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El Francesito (5ta parte)



¡Por fin ha llegado el momento de publicar la tan solicitada quinta parte del relato del Francesito! Momento histórico si los hay, jejejeje. Advierto que la imagen que ven en la portada de esta publicación es una humorada de Fede y que esa sustancia extraña que ven es solo chocolate, jajajaja.

He dejado este relato para el último día del año con el propósito de exorcizarlo. Publiqué la cuarta parte en julio de 2013 y, desde entonces a esta parte, cada vez que quise publicarlo surgió algún hecho que me lo impedía. Primero, el texto original desapareció cuando colapsó mi antigua computadora. No lo había resguardado en ningún disco externo y, sencillamente, lo perdí. Tuve que reescribirlo y, antes de que terminara de corregirlo, se enfermó mi madre y luego falleció. Después de eso, lo olvidé durante un tiempo hasta que varios de ustedes comenzaron a reclamar la continuación de la historia. Fue así como lo busqué en mi máquina e inexplicablemente nunca volví a encontrarlo. Así pasaron los meses y nunca me decidía a retomarlo. Hasta que hace unas semanas recibí una noticia que me impulsó a reescribirlo por segunda vez. Si no sucede nada extraño, si no se acaba el mundo y se alinean los planetas, es posible que lleguemos al 31 de diciembre y este relato pueda ser finalmente publicado.

Si es así, si hemos podido vencer el maleficio, recomiendo a los que no leyeron las cuatro partes anteriores y a los que no gozan de buena memoria darse una vuelta por los siguientes enlaces:


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Y si hubiera alguno que se niega a leer tanto, le hago un brevísimo resumen de qué va la historia.

En mis tiempos de adolescente, llega a mi clase un nuevo alumno llamado Franco. Es argentino pero se ha criado en Francia y prácticamente no habla castellano. Como soy el único que conoce el idioma, las autoridades me encargan que le sirva de intérprete. Es un chico bastante lindo y me calienta desde el primer momento. Para satisfacer mi calentura tengo sexo con otros chicos pero él sigue siendo el más deseado. Intento un acercamiento pero él no se hace cargo. Pasan los meses y nada, aunque pasamos buena parte del día juntos. Sin embargo, en el colegio se rumorea sobre nosotros dos y una tarde, después de una clase de gimnasia, el matón del curso inicia una pelea durante la cual yo confieso públicamente mi gusto por los chicos y la discusión termina violentamente. Esa misma tarde, me conecto por internet con Gustavo (un chico de otro curso que apenas conocía) y entablamos una conversación que va a terminar en sexo. Gustavo pasa la noche en mi casa y, luego de un llamado telefónico en el que Franco se preocupa por lo sucedido, me convence de tomar la iniciativa y hacer algo para tener relaciones sexuales con Franco de una vez por todas.

Más o menos así es la historia. Más no puedo hacer para que no queden colgados al leer la quinta parte, jejeje.

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Recuerdo aquellos días con notable claridad. La primera noche que Gustavo se quedó a dormir en casa fue tan intensa que, en realidad, ninguno de los dos pudo dormir. Cogimos casi sin descanso hasta las cinco y media, hora en que escuchamos el despertador de mi vieja. Fue en ese preciso instante cuando un fugaz escalofrío me recorrió la espalda. Fue una milésima de segundo después de la cual deseché y olvidé la posibilidad de que mi vieja nos hubiera estado espiando mientras cogíamos. Tenía que haber otra explicación para esa puerta entreabierta que debería haber estado cerrada. Una hora después comenzaba a amanecer y nosotros seguíamos despiertos, charlando tonterías y haciéndonos arrumacos como si fuéramos dos enamorados. Abajo, mi vieja arrastraba los pies, abría y cerraba puertas, protestaba entre dientes, iba y venía en su sistemático ritual matutino. Para mí no era novedad porque lo escuchaba todos los días desde que tenía memoria, pero para Gustavo era una muy divertida parodia de la abuela de la película “Esperando la carroza”.

— Igual tu vieja no es tan vieja…

— De edad puede que no, pero a veces me parece que nació con los dinosaurios.

A las seis y media en punto, ella cerró la puerta de calle y un instante después escuchamos el auto que se alejaba. Esa era la hora en que yo solía levantarme para ir al colegio. Pero esa mañana las cosas eran diferentes.

— ¿Vamos a ir al colegio? —me preguntó Gustavo, como si yo tuviera alguna autoridad para otorgarle o denegarle ese permiso.

— ¡Yo ni pienso!

— Entonces yo tampoco.

Y uniendo dichos a hechos, se sumergió bajo la sábana y volvió a abrazarme con la idea de retomar el chichoneo.

— ¡Pará, pará! —lo detuve— ¡Tenemos que dormir un poco aunque sea! Que vos después te vas a tu casa pero yo me tengo que quedar a esperar a Franco.

Sin demasiada convicción, Gustavo aceptó mis argumentos y se echó junto a mí de cara al cielorraso. Otra vez tenía la pija dura y la tela hacía carpa a la altura de sus ingles. La visión me enterneció en vez de calentarme.

— Bueno, está bien… —dije— Pero hagámoslo rápido que quiero descansar un par de horas aunque más no sea.

Aparté las sábanas y me puse de costado dándole la espalda. Levanté la pierna para que él pudiera acomodarse mejor y dejé que me penetrara. Fue un polvo apresurado y mecánico, pero no por eso menos intenso. Cuando él acabó, nos dimos un beso y nos dormimos abrazados. Yo elegí no eyacular con la idea de “guardar” un poco de calentura para cuando llegara el turno de Franquito.

A las once de la mañana nos despertó la alarma del reloj electrónico que tenía en mi mesita de luz. La desactivé con un manotazo y volví a dormirme, pero en mi inconsciente sabía que volvería a sonar en unos minutos. Cuando eso sucedió, no fue capaz de despertarme y solo soñé que un zumbido insoportable me taladraba la cabeza. Por fortuna, Gustavo pudo echarse sobre mí para alcanzar el dispositivo que ponía fin a la tortura y, de ese modo, me arrancó del profundo sueño. Después de unos cuantos besos de buenos días, más juguetones que cachondos, nos dimos una ducha juntos y después desayunamos. Yo preparaba el café con leche mientras él se encargaba de las tostadas.

— Tostadas, boludo, no “quemadas” —me burlé cuando vi que el pan dentro de la tostadora empezaba a echar más humo de la cuenta.

— Bueno, ¿qué querés…? La vida de casada no es lo mío.

— Lo bien que hacés… Yo también prefiero la vida de “garchada”.

Fue una mañana muy divertida. Gustavo tenía chispa y eso me atraía mucho. En lo más profundo de mi mente me preguntaba cómo era posible que la estuviera pasando tan bien con alguien que, veinticuatro horas antes, apenas conocía de vista; que ya le hubiera contado cosas muy íntimas de mi vida que no le había contado a nadie; que ya le hubiera entregado el culo con tanta soltura y naturalidad. ¿Cómo era posible?

— ¿Estás seguro de que no me puedo quedar…?

— ¡Ni se te ocurra! —troné simulando enojo, antes de que pudiera terminar la frase.

— ¡Pero por ahí necesitás un poco de ayu…!

— ¡TE VAS! Que si lo encaramos entre los dos, seguro que se asusta y nos quedamos todos sin el pan y sin la torta.

Mi respuesta lo hizo reír.

— ¿De dónde sacás esas frases?

— ¿Cuáles?

— ¡Esas que decís! Siempre decís las cosas de una manera graciosa… “Sin el pan y sin la torta” —me imitó— ¡Es muy gracioso!

Para mí siguen siendo expresiones de lo más comunes, pero tiempo después conocería a su familia y comprendería un poco más su sorpresa. Eran gente amable y con mucha educación, pero secos como lengua de loro y agonizantemente aburridos. Gustavo era la oveja negra. Era el único que estaba siempre sonriente.

— Lástima que no sepamos hacer señales de humo… —comentó al mediodía, cuando ya se iba.

— ¿Para qué querés saber eso?

— Para que puedas avisarme si necesitás ayuda esta tarde.

Esta vez fue él el que me hizo reír a mí y lo despedí con una patada en el culo. Juro que quise hacerlo en broma, pero los adolescentes no suelen controlar su cuerpo. El golpe fue más fuerte de lo que debió ser y al otro día me reprocharía por el moretón en su nalga.




Una vez solo, pergeñé algo así como un plan de acción. Si bien Franco no me había dado ninguna certeza, yo estaba convencido de que iría para mi casa apenas saliera de la escuela. El problema sería su madre (que lo llevaba y lo retiraba del colegio todos los días en su auto) pero yo no tenía dudas de que hallaría la manera de sortear el escollo. Ya pasaban las doce y me quedaba poco más de una hora para organizar la “cita”. ¿Cómo se hacía para “entrarle” a un chico virgen en más de un sentido sin que se asustara y saliera corriendo? Instintivamente supuse que lo mejor era lograr que se sintiera cómodo, hablar de cosas intrascendentes y generar un clima de confianza… Sí, sí, puras verdades de Perogrullo… pero ¿cómo se hacía? La vida me enseñaría luego que, siempre que uno tiene que tratar un tema complicado con alguien, lo más acertado es hacerlo en el entorno de una comida. Aun sin saberlo, aquel día pondría por primera vez en práctica ese precepto. No tenía mucho tiempo para organizar un gran almuerzo. Ni tiempo ni destreza. Por aquellos años todavía no nacía en mí el amor incondicional que siento hoy por la buena cocina. Aunque es justo aclarar que, a la hora de cocinar, me las rebuscaba con bastante talento. Corrí a la heladera e hice un rápido chequeo de lo que había disponible. Había carne picada, huevos, gran surtido de vegetales. En la alacena había condimentos de todo tipo, cebollas, ajo, perejil… Franco era un chico sencillo, a pesar de que su familia tuviera ínfulas de aristocracia. Estaba acostumbrado a comer cosas cuyo nombre ninguno de nosotros era capaz de pronunciar. No obstante, siempre nos miraba con envidia cada vez que le contábamos de alguna comida en el Mac Donald’s. Él adoraba la comida chatarra. De manera que la solución estaba al alcance de la mano: hamburguesas caseras con papas fritas sería un buen menú para ponerlo de buen humor. Las papas fritas serían tal vez un inconveniente (tardan mucho en alcanzar el dorado que a mí me gusta) pero, si él llegaba antes de que yo terminara de preparar el almuerzo, podría utilizar la situación para invitarlo a cocinar conmigo, lo que nos pondría más cerca uno del otro y podía dar lugar a un intercambio más íntimo.

Elaborar hamburguesas caseras era muy sencillo para mí. Estaba habituado a hacerlo cuando llegaba a casa y no había nada preparado. Mi señora madre era muy meticulosa con esas cosas pero algunas veces optaba por dejarme dinero sobre la mesa de la cocina para que pidiera comida. La mayoría de esas veces yo optaba por hacer mis propias hamburguesas y las devoraba en la sala mientras miraba televisión o jugaba a los jueguitos. Minutos después de la una, media docena de hamburguesas caseras bien contundentes se cocinaban a fuego lento. Tenían carne molida, sal, pimienta, cebolla picada muy pero muy finito, ajo triturado, bastante perejil, pan rallado y un huevo batido para unificar la preparación. En una olla grande había puesto mucho aceite a calentar y, entretanto, yo cortaba las papas en bastones regulares. A la una y veinte, las primeras papas, prolijamente cortadas, eran vertidas en el aceite hirviendo. El sonido que se produce es inigualable y su solo recuerdo me da hambre. Tapé la olla para que no se perdiera el calor y seguí cortando papas. Las papas fritas nunca son suficientes y, por aquellas épocas de hormonas desbocadas, en más de una oportunidad llegué a comerme un kilo de papas fritas yo solito. Por esa razón, aquel día hice dos kilos.

Las cosas no salieron como yo esperaba. Tuve tiempo de sobra para freír todas las papas y Franco no llegaba. Saqué las hamburguesas del fuego y las cubrí con un plato para que mantuvieran el calor, pero el hambre me retorcía las tripas y, a las dos y media, me di cuenta de que ya no podía esperarlo más. Desilusionado (MUY desilusionado), me aparté tres hamburguesas y las cubrí con una parva de papas. Estaba dispuesto a sepultar la depresión bajo el peso de los carbohidratos. Pero justo en el momento en que me llenaba la boca con la primera ración, oí el ruido de un auto que se detenía en mi puerta.





Las tardes del barrio eran (y siguen siendo) muy silenciosas y cualquier sonido de la calle podía escucharse con claridad desde la cocina. El sonido inconfundible de la puerta de un auto al cerrarse fue seguido por el de dos voces agudas que discutían. Y para mi gran alegría, ¡discutían en francés! Tragué apresuradamente la comida (quemándome la boca y lastimándome la garganta ya que las papas estaban muy calientes y apenas masticadas) y corrí a la puerta para verificar lo que ya sabía. Miré a través de las persianas bajas y vi a Franco junto al auto de su madre. Tenía cara de muy pocos amigos y pateaba el suelo como esos nenes que hacen berrinches si sus mamás no les compran caramelos. Era una escena muy divertida. No podía comprender bien lo que se decían, hablaban muy rápido y mi francés no era todavía tan fluido. Atrás había quedado mi depresión y, en el preciso instante en que Franco dejaba a su madre protestando sola para entrar en el jardín y dirigirse a mi puerta, me di cuenta de que solo llevaba puesta una musculosa y un slip. ¡Volé hasta mi habitación para ponerme un pantalón! Me calcé lo primero que se cruzó en mi camino (un short de mezclilla que yo mismo me había hecho con los restos de un jean viejo) y bajé las escaleras temerariamente. Franco ya había tocado el timbre tres veces y lo único que me hubiera faltado para el suicidio era que se fuera antes de que yo abriera la puerta. Por fortuna, no fue necesario llegar a los extremos.

— Pensé que no estabas en casa… —dijo Franco apenas me vio.

Se lo veía más pálido que de costumbre. No llevaba su mochila y hundía las manos en los bolsillos de su jean. Tenía carita de pollo mojado.

— Nnnn… No… es que estaba… en paños menores… —“con la verdad no ataco ni temo”, pensé.

Franco me miró de arriba abajo y su rostro se iluminó con una sonrisa.

— ¿Paños menores? ¿Más “menores” que eso?

El humor es la mejor solución a todos los problemas. Ciertamente, mis vestimentas no abundaban y eso no pareció ponerlo incómodo. Punto a favor.

— ¿Comiste? Yo estaba a punto de almorzar. Un amigo me había dicho que venía a almorzar pero acaba de llamarme para cancelar.

Pasamos a la cocina y Franco balbuceó algo así como una disculpa. Aparentemente, ya había comido.

— ¿Estás seguro que no querés? —insistí con segundas intenciones— Creo que hay justamente lo que te gusta.

La visión de las papas fritas le hicieron abrir los ojos como platos y, cuando le mostré la bandeja con las hamburguesas, cayeron todos sus reparos y se acomodó en la mesa dispuesto a devorarse todo. Mi plan comenzaba a funcionar. Con ánimo renovado, Franco tuvo el buen tino de no abordar de entrada el tema de la pelea con Araujo. Hablamos de bueyes perdidos y nos comimos todas las hamburguesas y las papas fritas en un abrir y cerrar de ojos. El asunto de la pelea surgió recién a la hora de lavar los platos, tarea en la que conté con su dedicada aunque inexperta asistencia.

— No fue tan terrible como lo cuentan. Yo tuve apenas un tajito en la cabeza. —le resumí, tratando de quitarle importancia a la cuestión.

— ¡No me mientas! —me advirtió con su sensual tonito gangoso— Nadie va a parar al hospital por una cosa de nada.

— Ah… Eso será en Francia. —bromeé— Acá, en las pampas argentinas, somos todos muy maricones y vamos al doctor por cualquier rasguño.

Acababa de lavar el último cacharro y me sequé las manos con un repasador mientras movía las caderas muy “mariconamente”. Él se rió y me miró con nerviosismo. De pronto, se hizo un silencio bastante incómodo hasta que decidió abrir la boca e ir a lo importante.

— Y ya que hablamos de maricones, —dijo— ¿qué es eso de que sos gay?




Lo miré como quien no le da importancia a las palabras, me senté en una silla y me recosté sobre la mesa como si llorara.

— ¿Ves? ¡Son todos iguales! —lloriqueé— Sólo piensan en “eso” y nadie se preocupa por mi pobre cabecita, que está mal herida.

Franco pareció entrar en sintonía y se acercó. Tímidamente, pero se acercó a mí e hizo la pantomima de un consuelo.

— Pleure plus, mon petit pédé! —me dijo en francés mientras posaba sus manos en mis hombros— Que peux-je faire pour guérir tes blessures? (¡No llores más, mi pequeño marica! ¿Qué puedo hacer para curar tus heridas?).

Al oír esas palabras, vi la oportunidad de dar una primera estocada y decidí no desperdiciarla. Tomé una de las manos que se posaban en mi hombro, lo miré fijamente a los ojos y lo desafié tácitamente a no bajar la vista. Sus labios todavía sonreían pero era una sonrisa forzada y nerviosa. Más aún cuando le respondí:

— Je suis vraiment un pédé. (En serio soy maricón).

Y, dicho esto, todo fue mucho más sencillo de lo que había imaginado. La sonrisa de Franco se esfumó al instante y sus ojos se llenaron de lágrimas. Durante un lapso que no puedo precisar, el tiempo se detuvo. Su mano se aferró a la mía y, a la par que su pulso de aceleraba, el mío se tranquilizaba. La situación se encarrilaba a mi favor, aunque tal vez no del modo en que yo lo hubiera preferido. De súbito, el cuerpo de Franco se desplomó como el de una marioneta al que le hubieran cortado los hilos. Cayó de rodillas ante mí y refugió su rostro entre mis piernas… pero para llorar. Hecho un mar de lágrimas, su cuerpito de alambre se sacudía con cada sollozo y, en ese momento, yo no comprendía muy bien cuál era la causa de aquella explosión repentina, de manera que no encontraba el modo de consolarlo. De allí en más, el diálogo continuó en una mezcla de francés y castellano que, en el futuro, sería nuestra habitual manera de comunicarnos. Para no complicar las cosas, voy a transcribir las palabras en nuestro idioma, pero recuerden que no fue así.

— ¡Ey! ¿Por qué tanta angustia?

La única respuesta fue más y más llanto inconsolable. Con un instinto casi maternal de mi parte, le acaricié la cabeza sin saber qué más hacer. Creo que, al menos en estas cuestiones, soy tan inútil como el más recalcitrante de los machos. Volví a preguntar una y otra vez, pero al ver que solo lo angustiaba más, dejé de hacerlo y me limité a acariciar su pelo y su mano. Quizá todo duró solo un par de minutos. Sin embargo, fueron un par de minutos eternos. No era así como yo había planeado que fuera el primer contacto. Por suerte, tras un largo rato de consuelos inútiles, la congoja cedió terreno y el cuerpito de Franco dejó de convulsionarse.

— Ey… ¿por qué tanta lágrima? —insistí, pero con menos énfasis, tratando de retornarlo a la calma.

Franco levantó la cabeza y me clavó la mirada con esa firmeza de los tipos que van a jugarse el todo por el todo.

— ¡Yo también! —dijo finalmente y empezó a llorar otra vez, pero sin apartar sus ojos de los míos.




Mi confusión era tremenda. Tanto que no alcanzaba a descifrar qué significaba aquella frase. ¿Qué significaba ese “yo también”? Con el diario del lunes en la mano, cualquiera puede predecir la lotería del domingo. Hoy parece una idiotez de mi parte, pero en ese momento no tuve la capacidad de discernir algo tan sencillo. Ese “yo también” no quería decir solo “yo también”. En esas dos palabras se condensaban años y años de confusión, vergüenza, secretos inconfesables, deseos reprimidos, ¡MIEDO! Ese “yo también” era la puerta del armario que se abría por primera vez y, si la suerte no hubiera estado de nuestro lado, tal vez habría sido la puerta del armario que nunca más volvería a abrirse.

Con la cabeza inundada de dudas, aferré más fuertemente su mano y con la otra aparté el flequillo que le caía sobre los ojos. La escena era casi una telenovela mejicana. Solo faltaban los violines. Pero el suyo era un sufrimiento tan concreto y tan real como pueden serlo estas teclas que ahora presiono para transcribir la historia. Mis muslos y mis rodillas estaban empapados. También sus mejillas pálidas. Nos quedamos allí, mirándonos en silencio hasta que todo el llanto vertido se hubo evaporado. Después, un impulso, un arranque involuntario me puso de pie. Él no atinó a moverse y prácticamente tuve que obligarlo a seguir mi ejemplo. Lo abracé despacio, con miedo de quebrar ese cuerpo que parecía más frágil que de costumbre. Curiosamente, fue Franco el que apretó el abrazo. Sus manos se aferraron a mi espalda y, por más que lo hubiera querido, creo que nada en el mundo habría logrado separarlo de mí. Ahora eran mis hombros los empapados y una gota de lágrimas o moco o saliva corría por mi espalda, hasta perderse entre las hebras de mi musculosa. Debo reconocer que, a pesar de sentirme horrible por el momento que Franco estaba atravesando, el tiempo se me hacía de chicle y deseaba con todas mis ansias que aquello terminara de una vez. Nunca fui bueno para afrontar este tipo de situaciones. Por lo pronto, traté de no moverme y dejar que fuera él el que diera el siguiente paso.

Y lo hizo.

El primero de los besos fue en mi hombro, el segundo en mi cuello y el tercero en el lóbulo de la oreja, pero fue una elección azarosa. Quizá fuera mi inacción lo que lo tranquilizó y el cuarto beso volvió al hombro. Así quedamos nuevamente como estatuas, ya sin llantos, para revivir cuando mis manos frotaron suavemente su espalda. Franco se apartó unos centímetros hacia atrás y, luego de mirar mis labios, volvió a mirarme fijamente a los ojos.

— ¿Puedo? —preguntó a media voz (hoy me resulta una pregunta absurda).

No le respondí. Yo mismo lo besé. Mi boca lo besó. Y no importaron los mocos amargos, ni la baba espesa, ni las lágrimas saladas, ni el sudor inconcebible que nos pegotearon labio a labio. Nos besamos por primera vez. El primero de una larga serie de besos que ocuparía gran parte de aquella tarde que iniciamos frente a un plato de hamburguesas caseras y papas fritas. Ninguno de los dos osó moverse, salvo para respirar y volver a unirnos sin pasión, pero con ternura. Algo en mí me impedía apasionarme y confieso que esa fue también mi primera vez, la primera vez en que un beso no representaba el primer peldaño hacia el sexo. Al final, todo resultaba paradójico: tanta calentura al pedo y, cuando llegaba el momento, la verga no respondía.

Menos mal que él no sentía lo mismo.

Sentí su erección después de mucho rato. Vaya a saber desde cuándo había estado ahí sin que yo la notase. Hice como si no me diera cuenta. Además, no parecía gran cosa. Por lo que podía sentir a través de las telas, era finita, cosa que no era un inconveniente dadas mis intenciones al inicio de toda aquella rara aventura. Franco también tomó conciencia de la dureza en su entrepierna y, con cierto disimulo, se acomodó el paquete sin dejar de besarme. Pero todavía estaba un poco verde en esos menesteres y, lejos de ocultar la prueba de su excitación, la dejó más en evidencia. Sin embargo, continuó como si nada. Sus labios ardían y habían tomado un tono carmesí que contrastaba con su rostro pálido. Estaba como poseído. No actuaba por voluntad sino por necesidad y cada beso era más profundo que el anterior. A pesar del gusto que me generaba, yo me sentía abrumado al mismo tiempo. Curioso sentimiento ese de sentirme atrapado en mi propio juego. Los papeles se habían invertido y todo indicaba que yo tenía miedo.

De alguna manera tenía que volver las cosas a su lugar y, para ello, no había nada mejor que tomar el toro por las astas. O al pendejo por el rabo.

La idea era muy sencilla y la puse en práctica al instante. En medio de un beso, mi mano fue directamente a su entrepierna. Al tiempo que él abría los ojos asustado, yo comprobaba que la tenía chiquita. No importaba: había que continuar con la segunda fase.

Después de manosearlo un rato, sin poder despegar nuestros labios, tomé su propia mano y la llevé a mi entrepierna. Todavía estaba laxa, pero no tardaría en despertar. Tras un período de inseguridad, yo volvía a ser yo. Mis manos pasaron del frente a la retaguardia y con gran alivio me di cuenta de que mis propósitos tenían allí su final feliz. Franco se dejó tocar sin oponer resistencia. Muy por el contrario, su culito pareció cobrar vida al sentirse apreciado. Era ya la hora de ponernos más cómodos y así lo dispuse. Sin decir nada, haciendo un gran esfuerzo pude despegarme de su boca. Realmente fue difícil. Ya no había llantos ni congojas pero una fuerza interior me hostigaba para que no dejara de besarlo. Cuando pude imponer mi voluntad, lo tomé del brazo y con un movimiento un poco rudo, lo guie hasta la sala, donde me eché sobre él en el sofá y tuve la plena sensación de que nada volvería a salir mal a partir de ese momento. Ninguno pronunció palabra alguna. No era necesario. El ritmo de nuestros respectivos alientos era más que elocuente. Besé su cuello, besé sus hombros, besé su pecho y de repente su camisa desapareció. Su cuerpo comenzaba a develarse y me gustó tanto lo que vi que mi pene despertó de su ensueño. Tal como lo había supuesto, se trataba de un chico en extremo delgado pero su torso, fibroso y suave, era suculentamente seductor. Casi sin pensarlo, me fui deshaciendo del resto de su ropa y cuando por fin lo tuve desnudo entre mis brazos sentí el deseo irrefrenable de penetrarlo sin demoras. Día extraño aquel: pasaba de la compasión a la lujuria sin estados intermedios. Mi madre hubiera sentenciado que llevaba a Lucifer en la sangre y, de alguna manera, así me sentía yo en ese momento. Si hubiera tenido la capacidad de verlo, habría notado el rostro desconcertado de Franco, que no alcanzaba a asimilar mis cambios tan repentinos. Claro que su desconcierto no le impedía gozar de mis arrebatos. Mientras yo mismo me quitaba la ropa, besé su cuerpo de punta a punta, desde la frente hasta los pies, por delante y por detrás. Su piel emanaba un perfume casto que acicateaba a mis demonios. Y era tan suave que quise recorrerla con cada milímetro de mi propia piel. Me detuve largamente en su pene erecto. Era delgaducho como casi todo en él, pero no estábamos allí para un certamen de dotación. A partir del primer contacto me sentí a gusto en su entrepierna olorosa a talco. Él también supo disfrutar. Pero el momento clave de mi exploración primera fue aquel en que mi lengua se internara entre sus nalguitas redonditas y carnosas. También allí olía a gloria, como si todo su cuerpo fuera un gran frasco del mejor perfume francés. Dejó escapar un gritito maricón justo en el instante en que la punta de mi lengua alcanzaba su esfínter. Fui consciente de su placer y mi sangre hirvió más todavía. Esa tarde, Franco fue todo lo pasivo que alguien puede ser. De no ser por la respiración forzada y profunda, cualquiera habría apostado a que estaba en estado de catalepsia. Sin embargo, sentía cada uno de mis movimientos y cada una de mis caricias. Me apoderé de su ano con una excitación que había desconocido hasta ese día. Tanto así que, cuando ya estuve desnudo y con la verga dolorosamente dura, no se la acerqué a la boca para que la chupara. Se la acomodé entre las nalgas y simulé una penetración hasta que fuera él mismo quien me la suplicara.

Penetrarlo no fue tarea fácil. Apenas sintió el contacto de mi verga en su trasero, se comportó tal como uno espera que se comporte un principiante. Claro que, en aquellos tiempos, también yo era inexperto y no podía comprender cabalmente la situación. Sus nalguitas, tan suaves hasta pocos segundos antes, se pusieron duras y sus piernas se transformaron en dos barras de acero que no podían separarse. Desconcertado, presioné mi pene entre ellas pero solo logré deslizarlo por debajo del perineo y el glande apareció entre sus testículos raspándose contra las costuras del tapizado del sofá. Fue doloroso pero no tanto. En realidad, ya no lo recuerdo y solo hablo en base a conjeturas. En ese instante, mi único pensamiento posible era entrar en él del mismo modo en que tantos otros habían entrado en mí. Pero él no era yo y tardé un poco en darme cuenta.

Todo se aprende de un modo u otro. Tras varios intentos fallidos, algún ánima me iluminó y opté por hacer las cosas con más calma. Franco era una tumba. No decía palabra. Estaba claro que había depositado en mí la responsabilidad de que aquel primer encuentro sexual llegara a buen puerto. Cuando desistí de seguir intentando me miró con cierta preocupación. Con una mueca extraña parecía decirme: “Me duele”. No era un secreto.

Arrodillado a su lado, volvía a acariciarlo desde los pies hasta el cuello. Teníamos todo el tiempo del mundo y no me podía dar el lujo de arruinarlo todo por ansioso. Le di unas palmaditas suaves en el culo y me sonrió complacido. Lo besé en los labios y mi mano subió por su espalda, provocándole un estremecimiento que le hizo arquear el cuerpo. Luego besé su cuello, su hombro, su omóplato, su espalda y así hasta pasar por su cintura y retornar nuevamente a sus nalgas. Me acomodé una vez más entre sus piernas y tuve su hoyito a mi merced. Su cuerpo había recobrado la flexibilidad y se mostraba dispuesto a una nueva lamida. Todo fue más sencillo de ahí en adelante. El paso de mi lengua por su esfínter le provocaba nuevos suspiros. A veces se le escapaba alguna palabra que yo no alcanzaba a descifrar. Su respiración era cada vez más intensa y sus manos se apoderaron de mi cabeza para evitar que me detuviera. Entonces supe que era el momento.

— ¿Querés? —le pregunté, sin necesidad de más especificaciones.

Él asintió en silencio, mirándome con carita de nene travieso. Hoy lo recuerdo y me surge la duda si aquella mirada no fuera tal vez una manipulación de su parte.

— Pero creo que será mejor si lo hacemos de otro modo… —dijo finalmente, para mi sorpresa.

Para mi sorpresa porque se puso de pie, me indicó que me echara boca arriba sobre el sofá y, luego de embadurnarme el pene con su saliva, se subió sobre mí y se sentó suavemente. Su rostro evidenciaba nerviosismo. Su verguita había perdido rigidez, pero su mirada irradiaba decisión. Le costó encontrar la ubicación correcta. Mi glande humedecido hizo un amplio recorrido entre sus nalgas hasta dar con el punto exacto en que lo esperaba su hoyito. Pero cuando por fin uno entró en contacto con el otro, el deseo de los dos inició su carrera final. Franco se movió con mucha prudencia. El glande entró con cierta facilidad y eso nos dio gran alivio a los dos. Pero el tronco de mi pene tuvo más trabajo. Todo era pausado y, tal vez por ello, mi falo había perdido lubricación. Franco hizo una mueca de dolor y movió su cuerpo hacia arriba rápidamente, dejándome libre de su presión.

— Vamos otra vez. —me dijo, quizá para tranquilizarme— No puede ser tan complicado.

Hoy me da gracia. Con el tiempo he aprendido cabalmente que es así, que no es tan complicado. Pero esa es una certeza que solo te la dan los años. Se ensalivó otra vez la palma de la mano y la frotó nuevamente alrededor de mi pene; luego volvió a sentarse sobre el glande y, con un suspiro que pretendía hallar la relajación que le faltaba, de nuevo se dejó caer. Lo hizo lentamente. Tanto que la vista apenas podía percibir el movimiento. No así mi verga, que se había transformado en un manantial de excitación que percibía y amplificaba en mi cerebro cada estímulo. Su rostro aun estaba tenso cuando sus nalguitas ocultaban ya mi verga. La penetración aun no era profunda; faltaba todavía que él dejara reposar todo su peso sobre mi cuerpo y que sus glúteos se aplastaran contra mi pubis. Tardó varios minutos en lograrlo, pero al sentir que ya todo mi falo se alojaba en lo más profundo de su trasero, tanto él como yo dimos un profundo respiro y estoy seguro de que mi sonrisa fue tan brillante como la suya. Temeroso de arruinar el momento, ni siquiera intenté moverme. Él supo agradecerlo. Se quedó unos largos segundos así, clavado en mí, buscando en su espíritu la llave que diera paso al placer.

Desde mi posición, vi su cuerpo enmarcado por el resplandor que se colaba entre los listones de la persiana. El juego de luces y sombras lo hacían aun más hermoso. Le acaricié los muslos, que seguían quietos a mis costados, y también su cintura. Con la punta de mi dedo dibujé un círculo alrededor de su ombligo y esa fue quizá la señal para que empezara a mecerse. Muy lentamente, Franco empezó a mover su cuerpo en círculo en torno a mi pene. El movimiento era, otra vez, imperceptible para los ojos. Su sonrisa comenzó a relajarse y yo lo interpreté como una invitación a no detener mis caricias. Por una fracción de segundo tomé consciencia de la situación y comprendí que, si yo movía algo más que mis manos, eyacularía en el acto vergonzosamente. Un sudor frío me surcó la frente y puse todo mi empeño al servicio del control. Por fortuna fue tan solo un impulso pasajero y un instante después sentí claramente que había pasado el peligro, aunque mi pene seguí tan duro como siempre. Ignorante de lo que sucedía en mi interior, Franco empezó a moverse con más claridad. Mis manos habían llegado hasta sus nalgas y, tal vez por eso, empezaron a levantarse con mucha sutileza. Un jadeo de placer le dio la seguridad para ampliar su movimiento y, poco después, la espiga de su cuerpo ya se izaba hasta la cima de mi falo para dejarse caer nuevamente. Creí que me volvía loco. Por fin podía comprender a los que me habían penetrado hasta ese día. Era un goce tan diferente, tan pleno. No mejor ni peor, solo distinto. Pero igual de intenso y adictivo. A los pocos minutos, Franco ya había olvidado sus temores y me cabalgaba en libertad. En un rapto de vehemencia, tomé su cabeza entre mis manos y lo atraje hacia mí para poder besarlo. Se dejó hacer sin oponer resistencia y nos besamos largamente, mientras sus caderas retornaban al movimiento circular, pero esta vez más pronunciado.

Tal vez fue el beso prolongado o el vaivén de sus caderas lo que provocaron que Franco perdiera el equilibrio y ambos dos cayéramos al suelo. Fue muy divertido y, entre besos, mordiscos y lamidas, otra vez fue mía la iniciativa. O tal vez no tanto.

En medio de los escarceos típicos de esas situaciones, mis manos buscaron sus rincones más íntimos y sus piernas se anudaron en mi cintura. Mi pene quedó nuevamente a las puertas de su ano y, casi sin darme cuenta, me deslicé en su interior. Esa fue, sin dudas, mi primera vez. Minutos antes había sido Franco el que se había penetrado con mi pene. Ahora era yo el que lo hacía “activamente”, si cuadra el juego de palabras. Un nuevo mundo nacía entre mis piernas. Si el permanecer inerme bajo la cabalgata de Franco me había parecido sublime, tomar las riendas era un pandemónium de placer. Volví a besarlo y lo penetré hasta el fondo. Un quejido de dolor estuvo a punto de detenerme pero sus propias manos se clavaron en mis nalgas como garras, obligándome a empujar con más fuerza. Mis sentidos estaban perturbados en ese momento pero puedo jurar que oí sus súplicas para que no me detuviera. Al poco rato, sus piernas ya estaban sobre mis hombros y poco después yo mordisqueaba los dedos de sus pies, mientras mi pene entraba y salía de su ano con tal brutalidad que su esfínter entraba y salía también al ritmo de mis caderas. Pero ese acto tan maravilloso llegaría a su final.

Yo fui el primero en notar que algo había cambiado. Nunca se me hubiera ocurrido que podía llegar a poner en peligro algo tan perfecto. Nuestra excitación era tanta que cualquiera hubiera supuesto que el único final posible era el orgasmo. Pero desafortunadamente había otras opciones.





Sentí el olor pero, como ya dije, no le di importancia. En ese instante aun no lo sabía pero hoy sé que hay circunstancias en el sexo que uno no siempre puede manejar. Solo me sorprendió, puesto que, hasta ese momento, su cuerpo solo había olido a perfume, pero seguí con mis movimientos frenéticos, confiado de su placer y del mío. Sus jadeos y gemidos eran cada vez más explícitos y sus uñas dejaban surcos rojos en mis muslos. Una fuerza interior empezó a sacudir mi cadera con mayor ímpetu y empecé a sentir en mi interior esa presión particular que anticipa el final. Sin embargo, Franco clavó otra vez sus uñas en mis muslos y, sin siquiera tocarse, eyaculó sobre su vientre dejando en libertad un grito que hubiera llenado de envidia al más desprejuiciado de los amantes…

Y después de ese grito, un sonido sordo echó a perder todo lo que habíamos disfrutado hasta el momento.

¿Es necesario explicar lo que sucedió?

Sí, señoras y señores: Franco se cagó. Me cagó, más bien.

Yo no me di cuenta de inmediato. Tan entusiasmado estaba. Pero lo advertí en su cara, que del rojo pasión saltó al blanco sorpresa y luego al morado bochorno. Cuando miré hacia abajo, vi mi pubis embadurnado y la visión me paralizó. No recuerdo haber sentido asco o nada parecido. De hecho, mi verga se mantuvo erecta por varios minutos más, incluso mientras se desarrollaba ante mis ojos una de las escenas más patéticas que me ha tocado presenciar: Franco empezó a chillar como una histérica; como si yo hubiera sido el responsable de lo sucedido, me pateó en el pecho reiteradas veces antes de ponerse en pie, mientras no dejaba de chillar. Seguía chillando y maldiciendo en un idioma ininteligible mientras con una mano trataba de cubrir su desnudez y con la otra buscaba afanosamente sus vestimentas. Como pude quise calmarlo, decirle que no era tan terrible lo que había pasado, que la naturaleza y bla, bla, bla… La única respuesta fue otro par de patadas y un rasguño en la mejilla, mientras seguía chillando y calzándose la ropa como mejor podía. Quise ponerme de pie para controlarlo, pero con instinto de rata acorralada me dio un fuerte empujón. Mi cabeza chocó contra el filo de la pared y estuve a punto ganarme otra sutura. Chillaba todavía cuando, a medio vestir y con los zapatos en la mano, abrió la puerta de calle y huyó de mi casa como si lo persiguiera el diablo.

Estuve tirado en el suelo por más de una hora, mirando el techo y tratando de asimilar lo que me había tocado vivir. Cuando pude finalmente reaccionar, me di cuenta de que el olor seguía allí. Porque la mierda seguía allí, en mi verga y toda la zona circundante. Y también en el piso, junto al sofá. En esas circunstancias es al ñudo buscar explicaciones. Si las hubiere, ya llegarán cuando la tormenta amaine. Me dolía el cuerpo por los golpes pero más por la impotencia. Y claro, también me dolían los huevos, pero por la continencia.

Una de las cosas más desagradables que recuerdo es el acto de limpiarme las costras de excremento en aquella tarde que parecía tan prometedora. Lo más difícil fue quitarlas del vello púbico. Bah, me corrijo: difícil no, solo asqueroso. Para las manchas del piso fue suficiente un paño mojado (que después tiré a la basura envuelto en una bolsa de polietileno para que no apestara la casa) y casi un aerosol entero de desodorante de ambiente. Luego me encerré en mi cuarto, puse música de Madonna y me dejé caer en la cama hasta quedarme dormido.

Cuando volvía a abrir los ojos ya anochecía y alguien golpeaba mi puerta con insistencia. Era mi vieja. A los gritos.

Me puse lo primero que encontré a mano. Una remera arrugada y un pantalón de fútbol. Ni siquiera me puse un calzón. Le grité a mi vieja para que ella, a su vez, dejara de gritar. ¿Qué le sucedía a esa mujer? ¿Habría pensado que estaba muerto? Nunca subía a mi habitación y mucho menos golpeaba mi puerta. Cuando por fin salí del cuarto, comencé a comprender que mis penurias de aquel día no habían terminado con el escándalo de Franco.

Mi vieja me esperaba al pie de la escalera con los brazos cruzados al pecho. Detrás de ella, un tipo muy circunspecto, peinado a lo militar y un ridículo bigotito. Apenas lo vi me di cuenta de que se teñía, tanto el pelo como el bigote. El tipo además llevaba un librito en la mano derecha.

— ¡Ezequiel! —dijo mi vieja con voz de sermón— ¡Tenemos que hablar muy seriamente!

Lo que vino después prefiero pasarlo por alto. Fue una sarta de reclamos vencidos que me dieron más asco que la mierda de Franco en mis pelotas. Que mi inconducta había sobrepasado todos los límites; que el demonio habitaba en mi habitación; que el mal se había apoderado de mi alma y por eso armaba grescas con mis compañeros de colegio; que ya no podía seguir cubriendo mis iniquidades (sí, usó esa palabra) y que las autoridades del colegio la habían puesto en conocimiento de mis últimas fechorías; que ella ya no tenía fuerzas para luchar contra Satanás… Y vaya uno a saber cuántas pelotudeces más… Cuando quise saber quién era ese intruso que estaba presenciando la discusión familiar me respondió lo que yo, a esas alturas, ya suponía: era el pastor. Por supuesto que mis protestas no se hicieron esperar. ¿Quién era ese tipo para opinar sobre lo que yo podía o no podía hacer? ¿Por qué tendría yo que darle explicaciones? ¿Bajo qué pretexto se le permitía entrometerse en nuestros asuntos?

Esa vez, mi madre no recurrió a su consabida frasesita para poner fin a la discusión. Parece ser que, en esa oportunidad, conmigo sí se podía hablar. Lo curioso fue que, en vez de responder a mis preguntas, permaneció en silencio y dejó que fuera el pastor el que tomara su lugar. ¿Y qué fue lo que dijo? Que el Señor es el camino y que yo estaba confundido; que mi opción había sido la del infierno; que la Biblia era muy clara en lo referente a las “inclinaciones desviadas”… Esas fueron sus palabras: “inclinaciones desviadas”.

Cuando oí ese sermón, algo hizo eclosión en mi interior y me negué a seguir escuchando. En realidad no fue algo voluntario. Mis oídos se obturaron y, a partir de ese momento, todo fue como una película muda. El pastor se persignaba y me hacía la señal de la cruz al tiempo que insistía con su perorata. Mi vieja, a su lado, imitaba sus movimientos como un monito de circo. Tampoco fue voluntaria (o al menos no consciente) mi resolución al girar sobre mis talones y regresar a mi cuarto. Los dos me siguieron y, desde fuera, continuaban con sus admoniciones.

Pasaban los minutos y el acoso no cesaba. Media hora después, el pastor había optado por los rezos. Rogaba a dios por mi alma pecadora y mi vieja respondía con amenes. ¿Cuánto tiempo podía perdurar esa pantomima? Ni por un momento tuve la intención de averiguarlo. Antes bien, me calcé unas zapatillas, tomé mi mochila, salí del cuarto y me abrí paso entre ellos.

Ya era de noche y sus voces se seguían escuchando cuando di vuelta en la esquina, rumbo al centro. Mi primera opción era Benjamín. Si lograba llegar al ciber antes de que cerrara, podría pasar la noche en la trastienda después de coger como es debido. Lo necesitaba más que nunca.

(Tal vez continúe…)

Ponemelo con ganas...

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