriste: tengo veintiuno… –le respondí con total naturalidad, como si fuera verdad.

El tipo se quedo mirándome con atención un par de segundos y después se rió.

– ¡Esa es la actitud! ¡Nos vamos a llevar muy bien!




Me palmeó la rodilla y, mientras seguía riéndose, puso el auto en marcha. Se encaminó por Marcelo T hacia el bajo. Empezó a hablar de cosas intrascendentes pero me resultó simpático desde el vamos. Me aburren los tipos que se la quieren dar de intelectuales cuando lo único que buscan es que se la mames bien y a bajo precio. Este, en cambio, tenía chispa y ni siquiera mencionó el tema plata. De hecho, tuve que hacerlo yo cuando detuvo el coche en el garaje de un edificio en Puerto Madero.

– No te preocupes, lindo. Vos poné la cifra y, si la pasamos los dos bien, vas a tener un plus. –me dijo– Ya tengo referencias tuyas y sé que vale la pena.

Entonces se me acercó y me dio un beso. En los labios, por supuesto. Y ahí volvió a demostrar el tipo que tenía clase. Quedaba claro que era casado y seguro que hasta tenía hijos. Esos no suelen ser los mejores amantes (aunque sí los mejores clientes): por lo general te besan como si fueras una puta y te cogen como si fueras una muñeca inflable. Pero este no. Se me acercó lentamente y, sin siquiera tocarme, apoyó sus labios sobre los míos con suavidad. Hubo electricidad o un yo qué sé, pero hubo algo entre los dos que me dejó con gusto a poco. Otro en su lugar se me hubiera abalanzado y me hubiera embadurnado la boca de baba mientras me sobaba a cuatro manos. Sin embargo, él fue todo delicadeza. Sutil y contundente.

Salimos del auto y me señaló el ascensor.

– Caminá adelante, así puedo verte…

Una vez en el ascensor, compartió sus conclusiones:

– Me gustan los chicos que se cuidan. Y mucho más los chicos que pueden seguir una conversación sin esas muletillas tan desagradables que están en boga… Se te notan las horas de gimnasio pero también las horas de lectura… Lo dicho: nos vamos a llevar muy bien, vos y yo.

El ascensor nos llevó hasta el penthouse. Era un lugar alucinante. Hasta ese día, nunca había estado en un sitio así. Lujo por donde mirara. Todo reluciente. Y los ventanales daban una vista inconcebible de una Buenos Aires que uno ama desde abajo, pero que desde arriba es sencillamente majestuosa.

Me hizo pasar al que él llamó “comedor diario”, que no era otra cosa que un ambiente enorme, con toda una cocina equipada a full en un extremo y una gran mesa en el otro, frente a un impecable ventanal desde el cual se podía ver la Reserva Ecológica y el río. Aunque, a decir verdad, la Reserva y el río eran solo una franja diminuta y la vista era, más que nada, un enorme e inabarcable cielo azul. “Podría acostumbrarme a vivir acá” me dije. Abrió una puerta metálica y la abertura de cubrió de un vapor espeso y blanco. Era un frigorífico gigantesco dentro del cual había un pequeño supermercado.

– Servite lo que quieras tomar. –me dijo.

Justo a la entrada de la megaheladera, a mano derecha, había todo un surtido de bebidas, alcohólicas y sin alcohol.

– Acá fuera también tenés licores, si querés…






Y sí, había todo un mueble con estantes y licores del tipo y graduación que uno buscara. Pero preferí mantener el juicio y tomé un jugo de duraznos.

– Cuando uno disfruta, es mejor recordarlo. –le dije.

– ¡Brindo por eso! –respondió levantando una copa de vino espumoso recién servido– Pero yo prefiero combinar cada disfrute de mi vida con un buen vino. Y una fruta exquisita como vos, solo se puede acompañar con un Prosecco.

Era un hombre extraño. Seductoramente extraño, a pesar de su apariencia. Su voz y la gracia de sus palabras me hacían pasar por alto su figura grotesca. Hablaba mucho. Pero no demasiado. Era consciente de la fascinación que había despertado en mí y se lo veía satisfecho consigo mismo. Me tomó delicadamente de la mano y, mientras me guiaba hasta la habitación, me contó las maravillas de aquella bebida, cuya uva cultivaba su familia en las viñas del Véneto. El cuarto también era asombroso, pero no voy a aburrir con tanto detalle.

– Ponete cómodo… quiero disfrutar de la vista de ese cuerpo…

Se dejó caer livianamente en un sillón de estilo que estaba junto a otro ventanal que mostraba la ciudad.

Dije algo intrascendente que pareció hacerle gracia y me siguió la corriente. Con lentitud, me quité la camisa y él le dio un sorbo a su copa. Su mirada me quemaba. Despertaba algo en mí que yo desconocía. No era orgullo ni jactancia… tal vez fuera solo una sensación de regocijo ante su aprobación manifiesta y sin palabras. Sin apresurar mis movimientos, empecé a desprender el cinturón y luego me lo quité de acuerdo a su pedido. Me di la vuelta y lo coloqué alrededor de mi cuello, tal como él quería. Después desabroché el pantalón y bajé la cremallera. No sé cómo lo hizo pero empezó a sonar una música suave. Me pidió que alzara los brazos y moviera mi cuerpo sutilmente hasta lograr que la prenda cayera por sí sola. Creí que no sería sencillo pero lo intenté. Ciertamente no lo fue, aunque el resultado fue sorprendente. Era la primera vez que hacía algo semejante y tuve la sensación de estar haciendo arte. Tal vez me viera como un espantapájaros sacudido por el vendaval, pero la sensación era la de un Nijinsky mecido por Debussy. Milagrosamente, después de largo rato, el pantalón se dio por vencido.

– ¡Bravo! – balbuceó con entusiasmo y me detuvo cuando bajé los brazos y quise darme vuelta.

Sin que yo lo percibiera, se había puesto de pie y se había acercado a mí.

– Esta espalda es un milagro… –me susurró al oído– y tengo miedo de quebrar el sortilegio si la acaricio…

Esa voz me erizó la piel como nunca nada lo había hecho. Mis pezones se apretaron y mi pene comenzó a cobrar turgencia. Después, durante un rato, lo único concreto fue la música, que seguía sonando. Sin embargo, sentí que su aliento me recorría hasta las pantorrillas como un lobo al acecho. O tal vez fuera solamente mi deseo de que así fuera.







Cuando volví a escuchar su voz, otra vez se había alejado. Me pidió que cerrara los ojos y me volteara hacia él. Yo llevaba puesto un slip blanco de algodón. Mi semierección era notoria y me lo dijo. No usó esa palabra exactamente sino otra que no puedo recordar. Fue muy elegante en todo caso. Siempre fiel a su estilo. Me propuso nuevas poses. Su voz era precisa en cada descripción y yo obedecía como un muñeco articulado. Cuando al fin me permitió abrir los ojos, la tarde se hacía noche sobre Buenos Aires y el cuarto acentuaba en la penumbra su dulce intimidad.

Él se había quitado la ropa y la había sustituido por una bata de seda negra. Apoltronado en el sillón, su figura perdía contornos sobre el tapizado de pana oscura. Los juegos de sombras estaban perfectamente delineados y lo favorecían, sin ninguna duda.

– Sos mucho más hermoso de lo que me habían contado. –dijo– No quiero que te formes una idea equivocada de mí y, sin embargo, ya no puedo esperar para ver lo que oculta ese algodón…

Supuse que en sus palabras iba implícita una nueva propuesta y, otra vez en plan de danza, deslicé la prenda con morosidad. Tuve que usar las manos, por supuesto, pero quise imprimirle a la escena la misma sensualidad que había logrado hasta el momento. Al verme completamente desnudo frente a él, no dijo nada. Pero no fue necesario. Su mirada era más que elocuente y volvió a asaltarme la sensación de regocijo.

– ¿Te incomoda que te mire?

– En absoluto.

– Maravilloso… apenas puedo contenerme…

– No lo hagas…

– El hacerlo también me da placer…

Hablamos de mí y de él. No de los que éramos fuera, sino de quiénes éramos allí dentro. La piel se me erizaba cada vez que me dedicaba algún halago y pronto la erección fue contundente. Reímos ante el espectáculo de mi pene insurrecto y él confesó que su “entusiasmo” era igual de firme, si bien lo mantenía oculto bajo la seda. Y ya que hablábamos de firmeza, también quiso ver mis nalgas en libertad. Solo me pidió que me girara una vez más. Educado y galante, me elogió con admiración y yo no pude menos que agradecerlo.

– No es que me haya acostumbrado a la grosería, –le expliqué– pero en estas situaciones siempre espero…

No pude encontrar la palabra adecuada. La escena era demasiado mágica como para ensuciarla con mis recuerdos de tipos que solían pedirme que les abriera las nalgas como un libro y me metiera los dedos hasta dilatarme y… bueno, esas cosas…






Él me ayudó con la palabra que me faltaba:

– Vulgaridad… –dijo sonriente– En estas situaciones lo habitual es lo vulgar. No creas que no lo sé. En eso vos también hacés la diferencia. La chabacanería es una gangrena que lo pudre todo. ¡Ni siquiera es como el ácido, que tiene el buen gusto de carcomer y disolver hasta dejar la nada misma! El mal gusto y la vulgaridad solo dejan degradación y nos transforman en seres miserables que confunden el residuo con la esencia.

Es curioso cómo uno puede llegar a excitarse solo con palabras… Aunque hay palabras que tienen vuelo propio y van más allá de un mero discurso.

– Pero no arruinemos el momento con filosofías de bar y sigamos disfrutando de lo bello que nos ofrece la vida.

Entonces me animé a decirlo:

– ¿No me vas a tocar?

Hubo un silencio.

– ¿Querés que te toque?

Asentí con la cabeza y con un “sí” que, involuntariamente, sonó a gemido.

– No te voltees entonces…

La música fue oportuna en sus últimos compases y se hizo el silencio. Pude oír, gracias a ello, el siseo de la pana cuando él se apeaba de su asiento. Mi corazón empezó a bombear con intensidad y, aun así, pude escuchar la caída algodonada de la seda contra el suelo. Sus manos suaves (extremadamente suaves y cálidas) se posaron en mis hombros y sus labios rozaron mi cuello con su aliento. Su vientre prominente se apoyó contra mi espalda e, instantáneamente, su glande húmedo me acarició los glúteos. Mis manos se movieron por instinto hacia su cuerpo pero las suyas se encargaron de hacerme desistir. Al paso de sus besos, mi piel se debatía entre el ardor y la frescura. Genuinamente erizado, me recosté sobre su pecho y, esta vez, se dejó acariciar aunque no fuera con mis manos. No había forma de impedir que su pene se colara entre mis nalgas. Y no es que yo quisiera hacerlo. Muy por el contrario. Era duro y suave… Tan suave como sus palabras y tan duro como tiernas eran sus caricias. Sus brazos me rodearon y me adosaron a su cuerpo con vigor y decisión. Las manos llegaron a mi pene y se entretuvieron allí, mientras (casi sin notarlo) nuestras figuras se iban inclinando hacia delante. La verga me fue penetrando de a milímetros. No hubo prisa ni violencia. Lubricado apenas por sus fluidos y el sudor, se fue insertando en mí como si fuéramos un rompecabezas. Ardía un poco pero también era placentero. Fue necesario que nos inclináramos aun más para que todo su falo quedara a resguardo y, para no perder el equilibrio, terminé apoyándome con las manos en el borde de la cama. De ahí en adelante, la perfección también supo de rudezas.

El furor de la pasión nos hizo perder el control y juntos caímos sobre la cama. Yo estaba inmovilizado y fascinado por la precisión de sus movimientos, cada uno de los cuales despertaba sensaciones placenteras, fuera donde fuera que se produjeran. Aun hoy guardo la sensación de que jamás me sentí tan felizmente pasivo. Él lo hizo todo.






Cuando finalmente nuestros cuerpos estallaron, el resultado fue un agotamiento supremo y maravilloso. Mi figura envuelta por la suya y una grata humedad en las sábanas y entre mis nalgas. Si me lo hubiera permitido, habría permanecido en esa posición el resto de la noche. Pero al poco rato de quietud, volvió a besuquearme el cuello con ternura. Me gustaba tanto que allí me quedé, quietito y dejándome hacer… Y antes de que pudiera yo reaccionar, ya se había puesto de pie y, a mis espaldas, se había enfundado otra vez en su bata negra.

Volvió la charla amena. Relajante. Su mirada no dejó de cobijarme. Ni siquiera mientras me duchaba entre bromas y risas.

Me habría gustado quedarme con él toda la noche y que volviera a penetrarme como lo había hecho. No me animé a proponérselo y seguramente fue lo mejor. La vulgaridad suele disfrazarse también de desmesura.

Antes de irme, triplicó la suma que le había propuesto en el estacionamiento. Mi carita de pendejo sorprendido debe haber sido tal que, con su mejor sonrisa me hizo un nuevo regalo al decirme con esa voz que no se olvida:

– El agradecido soy yo.

Y yo me sentí el pendejo más enorme del universo.

Después de aquel primer encuentro, durante varios meses no trabajé más que con él. Y pueden estar seguros de que no fue trabajo.


Comentarios en: "Esencias y residuos" (2)

  1. Me ha encantado y excitado tu narración. Gracias

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