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La Serpiente y el Dragón – Parte 4



Y al final, después de tanto reclamo por parte de los bananeros, me puse las pilas y acá retomamos la actividad con los relatos. Llegó la hora de averiguar qué corno sucedió entre Sony y el Chino. Espero que lo disfruten. Pasen y lean.

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La serpiente y el dragón – Parte 3 (Recargadísimo)


Publicado originalmente el 18 de enero de 2016



El clamor popular así lo estaba pidiendo, así que llega finalmente el primer relato de esta nueva temporada, continuación de la saga iniciada en 2015 y que narra las primeras experiencias de mi marido Sony. Pasen y lean.

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La serpiente y el dragón – Parte 2 (Recargadísimo)


Publicado originalmente el 20 de diciembre de 2014



Acá tienen la segunda parte de esta saga, cuya primera parte tuvo tanta aceptación (tanto en el blog censurado como en este). Pronto llegará la tercera. La elección de las imágenes para ilustrar son exclusiva responsabilidad de quien suscribe y mis maridos han accedido a publicarlas bajo cláusula de protesta, jajajajaja.

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La serpiente y el dragón – Parte 1 (Recargado)


Publicado originalmente el 30 de septiembre de 2014



Cuando Fede publicó, hace unos meses, el corto Cena de Shabbat, Sony nos contó una anécdota muy cachonda y, desde entonces, estuvo esperando su turno para aparecer en BANANAS. Sí, me tomé un poco de tiempo, pero al fin llegó, jeje (quizá convenga leer o releer un relato anterior: “Que no, que no… ¡Que sí!“).

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El Hombre que amaba a Johnny Sheffield



Se llamaba Enrique, pero todos lo conocían como “el Lalo”. Tenía ya 77 años y nos conocimos hace más de una década en un cine porno de la calle Lavalle. Vaya este recuerdo en su honor, con todo mi cariño.

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La Enciclopedia y el Volcán (Recargado)


Publicado originalmente el 18 de abril de 2007



Hoy vamos a intentar matar dos pájaros de un tiro. Por un lado, satisfacer los numerosos pedidos de aquellos bananeros que solicitan la publicación de los primeros relatos de Zekys. Por otro, ver si logramos incentivar a nuestro maridito para que retome la escritura de los relatos que dejó inconclusos.

Como verán, el primer relato nos parece muy inocentón, si lo comparamos con cualquiera de los que vinieron después. Así que Sony propuso adobarlo con algunas fotitos que le pusieran un poco más de “estilo BANANAS”.

Esperamos que lo disfruten tanto como la primera vez que lo leyeron y esto logre que nuestro amado Bananero en Jefe se siente nuevamente frente a la computadora para desplegar su arte. Que estos relatos solo hay una persona que puede escribirlos como él.

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El Francesito (6ta parte)



Como consejo les digo que, si alguna vez piensan escapar de sus casas, tomen la precaución de poner algo útil en la mochila y, por lo menos, pensar a dónde ir. No hagan como yo aquella tarde en que mi vieja y su pastor quisieron cercarme para “erradicar al Maligno de mi cuerpo”. Indignado, frustrado, desesperado, tomé mi mochila mecánicamente y salí huyendo de la casa.

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El Francesito (5ta parte)



¡Por fin ha llegado el momento de publicar la tan solicitada quinta parte del relato del Francesito! Momento histórico si los hay, jejejeje. Advierto que la imagen que ven en la portada de esta publicación es una humorada de Fede y que esa sustancia extraña que ven es solo chocolate, jajajaja.

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Pajas Saludables – Un relato no porno (pero casi, juas)



La profesión docente es un milagro que casi siempre nos tiene deparada alguna sorpresa. Claro que no en todos los casos se trata de una sorpresa buena, pero a menudo es posible hacer una gambeta y transformar lo negativo en positivo, jajaja.

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Esencias y residuos



En la puerta de nuestra heladera hay un imán con una frase célebre de Juaco que dice: “Hasta las palometas del calzón tienen su por qué y su para qué”. No creemos estar haciendo una infidencia al mencionarlo pero se nos vino a la cabeza porque Zekys sigue ausente con aviso pero nos dejó un relato preparado. Nos pidió que le buscáramos algunas fotos ilustrativas y justo cuadran estas de Dakota, el chonguito de la semana. ¿Casualidad? Hoy, una banana para disfrutar por partida doble.

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Placeres Alternativos



Hoy va un nuevo relato. Para que después no se quejen, jajaja. Pero aclaro que, de esta historia, lo único cierto es al primera parte, la parte en la que el pendejo me pide consejo. Todo lo demás es pura invención de mi mente calenturienta. Que conste en actas.

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El Papito



El único tipo grande con el que cogí sin que haya habido jamás dinero de por medio se llamaba José Luis. Yo acababa de cumplir los dieciocho y él andaba por los cuarenta y cinco. Era el padre de Adrián, uno de mis compañeros de primer año de facultad.

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El Francesito (4ta parte)


Han pasado cinco meses desde la publicación del último relato!!! Esta vez se me fue la mano pero aduzco a mi favor que han sido cinco meses de inusitada actividad. Y bueh, pónganse contentos los que reclamaban y disfrutren de este nuevo relato, que no es más que la continuación del anterior y anticipación del que vendrá, juas.

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El camino a la fama


El camino hacia la fama suele ser arduo y doloroso… Sobre todo si uno no tiene buena dilatación, jajajaja

Deron es un chico nacido y criado en un pueblito olvidado de Idaho, EUA. Él mismo confiesa que siempre se consideró un tipo común y corriente. Incluso mediocre. Nunca se destacó en los deportes ni en los estudios ni tuvo jamás una destacable vida social. Sin embargo, a medida que fue creciendo, se dio cuenta de que no era tan feo y que algo podría hacer con su cuerpo para salir del agujero que era su pueblo. Charlando con una de sus tías, ella le aconsejó hacer un viaje a la ciudad y probar suerte con el modelaje. “En eso se gana mucho dinero y solo tienes que pasearte delante de la gente con la ropa que te den” le dijo.

Con esa idea llegó una mañana Deron a la agencia de publicidad donde fue recibido por Wade.

Wade era en realidad el chico de los mandados pero ese día descubrió que eso de ser el primero en llegar a la oficina tenía sus ventajas. Nadie llegaba antes de las 9:30 pero él, que vivía en un infecto hotelucho de los barrios bajos, solía ir temprano para desayunar a gusto a costa de la empresa y escuchar un poco de música antes del inicio de la jornada.

En eso estaba cuando tocaron a la puerta. Habitualmente no hubiera hecho caso pero ese día tuvo la intuición de mirar el monitor que reproducía las imágenes generadas por las cámaras de seguridad. El que tocaba el timbre era un chico bastante interesante y llamó de inmediato su atención. Dudó unos instantes pero era un tipo decidido al que le gustaban las bromas  y no quiso perder la oportunidad de divertirse un poco. Arrojó al cesto de basura el resto del sandwich que estaba comiendo, bebió de un trago el café que le quedaba y, acicalándose lo mejor que pudo, corrió hacia la puerta para darle la bienvenida al chico lindo.

Apenas abrió la boca, Deron dejó en claro que era un muchacho pueblerino nervioso e inexperto. Tartamudeó y se puso pálido al intentar contarle a Wade que estaba allí para solicitar una entrevista de trabajo. Por un momento, Wade se apiadó de su inocencia y pensó en dejar la broma para otro momento, pero Deron le pareció tan atractivo que no encontró el modo. Lo invitó a pasar, lo guió hasta una de las oficinas (verificó la hora para asegurarse de que nadie llegaría en una hora) y se las dio de ejecutivo. Le mostró las fotografías que estaban colgadas en las paredes y dejó bien en claro que llegar a ser un modelo de la agencia exigía grandes sacrificios. Deron lo escuchaba atentamente y no se animaba a emitir sonido alguno. Dentro de su cabecita adolescente no lo tenía claro todavía, pero era un hecho de que Wade no le resultaba indiferente. Jamás había experimentado deseo por otro chico (al menos no conscientemente) pero el empleado de la agencia le pareció alguien deslumbrante y se propuso hacer todo lo necesario para agradarle y así alcanzzar su sueño de triunfo.

Pensaba en ello cuando escuchó a Wade que le decía “Muéstrame lo que tienes”. Deron se sintió desorientado y no supo qué hacer. “Quítate la playera”, continuó Wade, “Déjame ver tus músculos”. Deron no estaba seguro de querer hacer eso pero era necesario. Lo hizo y Wade quedó gratamente sorprendido con lo que veía. El pueblerino era bastante más apuesto de lo que parecía. Sin dudarlo, empezó a acariciar su torso ante la incomodidad manifiesta de Deron, que no estaba para nada acostumbrado a ese tipo de contacto, ni siquiera con las mujeres. “Como verás, aquí los modelos sulen ir ligeros de ropa”, dijo Wade, “Sería bueno que te quitaras también los pantalones. Es preciso que vea todo lo que tienes”. Al principio Deron se negó a hacerlo pero su poca convicción alentó a Wade para insistir. A los pocos minutos los pantalones ya estaban sobre la silla y allí fue a parar también el resto de la ropa.

Deron había escuchado hablar de ese tipo de situaciones, aunque nunca se había imaginado que alguna vez sería él quien atravesara por una. A pesar de su voz sibilante y su tono autoritario, demasiado seguro de sí mismo, el empleado le resultaba muy simpático. Había algo en él que lo seducía y, si bien al comienzo se sintió morir, el estar desnudo ante sus ojos dejó de resultarle tan extraño. Al fin y al cabo, era un hombre y entre hombres es común verse sin ropas.

“¿Qué estarías dispuesto a hacer para alcanzar la fama?” preguntó Wade de repente.

Deron no supo qué responder y se sintió un idiota por ello. Pensó en el pueblo perdido en el que nadie había llegado a ser alguien destacado; en su madre trabajando doce horas diarias en la cafetería y teniendo que aguantar a los camioneros de paso que siempre intentaban tocarle el culo; en su padre, sudando otro tanto en el aserradero donde le pagaban una miseria que apenas alcanzaba para pagar la hipoteca; en su hermano mayor, que no había podido ir a la universidad como era su sueño y gastaba las horas hombreando bolsas en la empacadora de granos. No supo qué responder pero se imaginó a sí mismo, en un futuro no tan lejano, comiéndose los mocos en un trabajo que no le diera satisfacciones… Entonces respondió con firmeza u convicción: “Cualquier cosa”.

Para los oídos de Wade, esas habían sido las palabras mágicas que abrían la cueva de Alí Babá. Sin pensarlo dos veces, al dicho de “Vamos a ver si es cierto”, se desnudó frente a Deron y lo invitó a sentarse en un sillón para luego arrodillarse entre sus piernas y empezar a chuparle la verga. Ciertamente no era lo que Deron había esperado como respuesta a su confesión (la sorpresa y la confusión le impidieron tomar sus cosas y salir corriendo ante el acoso del empleado) pero una vez que su rabo estuvo dentro de la boca de Wade, la idea de tener un poco de diversión no le pareció tan mala. En el pueblo no resultaba tan sencillo que alguna chica le hiciera ese favor, de modo que se relajó cuanto pudo y disfrutó del momento. 
Ahora bien, todo se complicó cuando Wade le indicó que se pusiera de pie, se apoyara sobre el escritorio y le mostrara el culo. Deron no había calculado que tal cosa podría suceder y no estaba preparado. Sin embargo, Wade fue lo suficientemente convincente como para lograr que hiciera lo que le pedía. No obstante, como queriendo negar la realidad, Deron cerró fuertemente los ojos mientras el empleado de la agencia le acariciaba las nalgas y le metía los dedos en la raja. Volvió a pensar en su pueblo y en la miseria a la que estaba condenado. Con el paso de los minutos, el contacto de las suaves manos de Wade hasta le pareció agradable. 

Wade se dio cuenta de inmediato de que ese culito que tenía servido en bandeja era de estreno. El chico no parecía entendido pero quedaba claro que realmente estaba dispuesto a subir todos los peldaños que lo llevaran a la fama. Lástima que no supiera distinguir entre un alto ejecutivo y un empleadito aprovechado. “La vida es dura” se dijo a sí mismo mientras empapaba la raja del muchacho con abundante saliva. Tenía la pija como piedra. Hacía más de una semana que no tenía sexo y esta oportunidad le había caído del cielo. Por otra parte, su última experiencia no tenía ni punto de comparación: el viejo que le había pagado quince dólares para que se la dejara chupar en el callejón había tenido que trabajar mucho para provocarle una erección. 

Cuando le metió el primer dedo en el culo, el chico no dijo nada. Ni un quejido ni un suspiro. Nada. No podía verle los ojos pero Wade hubiera jurado que los tenía cerrados. Seguramente no sintió dolor porque él se había encargado de lubricarlo en abundancia. Estaba tan caliente que la secreción de saliva no era un problema. Cuando le metió el segundo dedo, hubo un pequeño jadeo y el tronco del muchacho se arqueó levemente. No tenía mucho tiempo pero le pareció una salvajada penetrarlo a lo bestia. Por eso se tomó la molestia de acariciarle la espalda y las nalgas, de sobarle un poco las piernas y esperar a que llegara la dilatación tan esperada. Para su sorpresa, no tuvo que esperar demasiado.

Si alguien le hubiera advertido que triunfar en el mundo del modelaje exigía tantos sacrificios es probable que Deron hubiera considerado terminar sus días como pinche en una gasolinera. La idea pasó fugazmente por su mente cuando el pene se apoyó en su esfínter. Cuando el empleado de la agencia lo penetró, en cambio, supuso que todo progreso exige por lo menos un pequeño sacrificio. No podía negar que había dolido, pero más le había dolido la fractura expuesta que padeció a los doce mientras jugaba al futbol americano en la escuela. ¡Eso sí que era dolor! Este solo duró lo que tardó en acostumbrarse el músculo y, de ahí en más, no le daba vergüenza admitir que era placentero. Por eso pudo aceptar con una sonrisa cuando el empleado de la agencia le propuso recostarse de espaldas sobre el mismo escritorio para que pudiera cogerlo con las patitas al hombro. Le resultó gracioso que, aun en esa circunstancia, el joven siguiera pareciéndole simpático y atractivo. Después de todo no dejaba de ser un halago que disfrutara de su culo como lo estaba haciendo. Se la estaba metiendo con tantas ganas que había terminado por provocarle una erección a él, que siempre había tenido problemas para disfrutar libremente del sexo.

Luego de largos minutos, durante los que el chico pareció disfrutar discretamente, Wade sintió que estaba a las puertas del orgasmo. Quiso darse un último gusto y le ordenó echarse nuevamente en el sillón para cogerlo por la boca hasta acabar. El chico fue dócil y acató sin chistar. era tan lindo que, por un instante, le dio pena el engaño al que lo estaba sometiendo. Claro que todo atisbo de culpa desapareció cuando lo vio masturbarse con entusiasmo y finalmente eyacular sobre su vientre, justo antes de que el propio Wade lanzara su leche sobre los labios de su inocente víctima.

Eran las 9:15 cuando lo despachó con la promesa de llamarlo por teléfono cuando tuviera novedades. Le prometió también una sesión de fotos y un book a cargo de la empresa. Había sido un excelente polvo… tal vez fuera un buen negocio hacer alguna negociación que hiciera realidad su engaño. El chico tenía condiciones para el trabajo.

¡A SOPLAR LA VELA!


A veces las cosas suceden por casualidad. Otras no. Esta cosa (esta que muchos leen a diario desde hace seis años) pertenece a la segunda categoría, jeje.

Fue exactamente hace seis años. Por ese entonces vivía solo y tenía una cama de dos plazas en mi cuarto, porque una cosa es vivir y otra muy diferente es dormir.

Hacía semanas que la idea me daba vueltas por la cabeza pero no terminaba de definirla. De pronto me había dado algo así como nostalgia de aquellos años confusos y ajetreados en los que descubriera mi sexualidad y la pusiera en práctica. Recordé a Esteban pero sobre todo a Benjamín, que me ayudaron a experimentar casi todo lo que llegué a saber sobre el sexo. Y como una cosa trae a la otra, la noche anterior se me había dado por buscar entre los trastos viejos aquella película que me regalara Benja…

La película no era otra que Frisky Summer, de Belami, protagonizada por Johan Paulik y Ion Davidov. El guacho nunca lo hubiera confesado (porque se la daba de chongo que tenía novia y todo) pero a mí me quedaba claro que Johan le calentaba la pava como ninguno. Los pendejitos le volaban la cabeza. Por eso me cogía a mí que, por esos tiempos, apenas si tenía pelitos en el culo. Y si me regaló la película no fue tanto para que yo la disfrutara sino más bien para gozarla él mismo. Como esos padres que aprovechan que el nene es chiquito para volver a subirse a la calesita. De hecho, yo todavía ni tenía reproductor de DVD y para verla tenía que ir a su negocio. Él sí tenía todas las novedades en materia de tecnología y, en el cuartito del fondo, la veíamos en un televisor de 29 pulgadas que, para esa época, era lo último de lo último en la Argentina de la crisis. Pero en realidad, las primeras veces yo casi no la vi porque el muy turro enseguida me daba la orden:

– Chupámela que está buenísima.

Y yo se la chupaba sin protestar. Un poco por sumisión y otro porque (¿para qué les voy a mentir?) me gustaba chupársela cuando se le ponía dura como piedra. De todos modos, su escena preferida no era la de Johan sino esa en la que Ion Davidov y Dano Sulik se culeaban a otro que no me acuerdo cómo se llama, entre unos fardos de paja.

Esa noche que les digo, me puse a buscar la película vaya uno a saber por qué. Fue raro porque ya hacía una punta de años que no la veía. Ni a la película ni a Benja. Mi vida había cambiado mucho: me había mudado a Buenos Aires, tenía mi propio departamento, ganaba mi dinero, estudiaba en la universidad… Pero en el fondo seguía siendo el mismo putito de siempre, aunque para dar culito de bebé me lo tuviera que depilar cada semana.

No estaba solo. En la cama estaba mi amigo Juaco, durmiendo a pata suelta después de tirarnos unos polvos, antes y después de la cena. Coger con él siempre era una delicia pero esa noche me estaba sucediendo algo extraño. La búsqueda de la película me puso caliente de nuevo, como si no hubiera tenido sexo en semanas. En el cuarto de servicio, donde suelo guardar todos los trastos, desparramé cajas y cajas pero no encontraba el dichoso DVD. Sin embargo, sí encontré algunas fotos de mi infancia, de cuando veraneaba en Olavarría con mi padrino, y la vieja e inefable enciclopedia que me hebía abierto los ojos a la naturaleza humana. Entre el polvo de los recuerdos, volví a hojearla después de mucho tiempo. Fue una mezcla de excitación y melancolía revivir antiguas épocas y no faltó incluso alguna lágrima. En medio de todo aquello se me despertó el pingo y pintó paja. Pero fue sosa y ni siquiera acabé porque mi cabeza iba a mil y ya estaba escribiendo sin darme cuenta el primer relato que subí a la red. ¿Se acuerdan de cuál hablo?

Eran como las dos de la madrugada cuando me senté ante la computadora. Ya tenía todo el relato en la cabeza y lo tipié de corrido y casi sin correcciones (“Yo fui un niño ejemplar hasta los quince. Alumno modelo. Hijito obediente…”). Me senía afiebrado y gozoso. No podía dejar de escribir y no me detuve hasta que escribí la última frase (“Baste con saber que aquella tarde me di cuenta de que tenía un volcán entre las piernas”). Fue como un orgasmo y, de hecho, al terminar la tarea me di cuenta de que la tenía parada otra vez. El cuarto estaba a oscuras. La única iluminación era el resplandor de la pantalla. Me recosté sobre el respaldo de la silla y me empecé a sobar la pija casi por instinto. Las palabras que acababa de escribir resonaban en mi cabeza como si tuviera en el cerebro un archivo de audio que no dejaba de reproducirse…

Fue entonces cuando sentí las manos de Juaco deslizándose por mis hombros.

– Así que me dejaste solo en la cama para venir a pajearte con internet…

Me tomó por sorpresa pero, superado el primer instante, me reí de lo que me había dicho.

– Con internet, no. No estoy conectado.

– ¿Entonces…?

– Estaba escribiendo un relato.

– ¡Qué puto raro que sos!

– Pero te la chupo rico…

– Jaja… de eso no me puedo quejar… ¿Y se puede leer lo que escribiste?

– Se puede. Pero no te garantizo que te guste. No hay muerte ni zombies ni nada de esas cosas truculentas que a vos te gustan.

No recuerdo qué me respondió pero se sentó sobre mis muslos, presionándome la verga con el culo. Yo lo abracé con ternura, apoyando mi mejilla contra su espalda. Su cuerpo todavía conservaba el calorcito de la cama y el olor a semen de la última acabada. Empezó a leer en voz alta con las dificultades que todos le conocemos y como le dio vergüenza, superado el primer párrafo, bajó la voz hasta convertirla en apenas un susurro. Un par de minutos después, a él también se le paraba y yo, como quien no quiere la cosa, me dediqué a jugar con su erección en tanto él terminaba de leer. Cuando llegó al fin, se quedó mudo unos segundos y después confesó:

– Te va a parecer muy boludo… pero me calentó.

– Ya me di cuenta… -aclaré mientras se la sobaba con delicadeza.

– Me encantó. Vos tendrías que escribir un libro.

– No jodas. Son puras pajas literarias las mías.

– ¡Justamente! Las pajas están muy a la moda. Los putos pagan por hacerse la paja.

– No, boludo. Los putos nos pagan para rompernos el culo.

– Pero estoy seguro de que pagarían más para hacerse la paja con lo que vos escribís.

– No creo…

– Que sí, pelotudo. Estoy seguro de que sería un éxito.

– No creo…

– Tendrías que averiguar en una editorial.

– ¡Ni en pedo! No tenés idea la mafia que es eso. Juro que jamás me voy a meter con esa gente.

Juaco se quedó pensativo unos segundos y después abrió lo ojos como si estuviera gritando Eureka.

– ¡Ya sé! ¡Escribí un blog entonces!

Esa era exactamente la idea que me rondaba la cabeza desde hacía semanas. Un blog. Desde hacía tiempo conocía el formato y era habitué de varios de ellos. historias para contar no me faltaban y encima tenía la posibilidad de serle de utilidad a alguien. El mundo está lleno de putos que no se animan y por ahí viendo la vida desde otra perspectiva… ¡quién sabe!

– ¿Te parece?

– ¡Claro, boludo! ¡Mirá cómo se me puso a mí! Imaginate cuánta gente se va a pajear delante de la máquina gracias a tus historias. Lo tuyo es algo serio. Vale la pena.

– Mmmmm… No sé… Lo tengo que pensar. Hy muchos que escriben porno en la red.

Juaco se puso de pie como una tromba.

– ¡Qué tenés que pensar, forro? Los demás no se te parecen en nada. Esto que acabo de leer es único y los otros cuentos que tenés también.

Sin darse cuenta, al ponerse de pie y quedar frente a mí, con la vehemencia del alegato, la verga se movía al compás de sus gestos.

– Dejame pensarlo… y ya sabés que siempre pienso mejor con la boca llena…

Acto seguido, me incliné sobre su falo y me lo comí de una.

Cogimos durante un buen rato. Sentado sobre la butaca de la compu, le puse patitas al hombro y él se lució con la culeada. Después pasamos al suelo pero estaba muy frío y nos tiramos en el sofá de la sala. Conocía su pija casi de memoria y, sin embargo, siempre descubría algo nuevo. Esa noche me di cuenta de que podíamos movernos en sinfonía. Los jadeos y gemidos también pueden hacer música, jeje.

A las ocho de la mañana, sin haber dormido en toda la noche, volví a sentarme frente a la computadora mientras Juaco preparaba una cacerola de café negro. No fue sencillo, en esas condiciones, comprender el ABC de la edición de Blogspot. Sin embargo, a las pocas horas, el trabajo estaba hecho. Era muy rudimentario y con el paso de los días (ya descansado) iría mejorando hasta llegar al día de hoy con más de 1500 visitas diarias.
Después de hacer la primera publicación nos fuimos otra vez a la cama pero esta vez solo dormimos. Esa misma tarde, Juaco me acompañó al barrio de San Telmo donde abundan las casas de antigüedades. Compré una vitrina que me fascinó en cuanto la vi y ahora está en mi sala, resguardando los recuerdos más queridos de mi vida. Cada cosa debe tener el lugar que le correspponde y ciertamente los buenos recuerdos no deben estar arrumbados en un placar.
Y como hay recuerdos que no son materiales y no pueden exhibirse en una vitrina, justo es que se los exponga donde sea posible. Este blog es también una vitrina y hoy cumple SEIS AÑOS. Por eso quiero agradecer a todos ustedes, que pasan por acá a diario o de tanto en tanto, por la confianza y el aliento (que no es en la nuca, jajajaja). Hoy es día de festejo para nosotros. Y ojalá para ustedes también lo sea, aunque más no fuera un poquito.

¡PIQUITOS PARA TODOS!

El francesito (3ra parte)


Araujo encabezaba una de las listas que yo le había pasado al francesito el mismo día en que llegó: la lista de los tipos de los que era mejor mantenerse alejado. Era el típico matón de escuela que uno suele ver en las películas norteamericanas, robusto, ignorante, pedante, grotesco; esos que no entienden más razones que las de sus limitadas mentes y sus abusivos puños.


Siguiendo mi propio consejo, yo siempre me había mantenido a distancia pero sucedió una vez que me dejé llevar por mi temperamento y me puse a tiro de su odio. En una discusión en clase, ante su insistencia pertinaz de una idiotez, cometí el error de burlarme de él en público diciendo que se parecía a un dinosaurio: cuerpo de tres toneladas manejado por un cerebrito de doscientos gramos. Jamás olvidaré el odio reflejado en su rostro. Con el profesor presente no podía arrancarme la cabeza en ese preciso instante y, en los días subsiguientes, me las ingenié para evitarlo. Una tarde me esperó a la salida del colegio pero, ante la menor provocación, salí corriendo y ni él ni sus secuaces pudieron alcanzarme. Sin embargo, ese tipo de afrentas no se olvidan y el mastodonte antediluviano se juró a sí mismo que me la cobraría de alguna manera. La llegada del francesito le vino como anillo al dedo para intentar recomponer su orgullo herido. Pero se tomó su tiempo. Por una vez evitó el consejo de sus instintos más básicos y planeó un desquite más elaborado de lo que se podía esperar de él. Aunque de todas maneras no fue efectivo…

Hacía ya un mes de la llegada de Franco y, si bien el francesito ya socializaba sin necesidad de mi intervención, me seguía teniendo como su nana. Y yo desesperando por no poder tocarle un pelo. No es que no lo intentara, pero él sabía muy bien cómo evitarme en las situaciones “peligrosas”. El colegio entero hablaba sobre él y, por consiguiente, también sobre mí y parecía que todos estaban pendientes de lo que hacíamos o dejábamos de hacer. Los rumores de todo tipo no me molestaban, pero sí me daba bronca el cuchicheo a hurtadillas o la miradita mordaz.

La tarde en que sucedió lo de Araujo, yo había llegado tarde al entrenamiento del equipo de básquet. El profe era muy riguroso con los temas de horario y, como castigo, me hizo quedar después de hora para revisar el estado de las pelotas. No era una tarea tremenda, apenas me insumiría un cuarto de hora, pero era tediosa y además era un castigo. Sin chistar, una a una tuve que comprobar que estuvieran bien infladas, colocarlas en una bolsa de red y luego llevar la bolsa al vestuario de varones en donde se la guardaba. Allí me encontré con Araujo y sus secuaces, que iban a las duchas después del entrenamiento de fútbol.

– ¡Eh! ¡Miren quién llegó! ¡El marido de la francesita! –gritó a sus amigotes y todos se rieron.

Yo no dije nada y tan solo abrí el armario en el que se guardaban las pelotas.

– ¿Cómo te va en tu nueva vida de casado, Barriera? ¿Te mueve bien el guiso la francesita?

– No jodas, Araujo. –fue mi única respuesta.

– ¿Por qué me hablás así? Yo solo quiero ser amable y saber qué es de la vida de casado de un amigo.

– No jodas, Araujo. Seguí tu vida…

– Ehhhh, loco… ¿Parece que anoche la nena no te tiró la goma o qué?

– No rompas las pelotas, Araujo. Metete en tus cosas y dejame en paz.

Puse la bolsa dentro del armario y me encaminé hacia la salida, pero mi tono había sonado mucho más imperativo de lo que un mastodonte como Araujo podía tolerar.

– ¿Qué decís, pelotudo? –reaccionó tomándome por hombro– ¿A mí me mandás a callar?

De repente, el vestuario se había llenado de gente, todos chicos del colegio que seguramente estaban esperando el momento en que Araujo comenzara a arrancarme las tripas.

– ¿Vos me hacés callar a mí? –vociferó una vez más, al verse rodeado de público, sacudiéndome con sus manazas como si yo fuera su monigote.

– No jodas, Araujo, o…

– ¿O qué, pelotudito… boludito… puto? –me dijo, finalmente, en tono de amenaza y aplastándome contra una de las paredes de las duchas.

De ahí en más, cada vez que yo quisiera zafar de su fuerza o quisiera decir algo, él me retrucaba con una sola palabra: “PUTO”. Pero repetido como una letanía.

– PUTO, PUTO, PUTO, PUTO, PUTO, PUTO, PUTO, PUTO, PUTO, PUTO, PUTO…

Hasta que me harté:

– Sí, SOY PUTO ¿y qué? –lo desafié sin tomar conciencia de que acaba de decirlo frente a todo el mundo y no podría aducir después que había sido sacado de contexto. Rápidamente me di cuenta del error y pensé un plan B a la velocidad de la luz, algo que me permitiera sacar las papas del fuego. No lo encontré, pero sí logré zafar de su aprisionamiento y, a una escasa distancia de metro u medio, intenté sicopatearlo:

– ¿Qué tenés contra los putos? ¿Acaso alguno no te quiso chupar ese chizito diminuto que tenés entre las piernas? ¡O por ahí no te dejó que se la chuparas vos a él!

Lengua filosa la mía, sobre todo en situaciones límite, pero muy inoportuna a la hora de manifestar sus talentos dialécticos. Había utilizado uno de los consejos de Esteban: cuando se trata de hacer enojar a los heterosexuales, las tácticas de insultar el tamaño de su badajo o la de insinuar que ellos también se la comen nunca fallan. Decile a un chongo que la tiene chiquita y enseguida monta en cólera. ¡Y ni hablar si les das a entender que están reprimiendo las ganas por comerse una verga!. Araujo reaccionó según la tradición: primero se puso rojo como tomate, se le borró la sonrisa de la cara, después empezó a fruncir el seño como evidencia de estar acumulando ira, se empezó a frotar el puño derecho contra la palma izquierda para entrar finalmente en acción con un gruñido visceral. Se lanzó entonces sobre mí, revoleando un golpe con la torpeza propia de quien no cuenta más que con su fuerza bruta. Como buen basquetbolista que era por aquellos días, mis reflejos eran muy buenos y esquivé el ataque sin dificultad. Me corrí a un costado y hubiera salido corriendo de no haber estado la salida bloqueada por la multitud de curiosos que ya vitoreaban a uno y a otro. Más furioso aún por el fallo, Araujo inició una especie de letanía de amenazas y, cuando supuso que yo estaba distraído, volvió a lanzarme un golpe, esta vez mucho más violento que el anterior. Lamentablemente para él, yo no estaba distraído, solo buscaba una ruta de escape pero sin perderlo de vista. De manera que, cuando lanzó el segundo golpe, lo vi venir y lo esquivé una vez más. Lo que ni él ni yo habíamos podido prever era que, detrás de mí, había una columna de cemento y su puño demoledor fue a parar directamente allí, fracturándose la mano.

Debo reconocer que se portó “como un machito”. No gritó ni lloró ni hizo ninguna de esas manifestaciones de dolor que hubieran estado perfectamente justificadas por la situación. Al sentir el choque de su puño contra el cemento y ser consciente de la fractura de los huesos de su mano (pudo escucharse claramente el sonido de la quebradura), Araujo se puso blanco como papel blanco y se mordió el labio inferior hasta el punto de hacerlo sangrar. Cayó de rodillas sin decir una palabra. El griterío se silenció de inmediato pero ninguno de los presentes se animó a acercarse. Tuve que ser yo el que lo hiciera. No sabía qué decir… pero sí sabía qué NO decir (que estaba aliviado por no haber sido yo el que terminara herido en aquel incidente, por ejemplo). Me acerqué cautelosamente y le pregunté cómo estaba.

– ¡Andate a la mierda, maricón del orto! –fue su respuesta, mientras me empujaba con su mano sana y me hacía caer un metro más atrás, lastimándome la parte de atrás de la cabeza al golpearme contra el filo de un banco. Conclusión: terminamos los dos en la guardia del hospital, a mí me curaron la herida y me tuvieron dos horas en observación y él le enyesaron la mano y le suministraron sedantes para que pudiera calmar el odio incontenible que lo consumía. Según las normas de la escuela, como el hecho había sucedido dentro del establecimiento pero fuera de los horarios de clase, la pena merecida por Araujo no incluía la suspensión y solo se lo amonestó y se lo “condenó” a realizar una investigación especial sobre la violencia intraescolar. Los testigos habían declarado que yo había hecho todo lo que había estado a mi alcance para evitar la pelea y salí limpio del asunto. Pero durante mucho tiempo circuló la versión de que el inicio de todo había sido una propuesta sexual de mi parte que él había rechazado “a su manera”. Aun hoy sigue sucediendo que, para el cotorreo, el puto siempre tiene la culpa.

Lo que ya no fue un rumor, sino una certeza, fue mi intempestiva salida del armario. Después de diez años me doy cuenta de que no fue tan traumática como recordaba, pero igualmente me habría gustado que hubiera sido un poco más “planificada”. Supongo que mi rol de buen deportista me jugó en alguna medida a favor, ya que me otorgaba cierta popularidad entre mis compañeros. Tampoco era el único gay en el colegio y, dado que yo no encajaba dentro de la categoría de los que se dejaban pasar por arriba, se me hace que a la hora de los hostigamientos siempre era preferible una marica más sumisa, que no tuviera reacciones capaces de incomodar al acosador. Sí… no fue una experiencia tan tremenda… Muy por el contrario, a veces me pregunto si no debiera agradecerle a Araujo aquel incidente que me permitió mostrarme ante el mundo sin demasiado protocolo. A partir de aquel día, mi vida tomó un giro inesperado y en gran parte gracias a ello tenemos hoy al Zekys que tenemos, juas.

Apenas unas horas después del incidente se produjeron las primeras consecuencias. Ya en casa, me conecté al MSN. Por aquellos tiempos era un acto casi reflejo cada vez que me sentaba frente a la computadora. No es que gustara chatear (más bien todo lo contrario y, en ese sentido, no he cambiado ni un poquito) sino que lo hacía por seguir al rebaño. Además, era una excelente manera de saber lo que se decía en el colegio, acerca de todo y de todos. Y aquella tarde, el tema candente era yo.

Lo supe un ratito después de haberme conectado.

Me dolía la herida y traté de distraerme con un poco de porno (eso nunca falla). Había encontrado nuevas fotos de Lukas Ridgeston y las estaba disfrutando con la mano entre las piernas cuando escuché la alerta de un nuevo mensaje. Era un tal “gustidaless86” que me solicitaba amistad. Lo acepté e iniciamos un diálogo similar al que transcribo a continuación (tan solo ocultaré los nombres de los involucrados, eliminaré los emoticones y corregiré los HORRORES de ortografía perpetrados por mi interlocutor en aquella ocasión).

Gustidaless86: Hola
Yo: Hola. ¿Quién sos?
G: ¿Cómo quién soy, boludo? Soy yo: Gustavo.
Y: ¿Qué Gustavo?
G: Gustavo M., pelotudo.
Y: Ah. No tenía tu nick.
G: Ya sé. El tuyo me lo pasó F. J.
Y: ¿Y qué se te dio por agregarme?
G: Nada… Se me ocurrió solamente… Es que ahora sos famoso, bolú.
Y: Ah… ¿Ya te enteraste?
G: ¡¡¡¿Me estás cargando?!!! ¡Todo el colegio se enteró! Esos chismes corren rápido.
Y: Me imagino.
G: Che, ¿y es cierto que te la comés?
Y: Ja. No te tardaste nada en ir al grano.
G: Te pregunto de onda, chabón. Ta todo bien.
Y: ¿En serio?
G: Claro, bolú. ¡A quién le importa con quién garchás!
Y: Bueno, gracias.
G: Porque ya garchaste ¿no?
Y: ¿Por qué me preguntás eso?
G: Por nada, chabón. Es que dicen que los putos garchan antes que los hombres…
Y: Yo soy gay y también soy hombre.
G: Bueno, es una forma de decir. No te chivés.
Y: ¿Y vos ya garchaste?
G: Noooooooo jajajajaja… por eso estoy con la leche al cuello!!!! Quiero debutaaaaaarrrrrrrrr!!!!
Y: Hacete la paja.
G: ¿Y te pensás que no? Tres o cuatro por día, chabón.
Y: Si te sirve está bien.
G: Me sirve hasta por ahí nomás… Pero al final ¿garchaste o no garchaste?
Y: ¿Y por qué te tendría que andar contando esas cosas?
G: No seas ortiva, chabón. Hacete amigo. Es una manera de entablar conversación.
Y: ¿Eso significa que querés ser amigo mío?
G: ¡Claro! Es un buen momento para hacernos amigos.
Y: No entiendo.
G: ¡Claro! Ahora te va a venir bien tener amigos.
Y: Sigo sin entender…
G: Ya te dije que a mí no me importa que seas gay y por lo que sé no soy el único.
Y: ¿Y…?
G: Nada. Quería que lo supieras. Porque más de uno te va a querer bardear.
Y: Bueno… Gracias.
G: Además, entre amigos nos hacemos favores, jeje.
Y: Ya veo, jajajaja.
G: Seeeeeeeeeeeeeee…
Y: ¿Y vos qué onda?
G: ¿Qué onda con qué?
Y: ¿También sos gay?
G: ¿Yo? ¡NOOOOOO! Yo soy bien hombrecito… Ups, perdón, no soy gay, jejejeje.
Y: Peeeeerooooo….

G: Pero nada…
Y: ¿No te gustaría probar?
G: Lo que me gustaría es garchar!!!!!! Jajajajaja… O al menos encontrar a alguien que me la chupe…
Y: Ajá… ¿Y ahí entraría yo?
G: No sé… Si sos puto te debe gustar chupar verga ¿no?
Y: No cualquier verga…
G: Buen punto…
Y: Ajá…
G: O sea que te lo tendría que preguntar de otra manera…
Y: Dale…
G: ¿Te gustaría chuparme la verga a mí?
Y: Jajajajajaja… Depende…
G: ¿De qué depende?
Y: “… Según como se mire, todo dependeeeeee…” jajajajaja.
G: No me bardiés… decime de qué depende.
Y: ¿La tenés grande?
G: Mmmmm… No sé… Supongo que debe ser normal.
Y: ¿Nunca te la mediste?
G: Nop…
Y: Tendrías que agarrar una regla y medírtela ahora mismo. ¿Se te puso dura?
G: ¡Clarinete, chabón! ¡No te das una idea! ¿Por qué no te venís para mi casa?
Y: ¿A tu casa? ¿Para qué?
G: Para ayudarme a medirla y de paso me la chupás un poco. No seas ortiva.
Y: ¡NI EN PEDO! Venite vos para la mía en todo caso y vemos…
G: ¿Y vemos qué?
Y: Si te la chupo o no…
G: Uh, loco, me estás matando… ¿Qué te cuesta?
Y: Ya te dije que no se la voy chupando a todo el mundo…
G: Pero yo no te estoy diciendo que se la chupes a todo el mundo… Con que me la chupes a mí me alcanza jajajajaja…
Y: ¡Qué piola! Pero te estás olvidando que para todo hay condiciones.
G: Ta bien… ¿Cuáles son las condiciones?
Y: ¿Vos qué ofrecés a cambio?
G: No sé. Proponé vos…
Y: ¿Me la chuparías vos también a mí, por ejemplo?
G: Jajajajaja… pero yo no soy puto!
Y: ¿Y qué tiene? Me la podés chupar igual.
G: ¿Es necesario?
Y: Necesario no, pero ayudaría para convencerme, je. Si no, proponé alguna otra cosa…
G: Mmmmm… ta bien… te la chupo… pero vos primero a mí, así me enseñás cómo se hace…
Y: Es fácil. Vas a aprender rápido…
G: ¿En tu casa o en la mía entonces…?
Y: Por supuesto que en la mía.
G: ¿Ahora?
Y: Ya tendrías que estar cerrando el MSN y viniendo para acá…

Gustavo M. era un pendejo de segundo que yo no hubiera imaginado que registraba mi nombre. Era bastante fachero pero también medio pelotudo, muy inmaduro. Por eso las minas no lo tomaban en serio, situación que todo puto que se precie debe tener en cuenta al momento de convertirse en una marica depredadora. Enseñanzas de Esteban, que desde el primer día me dio algunos consejos que he valorado grandemente a lo largo de mi vida. Por ejemplo: “A los chongos nunca hay que darles ventaja” y es imprescindible que les quede claro que los que manejamos la situación somos nosotros Jamás (pero JAMÁS) debemos mostrarnos sumisos ante sus deseos. Si quieren sexo, la negociación de una “prestación” a cambio es imprescindible y, en todo momento, hay que ingeniárselas para que se sientan en deuda. Si uno sabe maniobrar, se dará cuenta de cuán manipulable puede ser un chongo caliente.

No tardó casi nada en tocar el timbre. Cualquiera hubiera dicho que estaba chateando desde la puerta, pero lo cierto era que vivía apenas a dos cuadras de mi casa. Le abrí la puerta y entró con cara de pollito mojado, más nervioso que en un examen final.

– ¿Estás solo? –me preguntó tartamudeando.

– Sí. –le respondí– Mi vieja llega en una hora.

– Ah… ¿Entonces no es mejor que lo dejemos para mañana?

¿Se dan cuenta por qué digo que era medio pelotudo?

– ¿Por qué? No hay drama con mi vieja. Ella nunca sube a mi cuarto… pero si te arrepentiste, todo bien, problema tuyo…

– No, no, no… No me arrepentí. Solo decía…

– Yo no tengo drama. ¿Te quedás?

Miró a su alrededor como buscando algo y finalmente respondió que sí.

– Ok. Vení conmigo entonces.

Lo tomé de la mano como si fuera un nenito de jardín y lo guié hasta mi cuarto, en la planta alta. Entramos en la habitación, cerré la puerta y me eché en el sillón que estaba junto a la ventana. Él se quedó de pie sin saber qué hacer.

– ¿Te duele? –me preguntó señalando mi cabeza.

– Un poco. Nada serio.

Sobrevino otro silencio.

– ¿Y? ¿Hacemos algo o no? –lo apuré.

– Eh… sí… sí… –dijo, pero no hizo nada. En persona no parecía tan lanzado como en el chat.

– ¿Todavía la tenés dura? –yo quería ir al grano cuanto antes.

– Mmmm… no… Hasta recién sí, pero ahora me puse nervioso, ja.

En eso estuvo astuto: fue honesto y no quiso mandarse la parte.

– Pero ¿el trato sigue en pie? –quise confirmar.

– Sí… sí… claro…

– Entonces vení, acercate…

Con mucha timidez, Gustavo dio un par de pasos hacia mí. Yo me estiré hasta alcanzar la mochila que estaba en el escritorio y saqué una regla que serviría para las mediciones. Con la regla en la mano y la mejor de mis sonrisas, lo invité entonces a bajarse los pantalones.

– ¿Y si viene tu vieja?

– No va a venir mi vieja todavía. –le dije con un poco de fastidio– Y si viene, primero vamos a escuchar el auto, después el ruido de la llave en la puerta de entrada y después el de sus tacos yendo hacia su cuarto. Mi vieja nunca sube a mi cuarto. De hecho, casi ni nos hablamos. Quedate tranqui y bajate los lienzos que tenemos trabajo que hacer.

Me obedeció inseguro pero sumiso. Desabrochó el cinturón, los botones de la bragueta y luego deslizó el pantalón hacia abajo. Llevaba un slip negro que le quedaba muy bien. Para ver mejor el conjunto, le pedí también que se quitara la remera. No en absoluto un chico gordo, pero tenía una incipiente pancita que en ese momento me pareció muy tierna. Sí tenía buenos pectorales y buenos brazos. A través de la tela se veía que la verga estaba muerta y tendría que trabajar un poco para revivirla. Estiré una mano, lo tomé por el slip y lo atraje hacia mí. Dejé la regla a un lado y me froté las manos:

– En estos casos no es bueno tener las manos frías… –le expliqué.

Luego deslicé sus pantalones hasta el suelo y, como quien no quiere la cosa, acerqué mi rostro a su bulto a modo de provocación. El bulto pareció no acusar recibo, de todas maneras. Acaricié suavemente sus piernas (muy lindas piernas) y él respondió levantándolas de a una para que yo pudiera quitarle los jeans. Maniobra inútil por parte de los dos, porque todavía tenía puestas las zapatillas y los pantalones quedaron a medio salir, todos pisoteados. Sin darle importancia al asunto, regresé a su entrepierna y le sobé despacito el paquete para comprobar que todo estuviera en su lugar. Lo miré a los ojos con picardía, pero él esquivó mi mirada y elevó la suya hacia el cielo raso.

– ¿La medimos?

Él me respondió que sí con un movimiento de cabeza. Sin mirarme.

Procedí entonces a meter mano.

La pijita de Gustavo parecía más un maní que una poronga y sus huevitos estaban laxos, tan solo sostenidos por la tela del slip. Por un momento experimenté una cierta decepción pero sabiamente me permití albergar una pequeña esperanza. Cuando se le pasaran los nervios, todo mejoraría. Me gustó sin embargo que tuviera abundante vello púbico. Eso se notaba al simple tacto pero pude comprobarlo cuando deslicé el slip hacia abajo y dejé su miembro al descubierto. Gustavo suspiró. Yo tomé el prepucio con la punta de los dedos (por delicadeza, no es que me diera asco) y lo estiré hacia mí para poder medirlo. Coloqué la regla y el resultado fue seis centímetros, aunque tres eran solo piel estirada. Apretando los labios en fingida señal de preocupación, volví a mirarlo a los ojos.

– Vamos a tener que hacer algo para mejorar esto. –le dije– Porque así como está solo sirve para mear.

Él no dijo nada. Solo se limitó a asentir con la cabeza.

– Ponete en bolas. –le ordené.

La tarea parecía sencilla, puesto que ya estaba prácticamente desnudo, pero los nervios y las botamangas de los pantalones atascadas por las zapatillas complicaron la maniobra. Fue muy gracioso verlo lidiar con las prendas. Se tiró al suelo para no perder el equilibrio y tuvo que hacer mucha fuerza para liberar la primera de las piernas. No pude evitar una risita que lo puso más nervioso todavía.

– Dejame ayudar. Tengo práctica en estas cosas.

Mi ofrecimiento pareció tranquilizarlo y se permitió una intervención más distendida.

– ¿Mucha práctica?

– No mucha. Pero la suficiente…

– Soy todo tuyo entonces…

– Hacete cargo de eso…

Con paciencia, le quité las zapatillas, liberé la otra pierna y le quité también los zoquetes de algodón, blancos-blanquísimos. Quedó ante mí completamente desnudo. Tendido así en el suelo, no tenía nada que envidiarles a los tantos modelitos porno que solemos ver en internet. Disimulé mi excitación poniendo cara de villano intrigante.

– ¿Qué pasa? –me preguntó finalmente.

– Nada. –le respondí– Ese es el problema…

La expresión de su rostro se tensó de nuevo. Le ofrecí mi mano y lo ayudé a ponerse de pie.

– … pero creo que lo podemos solucionar.

Diciendo esto, busqué su verga con los labios y empecé a lamerla y a chuparla con suma tranquilidad. Su piel estaba fresca y olía a jabón de tocador. Su pija, en cambio, olía a pija. Y eso era bueno. Sin que él se diera cuenta, seguí frotando mis manos contra mis jeans y mi trabajo fue exclusivamente bucal. Los labios daban paso a la lengua que delicadamente se paseaba por sus testículos todavía relajados y luego regresaba al miembro, que ya estaba tomando un poco de volumen. Cuando Gustavo se permitió el primer jadeo, la verga le dio un respingo y fue así como empezó a ponerse dura.

– Bienvenida. –le dije (no a él sino a “ella”) y pude ver por el rabillo del ojo que Gustavo sonreía por primera vez desde su llegada.

Un par de minutos después el falo ya me llenaba la boca y emanaba ese aroma a sexo que todos conocemos. Al final terminó siendo bien grande, mucho más de lo que hubiera sospechado. Cuando lo tomé entre las manos, eché el prepucio hacia atrás y la cabezota me saludó con una sacudida. Pude ver claramente una gota de presemen asomar por el ojito y casi por instinto la recogí con la punta de la lengua. Él emitió un quejidito (más de sorpresa que de excitación) y puso una de sus manos sobre mi cabeza. Allí me detuve al instante y lo miré fijo a los ojos una vez más, pero en esta oportunidad mi mirada no era nada amistosa. Había ensayado esa reacción durante meses, a partir de los consejos de Esteban.

– Ni se te ocurra. –le dije, con una frialdad en la voz que hasta a mí me sorprendió– Si querés una mamada, me dejás hacer a mí. Vos quietito.

Gustavo quiso disculparse con balbuceos pero me bastó una mirada para que optara por cerrar la boca. La verga se le bajó un poco. Tuve que sacudírsela un poquito antes de volver a metérmela en la boca. No lo dije en ese momento, pero era una buena verga y desde el primer momento supe que la iba a disfrutar. Cuando estuvo bien dura, tomé nuevamente la regla y procedí a una nueva medición.

– Nada mal. Nada mal…

– ¿Cuánto? –preguntó.

– ¿Cuánto te parece?

– Mmmm… no sé… ni idea…

– Dieciocho.

– ¿Y eso es bueno?

M causó gracia la carita con que me lo preguntó. Era cierto que no sabía cuánto medía normalmente una poronga.

– ¡Más que bueno, boludo! Con dieciséis cualquier pasiva se siente afortunada.

– ¿Entonces…?

– Entonces tenemos un trato. Echate acá.

Era un niño grandote. La carita se le iluminó y se tumbó en el sofá de un salto.

– ¿Te gustó cómo te la chupé?

Otra vez la mirada se le transformó en una fuente de luz.

– ¡Sí! ¡Se siente bárbaro!

– Entonces ya sabés cómo se hace… –afirmé mientras empezaba a desabrochar mi bragueta– Ahora es tu turno…

Gustavo frunció el ceño como simulando un pucherito.

– ¿Ahora…?

– ¡Claro, bolú! ¿Cuándo si no?

– No sé… Pensé que sería después…

– No. –fui terminante– Es ahora.

– Pero.. ¿después seguís vos un poco más?

– Claro, pelotudo. No te voy a dejar así con la poronga dura.

La sonrisa volvió a su rostro y, con otro talante, se acomodó de costado y esperó a que yo terminara de bajarme los pantalones. Cuando lo hice, mi pija estaba ya a media asta.

– Dale. Chupá.

– ¿Cómo…? ¿Me la meto en la boca así nomás…?

– ¿No viste cómo te la chupé yo, boludo?

– Mmmmm… la verdad que no mucho. Se sentía demasiado rico y no se me dio por mirar…

Era un pelotudo pero simpático y muy gracioso. Al instante lo comparé con Nahuelote, tan vergudo él, pero tan aburrido. Jamás me había hecho reír mientras cogíamos. ¡Y este ya me divertía antes de empezar!

– ¡Qué forro que sos!

Nos reímos tanto que por un momento nos olvidamos de lo que estábamos haciendo.

– ¿No me la chupás un poquito más? –me pidió con carita de súplica– Juro que esta vez presto atención.

Con eso me terminó de comprar… Aún así, no le dije nada, me terminé de desnudar y me tendí a su lado. La intención: seguir los consejos de Esteban y reflotar la negociación.

– ¿En serio querés que te la siga chupando?

– Me muero de ganas… ¡Mirá cómo la tengo!

Estaba realmente al palo.

– Entonces dame un beso para convencerme.

– Bueno… Creo que para eso no necesito instrucciones…

Y no las necesitaba ciertamente. No hubo reparos esta vez. Por el contrario, hizo más de lo que le había pedido. Con mucha ternura, acarició mi brazo. Con la yema de sus dedos hizo círculos en mi hombro y luego su mano se internó en mi cuello al tiempo que sus labios llegaban al contacto con mis labios. No fue cualquier beso. Fue un beso delicado, un beso seductor, un beso cálido que pudo echar por tierra todas las teorías de Esteban. Gustavo cerró los ojos mientras me besaba y su mano persistió en las caricias mientras lo hacía. Yo lo recibí con sorpresa primero y con ansiedad después. Con sorpresa porque nadie me había besado de ese modo hasta el momento. Con ansiedad porque el único sentimiento que podía decodificar en ese instante era el miedo por que terminara. Yo también lo acaricié, casi sin darme cuenta. Sus labios tibios se humedecían en mis labios y, cuando ambos se abrieron para dar paso al contacto más profundo de las lenguas, todo mi cuerpo se erizó y se estremeció. El beso entonces se convirtió en una fusión que comenzó en los labios y se fue expandiendo por el resto de nuestros cuerpos tensos hasta que ambos no fueron reconocibles como individualidades. Estrechos por el poco espacio, nos tendimos uno junto al otro. Mi pecho se juntó con su pecho, mis brazos se enlazaron alrededor de su cintura, los suyos fueron directamente a mis nalgas y las piernas de ambos tejieron una red. La única zona corporal que no pudo adherirse fue el pubis. En la posición en que nos encontrábamos no había orificios que albergaran la dureza de las vergas que, sin embargo, pujaban por penetrar donde no tenían cabida. Fue un beso largo pero no interminable. El instinto de conservación impone que algo tan placentero tenga que tener un final.

Cuando nuestros labios se separaron, nos descubrimos sumidos en una maravillosa perturbación.

– Nunca nadie me había besado así… –confesé.

– Sos muy suavecito… –susurró Gustavo, como si deseara restarle importancia a mi declaración– No tenía idea de que la piel de un chabón pudiera sentirse tan… –no hallaba la palabra– tan… agradable…

– ¿Agradable? No sé si me gusta mucho esa expresión, jajajaja.

– Bueno, no sé cómo decirlo… Me siento raro… y no soy bueno para hablar…

– ¿A quién le importa? Esa boca es buena para otras cosas…

– Ah, ¿sí? ¿Entonces te convencí?

– Se nota que sos chongo: no pensás en otra cosa… Veníamos tan tiernitos…

– Pero es que cuando me la chupás vos también te ponés tiernito…

¿Simpático dije? ¡NO! ¡Era un seductor peligroso!

Semejante beso había relajado todas mis normas. Con deliberada alegría nos besamos otra vez dando vía libre a las ansias exploratorias de nuestras manos. Tanto las suyas sobre mi cuerpo como las mías sobre el suyo se deslizaron sin vergüenzas ni pudores. Y en medio de tan agradable manoseo, el beso llegó nuevamente a su fin y sin necesidad de romper la renovada magia con palabras me deslicé serpenteante hasta su entrepierna, donde la verga inusitadamente endurecida esperaba las caricias de mi lengua. El pendejo me había encendido y tendría la oportunidad de gozar de mis favores en toda su plenitud. Cambié de posición (dejando todo sugerido para un sesenta y nueve) y se la chupé sin devaneos. Era grande, sí, pero mi entusiasmo era tanto que la garganta había encontrado intuitivamente el camino hacia la dilatación perfecta. La boca me chorreaba saliva y el olor intenso de su pubis me inclinaba más y más hacia el desborde. Gustavo se sintió sorprendido también por mi entusiasmo pero no tuvo tiempo ni fuerzas como para racionalizar lo que estaba sucediendo. Al principio se limitó a gozar pero llegó ese momento crítico (ese que todo ser apasionado puede reconocer) en el que dejó de ser dueño de sus actos y se entregó de lleno a lo que su deseo le inspiraba. Así fue como se llevó mi verga a la boca y en esta ocasión no necesitó instrucciones ni condicionamientos. Su instinto lo guiaba. En cierta forma repetía lo que yo hacía en su entrepierna, pero justo es destacar que ponía mucho de su propia cosecha. Mi verga no era (y sigue sin serlo) tan grande como la suya y está claro que a él le resultaba más sencillo tragársela hasta el pubis, pero el modo en que movía la lengua o movía la cabeza para lograr una sensación de vértigo circular en mi sensibilidad, era algo por demás notable en un chico que, hasta una media hora antes, se decía virgen. En un par de ocasiones, hicimos un impasse y aprovechamos para dedicarnos algún halago, pero el gusto por lo que estábamos haciendo iba mucho más allá de lo que pudiéramos decir con palabras.

Oí el motor del auto de mi vieja justo en el instante en que Gustavo derramaba dentro de mi boca todo el semen que había acumulado en tantos años de pajas compulsivas. Fue algo providencial porque, de no haber existido esa simultaneidad, es posible que Gustavo recobrara su nerviosismo perdido y todo se malograra. Su semen era dulce y muy abundante. Y su grito al estallar le habría parecido de muerte a cualquiera que no conociera la génesis del desahogo. Todo su cuerpo se arqueó y se sacudió como si de un ataque de epilepsia se tratara. Yo recibí cada gota de su leche y la tragué despaciosamente, degustando cada porción como si fuera maná. Aún después, seguí chupándosela con energía, mientras las llaves de mi vieja tintineaban en la cerradura y también mientras sus inconfundibles tacos se dirigían directamente a su cuarto de la planta baja. Gustavo luego recordaría que él también había escuchado los ruidos pero que su plenitud era tal que nada externo a nosotros dos hubiera podido interrumpir su deleite.

De cara al techo, Gustavo parecía en otro mundo. De algún modo nos habíamos sentado en el sofá nuevamente y nuestro único contacto era el de los pies que, disimuladamente, seguían acariciándose.

– No sé qué decir… –dijo en un momento, después de un largo silencio.

– No digas nada entonces.

– Pero siento que algo tengo que decir…

– ¿Algo como qué?

Me miró extrañado, como buscando en mis ojos la respuesta a mi pregunta.

– No sé… “Gracias” tal vez.

– ¡Qué forro que sos! –fue lo único que pude decir para disimular mi emoción.

– Gracias. Sí. Eso es.

– Y ¿por qué? Yo también la pasé bien.

– Pero vos ya sabías que esto podía ser así…

– No te creas… Muchas veces termina siendo un fiasco. –dije, como si tuviera toda la experiencia.

Nos quedamos otro rato calladitos, mirando el techo. Después, Gustavo estiró un brazo y, sin desviar la mirada, lo pasó por debajo de mi cabeza, me abrazó y me estrechó contra su cuerpo. Yo me dejé hacer. Era agradable. Desde mi nueva posición fijé mi mirada en el lento movimiento de su pecho mientras él me acariciaba la cabeza. Al rato se escuchó un ruido de cacharros desde la cocina.

– Es mi vieja que empieza a preparar la cena.

– ¿No deberías bajar a saludarla?

– Podría. Pero no somos una familia tradicional. Hace rato que tenemos “diferencias”.

– ¿Para tanto?

– No quiero hablar de eso. La pasamos muy bien hasta ahora y no vale la pena arruinarlo.

Nuevo silencio.

– ¿Querés quedarte? –un impulso extraño me llevó a preguntarlo.

– ¿A cenar?

– A dormir.

Los ojitos de Gustavo se abrieron como faroles y una sonrisa increíble le terminó de iluminar el rostro.

– Mmm.. no sé… ¿Puedo?

– Te estoy invitando, boludo.

– Y ¿me la vas a chupar otra vez?

– Todas las veces que pueda…

– Tendría que pedirle permiso a mi vieja.

– Llamala por teléfono.

Se quedó pensando y, después de unos minutos que me parecieron siglos, aceptó.

– Pero ¿tu vieja va a querer…?

– Mi vieja me la chupa…

– No. De eso me encargo yo, que estoy en deuda.

Al principio no supe a qué se refería (sí, a veces soy un poco lento), pero cuando su mano se posó sobre mi verga todavía erecta lo comprendí todo. Sin decir más, se acomodó entre mis piernas. Me la empezó a lamer con mucha delicadez. Su lengua era cálida y suave y se movía muy bien. Las dificultades comenzaron cuando me la empezó a mamar, pero ponía tanto empeño en hacerlo correctamente que no quise decir nada que rompiera la magia. Sus labios estaban rígidos y secos; no se animaba a abrir la boca para tragarla libremente; se limitaba al movimiento de entra y sale y se notaba la incomodidad en su rostro. Sin embargo, se sentía rico. Poco a poco, no obstante, se fue aflojando. Lo noté incluso en su postura. De la posición en cuatro patas, se terminó sentando más cómodo en el suelo y así pude acariciarlo con los pies y con las piernas. A partir de ese momento fue más generoso con las lamidas y su boca empezó a liberarse. Cerré los ojos y me limité a disfrutar. Cuando sentí que se la tragaba a fondo, los abrí nuevamente y lo vi disfrutar. Sí, lo estaba haciendo con gusto y eso redundaba en la calidad de la mamada. Extraña situación, por cierto. Sobre todo para mí, que no estaba en absoluto acostumbrado a que me la chuparan (de hecho, hasta ese día solo me lo habían hecho dos veces). Fue extraño además porque lo disfruté mucho pero a la vez no pude dejar de racionalizar la situación, analizando cada gesto y cada movimiento, inspeccionando cada línea de su cuerpo y percibiendo cada suspiro y cada mirada. Cuando finalmente sentí que iba a eyacular le avisé para que no se sorprendiera e intenté retirar mi pene de su boca. Sin embargo, él se negó y se tragó toda mi leche. A juzgar por su expresión, no fue algo que le agradara pero tampoco parecía arrepentirse.

Luego, volvimos al silencio. Se sentó nuevamente a mi lado pero esta vez fui yo el que lo abrazó. No fuera cosa que se acostumbrara a ese gesto tan machista de protección. Sumisamente apoyó su cara sobre mi pecho y, como al pasar, siguió acariciando mi verga, que iba perdiendo la erección. Después de mucho rato se incorporó y mirándome fijamente a los ojos preguntó:

– ¿Vos qué decís: al final yo también resulté un poco puto, no es cierto?

CONTINUARÁ…

El francesito (2da parte)


Han pasado más de diez años y el recuerdo sigue intacto. La imagen permanece en mi memoria como si hubiera sido ayer que vi al francesito recostado en la cama, con su cuerpito flacucho y su carita de muñeco…


Las piernitas de alambre cruzadas una sobre la otra y los pies huesudos formando una especie de ovillo muy extraño. La cadera filosa y la suave concavidad de su vientre limitado por las costillas bien marcadas que se perdían bajo los bracitos cruzados sobre el pecho. Los dedos se perdían también, pero entre los labios rojos del francesito que, nervioso e inquieto, se comía las uñas y me miraba fijamente con esos ojos enormes que hacían olvidar todo lo que hubiera a su alrededor. Yo me desnudaba lentamente frente a él mientras pensaba por qué me calentaba tanto. En ese momento, suponía que era por su extrema belleza. Hoy creo que, más bien, era su femineidad. Sí, porque el francesito era muy nena, no buscaba ni podía ocultar su mariconería y yo, en plena revolución adolescente, buscaba sacar a la luz al Zekys que aun permanecía oculto, sediento de nuevas experiencias y que necesitaba probar qué se sentía al adoptar un rol activo en la relación sexual.

Claro que no fue nada sencillo llegar a esa instancia. El pendejo me la hizo bastante difícil.

Una semana después de habernos conocido, poco había cambiado. El francesito seguía siendo acosado por las chicas y yo seguía de intérprete; los varones lo miraban con desconfianza (algunos hasta con desprecio) y los profesores y directivos seguían embobados por la presencia de ese raro espécimen europeo, como si fuera un pieza de caza mayor que pudieran exponer en la pared. Y yo seguía tan caliente como el primer día… o más. Tanto que los encuentros con Nahuel no me satisfacían y terminé decidiendo que, en lo sucesivo, ya no contaría con sus servicios y buscaría placer por otro lado.

Por supuesto que ese “otro lado” se llamaba Benjamín y Esteban, a quienes no visitaba desde hacía varias semanas.

Aun me sucede que es en los días grises o lluviosos cuando tengo más ganas de sexo. No lo puedo contener. Y aquella semana de abril fue particularmente plomiza. Como lo venía haciendo en los {últimos días, había pasado la mañana enseñándole a Franco los diversos “usos y costumbres de la vida secundaria”, con quiénes convenía tener buen trato, a quiénes era mejor evitar, las mañas de los profesores y preceptores y demás cosas que todo adolescente necesita para sobrevivir decorosamente en la escuela. Las minas colaboraban bastante (justo es decirlo), pero quedaba claro que el francesito prefería que fuera yo el que le explicara en mi dubitativo frañol. Razón esta última que me disparaba todavía más los ratones. Sin embargo, el pendejo había rechazado todas mis invitaciones a almorzar en mi casa y se había hecho el desentendido ante cada una de mis insinuaciones de visitar la suya. Todos los días, a la salida del colegio, su madre (una mina bastante secota) lo pasaba a buscar en el auto y él se iba a veces casi sin saludar, dejándome más caliente todavía. Ese fue el caso del viernes de la semana siguiente a su llegada. Estábamos saliendo de la escuela y una de las chicas hizo un chiste que ahora no recuerdo y que Franco no había comprendido. Tuve que traducírselo como me fue posible (si hay algo que es dificultoso para traducir a otro idioma es un chiste) y creo que por primera vez él se rió con ganas. Sin embargo, llegados al portón que da a la calle, ambos oímos la bocina del auto de su madre y su carita de ángel recobró la seriedad de siempre. Apenas me dijo “on se voit” (“nos vemos”) y salió corriendo. Yo me quedé parado, mirándolo en su carrera, con muchas ganas de haberle dado un beso en la mejilla aunque más no fuera. También quedé molesto porque empezaba a sentirme incómodo con el papel de idiota que estaba siendo obligado a representar. Cuando llegué a casa, me tiré en la cama y me empecé a pajear. Pero era algo mecánico, no me daba gusto. Yo necesitaba acción directa. Fue así como me decidí a tomar el toro por las astas. me zambullí en el placar, busqué un pantalón de gimnasia que me marcara bien el culo y salí rumbo al ciber de Benjamín.

– ¡Hola, putita! –me saludó en cuanto me vio, con su habitual “sensibilidad”– ¿Dónde andabas chupando pijas que no te venías por acá?

Mientras iniciábamos la conversación, me escurrí por detrás del mostrador y me instalé a su lado. El mueble era más alto de lo habitual y quedaba a la altura del pecho de una persona de altura media. Benjamín se sentaba en una banqueta alta, de modo que siempre estaba por sobre la mirada del cliente, con el monitor de la computadora a la derecha y la caja registradora a la izquierda. Junto a la caja apoyé mis brazos y sobre ellos mi cabeza. El resto de mi cuerpo quedó estudiadamente arqueado, dejando el culo bien en pompa para que él lo viera y se tentara.

– Estuve por ahí… –le respondí.

– Mala cosa. Te olvidaste de los amigos… –y respondiendo a los estímulos me dio la primera nalgada.

– Me merezco un castigo.

Benjamín fijó su mirada en mí y pude ver en sus ojos la perversión en estado puro. Lejos de intimidarme, su expresión reavivó mi deseo y, si de mí hubiera dependido, allí mismo le hubiera bajado los pantalones. Pero como no dependía de mí y en el local había un par de clientes, tuve que reprimir mi calentura y sonreír provocativamente. Él volvió a pegarme pero esta vez detuvo su mano sobre mi nalga y me dio un masaje después del golpe. Se sentía muy rico. Lo miré de costado y lo incité a que lo hiciera de nuevo. Fue mejor aun y luego su manaza me apretó la nalga con fuerza. Me dolió un poco pero me calentó más.

– Mirá que sos putita… –me dijo– pero hoy estamos jodidos: Esteban está enfermo y voy a estar solo en el negocio hasta la noche.

– Puedo esperar…

– ¿Hasta que cierre? –se asombró– ¡Debés estar muy caliente, pendejo!

No dije nada. Me limité a sonreír una vez más y a elevar todavía más el culo para que no se olvidara de lo que me gustaba. Nadie me manoseaba como él. Era bruto y desconsiderado pero, en aquellos tiempos de hormonas desbocadas, él era lo mejor que podía pasarme. Seguimos charlando, mientras Benjamín seguía tocándome el culo con disimulo detrás del mostrador. Llegaba un cliente, se retiraba otro y su mano siempre regresaba a mi trasero. Hasta que sus dedos fueron por más, se colaron por debajo del pantalón, del bóxer, y entre las nalgas para llegar a mi hoyito, que se dilató al instante obligándome a liberar un quejidito de sorpresa. Volví a mirarlo con carita de niño inocente y le dije casi en un susurro:

– No seas malo…

– ¿Qué…? ¿No te gusta, putita?

Asentí con la cabeza y cerré los ojos. Su dedo índice presionaba para meterse dentro de mi ano. Mi brazo, como guiado por una voluntad ajena, se estiró hasta su entrepierna y pude así palpar su erección.

– Chupámela. –me dijo.

La sola palabra me trajo de golpe a la realidad. Era una palabra mágica. Alcé la cabeza al instante y miré en derredor. No había nadie a la vista. Entre las hileras de máquinas se elevaba una columna de humo, señal de que había un fumador en el local, pero nada más. No lo pensé demasiado, miré el lugar que había entre la banqueta y el mostrador y una vez convencido de que podría, me escurrí en el escueto espacio. Con mucho disimulo, Benjamín ya se había bajado el pantalón y el calzón hasta los tobillos y su verga me apuntaba directamente a los ojos. Abrí la boca y me la comí con entusiasmo. Invadido por tal calentura, su sabor acre me parecía el más delicioso de los caramelos. Ninguna incomodidad me impediría gozar de aquella verga. Era muy grande. Lo había olvidado. La de Nahuel también era grande, pero no tanto, y mi garganta parecía haberse desacostumbrado, aunque la memoria emotiva se recupera fácilmente y muy pronto pude ser capaz de tragármela entera. Benjamín como si nada. Ni un gemido, ni un gesto, ni un jadeo. Se limitaba a toser de tanto en tanto y a acariciar mi cabeza y empujarla suavemente para que me la tragara más a fondo. Situaciones como esas, donde el peligro de ser descubierto es tan alto, me excitaban mucho en aquellos años y me transportaban fuera de la realidad. Todo un cuento de hadas a mi estilo… Y en medio de la mamada, mis manos iban y venían desde la verga de Benja hasta la mía, que también reclamaba atención. Es extraño, pero me sentía superpoderoso en aquel momento, un ser superior que estaba más allá del dedito acusador de la sociedad. Aquella mamada, en mi fuero interno, era mucho más que una travesura. Era un desafío contra todo lo que me habían enseñado desde chico. Yo era el dios de la mamada.

Después de un largo rato de estar allí, de rodillas, con la pija de Benja dura como piedra, llegó el momento del goce final. Él emitió tan solo un imperceptible quejido y descargó todo su jugo dentro de mi boca. Yo lo recibí como maná del cielo. Me gustaba (y me gusta) la leche espesa, pero la suya era (por lo menos así la recuerdo) la más rica, la más caliente, la más deseada. Yo también acabé, algunos segundos después, pero mi orgasmo no era tan importante. Mi placer estaba centrado en aquella carne que no era mía, más que por esos minutos que me era permitido apresarla entre mis labios. No dejé escapar ni una gota y el gusto salobre de su semen me acompañó hasta la noche cuando, después de bajar la cortina, Benjamín me cogió con todo su salvajismo en el cuartito del fondo. Varias veces, acudió a mi mente la imagen del francesito, corriendo hacia el auto de su madre, mirándome con su carita de nena, rozando accidentalmente mi mano con la suya…

De nuevo en casa y después de la consiguiente discusión con mi madre, me acosté en mi cama y, por primera vez en esa última semana, dormí profundamente.

(Continuará…)

Reyes del Carnaval


A veces basta con la estrofa de una canción, otras con el simple perfume de una flor o tan solo una palabra dicha y escuchada en el momento preciso… Fue así como en la noche de ayer, como prolongación de la celebración del carnaval en la localidad entrerriana de Hasenkamp, Federico rememoró un episodio pasado de su vida, cuando Sony y yo no éramos todavía ni siquiera una fantasía para él.

También era carnaval, pero en Lincoln, un pueblo ubicado a 300 kilómetros al oeste de la ciudad de Buenos Aires que ostenta el título de ser la cuna del gran Arturo Jauretche. Fede había ido en compañía de Agustín, un chico que había conocido unos meses antes en la capital y con el que solía encamarse de vez en cuando. Agustín era natural de Lincoln y (como suele ser común en los pueblos del interior) cuando cumplió la mayoría de edad lo primero que hizo fue huir. Desde la infancia, los chicos del barrio lo conocían como “el mariquita de la despensa”, en relación al negocito que manejaba su abuela, donde Agustín daba una mano de tanto en tanto. Como “mariquita”, jamás formó parte de la barra de la cuadra, en la escuela solo se relacionaba con las chicas y todo su mundo interior se fue edificando “color de rosa”, como a él le gustaba decir. De todos modos, a pesar de ello, el “mariquita” ya no era virgen cuando logró escapar del pueblo. Antes bien, desde muy temprana edad supo conseguir los favores de los mismos machitos que le retiraban el saludo cuando iban por la calle.

Si lo comparamos con otros carnavales argentinos, como pueden ser el de Gualeguaychú o el de Corrientes, por ejemplo, el carnaval de Lincoln es mucho más modesto que aquellos pero no menos vistoso o concurrido. Yo creo que es posible que las diferencias se funden en cierta convicción. Es posible que busquen una identidad propia y pretendan otra cosa para sus celebraciones, algo más tradicional, más típicamente argentino y popular. Por algo los linqueños consideran a su pueblo como la Capital del Carnaval Artesanal. Sea como sea, Federico y Agustín la pasaron muy bien aquella vez. Sobre todo porque en la noche del carnaval, en la calle principal del pueblo se toparon con “el Tano”, uno de los tantos chonguitos que había tenido Agustín en su adolescencia. No se reconocieron a primera vista. Habían pasado quizá más de cinco años. Agustín estaba algo cambiado con su nuevo estilo, más alocado y capitalino. En cambio, el Tano estaba muy diferente. El duro trabajo del campo había agregado a su anatomía músculos que Agustín no recordaba. Su rostro se había endurecido y su piel había tomado el tono cobrizo de las gentes que viven de la tierra. Aun así, por más que cambie el envase, el contenido sigue siendo siempre el mismo.

A falta de corsódromo, el desfile de las carrozas se realiza por la Avenida Massey, convenientemente acondicionada para el evento. Era noche de elección de reinas y todas las postulantes recorrieron la pista bailando y repartiendo besos a la concurrencia. En medio de la algarabía, Federico tuvo el impulso de expresar sus pensamientos en voz alta, lo cual en ciertos ámbitos conservadores puede llegar a ser un pecado, je.

– ¿Y los reyes del carnaval? ¿Cómo puede ser que en este pueblo no haya reyes del carnaval?

Estaba un poco pasado de copas.

Igual casi nadie le dio bolilla. Todos estaban en otra, con la vista fija en la pista, cantando y bailando. El único que lo oyó claramente fue un chongo que se veía ciertamente afectado por el líquido que faltaba en la botella vacía de cerveza que llevaba en su mano. Era el Tano.

– Yo… Yo soy el rey de este carnaval…

Agustín formaba parte de la multitud fascinada por el espectáculo (muchos años había soñado con formar parte de ese desfile) y no prestó atención al diálogo que se desarrollaba a escasos centímetros de donde él estaba.

– Mmmm… –respondió Federico a la intervención del Tano– Podrías ser el rey… pero te falta la corona y el bastón de mando, jeje.

Lo dijo con todo el doble sentido que puedan imaginar, mirando al chongo de arriba abajo sin ningún disimulo. Y el chongo entró en el jueguito. Dejando la botella vacía en el suelo, no se quedó callado:

– No… Corona no tengo pero el bastón lo tengo bien guardado acá.

Y diciendo eso se agarró el paquete con ambas manos, matándose de la risa.

– ¡Pero el bastón tiene que estar a la vista para que el pueblo sepa quién manda! –protestó Federico en broma.

Y entonces el Tano se acercó a Fede y, en un tono más intimista, se tiró un lance:

– Es que este bastón no es para cualquiera. Pero si querés, te lo puedo mostrar… Seguro que te va a gustar y que te va a quedar claro el poder que tiene…

Fede se quedó asombrado por la desinhibición del chongo. En los pueblos, suelen ser más reservados. Ni en sus fantasías más delirantes hubiera imaginado que sostendría un diálogo semejante con un perfecto desconocido en un pueblo tan rural como Lincoln. Y mientras él hallaba el mejor modo de reaccionar ante la proposición (que no pensaba dejar pasar), Agustín se volteó para saber con quién estaba hablando su amigo, quedando frente a frente con el Tano. Sin decir palabra, lo miró atentamente y no lograba decidir si era un viejo conocido o no. Al chonguito le sucedió lo mismo:

– Yo a vos te conozco… –le dijo con la voz un poco pastosa a causa del alcohol– ¿De dónde te conozco?

Agustín siguió mirándolo…

– ¡Ah, bueno! –intervino Fede– ¡A ver si ahora resulta que alguna vez fueron novios!

– Novios, no… –aclaró el Tano, olvidándose de Agustín y tomando a Federico por el hombro, tal como suelen hacerlo los borrachos– Yo soy bien machito… alguna vez los dejo a los maricas que jueguen un poco con mi… “bastón”… pero yo soy bien machito…

Y cuando dijo “maricas”, Agustín supo quién era. Como decía al comienzo, la memoria tiene cuerdas invisibles que, sin que uno se dé cuenta, terminan dando la nota justa para que uno recuerde.

– ¡Tano! ¿Sos vos?

El Tano soltó a Fede rápidamente, como si lo hubieran descubierto en falta. Miró fijamente a Agustín y la imagen le vino a la cabeza con tal nitidez que empezó a tener una erección. Vio al mariquita de la despensa inclinado sobre su entrepierna, una noche en la bodega abandonada que todos llamaban “lo de Don Hilario” porque ese era el nombre del anciano dueño del negocio. El viejo se había muerto mucho antes de que cualquiera de ellos tres naciera y el local había quedado vacante sin que nadie se hiciera cargo de él. Con el tiempo, la bodega se fue convirtiendo en una tapera y a los chicos del barrio se les hizo costumbre juntarse allí cuando necesitaban algún tipo de privacidad. El Tano recordó vívidamente la noche en que Agustín se la chupó hasta hacerlo acabar y recordó también cuánto le había gustado la experiencia. Eran muy pendejos los dos y no sabía cómo había sido posible que terminaran allí haciendo lo que hicieron, pero no era lo importante. Lo importante era que lo habían hecho y que a los dos les había gustado hacerlo.

– ¿Sos vos, Tano? –insistió Agustín pero sin alzar la voz (estaban en el pueblo y había códigos que respetar), mientras al Tano se le pasaba de repente el efecto del alcohol.

– Sí… Soy yo… ¿Y vos sos…?

No recordaba su nombre. De hecho es muy posible que nunca lo supiera. El mariquita de la despensa no tenía nombre. Era simplemente eso: el marica.

– Agustín. Soy Agustín, el nieto de doña Lurdes, la dueña de la despensa.

Salvo el nombre, todo lo demás lo recordaba.

Fede también estaba un poquito pasado de cervezas y no recuerda exactamente el diálogo que siguió a partir de allí, pero sí se acuerda de haber presenciado el resto del desfile entre abrazos y risotadas por parte de los tres. Sin olvidar la propuesta original, Federico pasó su mano varias veces por el bastón del Tano y el Tano le respondió otras tantas tocándole el culo. Todo disimulado entre la multitud que aplaudía y reía al paso de las enormes carrozas. Antes de que el desfile terminara, los tres ya estaban suficientemente cachondos como para buscar un sitio más cómodo donde “rememorar viejos tiempos”. Agustín quiso regresar a lo de Don Hilario, pero el Tano le dio la noticia de que el sitio había sido demolido por orden del municipio, dos años atrás, por peligro de derrumbe. El terreno había sido vendido y había allí un lavadero de autos. Pero podían ir al patio de la escuela. Él sabía cómo entrar sin que nadie se diera cuenta.

Dejando la música y el bullicio atrás, caminaron varias cuadras hasta que el silencio fue casi absoluto. Eran como las tres de la madrugada y la calle estaba desierta. Los tres estaban un poco borrachos, pero no tanto como para no darse cuenta de lo que estaban haciendo. La escuela era un edificio antiguo y ocupaba toda la cuadra. En uno de sus flancos estaba cercada por un alambrado y el Tano sabía perfectamente el sitio donde el alambre no estaba fijo a la tierra. Para entrar tuvieron que tirarse al suelo y arrastrarse un poco, pero no fue difícil y así entraron en un pequeño campo que se usaba como cancha de fútbol. Conteniendo la risa, simularon unos pases y terminaron corriendo hacia donde el Tano les había indicado que estaba el patio. El patio era bastante más amplio que la cancha y tenía en su centro unos asientos de cemento con respaldo. Allí se dejaron caer finalmente, riéndose sin saber por qué.

Fede quedó entre los dos linqueños y, en un primer momento, ninguno de los tres se atrevió a hacer nada. Seguían riéndose pero ya no tanto por la borrachera como por la tensión sexual que flotaba en el ambiente. Fede fue el encargado de dar el primer paso y, sin decir nada, posó su mano sobre la pierna del Tano.

– ¡El porteño quiere agarrar el bastón de mando! –bromeó el Tano.

Aprovechando el comentario, Agustín dio el segundo paso: se inclinó sobre Federico y le dio un beso en el cuello mientras le echaba mano a su paquete.

– Que agarre lo que quiera… –dijo con voz melosa– Ya es hora que nos divirtamos un poco. Él también tiene un buen bastón para ofrecer.

Deslizó entonces su mano hacia arriba y dejó al descubierto el vientre de Federico sin dejar de besarle el cuello. Por un momento, Fede tuvo la sensación de que aquello podría transformarse en una especie de espectáculo gay para el chongo espectador, pero estaba muy equivocado. El Tano permaneció en estado contemplativo tan solo unos minutos, transcurridos los cuales, para sorpresa de los otros dos, se inclinó sobre el pecho descubierto de Federico y empezó a lamerle las tetillas. Fede y Agustín se miraron entusiasmados y, de allí en más, se entregaron al placer como si estuvieran en casa.

El Tano también se había calentado con la escena y también dio rienda sueltas a sus manos para recorrer los cuerpos de sus dos compañeros, terminando por quitarse la camisa para mayor comodidad. Tenía buenos brazos y unos pectorales muy bien formados. Las manos de Fede y Agustín se pasearon por allí una y otra vez, hasta que el territorio descubierto les resultó limitado. Se puso entonces de pie el Tano y permitió que ellos se encargaran de quitar el resto de la vestimenta. Se colocó entre los dos y sentado sobre el respaldo los contempló como un soberano que contempla a sus súbditos. La verga estaba dura cuando le quitaron los pantalones y los calzoncillos. Fue Agustín el primero en llevársela a la boca, rememorando tiempos idos de la adolescencia. Luego de que Fede hubiera terminado de quitar la ropa que quedaba, le cedió el lugar, mientras él se dedicaba a reconstruir el mapa corporal del adolescente que vagaba en su memoria. Pero muy pronto decidió dejar atrás los recuerdos y entregarse al disfrute de aquel físico maravilloso del momento, que muy poco tenía que ver con el que había disfrutado años atrás. Federico hacía lo propio, comiéndose la pija con ansiedad y concentración. El Tano gemía contenido y acariciaba las cabezas de los dos amigos. Aunque llegó el momento en que la excitación extrema lo llevó a apartarse de ambos por miedo a eyacular antes de tiempo.

– Tenemos tiempo para y no quiero acabar todavía. –aclaró para darles a los otros dos una gran sorpresa a continuación.

Sin necesidad de advertencias ni pedidos, el Tano se inclinó sobre Agustín y le comió la verga hasta el fondo como lo hubiera hecho un profesional. Un par de mamadas e hizo lo mismo con Federico. Así quedaba claro el gran progreso experimentado por el linqueño desde aquella noche en lo de Don Hilario. Los dos amigos se miraron sin poder creer lo que estaban viviendo y ya su imaginación comenzaba a delirar cuando el Tano puso sus límites:

– Igual no se entusiasmen que el culo no lo entrego, eh.

Los tres se rieron y Agustín dejó en claro que a él nunca se le hubiera ocurrido semejante herejía.

– Con las chotas que tienen ustedes, ni se me ocurriría usar la mía.

Pasó así a mamársela a Federico, para después entretenerse con la del Tano, alternadamente. Mientras tanto, el Tano tenía otras sorpresas preparadas. Mientras Agustín se la chupaba, tomó la cabeza de Federico por detrás y lo atrajo hacia sí para comerle la boca con un beso increíble que incluyó lengua y todo. Quedaba claro que serían muy pocos los límites para el goce. Las manos recorrieron hombros, pechos, espaldas, culos, piernas sin encontrar escollos. Las bocas tuvieron las mismas libertades. Cada cual a su turno, los tres chuparon todo lo que pudieran chupar. El Tano quedó gratamente impresionado por la poronga de Federico (y puedo comprenderlo por ello) y le dedicó largos minutos una y otra vez. El clima era tan excitante que, en más de una ocasión, tuvieron que darse un respiro para retomar el aliento. Es que no les alcanzaban dos manos y una boca para acaparar tanta carne ardiente y fue Agustín el que ofreció la suya para ser penetrada. “Yo no soy pasivo: soy receptivo” era su broma habitual. Y en plan de receptividad, aquella noche se dejó culear por los dos como si de ello dependiera la salvación de la humanidad. El Tano tuvo el honor de ser el primero mientras Federico lo penetraba por la boca. Después cambiaron posiciones una y otra vez. Los tres eran felices. Porque el buen sexo, mientras dura, es justamente eso: felicidad en estado puro.

El cuerpo de Agustín estaba encendido y no había deseos de apagar tanto ardor. Federico ya lo había cogido varias veces con anterioridad pero supo reconocer la diferencia aquella noche. El Tano, en cambio, nunca lo había penetrado (aunque sí sabía de otros chicos del pueblo que lo habían hecho) y lamentó largamente el no haberlo hecho en lo de Don Hilario. El culo de Agustín era una brasa y en cada embestida el Tano sentía que toda su sangre se le escapaba por la verga. No podía detenerse. No podía dejar de apretujar entre sus manazas esa carne suave, como de mina, que se le entregaba con total libertad, lejos de las miradas y los dedos acusadores del pueblo. Le gustaba aquello más que nada en el mundo y tenía la sensación de que había nacido para eso: para coger culos, para disfrutar de los putitos suavecitos y abiertos que debía haber a montones en Buenos Aires. Su cuerpo disfrutaba y su mente elucubraba.

– ¡Me voy a ir a Buenos Aires para garcharte así todos los días! –declaró entre gemidos sin que ninguno de sus compañeros diera crédito a sus palabras– ¡Te quiero llenar de leche!

Pero no cumplió este último deseo.

El orgasmo le llegó sin que pudiera evitarlo, cuando era Federico el que usufrutuaba su turno de pernada. Con la verga en la boca de Agustín, su esperma cremoso y blanco salió a borbotones. Gruñó ferozmente y todo su cuerpo se sacudió como un poseso. Desde su posición, Federico veía el culo de Agustín como una pera y su propia verga entrando y saliendo. Un chorro de leche del chongo terminó en su vientre y se deslizó hasta perderse en su pubis. Esto lo excitó aun más y terminó eyaculando dentro de su amigo. Lo hizo con menos aspaviento que el Tano pero no con menos intensidad. Lo sorprendió, eso sí, que en pleno orgasmo el chongo le volviera a comer la boca…

– ¿Y ahora? ¿A mí me dejan así? –se quejó Agustín, echado de espaldas sobre el banco y con una erección formidable al que ninguno de sus amigos le había prestado mayor atención.

– No te chivés que para vos también hay… –dijo el chongo y, uniendo el dicho al hecho, se inclinó sobre él y le dio un beso de lengua que Agustín recibió con mucho placer. Fede se acomodó entretanto entre las piernas de Agustín y le empezó a chupar la verga hasta hacerlo acabar. El Tano también contribuyó y Agustín terminó eyaculando minutos después con un solo chorro de leche pero contundente.

Lo más sorprendente de aquella experiencia fue que, efectivamente como lo había expresado en pleno orgasmo, dos días después el Tano se fue con ellos a Buenos Aires. Nada de turismo. Hizo sus valijas y se fue a vivir a la capital. Fede volvió a encontrarse con ellos solo un par de veces más y la segunda de esas veces supo que estaban viviendo juntos y que eran pareja. Tal vez, si leen este relato quieran ponerse en contacto.

Los estamos esperando, juas.

El Francesito


El francesito llegó al colegio a principios de abril. Estábamos en otoño y ya no hacía tanto calor, pero el solo verlo me hizo subir la temperatura al toque.


Aquel año había empezado muy al rojo para mí. El país era un quilombo (terrible crisis económica, algo así como diez presidentes en un mes, futuro negro por donde miraras) y, sin embargo, yo nunca me había sentido mejor. Después del primer garche con Marquitos (en realidad fueron varios garches a los largo de varios días), el encuentro con Benja y Esteban habían sido el despegue para este cuerpito sediento de sexo. Los dos guachos me daban masa sin piedad. Y yo recibía con ansiedad y sed de aprender. Ciertamente, esos dos fueron dos grandiosos instructores.

Ya para abril, me había levantado a mi primer compañerito de colegio, Nahuel, que tenía una verga enorme pero era medio bobo en la cama. Le tenía que dar instrucciones. Si no lo hacía, se quedaba solo en el mete y saca y nada más… y a mí me gustaba la novedad. Pero ya en tiempos de colegio no podía ir todos los días hasta el ciber de Benjamín y si bien, a veces, eran Benjamín o Esteban los que venían a mi casa (cuando mi vieja no estaba), esa era una alegría no muy frecuente y me tenía que conformar con lo que tenía más a mano (juas), o sea “Nahuelón”.

Cuando llegó el francesito, yo llevaba dos o tres días de abstinencia y me estaba trepando por las paredes. ¡Las pajas eran constantes! Tanto que no me podía concentrar en el estudio y esa fue la primera vez en que empecé a aflojar en mi rendimiento escolar. A veces pienso si esto no habrá influido en mi desesperación de aquel día, pero cuando recuerdo la carita del francesito me doy cuenta de que me hubiera levantado la pija aunque hubiera terminado de eyacular.


Porque el francesito era el chico más hermoso que yo había visto hasta el momento y creo que todavía hoy se llevaría el primer premio al más bello.

¿Por qué le decíamos el francesito? ¿Porque había nacido en Francia? No, había nacido en La Plata como todos nosotros. Lo llamábamos así porque se había criado en París, luego de que sus padres (una pareja de universitarios muy importantes en lo suyo) habían huido del país en la última etapa (económicamente desastrosa) del gobierno de Alfonsín.

Esa mañana entró al colegio acompañado por su madre y era cantado que congregaría todas las miradas. Yo me lo perdí porque ese día me había quedado dormido (a causa de las numerosas pajas nocturnas) y había llegado tarde, tanto que me pusieron media falta porque mis demás compañeros ya estaban en el aula. La profesora de matemáticas me miró con cara de pocos amigos cuando entré y quiso ser sarcástica con el manido saludos de “Buenas noches, Barriera”. Alguna vez tendría que sacar el tema en la sala de profesores de la escuela en que trabajo porque sé que hay muchos de mis compañeros que siguen teniendo esa costumbre.

Me senté en mi sitio y no terminaba de acomodarme cuando la puerta del aula se abrió nuevamente. Entró el director con la misma cara de malcogido de siempre y habló en voz baja con la profe. Tras unos instantes, la mina miró en dirección a mí y asintió con la cabeza. Pensé que me había metido en algún quilombo sin darme cuenta. Pero no, no era ningún quilombo. El quilombo vendría después. El viejo salió y volvió a entrar, pero esta vez lo hizo con una sonrisa inusual en él y trayendo por el hombro al francesito.

Por unos microsegundos, el silencio fue total en el aula y a continuación se escuchó un prolongado y reprimido rumor muy semejante a un suspiro colectivo… ¡A mí no me culpen! Habían sido las minas. Yo estaba tan perplejo que no habría podido emitir un sonido por más que hubiera querido. Como dije, era el chico más precioso que vi en mi vida. Y no me pidan que lo describa porque de solo acordarme me caliento otra vez, aunque ya esté al borde de los veintisiete y hayan pasado vaya a saber cuántos tipos buenísimos por mi cama. ¡Usen la imaginación, caramba!


El que me sacó del pasmo con un grito fue el propio dire:

– ¡Barriera!, ¿me está escuchando?

Y yo reaccioné como pude.

– Ssssí, señor… eh… digo… perdón… No escuché bien.

El viejo carraspeó como hacía siempre que se empezaba a enojar. No era un tipo de mucha paciencia.

– Le preguntaba si tendría algún inconveniente en sentarse junto al señor Lobato. Sabemos que usted habla francés y el señor Lobato está recién llegado de París. No domina todavía nuestro idioma y creemos que usted podría serle de gran ayuda hasta que logre acostumbrarse.

Las palabras del director resonaban en mi cabeza como en un eco interminable. Las comprendía a la perfección pero me fue imposible articular una respuesta afirmativa de inmediato. El viejo volvió a mirarme con furia y carraspeó una vez más. Cuando pude reaccionar, me limité a asentir con la cabeza.

– Muy bien, –aprobó el director– interpreto ese gesto como un sí. Espero que asuma la gran responsabilidad que le estamos encomendando y sepa comportarse a la altura de las circunstancias…

Y bla bla bla…

No seguí escuchando la filípica porque estaba demasiado absorto con la figura del francesito que se acercaba tímidamente hacia donde yo estaba.

Caminaba como nena, con pasitos cortos y abrazando la mochila contra el pecho. No era mal augurio. Si el pendejo resultaba putito como yo, tendríamos un ciclo escolar por demás movido. Pero no quería adelantarme a los hechos. Tal vez mis secreciones glandulares me estuvieran jugando una mala pasada.

– ¿Me “podo” sentar aquí? –fueron las primera palabras que escuché de su boca y su vocecita maricona me pareció la más dulce que escuchara jamás.

En mi fuero más íntimo, agradecí al cielo por haberme hecho tan rebelde. Tres años atrás, cuando mi vieja llegó con la noticia de que tenía que aprender inglés, yo había puesto el grito en el cielo. No por convicción antiimperialista ni cuestiones filosófico-ideológicas. Yo ya había entrado en la etapa de rebeldía en contra de todo lo que ella dijera y bastó con que ella quisiera que yo estudiara inglés para que yo me opusiera con todas mis fuerzas. La mediación estuvo a cargo de mi padrino, quien terminó convenciéndome de la conveniencia de estudiar un idioma extranjero. A ella la tuvo que convencer de que ese idioma no fuera el inglés sino el francés. Yo era todavía un niño aplicado y tras tres años de estudio, no podía decir que dominara la lengua (al idioma de los galos me refiero) pero sí tenía un nivel que me permitía mantener una conversación fluida.

Curiosamente, el francesito se llamaba Franco. Era muy poco lo que hablaba de castellano. O más bien era muy poco lo que se animaba a hablar, porque con el pasar de los días fui descubriendo que callaba mucho de lo que sabía por pura inseguridad. Esa mañana, por lo pronto, dijo poco y nada. Yo tampoco ayudé mucho, ya que su cercanía me activaba las hormonas y estuve todo el tiempo con una erección permanente.

Porque (justo es que lo aclare desde el vamos) lo mío con el francesito fue pura calentura desde el primer momento. No estaba yo en la etapa del enamoramiento (la que, por otro lado, jamás padecí). Yo estaba en la etapa feliz (y ardua) del descubrimiento sexual y cualquier cosa con pito me llamaba la atención. ¡Cuánto más si ese pito venía envuelto en un cuerpito bastante agradable y presentado por una carita encantadora! Gracias a una compleja operación de asociaciones libres, mientras transcurría la mañana, lo imaginé en mi cama desnudo. El cuerpo que presentaba en mis ensueños era el de Marquitos (que también era flacucho, aunque bastante más alto) pero su verga era la de Nahuelón, que era mucho más grande. En varias ocasiones quise concentrarme en la clase, pero la calentura podía más. Dos o tres veces, me llamaron la atención por mis evidentes distracciones pero, a pesar de estar en la mira de todos a raíz de mi impuesta tutoría sobre el nuevo, no podía apartar de mi mente ciertas imágenes. El único que logró hacerlo con eficiencia fue, paradójicamente, Nahuel, que se sentaba un par de filas detrás de mí. En un momento de distracción de la profesora, se levantó de su asiento y me pasó una notita por sobre los hombros. La nota decía textualmente: “Vas estar oy en tu casa? Puedo ir?” Las faltas de ortografía y puntuación corrían por su cuenta, claro está.

A la tensión causada por el francesito se sumó entonces la provocada por la nota de Nahuel, después de tantos días sin sexo. Sentí una revolución dentro de mi cuerpo. La calentura era tal que la verga me dolía y empezaba a sudar sin razón aparente. Nunca me había sentido tan excitado. Me di vuelta y le dije que sí a Nahuel con la cabeza. Ese simple gesto me provocó un pequeño mareo. Tuve miedo de que alguna enfermedad me hubiera afectado repentinamente, aunque en el fondo sabía que fuera lo que fuera, se me pasaría con una buena culeada. Fue grande el esfuerzo para lograr controlar la situación. De tanto en tanto, la profe se dirigía a mí para que le preguntara a Franco si comprendía lo que ella estaba diciendo. Como era nuevo y “extranjero”, parecía gozar de todos los privilegios. Obvio que el pendejo no entendía un carajo y yo tampoco estaba en condiciones de traducirle la resolución de un sistema de ecuaciones con dos incógnitas utilizando el método de Gauss. Por otra parte, él tampoco la estaba pasando bien (aunque por razones diferentes a las mías) y no se animaba a preguntarme demasiado.

Ça cést bien ennuyeux... –me dijo en un momento. Tal vez fuera que lo confundía mi expresión de lelo y la tomara por parquedad. Lo cierto es que se sentía bastante incómodo.

Cuando pude darme cuenta, traté de tranquilizarlo.

Sois pas mal à l’aise. Tu me déranges pas, toi… Si y a quelque chose de difficile, il te faut me demander.

Y juro que, sin querer, le rocé la mano con la mía. Fue un impulso, no un acto premeditado. La rocé nada más, pero el contacto duró el tiempo suficiente para darme cuenta de que estaba fría y temblorosa. Me sonrió con una timidez insuperable. Hasta se puso colorado. Y justo en ese momento, sonó la campana.


Cuando llegó el recreo, todo se salió de madres. Apenas la profesora abandonó el aula, el mujeraje se nos vino encima. Nos rodearon sin posibilidad de escapatoria. Querían saber todo de Franco: cuántos años tenía, cuándo había llegado, cuál era su color favorito, cómo era París, si era cierto que las francesas no se depilaban los sobacos, ¡si tenía novia!… Las minas cuando se quieren poner pesadas lo hacen con una maestría envidiable. Nos atosigaron a preguntas y el pobre francesito no terminaba de responder una que ya llegaba la otra. Así fue toda la mañana…

Pero mi calentura no hallaba respiro. A pesar de que intentaba concentrarme en otra cosa, el pendejo me había pegado fuerte y necesitaba urgentemente un desahogo. Al llegar el segundo recreo, después de la clase de historia (en la cual el profesor había estado particularmente denso a raíz de la llegada del nuevo alumno y había sobreexplotado mi condición de intérprete para mantener con Franco una charla sociocultural que a nadie le interesaba), en cuanto las minas volvieron a rodearnos, me disculpé por unos momentos con la excusa de ir al baño. Me abrí paso entre las pendejas y dejé a Franco a merced de las fieras. De inmediato, localicé a Nahuel y bastó una mirada para que comprendiera lo que necesitaba (creo que fue la única vez que no tuve que explicarle lo que quería con lujo de detalles). Me alcanzó en el corredor y le dije: “Vamos al piso de arriba”.

Él sabía muy bien lo que eso significaba. Ya lo habíamos hecho una vez allí. La escuela constaba por entonces con dos plantas y una tercera que no estaba terminada pero cuya obra estaba largamente suspendida por falta de presupuesto por parte de las autoridades de la provincia. No había mucha vigilancia, de modo que era sencillo llegar sin que nadie se percatara. De las aulas programadas, solo una tenía sus paredes completas hasta una altura que superara nuestras cabezas. En esa nos refugiamos y lo primero que hice, sin decir una palabra, fue bajarle los pantalones a Nahuel y empezar a chuparle la verga. No diré que hacía frío pero corría una ventisca que, aunque suave, calaba los huesos. Sin embargo, mi calentura era tal que ni la sentí y Nahuelón levantaba temperatura a la segunda mamada. Se le puso tiesa de inmediato y, como no teníamos mucho tiempo, yo también me bajé los pantalones y me di vuelta para que él hiciera lo suyo. Me apoyé de frente a la pared y abrí las piernas. Nahuel me tomó entonces de la cintura y acomodó su vergón con cierta impericia, por lo que tuve que apurar el trámite. Lo tomé con mis manos, lo ensalivé y lo puse justo en la puerta de mi ano. De ahí en más, solo tuvo que empujar. Cuando la poronga de Nahuel me penetró, sentí que la tensión que me abrumaba empezaba a escurrirse lenta pero muy lentamente. “Dame fuerte” le ordené. Y él obedeció, como era su costumbre. No dijo nada. Solo empujó con violencia y al instante toda su pija estuvo entrando y saliendo de mi culo de punta a punta. Cada embestida me quemaba el esfínter a causa de la poca lubricación, pero no había tiempo para hacerlo mejor. Yo también la tenía como una piedra y desde el primer momento me empecé a pajear para aprovechar cada segundo. “¡Fuerte! ¡Fuerte!” le insistí y Nahuel lo hizo con tanta vehemencia que su cuerpo chocaba contra el mío y me obligaba a reafirmarme sobre mis piernas para no caer al suelo. Sentía el deseo irrefrenable de jadear como una puta, pero no podía hacerlo por miedo a que alguien nos oyera. Era algo altamente improbable, pero no podía darme el lujo de correr riesgos. Al menos no ese tipo de riesgos. Lo único que podía oírse era el chasquido de su cadera al topar contra mis nalgas. Él mismo quiso jadear en un momento pero con solo una mirada le hice notar la inconveniencia. Fue en el momento en que estaba por acabar. Me embistió con tal fuerza que casi perdemos el equilibrio y, sin querer, derribamos una pila de ladrillos que estaba junto a mi pie derecho. “¡No pares!” lo instruí, mientras me pajeaba con más energía. Apoyé la pierna sobre la pila de ladrillos caída y esa fue la posición perfecta para sentir en mi interior el máximo placer. Repetí la orden y así pude acabar con un gran chorro que dejó un lamparón sobre el piso de cemento. Entonces sonó nuevamente el timbre que daba por finalizado el recreo. Después de unos segundos de resuello, Nahuel me quitó la verga del culo con mucho cuidado. No era cuestión de manchar la ropa y tener que dar después explicaciones incómodas. Yo llevaba en mi bolsillo pañuelos de papel y con ellos limpié los restos de leche de su verga (por fortuna ya había aprendido a tomar las precauciones necesarias para no dejar “otras sustancias” en las pijas que me visitaban). Todavía seguía dura cuando se subió los pantalones y abrochó la bragueta, pero él también había aprendido a disimularla al caminar.

Llegamos al aula y tuvimos que soportar la reprimenda del profesor de literatura, pero a ninguno de los dos nos importó demasiado. Estábamos relajados… aunque no del todo. Al menos yo no.

El resto de la mañana fue el mismo calvario, aunque el francesito siguió calentándome sin saberlo. De modo que, cuando Nahuel y yo llegamos a casa, pudimos pasar una tarde excelente.

(CONTINUARÁ…)

Feliz Aniversario


o “No hay mal que por bien no venga”

Al final, en la noche del jueves, Fede y Sony regresaron a Buenos Aires. “Es que no podemos vivir sin vos” me dijeron los muy caraduras. Pero lo cierto es que la movida gay en Gualeguaychú todavía no es lo suficientemente “movida” y, sin carnaval hasta el sábado, ya estaban aburridos y deseosos de retomar la rutina hogareña. Además, el 25 de enero es un día muy especial para nosotros.

Viajemos imaginariamente a los últimos días del mes de diciembre de 2009.

Como ya relatara en su momento, la Noche de Navidad de 2009 fue una noche de trabajo para mí. Y como Sony no tenía planes, aceptó el ofrecimiento de Fede para pasarla en su casa con su familia. Por ese entonces, ya hacía tiempo que Fede no hacía los trabajos de limpieza en nuestro departamento y se había unido a nuestro selecto grupito de laburantes. Físico y talento no le faltaban, por lo que no tuvo demasiado problema a la hora de enfrentar y satisfacer a los clientes más exigentes. Para su familia, él nunca había trabajado en servicio doméstico (su padre era machista y homofóbico y no lo hubiera aceptado bajo ningún concepto), sino que suponía que realizaba tareas en un call center, atendiendo a clientes de una multinacional española. En cierta manera, no era una mentira. Nunca especificó qué clase de servicios brindaba, je. Cuando empezó a trabajar con nosotros, tuvo que dar algunas explicaciones extra por el cambio de horarios, pero todo siguió funcionando sobre ruedas. Ahora bien, en la noche de Navidad, cuando los padres conocieron a Sony y vieron la “extraña” familiaridad que existía entre él y su hijo, empezaron a sospechar.

Ya hemos dicho en diversas oportunidades que mi rubiecito culón es la antítesis de un malevo orillero y muestra la pluma sin poder evitarlo. Es más, cuánto más quiere evitarlo, más se le nota. Cuenta Sony que la velada fue un poco tensa. Sobre todo en cuanto a la recepción por parte del padre de Fede, Ernesto, y de su hermano mayor, Daniel. Cuenta Fede que Ernesto es operario en una fábrica metalúrgica y que siempre se dio corte de tener dos hijos “bien machotes”. Desde chico, tuvo que escuchar las instrucciones de “cómo cogerse a las minas” y de lo que un hombre tiene y no tiene que hacer con las mujeres. Un calvario al que Fede tuvo que acceder sumisamente, por miedo a la ira de su progenitor que, a la hora de imponer sanciones disciplinarias, solía ser por demás severo. Para citar solo un ejemplo, podríamos contar que, cuando Fede tenía apenas cuatro años, se le ocurrió calzarse los zapatos de su madre, como suelen hacer muchos niños de esa edad. Su gran incógnita era cómo hacían las mujeres para poder caminar sobre semejantes tacos sin caerse y se estaba mirando en el gran espejo de la pieza de sus padres cuando Ernesto lo descubrió. Sin ruidos y sin palabras, el padre lo levantó en el aire con una mano, aferrándolo por la camisa, y así lo llevó hasta el comedor, donde su madre preparaba el almuerzo y su hermano miraba la tele. En el más profundo mutismo, arrojó literalmente el cuerpito de Fede sobre la mesa, se quitó el cinturón y, ante los gritos desesperados de su madre y la mirada desorbitada de su hermano, le empezó a pegar con la hebilla de manera salvaje. Su madre no podía detenerlo y hasta recibió algún golpe en la refriega. Todavía hoy, Federico presenta cicatrices de aquella horrorosa paliza en sus brazos y sus piernas. Daniel tomó nota de aquella lección y se transformó en un émulo de su padre. Fede tampoco olvidó la enseñanza, pero solo aprendió a ser más prudente a la hora de manifestarse.

Pasando los años, hubo algunos incidentes más del mismo estilo, pero ninguno tan brutal. Sin embargo, el odio irracional de Ernesto por todo lo que estuviera referido a los homosexuales pareció menguar gracias a la mayor difusión del tema y a la mayor exposición de muchos gays mediáticos, algunos de los cuales incluso lograban sonsacarle una sonrisa con sus veleidades de loca conventillera. Con el álgido debate por la ley de matrimonio igualitario que se estaba dando por aquellos tiempos en la Argentina, hasta llegó a declarar “que les den a los putos la ley, así se dejan de romper las pelotas de una buena vez”, lo cual para un macho ultrarrecalcitrante como él era casi una declaración progresista. Fue por esa razón que Fede se animó a solidarizarse con Sony y a invitarlo a su casa para que no pasara la Navidad solito en nuestro departamento. ¡Craso error de su parte! Fue una noche de terror para los cinco. La madre de Fede quería poner paños fríos a la situación, pero el odio manifiesto en las caras de Ernesto y de Daniel, el disgusto indisimulable de Fede por la actitud de su familia y el susto visceral de Sony no daban pie para una distensión. Además, por ser una fiesta de marcada importancia familiar para la mayoría de las personas, el transporte público era prácticamente nulo en muchas zonas y decididamente inexistente en otras. La zona de Caseros donde vivía Fede pertenecía a estas últimas. De modo que no había forma de escapar y Sony tuvo que permanecer allí hasta que el ambiente se puso tan tenso que juró volverse a casa caminando si era necesario. Cierto es que, tras el brindis de medianoche, forzado por la tradición, los padres de Fede se habían retirado a su dormitorio. Pero esto fue alrededor de la una de la madrugada. El que se quedó firme en su puesto de vigilancia fue Daniel quien, envalentonado por la birra, empezó a hostigar a Sony con burlas y comentarios respecto a sus modales “tan delicaditos”. Federico quiso ponerle límites pero casi se fueron a las manos, por lo cual optaron por salir a la calle y sentarse en la vereda para fumarse un pucho. Aún así, Daniel siguió con sus comentarios y burlas, agregando la música a todo volumen, en una selección que repetía por supuesto el “Pluma Gay” y la canción de Los Sultanes. Una verdadera pesadilla. Fede quiso abrazarlo en un par de oportunidades, pero Sony lo rechazó violentamente. No fuera cosa que el energúmeno de su hermano los viera y les destrozara la cabeza con una botella de cerveza.

Por fortuna, pasadas las cuatro y media, borracho como una cuba, Daniel se quedó dormido sobre el sillón de la sala, junto a la ventana que daba a la calle. Cuando se terminó la música, Sony y Fede lo escucharon roncar. Y fue justo en ese instante cuando escucharon además el ronquido del motor de un colectivo que, a aquellas horas de profundo silencio, se propagaba a lo largo de cuadras y cuadras. “¡Me voy ya mismo!” aseguró Sony. Y Fede no vio razón para convencerlo de lo contrario. No sabía qué colectivo era ni si lo llevaría a un destino conveniente, pero cualquier lugar le parecía preferible a aquel en el que estaba. “Me voy con vos” le respondió Fede. No eran horas para que Sony anduviera solo por ahí. Además, él también necesitaba salir de aquel lugar.

Entraron para recoger sus cosas a las apuradas y salieron corriendo hacia la esquina, justo a tiempo para alcanzar el colectivo. No era el que usualmente hubieran tomado para regresar a casa, pero no tenían otra opción. Tardaron una hora más de lo habitual en llegar y ya era de día cuando entraron en la sala y me encontraron tirado en el sillón, bebiendo una chocolatada, después de una agotadora noche de sexo triple.

– Fue horrible, Zek. –decía Sony– No me sentía tan mal desde el día en que discutí con mi propio viejo por el mismo tema. ¡Manga de pelotudos homofóbicos!

– Perdoname, So. –intentó disculparse Fede– Si hubiera sabido que iban a ser tan desagradables, no te hubie…

Sony lo interrumpió colocando suavemente el índice sobre sus labios.

– Nada de disculpas, bebé. Vos no tenés la culpa de sus idioteces.

– Pero…

– Nada, nada. Ya pasó. Ahora vení y dame un beso… que estoy necesitado de afecto…

Y sin esperar su reacción, Sony lo tomó de un brazo y lo atrajo hacia sí, le dio un beso en la boca y después me tomó a mí e hizo lo mismo.

Al primer beso, obviamente siguieron otros. Yo estaba cansado (muy cansado) pero esos dos tienen la destreza para hacer que las fuerzas acudan a mí hasta en las situaciones más extremas. Aún así, había algo especial en los besos de Sony de aquella mañana. Una ternura particular que funcionaba como un imán para nuestros labios. Una profunda sensibilidad que fue desnudándonos por fuera y también por dentro. Sé que es difícil de comprender pero en aquel momento, entremezclados uno sobre otro sobre el sillón de la sala, ninguno de los tres podía imaginar un mejor sitio donde estar. Sentíamos que éramos la combinación perfecta; que si uno de los tres faltara, nuestro universo perdería su balance; que juntos formábamos un pedestal que nadie ni nada podría derribar… Nos besamos durante largo rato. Sin prisa y sin pausa. De a tres, sí, aunque parezca complicado. Y también nos acariciamos. Solo después de mucho tiempo, los besos comenzaron a descender más allá de los cuellos y las caricias se encontraron con los penes bien erectos. Podría decirse que todo regresaba a la normalidad (la normalidad sexual de nuestro hogar) pero… sin ánimo de resultar cursi… nada volvería a ser así de normal. Cualquiera que nos hubiera observado a la pasada, habría visto solo tres chicos teniendo sexo apasionadamente. Sin embargo, si nos hubiera conocido y hubiera prestado un poco de atención, habría visto el brillo especial en la mirada de Sony, la ternura de Fede y… bueh… mi particular interés en recibir y prodigar “atenciones”.

Creo que fui yo el primero en penetrar a Sony. Lo hice del modo más natural. Lo abracé fuertemente y entre los dos nos ocupamos del placer de Fede, que se ubicó frente a nosotros esperando su turno.

A partir de ese día, Fede comenzó a pasar más tiempo en casa, regresando a la suya cada dos o tres días. Por supuesto que tuvo problemas con su padre y su hermano, que le hicieron planteos sobre su relación con Sony, al que supusieron su novio. A finales de enero de 2010, la discusión fue importante: entre los dos quisieron agredirlo y Fede logró escapar de milagro gracias a la intervención de su madre. Desde entonces ya no volvió. Llegó a casa entre desesperado y furioso.

– No sé qué voy a hacer ahora. ¡Salí con lo puesto!

– ¿Y qué problema hay? –le respondí– Por lo pronto te quedás acá con nosotros y mañana vamos de shopping a comprar ropa nueva.

Fede me miró con lágrimas en los ojos, como si no hubiera esperado esa respuesta. Me abrazó y se quedó así durante largo rato. Sony también se nos unió y por unos cuantos minutos nadie dijo nada.

– Gracias por bancarme… pero no puedo ser una carga para ustedes. Tengo que encontrar por lo menos un lugar donde vivir.

Sony y yo nos miramos y fue suficiente para saber que estábamos de acuerdo. Él tomó la palabra y habló con una claridad y una elocuencia que le desconocía.

– Mirá… emmmm.. Lo que te voy a decir creo que no lo he dicho nunca. Pero esta es la ocasión ideal para hacerlo. Vos no podés ser una carga para nosotros porque, para que eso fuera así, tendrías que ser alguien que no nos interesara y por el que no sintiéramos nada especial. Y resulta que no es así. ¿Cierto, Zek?

Asentí con la cabeza, emocionado ya por lo que sabía que Sony iba a decir.

– Escuchame bien: mirame a los ojos.

Y solo cuando Fede lo hubo hecho continuó hablando.

– Zek y yo ya llevamos juntos un par de años. Nunca nos declaramos amor porque… yo qué sé… no hizo falta poner en palabras lo que era evidente –me miró en busca de mi aprobación y la obtuvo– Además eso de ponerle etiquetas a todo no es lo nuestro. Nos queremos mucho y nos cuidamos. Yo llegué a esta casa casi muerto y sin un peso, pero he puesto de mi parte todo el esfuerzo que me fue posible para que la relación funcionara. Y ¿sabés qué?: funcionó.

– Pe-pero…

– Shhhhhh… dejame terminar, que no es tan sencillo como parece. Después nos decís lo que pensás… Nuestra relación funciona porque nos apoyamos uno en el otro… Con Seby, con Juaco y con João también, pero es distinto, ellos tienen su historia y no siempre concordamos… En cambio Zek y yo nos manejamos de otro modo… no sé… somos más unidos. Y de un tiempo a esta parte, vos entraste en la misma onda. ¿Te diste cuenta? Yo hace rato que lo veo y sé que Zek también lo vio. Hace tiempo que los tres funcionamos en bloque, aunque vos no vivieras acá tiempo completo. Somos como un trípode: juntos tenemos una estabilidad perfecta, pero si falta uno, los otros dos se caen… Yo sé que es bien raro lo que estoy diciendo, que no es normal, que nadie lo hace así… pero ¡nosotros no somos como todo el mundo!

A estas alturas, Fede nos miraba sin comprender. Por lo que tuve que intervenir e ir directo al grano.

– Lo que So quiere decir es que te queremos más que a nadie y queremos que te quedes con nosotros y seamos tres en vez de dos… ¿entendés?

La carita de Fede se iluminó pero al mismo tiempo se llenó de incertidumbre. Se quedó con la boca abierta sin saber qué decir. Sus ojos bien abiertos dejaron de parpadear y solo sus manos ensayaban un movimiento extraño que ninguno supo descifrar.

– A ver si entiendo bien… ¿Lo que ustedes me están proponiendo es que formemos una… una pareja de tres?

– Algo así. –respondió Sony.

– ¿Y eso es posible?

– No sabemos. –le dije– Pero, ¿por qué no?

Y así era: ¿por qué no? ¿Dónde estaba escrito que no se podía compartir el amor entre tres, o fuera lo que fuera aquello que sentíamos el uno por los otros dos? De hecho, nuestra relación ya llevaba funcionando bastante tiempo sin que ninguno de los tres le pusiera un nombre. Acordamos seguir así, sin ponerle rótulos y sin acuerdos rígidos. La mayoría de las personas no suele hacer este tipo de cosas pero, ya lo dijo Sony, “nosotros no somos como todo el mundo”. No había celos en nuestra relación. Dedicándonos a lo que nos dedicábamos, los celos no tenían cabida. ¿Puede haber una mayor confianza? Sé que muchos dirán que estamos locos pero, ¿saben qué?, funciona. Hace ya dos años que funciona.

Aquella noche no cogimos. Estábamos muy conmocionados por la decisión que acabábamos de tomar. A pesar de todos los argumentos, los tres teníamos la sensación de estar dando un salto al vacío, aunque en verdad no hubiera mucho por perder. En el peor de los casos, volveríamos a nuestra vida anterior. Pero creo que esta nunca fue una opción que hayamos considerado.

Cogimos entrada la noche, casi al amanecer.

Nos habíamos quedado dormidos en el dormitorio. Habíamos intentado hacer algo, pero nos ganó el agotamiento. Sin embargo, por la madrugada, entre sueños, Fede me abrazó por la espalda con mucha fuerza y pude sentir que su pene empezaba a crecer entre mis nalgas. No estoy seguro de haber despertado en ese momento. Creo que aun dormido atraje hacia mí el cuerpo de Sony, que dormía al otro lado de la cama, y mi verga también creció entre sus piernas. No era la primera vez que sucedía. Ya habíamos pasado varias noches los tres juntos. Pero ese día, aun sin demasiada conciencia de lo que sucedía, la emoción vivida unas horas antes le dio una dulzura especial a la experiencia. Primero llegaron los besuqueos en el cuello y los hombros. Luego las caricias en el pecho y el vientre. Las piernas se entrelazaron enseguida y lo mismo los brazos. Fede se movía detrás de mí y su glande estaba tan húmedo que se deslizaba sin problemas alrededor de mi esfínter. Sony no necesitó abrir los ojos para acomodarse con las piernas lo suficientemente abiertas como para que yo pudiera penetrarlo con facilidad. Casi sin buscarlo, muy pronto estábamos los tres cogiendo suavemente. Dada mi posición central, el que más se movía era yo pero ellos contribuían con caricias y besos en abundancia. Pasado un rato, Sony se dio vuelta y dándome un profundo beso se acomodó entre Fede y yo. Allí podría recibir nuestra atención. Y la consiguió. Hicimos el amor con soltura y sentimiento. Compartimos nuestros cuerpos como si hubiera sido la primera vez y disfrutamos de cada roce como si nos hubiera ido la vida en ello. El sexo, vivido de esa manera, es mucho más que solo sexo y no todo el mundo tiene la oportunidad de comprobar lo que digo. Nosotros éramos, ya en aquella noche, tres afortunados que grabaron en su piel los nombres de su futuro.

Ya era de día cuando Fede tuvo su orgasmo. Él suele ser el más silencioso de los tres, pero en aquella oportunidad fue el más escandaloso. Tal vez fuera por la tensión contenida durante semanas. Tal vez por la tranquilidad de haber hallado su lugar, junto a nosotros. El sueño volvió tras el relax y los tres cuerpos formamos un ovillo en el centro de la cama.

Desperté después del mediodía. Sony y Fede todavía dormían como lirones. Me levanté y preparé desayuno para todos: café negro para Fede; chocolatada para Sony; té con leche para mí; y un buen surtido de galletas de manteca danesas que, además de las bananas, nunca faltan en nuestra casa.

Tras el desayuno y bien despierto, Fede pudo decir lo que ninguno había podido decir hasta ese momento, aunque con una particular elocuencia:

– Siento que toda esta mierda que me ha sucedido fue para mejor… Los amo, boludos… Son mi vida…

Ok. No fue el súmmum de la oratoria, pero fue muy romántico. Para que vean que nosotros también podemos serlo.

De no haber sido porque esa tarde, cuando salíamos de casa para ir de compras, fuimos agredidos por Ernesto y por Daniel (que habían estado todo el día esperando a que saliéramos), aquel habría sido un día perfecto. La jornada terminó en la comisaría y aun continúa la saga con una demanda por lesiones ante la Justicia. Desde entonces, ninguno de los tres ha vuelto a verlos. Pero esa es otra historia. Una que empezó exactamente hace tres años: el 25 de enero de 2010.

Solo agregaré (por si acaso alguno de los dos pasa por acá a leer lo que escribí en la noche):

Yo también los amo, boludos.
Son mi vida.

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