Un sitio para gozar de la belleza masculina en toda su plenitud


Publicado originalmente el 18 de enero de 2016



El clamor popular así lo estaba pidiendo, así que llega finalmente el primer relato de esta nueva temporada, continuación de la saga iniciada en 2015 y que narra las primeras experiencias de mi marido Sony. Pasen y lean.

Para rememorar las partes anteriores, acá les dejamos los enlaces respectivos.






Según Sony, Miqueas siempre había sido un pelotudo… Pero la tenía grande… Y garchaba muy bien. Esas son dos cualidades en un hombre que mi marido nunca deja de reconocer. Siempre según Sony, era de esos tipos que (de tan lindos) están convencidos de que todas las minas y todos los putos se babean por coger con ellos. En todo caso, a Miqueas no le faltaban razones, dado que era la estrella del gimnasio, tenía carita de ángel, un cuerpo delicioso y un bulto que no podía pasar desapercibido, ni aun cuando iba vestido con ropa de calle, cosa que hacía con poca frecuencia ya que se pasaba casi todo el tiempo entrenando o exhibiéndose (que era casi lo mismo).

No era la primera vez que se le insinuaba. Ya unos meses antes, los dos habían coincidido en los vestuarios después del entrenamiento y Miqueas se había franeleado la verga delante de Sony hasta alcanzar una erección. Orgulloso de su herramienta, le había hecho una seña para que se acercara, pero mi marido era por entonces una tierna colegiala y (a pesar de que se moría de ganas por comérsela) había salido corriendo del salón sin decir palabra, casi desnudo y sin zapatillas. Desde aquel día, se habían cruzado muy pocas veces y, cada vez que se encontraban, Sony era incapaz de sostenerle la mirada, como si su huida hubiera representado una deshonra.

No obstante, los tiempos corren y las situaciones cambian. Después de aquella tarde de sexo con el Chino, en Adrogué, y aquella despedida en la esquina de su casa, dentro del auto, Sony había quedado más caliente que antes, cuando todavía era casi virgen. Lejos de apaciguar su calentura, la práctica sexual la había exacerbado y durante los dos días subsiguientes había sentido que la carne le quemaba. No podía dejar de pensar en el cuerpo del Chino. Especialmente en su verga y en la infinita sensación de saciedad que le provocaba al penetrarlo. En su mente no había sitio para otra cosa que no fuera sexo y solo deseaba que el teléfono sonara y del otro lado de la línea se oyera la voz del Chino invitándolo a otro encuentro. Donde fuere. Pero ya habían pasado lunes y martes y la tan ansiada llamada no llegaba. Por eso, desalentado, el día miércoles había decidido retomar la rutina de su vida y volver al gimnasio luego de la escuela. Tal vez el agotamiento físico le permitiera conciliar el sueño y descansar de sus perturbadoras fantasías.

Pero no fue así.






Luego de la esperable filípica por parte del entrenador por haber faltado a varios días de entrenamiento, Sony fue “castigado” con ejercicios de precalentamiento durante toda la tarde. O sea que no tenía permitido entrenar en los aparatos, sino que se pasaría el tiempo en el salón haciendo carreras, lagartijas, sentadillas y esas cosas que hacen los gimnastas. Y en el salón estaba Miqueas, con su cuerpo tan marcado, su piel sudorosa y su abultada entrepierna. Sony no podía dejar de mirarlo y Miqueas le retribuía la atención sobándose las ingles cada vez que terminaba un ejercicio. Fueron tres horas de provocación e histeria. Cuando Sony recibió la orden de retirarse, Miqueas fue tras él y se encontraron cara a cara en las duchas.

− Qué cagada que no pudiste entrenar hoy –le dijo Miqueas al entrar. Sony ya estaba bajo el agua y él caminaba rascándose los huevos. Ambos desnudos− Pero si hacés las cosas bien, vas a poder disfrutar más ¿no?

Era una frase extraña y Sony no supo qué responder. Pero las cosas se empezaron a aclarar cuando el recién llegado empezó a enjabonarse. El modo en que lo hacía y cómo miraba a Sony resultaba más que evidente. Mi marido tuvo que luchar contra la erección para no quedar tan expuesto, pero lo cierto es que no podía dejar de mirar. En cambio Miqueas no tuvo inconvenientes para dejar que su verga tomara volumen. A los pocos minutos ya lucía una pija gorda y venosa entre las piernas y Sony tuvo la impresión (o la fantasía) de que lo apuntaba directamente a los labios. Los dos permanecieron en silencio durante un largo rato: Miqueas acariciando su cuerpo bajo el agua y Sony inmóvil como una rata asustada a la espera del zarpazo del gato. Tal vez fueran solo unos minutos, pero a Sony le pareció una eternidad.

− ¿Esta vez vas a querer? ¿O vas a salir corriendo de nuevo? –fue la propuesta.

Sony no respondió y se quedó mirando fijamente la pija que se balanceaba rítmicamente entre los dedos de Miqueas. El agua le corría por la cara y le dificultaba la respiración, pero esa no era la única razón de su ahogo. En su pecho, los latidos retumbaban como mazazos y las piernas perdían firmeza a medida que su imaginación cobraba vuelo. Cuando retomó parte de su conciencia, su propia entrepierna ponía en evidencia lo que su voluntad hubiera querido ocultar.

− Parece que esta vez te querés quedar –comentó Miqueas, señalando con un gesto la pija dura de Sony y sin dejar de sobarse la suya.

Pero Sony permaneció en silencio como una estatua. De hecho, la única parte de su cuerpo que ostentaba algún movimiento era su verga, latiendo espasmódicamente a cada latido. Los brazos eran dos miembros inútiles y solo sus ojos, fijos en la entrepierna de Miqueas, eran capaces de evidenciar algún signo de vida fidedigno. Sin embargo, en el interior de su cabeza, la actividad era caótica. Las ideas y las imágenes se sucedían superpuestas unas sobre otras. Lo que debía hacer se mezclaba antojadizamente con lo que quería hacer, con lo que podría hacer y con lo que sabía que terminaría haciendo. Cuando uno se encuentra en tal situación de aturdimiento, es casi imposible tomar la decisión correcta y muy pronto Sony tomaría conciencia, por primera vez en su vida, de que, ante un conflicto entre el cerebro, el corazón y la verga, la que siempre sale ganando es la verga.






− ¿Me la vas a chupar o no? –insistió Miqueas, esta vez llamando a las cosas por su nombre.

Por fin Sony pudo levantar la vista y ver la mirada desafiante de su compañero. La batalla por la hegemonía se seguía librando en su cabeza y, por un breve instante, hubo posibilidades de que el cerebro ganara la partida con un rotundo “¡NO!”. Pero un tacle del corazón le hizo decir:

− Acá no.

Miqueas estalló en una carcajada.

− ¿Y dónde si no? ¿Querés que te lleve a mi casa y te presente a mi vieja?

El rostro de Sony no lo demostró, pero se sentía humillado. Aunque el deseo era mucho, mucho más potente que la humillación. Veía a Miqueas (que no dejaba de pajearse) y la saliva se acumulaba en su boca sin darle opción para organizar sus ideas. Como en sueños vio que su compañero se aproximaba y, en su cabeza, cerebro y corazón fueron perdiendo terreno. Hasta que, tras percibir que ambos cuerpos estaban ya debajo de la misma ducha, sus piernas inclinaron la balanza y la verga salió triunfante.

Arrodillado frente a Miqueas, apenas si se atrevió a rozar el glande con los labios. No percibió olores, aunque el efecto del agua no pudo disimular el calor que emanaba de aquel miembro turgente. Era tan grueso como el del Chino, pero bastante más claro, al igual que el vello púbico, que era menos abundante. Los huevos, en cambio, abigarrados y tensos, parecían más grandes y más redondos. Los del Chino tendían a desaparecer dentro de las ingles, mientras los de Miqueas permanecían orgullosamente firmes bajo el pene. Ante la poca iniciativa de Sony, Miqueas tuvo que tomar cartas en el asunto y empezar a avanzar su pelvis. La pija se refregó así contra los labios de Sony hasta que éste abrió finalmente la boca. Tampoco percibió sabores, pero el suave roce del glande contra la lengua le resultó sumamente agradable. Tanto que su propia pija se endureció hasta doler. Poco a poco y con el correr de los minutos, la tensión de su cuerpo fue cediendo. Cerró los ojos y empezó a pajearse. Dentro de la boca ya pudo distinguir el sabor agridulce del presemen y las rugosidades venosas de la verga de Miqueas. La excitación era tanta que, por un instante, casi pierde el equilibrio y tuvo que afirmarse en una de las piernas de su compañero para no caer. El muslo estaba deliciosamente tenso. Sin abandonar el goce de su entrepierna, la otra mano sintió la necesidad de acariciar la piel ajena. Disponía de más de un metro de piernas que se alzaban delante de él y por debajo de sus labios. No desperdició un solo milímetro cuadrado y en todos encontró el mismo calor y la misma suavidad, mientras su boca engullía con más y más avidez. Pero a medida que aumentaba el placer, iba tomando conciencia de que chupar pija no sería suficiente. El Chino no hubiera necesitado de ninguna, pero debía implementar alguna señal.





Miqueas, por su parte, disfrutaba de la mamada. Tal vez sin pensar en nada. Con sus hermosos pies firmes sobre las baldosas, arqueaba su cuerpo hacia delante y hacia atrás, de modo que el movimiento fuera sutil y placentero. Las manos en la nuca le daban un aspecto relajado que estaba muy lejos de lo que podía percibirse a nivel de las caderas, donde las nalgas se tensionaban al ritmo del goce. El agua recorría su cuerpo formando pequeñas cascadas, siguiendo las sinuosidades de la musculatura.

− Al final te gustó el palo, putito.

Y mientras Sony chupaba a gusto, una idea le vino a la cabeza, tomó a mi marido por el brazo, lo forzó a ponerse de pie y lo empujó contra el muro de azulejos blancos. El único sonido que se oía era el del agua tintineando contra el piso y, con esa música de fondo, Miqueas se hincó de rodillas frente al culo en pompa de Sony. Con ambas manos separó las nalgas y un dedo, indiscreto y salivado, se puso a la tarea de estimular el ano como es debido. Sony gimió de placer y también por la sorpresa. Giró la cabeza con la intención de decir algo. Incluso llegó a abrir la boca pero de ella no salieron más que jadeos.

− No sos el primer putito que me garcho… −fue todo lo que Miqueas tuvo para decir.
Minutos después, Sony sintió que las manos de su compañero subían por sus costados, hasta que también sintió la verga fregándole las nalgas. No hubo prolegómenos ni advertencias. La penetración fue brutal. Miqueas se la metió hasta el fondo una y otra vez, al tiempo que le preguntaba al oído si así era como le gustaba. El crepitar de la lluvia se matizó, de ese modo, con los chasquidos de carne contra carne. Sony no podía verlo ni tampoco tenía la intención, pero el goce de Miqueas iba mucho más allá de lo sexual. Clavaba los dedos en las caderas de Sony como si pretendiera impedir que el putito se alejase. Y luego, para asegurarse, pasó sus brazos por debajo de los sobacos de Sony y le cruzó las manos por detrás de la cabeza, de manera que Sony quedó totalmente dominado e imposibilitado de cualquier movimiento que no estuviera al servicio de dejarse penetrar pasivamente. Claro que se trataba de una maniobra absolutamente innecesaria, puesto que Sony no tenía la menor intención de zafar del sometimiento. Con el paso de los años, el eterno adolescente que duerme en nuestra cama todavía se sorprende por la facilidad y la naturalidad con que la poronga de Miqueas entraba y salía de su recto. En aquella oportunidad tuvo la sospecha de alguna magia divina que le permitía disfrutar de una experiencia sorprendentemente grata. ¿Quién hubiera dicho que el pedante de Miqueas era tan bueno en…? Bueno, no en la cama sino en las duchas, jeje. Cada empujón hacía que el glande de Sony se chocara contra los azulejos pero, en vez de doler, eso le generaba un extraño placer extra. Todo su cuerpo se sacudía al ritmo de la penetración y poco a poco la tensión de su entrepierna se fue descontrolando.

La mano enorme de Miqueas le tapó la boca justo a tiempo, antes de que el grito eyaculatorio de Sony hiciera eco en las instalaciones vacías del vestuario. El líquido blanco se mimetizó casi al instante con los azulejos y el agua de la ducha terminó de eliminar las evidencias. Miqueas siguió un rato más, entrando y saliendo del culo de Sony, aprovechando hasta límite el buen momento. Cuando sintió que se acercaba el final, aceleró los movimientos y empezó a gruñir todo lo contenido que le fue posible. Finalmente clavó su pene hasta el fondo entre las nalgas de Sony y lanzó toda su carga dentro.






Los minutos siguientes fueron de absoluto silencio, a no ser por el repiquetear del agua. Ambos sonreían complacidos e inmóviles.

El primero en recobrar el movimiento fue Miqueas. Cuando la verga empezó a perder turgencia dentro del culo de Sony, la retiró de a poco y le dio a su compañero una sonora nalgada. Sony emitió un gritito muy marica, más por la sorpresa que por el dolor, y amagó con pegarle una palmada en los huevos. Miqueas detuvo su mano, lo empujó contra la pared y puso su rostro casi pegado con el de Sony.

− Creo que, al final, un día de estos te invito a mi casa.

Luego regresó a su lugar, se dio una ducha rápida y al final se fue sin decir nada.

Sony hizo lo mismo.

Cuando regresó a su casa media hora después, oyó los primeros timbres de la tan esperada llamada del Chino.


Comentarios en: "La serpiente y el dragón – Parte 3 (Recargadísimo)" (3)

  1. Anónimo dijo:

    Muy buen relato. Por cierto, ¿quién es el huevón que está en la foto de cabecera?

    Me gusta

  2. Tremendo! Nunca había leído relatos hasta que me topé con esta página y… bueno desgraciados ahora quisiera que escriban más rápido los nuevos jaja.
    Abrazo y gracias por la labor.

    Me gusta

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