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El Francesito (6ta parte)



Como consejo les digo que, si alguna vez piensan escapar de sus casas, tomen la precaución de poner algo útil en la mochila y, por lo menos, pensar a dónde ir. No hagan como yo aquella tarde en que mi vieja y su pastor quisieron cercarme para “erradicar al Maligno de mi cuerpo”. Indignado, frustrado, desesperado, tomé mi mochila mecánicamente y salí huyendo de la casa.



Yo había supuesto que todavía habría luz diurna, pero en realidad ya había caído la noche. Mi mente era un pandemónium. Las voces de mi vieja y el pastor se mezclaban con los chillidos de Franco y las burlas que supuestamente Gustavo me gastaría al enterarse de lo sucedido. En realidad, ni por un instante pensé hacia dónde dirigirme. Mis pasos eran autónomos y me guiaron hasta el ciber de Benjamín. Hacía tiempo que no nos veíamos, pero era mi única opción. Era pasar la noche en su trastienda o en la calle.

Por desgracia, aquel día sería de los más oscuros que pueda recordar. Con la cabeza atosigada de pensamientos negativos, llegué a la puerta del ciber y me encontré con la novia de Benjamín detrás del mostrador. “¡La puta madre que lo re mil parió!”, pensé. La mina no me soportaba, no me podía ver. (Nunca lo supe cabalmente, pero siempre sospeché que estaba al tanto de mis revolcadas con su novio). Al verla, me detuve como si hubiera sido fulminado por un rayo. Pensé en dar la vuelta y escapar, pero ella también me vio y me dijo con voz de hielo que Benjamín no estaba y que ella estaba encargada del local hasta la hora de cierre. Después hizo una mueca que tal vez intentó ser una sonrisa burlona, pero se parecía más al gesto característico de Largo, el mayordomo de la antigua serie de los Locos Adams, la que era en blanco y negro. En otro contexto, me habría causado gracia.

No recuerdo si le respondí o si improvisé alguna fórmula de cortesía. Tal vez salí del ciber sin decir palabra.

Estaba desorientado, perdido. No sabía bien hacia dónde estaba qué, si la avenida estaba hacia la derecha, si mi casa estaba hacia la izquierda, si ese colectivo que acababa de pasar me llevaba a Capital… Caminé durante largo rato en la dirección que eligieron mis pies. Los gritos de mi vieja y los chillidos de Franco siguieron atormentándome hasta que caí rendido en una esquina, junto al escaparate de una tienda de electrodomésticos. Es posible que me haya quedado dormido durante algún rato. No lo recuerdo. Pero sí recuerdo que, de pronto sentí hambre. Busqué en mi mochila algo de dinero y encontré solo unos pocos pesos que me alcanzaban apenas para un paquete de galletitas. Peor era nada. Pero estaba demasiado cansado todavía para ponerme de pie. Me quedé allí sentado un rato más. La calle estaba desierta y tampoco era mucho el tránsito de autos. Una señora mayor apareció corriendo de repente y le hizo señas a un colectivo, que se detuvo en la parada y esperó a que la señora subiera antes de arrancar nuevamente. Me llamó la atención porque apareció corriendo y, sin embargo, al momento de montarse en el vehículo pareció que los años la habían atacado en masa y apenas podía levantar la pierna para subir al primer escalón. Cualquier otro día, me habría levantado para ayudarla a subir, pero esa noche estaba enfurecido con mi vieja y cualquier otra mujer adulta representaba al enemigo.



Cuando pude ponerme otra vez en pie, caminé un par de cuadras hasta encontrar un kiosco abierto. Como había imaginado, el dinero que tenía no alcanzaba más que para un paquete de galletitas. Pagué y le pregunté al kiosquero qué hora era.

— Las once. —me dijo.

Lo miré con incredulidad pero no hice más comentarios. No podía ser tan tarde. Caminé un par de cuadras más, mientras comía con desesperación, y al cruzarme con una pareja que iba en sentido contrario volví a preguntar la hora. Curiosamente, el hombre le mostró a la mujer el reloj que llevaba en la muñeca y ella fue la que me dijo que eran las once y cinco.

Estaba claro que se me habían perdido algunas horas en el camino. Pero lejos de querer recuperarlas, las dejé de lado y me concentré en la noche que me esperaba por delante.

De volver a casa, ni hablar. Al menos no esa noche. La sola idea de volver a escuchar los sermones de mi vieja me sacaba de quicio. Pensé en Gustavo, pero no sabía dónde vivía, ni su número de teléfono, ni si estaba en condiciones de alojarme. Lo mismo con Esteban, de quien no tenía noticias desde hacía meses. Por primera vez tuve necesidad de un amigo, de alguien en quien pudiera confiar. Cuando devoré la última galletita, me detuve como si se me hubiera consumido el combustible. Me dio frío y recién entonces reparé en mi vestimenta: llevaba solo una remera vieja y pantaloncitos de fútbol. Estaba demasiado aturdido como para desesperarme pero comprendí que, en esas condiciones no podría ir muy lejos. Necesitaba plata. Y con urgencia.

Sin embargo, una de esas frases que a Gustavo le causaban tanta gracia decía que Dios aprieta pero no ahorca. Otra, que siempre hay un roto para un descosido. Y en ese preciso instante en que el universo comenzaba a desmoronarse, una bocina insistente me transportó a una dimensión paralela en la que todo estaba solucionado.



El auto se detuvo a escasos metros de mí y, desde su interior, una voz aguda me llamaba. No por mi nombre, por supuesto, pero me llamaba con cierto tono perentorio. Era un hombre gordo y calvo (¡ojalá hubiera sido siquiera lejanamente parecido a alguno de los que hemos puesto como ilustración!). Usaba unos lentes enormes de armazón negro y tenía una voz melosa que parecía de mujer. Cuando me acerqué, fue directo al grano:

— ¿Cuánto cobrás?

El cielo me iluminó y comprendí la situación al instante. De todos modos, la imprevisión me llevó a decirle una cifra ridículamente exagerada.

— Mmmm… Debés ser muy bueno para pedir tanto.

— No te quepa duda. —respondí con desparpajo. Sabía que había cometido un error, pero ya no podía echarme atrás.

El hombre lo pensó un poco, frunció los labios y finalmente golpeó el volante con la palma de la mano.

— Está bien… Espero que valga la pena.

Era la primera vez que me metía en un auto por laburo, pero había leído sobre esas cosas y creí saber cómo manejarme. Además, estaba jugado. Era eso o pasar la noche a la intemperie. Si todo salía bien, tendría dinero para pagar una noche en un hotel.

El auto era de alta gama pero tipo olía a colonia barata. Tenía un anillo de oro muy ostentoso en el anular regordete de la mano derecha. Con tan poca luz no pude distinguir bien el color de la piedra engarzada, pero juraría que era verde. Condujo hacia la zona de Ensenada y detuvo el auto en una calle oscura. Por un momento sentí miedo pero, como ya dije, estaba jugado y no podía echarme atrás. Me empezó a decir cosas mientras me acariciaba la cara con sus manos inmensas. Eran suaves, eso sí. Pero tan frías que puse en duda que se me parara.

Me ordenó que me pusiera en bolas. Me quería ver “como Dios me trajo al mundo”. “Eso ya no lo vas a poder ver, idiota…”, pensé, “ya estoy bastante más crecido”. Mientras me desnudaba y también después no tuvo ningún reparo en manosearme como se le dio la gana. “Al fin y al cabo es el que paga…” me dije. Y en ese preciso instante caí en la cuenta de que no le había cobrado, error que ningún puto callejero debe cometer JAMÁS. Antes de que continuara, le reclamé el pago por adelantado. Puso alguna excusa y me volvió a meter mano pero yo me mantuve firme y amagué con volver a vestirme. Se creó una situación tensa. Forcejeamos un poco y, cuando se dio cuenta de que estaba hablando en serio, me ofreció darme la mitad y el resto al terminar. Volví a negarme e intenté abrir la puerta. Pensaba salir así, semidesnudo como estaba. Pero el muy turro había bloqueado las puertas. Entonces volví a sentir miedo.

— Mirá que resultaste chúcaro.

No le di importancia y seguí intentando abrir la puerta.

— Quedate tranquilo, bebé. Acá tenés la guita.

Con una sonrisa que en ese momento me pareció muy desagradable, metió la mano en el bolsillo y sacó la billetera. Sin apenas contar los billetes, me extendió la plata y, después de contarlo, pude constatar que era la cifra convenida.

— Ahora relájate y mostrame ese culito.

Como soy un chico educado, le inventé una sonrisa y me volví a desnudar. Me arrodillé en el asiento, apoyando la cabeza en el respaldo y le puse el culo en pompa. Él empezó a jadear y cada palabra que decía se le ahogaba en baba. Entonces sí, con el derecho que le daba el dinero, me acarició entero, me pellizcó, me besuqueó, me mordisqueó cuanto quiso. Yo trataba de pensar en algo agradable para ver si podía lograr una erección, pero nada resultaba. Él no pareció darle importancia a la flacidez de mi verga. Me la chupó un poco pero nada más. Por fortuna, estaba más interesado en mi culo. Hizo que le desabrochara la bragueta y que se la chupara. No fue sencillo porque tenía una panza bastante abultada. Tuvo que ponerse de costado porque el volante me impedía llegar con la boca hasta su entrepierna. No era muy grande (la verga) pero era gorda. Se me ocurre que, de no haber sido tan obeso, habría sido monstruosa. Debajo de la masa de grasa debía haber por lo menos cinco o seis centímetros sepultados. Traté de olvidar los altercados y me propuse hacer honor a la paga. Había pagado bastante y merecía un buen servicio. Para ello me puse en mente a Gustavo y la maravillosa noche que habíamos pasado juntos. El olor a colonia barata, después de un rato dejó de ser un problema y con un poco de imaginación todo marchó sobre rieles. Él parecía satisfecho. Mientras yo se la mamaba, él me fue deslizando un dedo en el culo. Primero uno, después otro, y así hasta que usó todos los dedos de la mano. Quiso meter dos a la vez, pero eran muy gruesos y no fue sencillo.

— Esperá… —le dije.

Ensalivé mis propios dedos y, durante un rato que fue corto pero a él le pareció eterno, me dilaté el ano para que pudiera cumplir con su fantasía. Después se la seguí chupando y él volvió a intentar, esta vez con éxito. Se puso como loco y me metía los dedos como un poseso, como si ya me estuviera cogiendo.

— ¡Pará! ¡Pará! ¡Pará! —me ordenó en un momento— Si me la seguís chupando así voy a acabar antes de tiempo.

Así que me hizo dar la vuelta y exponer mi culo ante su cara. Otra posición complicada, dado el poco espacio del que disponíamos dentro del auto. Igual nos las arreglamos. Me lamió el culo con ganas y me lo ensalivó como para tres o cuatro cogidas. Volvió a meterme los dedos y yo gemí, en parte porque me tomó de sorpresa y en parte por chamuyo. Como vi que le gustó que me hiciera la putita, seguí en esa onda, pero sin exagerar. Tampoco era cuestión de que se diera cuenta tan fácil.

La parte del garche fue lo más difícil. El tipo la tenía dura como una piedra pero las maniobras dentro del auto no eran muy fluidas. Tuve que sentarme encima y, en una pose de contorsionista, levantar una pierna lo suficientemente alto como para apoyar un pie en la luneta. No era una postura cómoda para mí. Sin embargo, la pija pudo entrar sin más problemas. Por suerte, a esas alturas, el gordo ya estaba hipercaliente y la penetración no duró mucho. Tampoco es que el tipo pudiera hacer grandes movimientos y bastaron unos cuantos empujones para que la verga le estallara en leche. Acabó con un grito reprimido y me apretó los muslos con sus dedos de morcilla. Tanto que, en los días subsiguientes, pude lucir dos hermosos hematomas violáceos.



El gordo me había eyaculado dentro y no habíamos usado condón (ese fue un riesgo que corrí por inexperto) pero no me la sacó de inmediato. Pensé que iba a querer que yo también acabara, pero seguro vio que la tenía muy muerta y no quiso insistir. Solo me obligó a permanecer en esa posición tan contracturante durante un largo rato, hasta que la pija se le fue desinflando. Después siguió bromeando y me mordisqueaba las nalgas mientras me las elogiaba. El polvo le había cambiado radicalmente el humor. Con decir que hasta me facilitó toallitas higiénicas para que me limpiara.

— No me vayas a manchar el tapizado que después tengo que dar explicaciones en casa.

Imaginé que estaba mintiendo. En ese momento no pude verlo como un padre de familia, con esposa e hijos. Con los años comprendería que hay de todo en este mundo.

— Estuviste muy bien. —me dijo— Valió la pena lo pagado. ¡Muy bien!

Volvió a masajearme el muslo con brutalidad y me dolió.

— ¿Te llevo de vuelta?

Era una buena pregunta. Tampoco había previsto eso. Había olvidado que tenía que pasar la noche fuera de casa. Pensé rápido y encontré otra opción.

— ¿Vos vas para el centro? ¿Me podés dejar en la Plaza Independencia?

— Mmmmm… No… Yo soy de Capital. Voy para el otro lado.

— ¡Perfecto! ¿Me podés dejar en la 9 de Julio?

El tipo se sorprendió pero hizo lo que le pedí.

Ya sobre la autopista que viene a Buenos Aires, entre otras cosas, me preguntó la edad. Obvio que le dije dieciocho, aunque no creo que se haya tragado el cuento y tampoco puse mucho empeño por parecer creíble (hay cuestiones que, en esas situaciones, deberían darse por sobrentendidas). Siguió halagándome y, antes de dejarme en 9 de Julio y Avenida de Mayo, quiso saber si había alguna manera de encontrarnos de nuevo. “Más en intimidad”, agregó.

— No sé… —le respondí verdaderamente dubitativo— No tengo teléfono.

¡No podía darle el de mi casa!

Él se quedó pensando unos segundos.

— ¿Te van las fiestas?

Me resultó una pregunta rara. No sabía a qué se refería exactamente y le pedí más detalles.

— Es sencillo: si yo no te puedo encontrar, es más fácil que vos me encuentres a mí. —sacó una tarjetita de su billetera, escribió algo y luego me la entregó junto a un billete de “propina” — Yo suelo estar en esta dirección los jueves y los viernes después de las 20. Pasate cuando quieras. Podés hacer buena plata. Así te comprás un celular y te puedo llamar.

Al final, la experiencia no había sido tan mala como había supuesto al comienzo.

En la tarjeta figuraba su nombre (por el momento, digamos A.D.), su profesión de martillero público y una dirección de correo electrónico. No había número de teléfono ni dirección alguna, salvo en el reverso, donde me había escrito, de puño y letra, una dirección en el barrio de Palermo y la instrucción de “preguntar por Baltasar”. Guardé la tarjeta en mi mochila. “Nunca se sabe cuándo me puede hacer falta” me dije.

Tenía la noche por delante y, aun en días de semana, Buenos Aires es una ciudad de vida nocturna muy intensa. Pero estaba muy cansado. Quería dormir y dormir durante horas y con lo que el pelado me había pagado podía darme el lujo de tomar una habitación en un buen hotel. Pero era menor de edad y la traza no ayudaba. Tuve que caer en un hotelucho de mala muerte de la calle Alsina, cerca del Congreso. La mujer que me atendió me miró con desconfianza pero, al ver el dinero y comprobar que en la mochila solo llevaba papeles de escuela, me dio la habitación sin hacer más preguntas.

Ponemelo con ganas...

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