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Entradas etiquetadas como ‘Sony’

La Serpiente y el Dragón – Parte 4



Y al final, después de tanto reclamo por parte de los bananeros, me puse las pilas y acá retomamos la actividad con los relatos. Llegó la hora de averiguar qué corno sucedió entre Sony y el Chino. Espero que lo disfruten. Pasen y lean.

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La serpiente y el dragón – Parte 3 (Recargadísimo)


Publicado originalmente el 18 de enero de 2016



El clamor popular así lo estaba pidiendo, así que llega finalmente el primer relato de esta nueva temporada, continuación de la saga iniciada en 2015 y que narra las primeras experiencias de mi marido Sony. Pasen y lean.

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La serpiente y el dragón – Parte 2 (Recargadísimo)


Publicado originalmente el 20 de diciembre de 2014



Acá tienen la segunda parte de esta saga, cuya primera parte tuvo tanta aceptación (tanto en el blog censurado como en este). Pronto llegará la tercera. La elección de las imágenes para ilustrar son exclusiva responsabilidad de quien suscribe y mis maridos han accedido a publicarlas bajo cláusula de protesta, jajajajaja.

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La serpiente y el dragón – Parte 1 (Recargado)


Publicado originalmente el 30 de septiembre de 2014



Cuando Fede publicó, hace unos meses, el corto Cena de Shabbat, Sony nos contó una anécdota muy cachonda y, desde entonces, estuvo esperando su turno para aparecer en BANANAS. Sí, me tomé un poco de tiempo, pero al fin llegó, jeje (quizá convenga leer o releer un relato anterior: “Que no, que no… ¡Que sí!“).

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31 años no es nada



Sí, señores. Por más que a nuestra marida no le entusiasma mucho esta idea de cumplir años periódicamente, lo cierto es que el paso del tiempo es inexorable. Sin embargo, él tiene el don de la eterna adolescencia (algo así como un Peter Pan más crecidito) y estamos seguros de que será joven por siempre, juas.

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¡Un regalo para Sony!



Como ya tal vez sepan, hoy cumple años la diva mayor de este blog, la diosa inveterada de nuestros corazones, nuestra inspiración cotidiana, nuestro más sublime fabricante de alegrías. Por esa razón, Zekys y Fede, Fede y Zekys, hemos decidido cumplir con uno de sus más ardientes pedidos de los últimos meses y aquí va una galería con fotografías de su más que idílica fantasía.

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Cumple Sony!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!



Ojalá que todos los que pasen por acá hoy dejen un comentario o califiquen la publicación o dejen alguna señal… Porque el muy bobo de mi marido cumpleañero todavía no se dio cuenta de que en este blog y en esta casa nada sería igual sin su presencia…

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26 años no es nada… jajajajaja


¡Cómo te amamos, putito del orto!

Feliz Aniversario


o “No hay mal que por bien no venga”

Al final, en la noche del jueves, Fede y Sony regresaron a Buenos Aires. “Es que no podemos vivir sin vos” me dijeron los muy caraduras. Pero lo cierto es que la movida gay en Gualeguaychú todavía no es lo suficientemente “movida” y, sin carnaval hasta el sábado, ya estaban aburridos y deseosos de retomar la rutina hogareña. Además, el 25 de enero es un día muy especial para nosotros.

Viajemos imaginariamente a los últimos días del mes de diciembre de 2009.

Como ya relatara en su momento, la Noche de Navidad de 2009 fue una noche de trabajo para mí. Y como Sony no tenía planes, aceptó el ofrecimiento de Fede para pasarla en su casa con su familia. Por ese entonces, ya hacía tiempo que Fede no hacía los trabajos de limpieza en nuestro departamento y se había unido a nuestro selecto grupito de laburantes. Físico y talento no le faltaban, por lo que no tuvo demasiado problema a la hora de enfrentar y satisfacer a los clientes más exigentes. Para su familia, él nunca había trabajado en servicio doméstico (su padre era machista y homofóbico y no lo hubiera aceptado bajo ningún concepto), sino que suponía que realizaba tareas en un call center, atendiendo a clientes de una multinacional española. En cierta manera, no era una mentira. Nunca especificó qué clase de servicios brindaba, je. Cuando empezó a trabajar con nosotros, tuvo que dar algunas explicaciones extra por el cambio de horarios, pero todo siguió funcionando sobre ruedas. Ahora bien, en la noche de Navidad, cuando los padres conocieron a Sony y vieron la “extraña” familiaridad que existía entre él y su hijo, empezaron a sospechar.

Ya hemos dicho en diversas oportunidades que mi rubiecito culón es la antítesis de un malevo orillero y muestra la pluma sin poder evitarlo. Es más, cuánto más quiere evitarlo, más se le nota. Cuenta Sony que la velada fue un poco tensa. Sobre todo en cuanto a la recepción por parte del padre de Fede, Ernesto, y de su hermano mayor, Daniel. Cuenta Fede que Ernesto es operario en una fábrica metalúrgica y que siempre se dio corte de tener dos hijos “bien machotes”. Desde chico, tuvo que escuchar las instrucciones de “cómo cogerse a las minas” y de lo que un hombre tiene y no tiene que hacer con las mujeres. Un calvario al que Fede tuvo que acceder sumisamente, por miedo a la ira de su progenitor que, a la hora de imponer sanciones disciplinarias, solía ser por demás severo. Para citar solo un ejemplo, podríamos contar que, cuando Fede tenía apenas cuatro años, se le ocurrió calzarse los zapatos de su madre, como suelen hacer muchos niños de esa edad. Su gran incógnita era cómo hacían las mujeres para poder caminar sobre semejantes tacos sin caerse y se estaba mirando en el gran espejo de la pieza de sus padres cuando Ernesto lo descubrió. Sin ruidos y sin palabras, el padre lo levantó en el aire con una mano, aferrándolo por la camisa, y así lo llevó hasta el comedor, donde su madre preparaba el almuerzo y su hermano miraba la tele. En el más profundo mutismo, arrojó literalmente el cuerpito de Fede sobre la mesa, se quitó el cinturón y, ante los gritos desesperados de su madre y la mirada desorbitada de su hermano, le empezó a pegar con la hebilla de manera salvaje. Su madre no podía detenerlo y hasta recibió algún golpe en la refriega. Todavía hoy, Federico presenta cicatrices de aquella horrorosa paliza en sus brazos y sus piernas. Daniel tomó nota de aquella lección y se transformó en un émulo de su padre. Fede tampoco olvidó la enseñanza, pero solo aprendió a ser más prudente a la hora de manifestarse.

Pasando los años, hubo algunos incidentes más del mismo estilo, pero ninguno tan brutal. Sin embargo, el odio irracional de Ernesto por todo lo que estuviera referido a los homosexuales pareció menguar gracias a la mayor difusión del tema y a la mayor exposición de muchos gays mediáticos, algunos de los cuales incluso lograban sonsacarle una sonrisa con sus veleidades de loca conventillera. Con el álgido debate por la ley de matrimonio igualitario que se estaba dando por aquellos tiempos en la Argentina, hasta llegó a declarar “que les den a los putos la ley, así se dejan de romper las pelotas de una buena vez”, lo cual para un macho ultrarrecalcitrante como él era casi una declaración progresista. Fue por esa razón que Fede se animó a solidarizarse con Sony y a invitarlo a su casa para que no pasara la Navidad solito en nuestro departamento. ¡Craso error de su parte! Fue una noche de terror para los cinco. La madre de Fede quería poner paños fríos a la situación, pero el odio manifiesto en las caras de Ernesto y de Daniel, el disgusto indisimulable de Fede por la actitud de su familia y el susto visceral de Sony no daban pie para una distensión. Además, por ser una fiesta de marcada importancia familiar para la mayoría de las personas, el transporte público era prácticamente nulo en muchas zonas y decididamente inexistente en otras. La zona de Caseros donde vivía Fede pertenecía a estas últimas. De modo que no había forma de escapar y Sony tuvo que permanecer allí hasta que el ambiente se puso tan tenso que juró volverse a casa caminando si era necesario. Cierto es que, tras el brindis de medianoche, forzado por la tradición, los padres de Fede se habían retirado a su dormitorio. Pero esto fue alrededor de la una de la madrugada. El que se quedó firme en su puesto de vigilancia fue Daniel quien, envalentonado por la birra, empezó a hostigar a Sony con burlas y comentarios respecto a sus modales “tan delicaditos”. Federico quiso ponerle límites pero casi se fueron a las manos, por lo cual optaron por salir a la calle y sentarse en la vereda para fumarse un pucho. Aún así, Daniel siguió con sus comentarios y burlas, agregando la música a todo volumen, en una selección que repetía por supuesto el “Pluma Gay” y la canción de Los Sultanes. Una verdadera pesadilla. Fede quiso abrazarlo en un par de oportunidades, pero Sony lo rechazó violentamente. No fuera cosa que el energúmeno de su hermano los viera y les destrozara la cabeza con una botella de cerveza.

Por fortuna, pasadas las cuatro y media, borracho como una cuba, Daniel se quedó dormido sobre el sillón de la sala, junto a la ventana que daba a la calle. Cuando se terminó la música, Sony y Fede lo escucharon roncar. Y fue justo en ese instante cuando escucharon además el ronquido del motor de un colectivo que, a aquellas horas de profundo silencio, se propagaba a lo largo de cuadras y cuadras. “¡Me voy ya mismo!” aseguró Sony. Y Fede no vio razón para convencerlo de lo contrario. No sabía qué colectivo era ni si lo llevaría a un destino conveniente, pero cualquier lugar le parecía preferible a aquel en el que estaba. “Me voy con vos” le respondió Fede. No eran horas para que Sony anduviera solo por ahí. Además, él también necesitaba salir de aquel lugar.

Entraron para recoger sus cosas a las apuradas y salieron corriendo hacia la esquina, justo a tiempo para alcanzar el colectivo. No era el que usualmente hubieran tomado para regresar a casa, pero no tenían otra opción. Tardaron una hora más de lo habitual en llegar y ya era de día cuando entraron en la sala y me encontraron tirado en el sillón, bebiendo una chocolatada, después de una agotadora noche de sexo triple.

– Fue horrible, Zek. –decía Sony– No me sentía tan mal desde el día en que discutí con mi propio viejo por el mismo tema. ¡Manga de pelotudos homofóbicos!

– Perdoname, So. –intentó disculparse Fede– Si hubiera sabido que iban a ser tan desagradables, no te hubie…

Sony lo interrumpió colocando suavemente el índice sobre sus labios.

– Nada de disculpas, bebé. Vos no tenés la culpa de sus idioteces.

– Pero…

– Nada, nada. Ya pasó. Ahora vení y dame un beso… que estoy necesitado de afecto…

Y sin esperar su reacción, Sony lo tomó de un brazo y lo atrajo hacia sí, le dio un beso en la boca y después me tomó a mí e hizo lo mismo.

Al primer beso, obviamente siguieron otros. Yo estaba cansado (muy cansado) pero esos dos tienen la destreza para hacer que las fuerzas acudan a mí hasta en las situaciones más extremas. Aún así, había algo especial en los besos de Sony de aquella mañana. Una ternura particular que funcionaba como un imán para nuestros labios. Una profunda sensibilidad que fue desnudándonos por fuera y también por dentro. Sé que es difícil de comprender pero en aquel momento, entremezclados uno sobre otro sobre el sillón de la sala, ninguno de los tres podía imaginar un mejor sitio donde estar. Sentíamos que éramos la combinación perfecta; que si uno de los tres faltara, nuestro universo perdería su balance; que juntos formábamos un pedestal que nadie ni nada podría derribar… Nos besamos durante largo rato. Sin prisa y sin pausa. De a tres, sí, aunque parezca complicado. Y también nos acariciamos. Solo después de mucho tiempo, los besos comenzaron a descender más allá de los cuellos y las caricias se encontraron con los penes bien erectos. Podría decirse que todo regresaba a la normalidad (la normalidad sexual de nuestro hogar) pero… sin ánimo de resultar cursi… nada volvería a ser así de normal. Cualquiera que nos hubiera observado a la pasada, habría visto solo tres chicos teniendo sexo apasionadamente. Sin embargo, si nos hubiera conocido y hubiera prestado un poco de atención, habría visto el brillo especial en la mirada de Sony, la ternura de Fede y… bueh… mi particular interés en recibir y prodigar “atenciones”.

Creo que fui yo el primero en penetrar a Sony. Lo hice del modo más natural. Lo abracé fuertemente y entre los dos nos ocupamos del placer de Fede, que se ubicó frente a nosotros esperando su turno.

A partir de ese día, Fede comenzó a pasar más tiempo en casa, regresando a la suya cada dos o tres días. Por supuesto que tuvo problemas con su padre y su hermano, que le hicieron planteos sobre su relación con Sony, al que supusieron su novio. A finales de enero de 2010, la discusión fue importante: entre los dos quisieron agredirlo y Fede logró escapar de milagro gracias a la intervención de su madre. Desde entonces ya no volvió. Llegó a casa entre desesperado y furioso.

– No sé qué voy a hacer ahora. ¡Salí con lo puesto!

– ¿Y qué problema hay? –le respondí– Por lo pronto te quedás acá con nosotros y mañana vamos de shopping a comprar ropa nueva.

Fede me miró con lágrimas en los ojos, como si no hubiera esperado esa respuesta. Me abrazó y se quedó así durante largo rato. Sony también se nos unió y por unos cuantos minutos nadie dijo nada.

– Gracias por bancarme… pero no puedo ser una carga para ustedes. Tengo que encontrar por lo menos un lugar donde vivir.

Sony y yo nos miramos y fue suficiente para saber que estábamos de acuerdo. Él tomó la palabra y habló con una claridad y una elocuencia que le desconocía.

– Mirá… emmmm.. Lo que te voy a decir creo que no lo he dicho nunca. Pero esta es la ocasión ideal para hacerlo. Vos no podés ser una carga para nosotros porque, para que eso fuera así, tendrías que ser alguien que no nos interesara y por el que no sintiéramos nada especial. Y resulta que no es así. ¿Cierto, Zek?

Asentí con la cabeza, emocionado ya por lo que sabía que Sony iba a decir.

– Escuchame bien: mirame a los ojos.

Y solo cuando Fede lo hubo hecho continuó hablando.

– Zek y yo ya llevamos juntos un par de años. Nunca nos declaramos amor porque… yo qué sé… no hizo falta poner en palabras lo que era evidente –me miró en busca de mi aprobación y la obtuvo– Además eso de ponerle etiquetas a todo no es lo nuestro. Nos queremos mucho y nos cuidamos. Yo llegué a esta casa casi muerto y sin un peso, pero he puesto de mi parte todo el esfuerzo que me fue posible para que la relación funcionara. Y ¿sabés qué?: funcionó.

– Pe-pero…

– Shhhhhh… dejame terminar, que no es tan sencillo como parece. Después nos decís lo que pensás… Nuestra relación funciona porque nos apoyamos uno en el otro… Con Seby, con Juaco y con João también, pero es distinto, ellos tienen su historia y no siempre concordamos… En cambio Zek y yo nos manejamos de otro modo… no sé… somos más unidos. Y de un tiempo a esta parte, vos entraste en la misma onda. ¿Te diste cuenta? Yo hace rato que lo veo y sé que Zek también lo vio. Hace tiempo que los tres funcionamos en bloque, aunque vos no vivieras acá tiempo completo. Somos como un trípode: juntos tenemos una estabilidad perfecta, pero si falta uno, los otros dos se caen… Yo sé que es bien raro lo que estoy diciendo, que no es normal, que nadie lo hace así… pero ¡nosotros no somos como todo el mundo!

A estas alturas, Fede nos miraba sin comprender. Por lo que tuve que intervenir e ir directo al grano.

– Lo que So quiere decir es que te queremos más que a nadie y queremos que te quedes con nosotros y seamos tres en vez de dos… ¿entendés?

La carita de Fede se iluminó pero al mismo tiempo se llenó de incertidumbre. Se quedó con la boca abierta sin saber qué decir. Sus ojos bien abiertos dejaron de parpadear y solo sus manos ensayaban un movimiento extraño que ninguno supo descifrar.

– A ver si entiendo bien… ¿Lo que ustedes me están proponiendo es que formemos una… una pareja de tres?

– Algo así. –respondió Sony.

– ¿Y eso es posible?

– No sabemos. –le dije– Pero, ¿por qué no?

Y así era: ¿por qué no? ¿Dónde estaba escrito que no se podía compartir el amor entre tres, o fuera lo que fuera aquello que sentíamos el uno por los otros dos? De hecho, nuestra relación ya llevaba funcionando bastante tiempo sin que ninguno de los tres le pusiera un nombre. Acordamos seguir así, sin ponerle rótulos y sin acuerdos rígidos. La mayoría de las personas no suele hacer este tipo de cosas pero, ya lo dijo Sony, “nosotros no somos como todo el mundo”. No había celos en nuestra relación. Dedicándonos a lo que nos dedicábamos, los celos no tenían cabida. ¿Puede haber una mayor confianza? Sé que muchos dirán que estamos locos pero, ¿saben qué?, funciona. Hace ya dos años que funciona.

Aquella noche no cogimos. Estábamos muy conmocionados por la decisión que acabábamos de tomar. A pesar de todos los argumentos, los tres teníamos la sensación de estar dando un salto al vacío, aunque en verdad no hubiera mucho por perder. En el peor de los casos, volveríamos a nuestra vida anterior. Pero creo que esta nunca fue una opción que hayamos considerado.

Cogimos entrada la noche, casi al amanecer.

Nos habíamos quedado dormidos en el dormitorio. Habíamos intentado hacer algo, pero nos ganó el agotamiento. Sin embargo, por la madrugada, entre sueños, Fede me abrazó por la espalda con mucha fuerza y pude sentir que su pene empezaba a crecer entre mis nalgas. No estoy seguro de haber despertado en ese momento. Creo que aun dormido atraje hacia mí el cuerpo de Sony, que dormía al otro lado de la cama, y mi verga también creció entre sus piernas. No era la primera vez que sucedía. Ya habíamos pasado varias noches los tres juntos. Pero ese día, aun sin demasiada conciencia de lo que sucedía, la emoción vivida unas horas antes le dio una dulzura especial a la experiencia. Primero llegaron los besuqueos en el cuello y los hombros. Luego las caricias en el pecho y el vientre. Las piernas se entrelazaron enseguida y lo mismo los brazos. Fede se movía detrás de mí y su glande estaba tan húmedo que se deslizaba sin problemas alrededor de mi esfínter. Sony no necesitó abrir los ojos para acomodarse con las piernas lo suficientemente abiertas como para que yo pudiera penetrarlo con facilidad. Casi sin buscarlo, muy pronto estábamos los tres cogiendo suavemente. Dada mi posición central, el que más se movía era yo pero ellos contribuían con caricias y besos en abundancia. Pasado un rato, Sony se dio vuelta y dándome un profundo beso se acomodó entre Fede y yo. Allí podría recibir nuestra atención. Y la consiguió. Hicimos el amor con soltura y sentimiento. Compartimos nuestros cuerpos como si hubiera sido la primera vez y disfrutamos de cada roce como si nos hubiera ido la vida en ello. El sexo, vivido de esa manera, es mucho más que solo sexo y no todo el mundo tiene la oportunidad de comprobar lo que digo. Nosotros éramos, ya en aquella noche, tres afortunados que grabaron en su piel los nombres de su futuro.

Ya era de día cuando Fede tuvo su orgasmo. Él suele ser el más silencioso de los tres, pero en aquella oportunidad fue el más escandaloso. Tal vez fuera por la tensión contenida durante semanas. Tal vez por la tranquilidad de haber hallado su lugar, junto a nosotros. El sueño volvió tras el relax y los tres cuerpos formamos un ovillo en el centro de la cama.

Desperté después del mediodía. Sony y Fede todavía dormían como lirones. Me levanté y preparé desayuno para todos: café negro para Fede; chocolatada para Sony; té con leche para mí; y un buen surtido de galletas de manteca danesas que, además de las bananas, nunca faltan en nuestra casa.

Tras el desayuno y bien despierto, Fede pudo decir lo que ninguno había podido decir hasta ese momento, aunque con una particular elocuencia:

– Siento que toda esta mierda que me ha sucedido fue para mejor… Los amo, boludos… Son mi vida…

Ok. No fue el súmmum de la oratoria, pero fue muy romántico. Para que vean que nosotros también podemos serlo.

De no haber sido porque esa tarde, cuando salíamos de casa para ir de compras, fuimos agredidos por Ernesto y por Daniel (que habían estado todo el día esperando a que saliéramos), aquel habría sido un día perfecto. La jornada terminó en la comisaría y aun continúa la saga con una demanda por lesiones ante la Justicia. Desde entonces, ninguno de los tres ha vuelto a verlos. Pero esa es otra historia. Una que empezó exactamente hace tres años: el 25 de enero de 2010.

Solo agregaré (por si acaso alguno de los dos pasa por acá a leer lo que escribí en la noche):

Yo también los amo, boludos.
Son mi vida.

QUE NO, QUE NO… ¡QUE SÍ!


Eran los días en que yo todavía puchereaba en los cines porno y en las estaciones de trenes de Buenos Aires. Había tenido una buena mañana a nivel guita, pero había sido un verdadero desastre en cuanto a sexo. Llegué relativamente temprano para lo que son estas cosas. A las diez de la mañana no es común que los cines estén muy poblados pero aquel día fue una excepción. El primero en encararme fue un viejito que, además de simpático, resultó ser muy generoso y me dio el doble de lo que le pedí tan solo por manosearme un poco. Yo no tengo nada contra los viejo (ya lo he dicho muchas veces) pero debo reconocer que con el tiempo los atractivos físicos empiezan a decaer. Este en particular tenía pinta de haber tenido una linda facha tiempo ha, aunque ya rondaba con seguridad por los setenta y ese atractivo quedaba solo en mis suposiciones. Tenía unas manos muy finas y suavemente rugosas (si se me permite el pleonasmo). Frías, eso sí, por lo cual se dificultaba mi tarea de erección. Porque a mí me gusta cumplir con el cliente y una pija dura siempre entra dentro de la oferta. La película no ayudaba tampoco: daban una de sadomasoquismo, que a mí no me motiva en lo más mínimo. Tuve entonces que recurrir a la memoria emotiva, al recuerdo de esas tardes en que me pasaba horas y horas en el ciber de Benjamín mirando porno y al del cuartito del fondo donde el guacho me clavaba cuando llegaba la hora de cerrar. El recurso siempre da resultado y el viejito se quedó muy satisfecho. Por todos los medios me quería sacar el número de teléfono para que volviéramos a encontrarnos y yo ni en pedo que se lo daba. Todavía no tenía celular y ni ahí que le daba el de casa. ¿Se imaginan a mi vieja respondiendo los llamados de mis clientes? Después se me acercó un tipo más joven, de unos cuarenta y tantos. Estaba de traje y corbata y llevaba un maletín. Típica trampa de la media mañana. Ese me cogió. Pero la verdad que pasó sin pena ni gloria: lo hizo mecánicamente y creo que no disfrutó ni él. Se la quise chupar pero estaba muy apurado y pasó derecho a los bifes. Pero bueno… puso la tarasca y eso era lo importante. Como al mediodía me hizo el entre otro cuarentón que se las quiso pasar de vivo. Me empezó a tocar el culo y yo lo dejé hacer un ratito. Cuando me invitó a ponernos cómodos le advertí que yo cobraba y se me quedó mirando como si no entendiera lo que le estaba diciendo. Se lo tuve que repetir y el muy bolas se despacha con un “¿Y a mí también me vas a cobrar?”. Me dio mucha gracia la salida del tipo. Por lo caradura. ¿Por qué no habría de cobrarle? No era Brat Pitt precisamente. Aunque él parecía muy pagado de sí mismo porque insistió e insistió. Que él no era “uno más”, que con él la iba a pasar tan bien que nunca lo iba a olvidar y bla, bla, bla. Tan pesado se puso que otro tipo que estaba cerca terminó gritando: “Dale, pelotudo, pagale de una vez o si no hacete la paja”. Y al final puso la moneda. Nos sentamos en la primera fila, donde no había nadie, se la chupé, me la chupó y después me la puso con bastante poca pericia. Sería que estaba molesto por tener que gastar o qué, pero la verdad que cogiendo era un desastre. Antes de irse me preguntó qué tal la había pasado y yo le mentí que bárbaro (pero con muy pocas ganas de resultar creíble). Después me fui yo también. Había hecho buena plata y ya estaba cansado de tanta boludez.

Sin saber qué hacer ni adónde ir, entré a caminar por 9 de Julio sin rumbo fijo. Si hubiera seguido en plan de levante me habría dirigido hacia la Av. Santa Fe. Sin embargo, mis pasos se encaminaron hacia el sur, zona que hasta ese día solo había conocido desde los colectivos, cuando llegaba desde La Plata. En realidad, no era el mejor día para hacer turismo pero las cosas no suceden porque sí. Todo tiene un por qué y las casualidades no existen. Les adelanto: esta es una de las moralejas de esta historia.

Llegando la esquina de la Av. San Juan, un chico llamó mi atención. Y yo llamé la de él. Supongo que tendría unos veinticinco o veintiséis, era un poco más alto que yo y su rostro (sobre todo sus ojos, negros como el carbón) era de esos que no pasan desapercibidos para nadie. Al verme, fichó sin disimulo y obvio que yo no le desprecié el halago. Con las manos en los bolsillos, adoptó una actitud desafiante, como si quisiera jugar a quién bajaba primero la mirada. Yo disminuí la marcha y (como quien no quiere la cosa) me acomodé el paquete. Prácticamente me puse frente a frente con él. Nos separaban escasos tres o cuatro metros y hasta podía ver con lujo de detalle las sutiles imperfecciones de su piel cetrina. Él solo me miraba y sonreía. Yo igual. Me hizo acordar a una película de vaqueros que vi con mi padrino cuando era chico, una con Burt Lancaster. “Duelo de Titanes” creo que se llamaba. El caso fue que yo esperaba algún acercamiento de su parte, alguna señal tras la cual hacer contacto, más allá del visual. Estaba lindo el tipo y me había entusiasmado con la idea de tener finalmente un poco de buen sexo. Sin embargo, mis esperanzas fueron vanas porque de pronto, sin decir ni “mu”, el flaco se dio media vuelta y se fue por San Juan. Desconcertado, después de unos segundos lo seguí pero él se metió en el edificio de la UAI sin siquiera voltear hacia atrás. ¡Histérico de mierda! ¡Cómo detesto a esa gente! Yo soy puto (¡bien puto!) pero esas cosas no las hago ni en joda. No les veo el sentido. Si alguien me interesa, no le ando con vueltas. Y si no me interesa, que siga su ruta. Pero la experiencia me comprueba (esta y otras tantas que he tenido) que el mundo está lleno de calienta-pavas.

Con toda la bronca, me quedé parado frente a la universidad sin saber qué hacer. El guardia de seguridad me miraba con desconfianza, como si yo fuera un malandra. No le di demasiada importancia. En cierta medida, ya estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones, tan habituales cuando permanecía largo rato parado en una esquina de la zona caliente de Santa Fe. La actitud a seguir en esos casos es la típica “me chupa un huevo”. Resolví entonces (aunque fue un acto meramente mecánico) encender un cigarrillo y esperar a que me llegara alguna inspiración. A quienes se estén topando en este momento de esta novedad les aclaro que, sí, por esa época se me había dado por fumar. Al poco tiempo me di cuenta de que solo lo hacía por presumir, que no me gustaba ni un poquito y entonces lo dejé para siempre. Lo que es no tener vicios, juas.

Y allí estaba, alpedeando como tantas veces, cuando lo vi aparecer desde la esquina de Tacuarí.

Era un rubiecito, muy pero muy bonito, con una pinta de gay que no se podía disimular ni en medio de una manifestación de obreros de la construcción. Es que tenía un modo de caminar que sonaba a maracas.

El día era gris y en el horizonte se agrupaban nubarrones oscuros que amenazaban con una buena tormenta, de esas que no se olvidan. Estaba fresco pero no tanto. En agosto todavía es invierno pero ese año la primavera parecía haberse adelantado. Aun así, la gente parecía vestirse con el calendario más que con el termómetro.

Contrariando esta aseveración de mi parte, el pendejo llevaba puesta una remerita muy cortita que casi le dejaba al descubierto el ombligo y, sobre los hombros (como para que mamá no dijera que no se abrigaba), un saquito de lana rojo (o colorado, como ahora sé que prefiere decir). Imposible equivocarme. Y no solo el andar lo delataba, con sus sandalias tan mononas que dejaban en libertad los piecitos delicados (casi parecidos a los de una nena) y su tobillera de strass, también los demás accesorios y la manera de balancear las manos a cada paso. Era como ver “El Lago de los Cisnes” en plena calle con música de pulseras tintineantes. Hoy nos reímos cuando recordamos aquel día pero en verdad era nuestro destino encontrarnos e iniciar una historia que dura hasta el presente.



A medida que se acercaba a mí me miraba de un modo tal que parecía que me iba a saludar. Me pregunté si me pasaría lo mismo que con el otro y pronto tuve la respuesta: no. Estaba a solo unos pasos de mí cuando me tendió los brazos:

–¡Hola! ¡Qué milagro verte acá! –me dijo mientras se colgaba de mi cuello y me zampaba un beso en la mejilla.

Locos hay en todos lados y de todas las edades. Por eso no me sorprendió tanto el saludo. Una de dos: o me acababa de confundir con alguien, o era una mariquita mucho más rápida de lo que aparentaba. Aun hoy tengo mis dudas, juas.

– Perdón… ¿te conozco? –le pregunté.

Entonces pareció darse cuenta de su error.

– Uy… ¿Vos no sos Javito, el amigo de Mumy?

– No.

– ¿No estuvimos el sábado en Angel’s?

La mención del boliche disipaba todas las dudas.

– No.

– Ay. Entonces me equivoqué. –dijo, soltándome como si yo tuviera lepra.

– ¿En serio? –lo desafié.

– ¡Por supuesto! –respondió al instante- ¿Qué te pensás?
Se hacía el ofendido pero no era creíble. Los ojitos le brillaban y no podía evitar el ligero estiramiento de su comisura izquierda en una reprimida tentativa de sonrisa. Y ¡qué linda le quedaba esa mueca entre tímida y provocadora! Decidí entonces no dejarlo escapar.

– Lo primero que puedo pensar es que me viste y al toque pensaste: “¡Qué bueno está!”. Y no resististe las ganas de darme un beso… por lo menos en la mejilla.
Entonces sí se rió:

– ¡Por alguna parte había que empezar! –añadió mientras su sonrisa se hacía plena y brillante. Lo cual era casi una confesión.
¡Ya estaba! Había sido más sencillo de lo que hubiera imaginado. El contacto ya estaba hecho y ahora solo restaba tender la telaraña… o dejarme caer en la que él me tendiera a mí. A veces esas cosas nunca quedan claras.

– ¿En serio no sos el amigo de Mumy? –volvió a preguntar.

– No, que yo sepa. Pero si así me vas a dar bola, soy quién quieras que sea.
Volvió a reírse y como al descuido me tomó la mano, para soltarla de inmediato. En ese momento supuse que era más rápido que el correcaminos y le dije internamente a mi pene que se preparara para la acción, juas. Pero ahora que lo conozco mejor, se me da por pensar que tal vez (solo tal vez) lo hiciera sin premeditación ni segundas intenciones. En todo caso, él siempre lo negó y dejó la responsabilidad de sus actos a cargo de sus propios impulsos. Discusión estéril, por cierto, pues nunca sabremos la verdad (a menos que él abra su corazón, jajaja).

El tema es que, cuando él me soltó la mano, yo (ni lerdo ni perezoso) se la volví a tomar, la puse sobre mi pecho (para que, de paso, fuera tanteando la mercadería y se entusiasmara) y le dije con estudiado tono melodramático:

– Sentí como me late el corazón ante la incertidumbre de no saber quién soy.
¡Entonces casi me abraza! Pero se contuvo. No obstante, su respuesta, aunque un poco enrevesada, fue decisiva para el desarrollo futuro del encuentro:

– Yo creo que con que seas el que sos está más que bien.

De allí en más, todo fluyó. Entre bromas y lances, nos pusimos en marcha por las vetustas callecitas del barrio de San Telmo.

Claro que, dicho así, daría la impresión de un paseo romántico en medio de un idílico paisaje urbano, de un par de adolescentes asombrados por el descubrimiento de nuevas sensaciones… ¡Nada de eso! Ante mi deseo de saber quién cornos era ese Javito con el que me había confundido, el pendejo me terminó confesando que era un flaco con el que había estado transando en el túnel de Angel’s. Y ya se sabe que transar en el túnel de Angel’s no es como tejer macramé. Según sus palabras, el tal Javito era mi clon. O yo el suyo, porque por lo que dijo el otro era mayor. De todas maneras, yo le dejé bien en claro que no podíamos ser clones en todo, que algo diferente (y mejor) podría encontrar en mí. Me acusó de fanfarrón y yo lo invité de inmediato a un telo para demostrarle mis virtudes.

– ¿Y qué te hace pensar que me voy a acostar con vos? –me preguntó con otra sonrisa. A lo que respondí sin tardanza, deteniéndome y abriendo los brazos como si me pusiera en oferta:

– ¿Acaso te vas a perder de probar este cuerpito?

En ese preciso instante y antes de que el pendejo pudiera replicarme, las nubes negras que antes solo habían sido una amenaza se desguazaron sobre nosotros, que en pocos segundos quedamos empapados por completo. No obstante, el instinto nos llevó a correr en busca de refugio, con tanta mala suerte (o no) que las sandalias del pendejo (calzado no apto para días de lluvia) resbalaron en el piso mojado y el pobrecito fue a parar al suelo. Sin percatarme, yo corrí unos metros más pero, al notar que ya no iba a mi lado, me di vuelta para buscarlo y lo vi de rodillas, como un pollito mojado, mirándose las palmas de las manos e intentando levantarse. Volví para ayudarlo. Se había raspado la mano derecha y le sangraba la rodilla izquierda. Nada grave por cierto, pero él parecía de esos chicos frágiles que no soportan el menor malestar y sienten que cualquier cosita es un dolor insoportable.

– ¿Te vas a quedar ahí parado o me vas a ayudar a levantarme?

Esa es una discusión para la cual hasta el día de hoy no hemos hallado una solución. Él asegura que, mientras se hallaba en el suelo sufriendo por las terribles heridas, yo permanecí largo rato mirándolo con una “sonrisa estúpida” en los labios. Mi versión dice que llegué de inmediato a su lado, él me hizo el reclamo y yo lo levanté entre mis brazos mientras desde algún balcón de la vecindad sonaba estridente la voz de Pavarotti cantando “Vinceroooooo”. En lo que sí nos hemos puesto de acuerdo es en el hecho de que pasé su brazo izquierdo por sobre mis hombros y lo ayudé a caminar. Así juntos nos guarecimos bajo un escueto toldo, roído por la intemperie, instalado al frente de un kiosquito que parecía abandonado.
Lo que sigue es un episodio que también está en discusión. El hecho es que debajo de aquel toldo poco es lo que pudimos conversar. Dolorido como estaba, él no se soltó de mis hombros y yo, para evitar que cayera otra vez, lo tomé por la cintura y lo mantuve bien pegado a mi cuerpo.

¿Es necesario detallar lo que sucedió? Estábamos tan juntitos y él era tan bonito, respiraba tan agitadamente y se mordía los labios con tanta parsimonia que no hice menos que comerle la boca con toda la ternura que pude. Sin dudas, habrán de pensar que el cariño que hoy siento hacia ese pendejo o el deseo de mantenerlos a ustedes pendientes de esta historia me llevan a darle tintes de telenovela portorriqueña a este relato. Sin embargo, juro que fue tal como se lo cuento. Nos besamos una y otra vez sin que decayeran las ganas. La calle estaba desierta bajo el aguacero. Solo pasó una camioneta y desde su interior alguien nos gritó el imaginable “¡comilones!” sin que nosotros nos diéramos por aludidos. Acostumbrado como estaba a los clientes que me levantaban en la calle, aquella boquita fresca y tan predispuesta era un tesoro invaluable para mí. De no ser quien soy, seguramente me hubiera enamorado del pendejo. Por suerte, en aquella época yo ya era yo y, en consecuencia, todavía sigo siéndolo.

Él fue el primero en notar la erección y, sin romper el clima, presionó aun más su cuerpo contra el mío. Mis manos se deslizaron hacia sus nalgas y su garganta dejó escapar un gemido ahogado por mi boca. Todo su cuerpo temblaba (y estoy seguro de que no por frío) y sus caricias, ahora tímidas, en mi cuello eran un llamado a ir más lejos. Masajeando sus glúteos descubrí la nada sutil presión de su entrepierna. La tela de la bermuda no alcanzaba a disimular el aumento de volumen. Mis dedos se deslizaron entonces hacia delante.

– ¿Qué es esto? –le pregunté bromeando en medio de la calentura.

Él no me respondió. Sus mejillas se tiñeron de rosado intenso, cerró los ojos y se quedó a la espera de un nuevo beso. No lo hice esperar y al mismo tiempo le sobé el bulto para ver si crecía todavía más. Pero no, así se quedó. No es que fuera poco lo que tenía entre las piernas sino que uno siempre es pretencioso. Mi mano izquierda se coló por debajo de su remerita y pude disfrutar de la increíble suavidad de su piel. Su espalda se arqueó al contacto de mis dedos y su lengua exploró mi boca casi con desesperación. Olvidando que estábamos en la calle, ambos nos descontrolamos y nos exploramos palmo a palmo. Hasta que, de pronto, el pendejo se detuvo e intentó apartarse.

– Me duele mucho la rodilla. –dijo.

– Busquemos una farmacia, compramos una curita y en el telo de la pongo.

– ¡Estás loco! ¡Yo no voy a ir a ningún telo!

– O sea que no te negás a que te la ponga…

Suspiró entonces con supuesto fastidio pero una sonrisa volvió a traicionarlo. Todo su cuerpo en realidad gritaba el deseo que lo consumía en silencio. La lluvia amainaba pero aun era copiosa. Bajo el toldito roído volvimos a besarnos y las manos de ambos se tornaron más demandantes. Tanto que mi resistencia llegó casi hasta su límite y pregunté al borde de la imposición:

– Bueno… ¿qué hacemos?… porque que a vos te duele la rodilla pero a mí ya me van a explotar los huevos.

No respondió de inmediato. Más bien se tomó su tiempo para encontrar las palabras justas. Me besó tiernito como era con infinitos chuponcitos que no hicieron más que aumentar mi ansiedad y, luego de un largo pero en absoluto desapacible instante, llegó la respuesta en forma de invitación disfrazada de pregunta:
– ¿Me acompañás a mi casa?

¡Al fin se decidía! Yo hubiera preferido un lugar más neutral, pero era lo que había.

– Pero, ¿en tu casa no hay nadie?

– Nadie. Pero te tenés que ir antes de las ocho.

– Es tiempo más que suficiente para darte una muy buena cogida. –me entusiasmé.

Entonces bajó la mirada e intentó nuevamente separarse de mi cuerpo. No lo dejé.

– Tengo que confesarte algo antes de eso. –hizo una larga pausa antes de continuar, tan larga que llegó a impacientarme– Pero me tenés que jurar que no te vas a reír.
Me llevé la mano al pecho y juré con gesto de solemnidad.

– Aunque te parezca mentira, soy virgen.

¡Eso sí que era una sorpresa! Yo esperaba que me dijera que le faltaba un dedo del pie, o que tenía una enorme y desagradable cicatriz en algún lado del cuerpo, o que estaba acomplejado por no tenerla más grande, o que tenía vih. Pero en ningún momento imaginé que me saldría con eso. Igualmente, supuse que no era grave que me mintiera con esa cuestión. Todo lo contrario: me parecía simpático. No obstante, fui sincero.

– Tenés razón: me parece mentira, jaja. –me reí porque en verdad me daba gracia y además porque no quería que tomara mi comentario como un rechazo.

– Yo sabía que te ibas a reír. –se ofendió– Sos un tarado.

– ¿Y cómo no me voy a reír si hace casi una hora que estamos transando y diste muestras de ser un experto?

– Transar no es lo mismo que coger.

Y en eso tenía toda la razón.

– Ok. Es cierto. Pero a mí no me importa. Además te voy a coger despacito para que no te duela. Vas a ver.

– No. Mejor no.

– ¿Cómo que no? ¡Vos mismo me acabás de invitar a coger a tu casa!

– No, no. No cambies las cosas. Yo te invité “a mi casa”, no “a coger en mi casa”.

Parecía que mis peores temores se estaban volviendo realidad. ¡Otro histérico como el de la puerta de la universidad! Me estaba poniendo furioso.

– Al menos nunca hablamos de que vos me cogieras a mí. –acotó y luego sonrío con picardía.

El alma me volvió al cuerpo. El pendejo lo que quería era hacerme el culo a mí. Obvio que yo no tenía problemas, aunque no voy a negar que su culito me llamaba como la miel a las moscas. Pero si no entregaba, yo no me iba a quedar con las ganas de comérmelo por un detalle tan insignificante.

– Ajá. –asentí– Todo es negociable. Pero lo arreglamos en tu casa. Las gotas de lluvia ya se me evaporan sobre la piel. ¿Hacia dónde tenemos que ir?
Nos pusimos en marcha bajo el aguacero, yo sosteniéndolo para que pudiera caminar, él exagerando su dolencia para poder colgarse de mi cuello.


Rato después llegábamos a la puerta de su casa, una edificación antigua (como casi todas las del barrio de San Telmo) y con la mampostería un poco caída. Tal como el pendejo había dicho, en el interior no había nadie y reinaba el más absoluto silencio. Pero cuando llegamos nosotros todo cambió. El pendex puso música bien alta (“para que no escuchen los vecinos” dijo) y de inmediato empezó a sacarse la ropa. Hubiera preferido ser yo el que lo hiciera, pero no era cosa de frenar su entusiasmo. De modo que lo imité y en un santiamén ya estábamos los dos desnudos, trenzados en un abrazo en el que era dificultoso saber dónde terminaba su cuerpo y comenzaba el mío. De alguna manera llegamos a su cuarto. Él se tiró en la cama y yo sobre él. Degusté con pasión cada centímetro de piel. Es una de las tareas que más disfruto. Cuando el tipo me gusta, claro está. No existe mejor modo de investigar si, como suele decirse, “hay química”. Y entre ese pendejo y yo sí que la había. Sobre su epidermis, mi lengua iba dejando una estela de saliva y vellos erizados. Su espalda se encorvaba una vez más como si fuera el lomo de un potro sin domar. Pero en este caso, los bufidos clásicos del animal salvaje eran reemplazados por suaves quejiditos que denotaban un estado intermedio entre el placer y la tortura. Las manos crispadas y los hermosos pies agarrotados con sus deditos de niño queriendo escaparse unos de otros. La cabeza en continuo movimiento de negación con los párpados apretados y los músculos del cuello estallando entre quijadas y clavículas. El vientre buscando infructuosamente un sitio entre las costillas donde guarecerse de tanta voluptuosidad. Y tan al alcance de mis manos y de mi lengua, la verga para nada despreciable aguardando su turno, palpitando de pura imaginación, de solo presentir el goce que habrían de propinarle mis inminentes lamidas. Se la chupé siguiendo el ritmo ansioso que él había propuesto. Dio un gran grito (de sorpresa, diría yo) y con ambas manos me invitó a tragármela toda. Había hecho muy bien en poner música muy alta, porque el pendejo no era en absoluto sutil para expresar su gusto. Mientras lo peteaba, él buscó mi verga con la intensión de masajearme y transmitirme parte de su molicie. Mis dedos empezaron a explorar entre sus nalgas. Así comenzaba la tarea de llevarlo a la cúspide del placer, ese punto en el cual sería él mismo quien me pediría que lo cogiera. La técnica y la paciencia combinadas siempre dan resultado.

Su pija se deslizaba entre mis fauces con impudicia. Mi calentura y la suya creaban el campo propicio para que cualquier contacto se tornara un pecado rayano con lo divino. Por momentos era yo quien descendía sobre su pubis, incrustándome su miembro hasta la garganta. Después, era él quien dirigía inconscientemente la acción, separando sus nalguitas suaves de la sábana e hiriendo mis amígdalas con la lubricidad de su glande.


Pero no era mi intensión permanecer allí de puro mamador. Si bien es uno de mis mayores talentos, para mí el sexo sin diversidad no tiene gusto. Lo hice echarse sobre su vientre y, yo sobre él, fui descendiendo lentamente por su espalda con besos y lamidas, Cuando mi boca se internó en su trasero, llevando el calor y la locura a terrenos de su anatomía hasta entonces inexplorados según sus palabras, la situación pareció perder el rumbo. Todo su cuerpo se tensó de repente. Sus manos se plantaron en el colchón y su torso se elevó como si estuviera haciendo lagartijas. El mensaje era inequívoco y, sin embargo, fingí no percibirlo. Era lo mejor que podía hacer para lograr mi objetivo. Permanecí allí, hundiendo mi rostro entre su algodonada humanidad, al acecho de un cambio de actitud. Y percibí ese cambio cuando llegó el primer suspiro.

– Jamás imaginé que fuera tan rico –confesó a los pocos minutos– Pero no me vas a coger.

Su voz sonaba segura, apenas opacada por el resuello entrecortado.
Su culito era un imán imposible de resistir. Su pielcita tersa apenas cubierta de un imperceptible vello rubio como el de la piel del durazno, clamaba atención personalizada. Una atención mucho más sutil. Con la punta de la lengua busqué el centro de su hoyito y apenas hice contacto su boca dio acuse de recibo y se desarmó en un gemido. Sin que viniera a cuento (o tal vez no) susurró un “No me vas a coger” y yo seguí ignorando sus dichos. Con destreza que él no estaba en condiciones de percibir, lo induje a elevar la cadera de forma que me resultara más cómodo explorar su trasero. Las caricias de lengua son irresistibles, sobre todo para quien no tiene mucha experiencia y recibe por primera vez el “tratamiento”. Uno no se cansa de lamer y la otra persona comienza a debatirse entre la desesperación y la locura. En este caso, ambas sensaciones parecían fundirse en una sola y, poco a poco, la afirmación que con que me había desafiado hasta muy pocos minutos atrás se transformó casi en un ruego: “No me cojas”.

Esa era la señal que me indicaba la necesidad de dar el siguiente paso. Lo invité a echarse de espaldas y él aceptó de inmediato, suponiendo (creo yo) que ya había pasado el peligro y que de ahí en más yo regresaría a las práctica mamatorias. Sin embargo, no hice nada de eso.

Me llevé el índice a los labios y lo lubriqué con abundante saliva. Luego desparramé suavemente el líquido alrededor de su esfínter. Volvió a gemir una y otra vez. La combinación de la lengua con los dedos suele ser, en estas circunstancias, la estocada previa a la rendición pero en algunas ocasiones (como es este caso) es preciso dejar de lado sutilezas y ese dedo termina hundiéndose en el ano. El objetivo es buscar (y encontrar) los puntos más sensibles y decidir, de ese modo, la contienda en nuestro favor. El pendejo insistió todavía una vez: “No me cojas por favor”. Claro que después de esa súplica ya estaba todo dicho…


De allí en más fue todo más sencillo. En medio de un concierto de jadeos, ronroneos y suspiros, mi dedo se solazó en el recto caliente y deseoso. Luego ingresó uno más y juntos encontraron la bolita de la próstata. El pendejo se volvió loco. Abrió los ojos como si acabara de ver al mismísimo dios. También abrió la boca como si fuera a gritar desde el fondo de sus entrañas, pero no pudo emitir ningún sonido. Mis dedos entraban y salían rítmicamente y mi lengua se paseaba por el entorno, acrecentando además mis deseos de conocer ese interior que se estaba perfilando como un agujero negro que todo lo traga. Tuve que tomar cierta distancia para no perder el control como él. Al fin y al cabo se suponía que yo era el experimentado en aquella cama. Me arrodillé junto a sus nalgas pero sin retirar mis dedos de su interior. Su verga parecía a punto de estallar, por lo que no intenté tocarla ni mucho menos llevármela a la boca. Solo atiné a sobar la mía y de ese modo tomé conciencia de que ella también estaba ansiosa. Retiré los dedos y la apoyé sobre el hoyito del pendejo. Curiosamente, notó la diferencia y me miró suplicante. Yo le sonreí y le tiré un beso a la distancia. Casi sin darme cuenta, empujé mi verga contra su cuerpo y la presión volvió a hacerlo suspirar. Le acaricié el culo con el glande bien ensalivado y siguió suspirando. Hasta que dejó de lado los disimulos:

– ¡Cogeme de una vez!

Y yo le hice caso.


Fui delicado, de todas maneras. Ganas no me faltaban de metérsela de una y sacarme bien las ansias pero no hubiera sido justo, ni verdaderamente satisfactorio. Fui entrando de a poco y sé que él me lo agradeció con sus ojitos desorbitados y sus sonidos extraños que, sin dudas, eran de satisfacción. Solo una vez me repitió aquello de que “nunca había imaginado que fuera tan rico”. El resto del tiempo se limitó a gozar.

Gozó y gozó y quería seguir gozando. Tanto que me exprimió hasta que mi pobre pija ya no dio más y explotó en leche como si hubiera tenido una abstinencia de semanas. En verdad que me vacié dentro de él. Y lo disfruté como pocas veces había disfrutado de alguien. Exhausto, me tendí a su lado. Nos besamos profundamente y, al final del beso:

– Ahora me toca probar lo demás…

Entendí al instante lo que quería decir y me giré ofreciéndole el culo. Él se ensalivó la verga y me la puso sin prisa, como si ya estuviera habituado a hacerlo.

– No quiero acabar rápido. –dijo.

Pero no pudo cumplir con su objetivo. A la cuarta o quinta embestida tuvo un orgasmo fenomenal. El cuerpo todo se sacudió como si fuera de papel y, dentro de mí, sentí claramente Las contracciones de la verga y el calor de leche inundándome.

Muchas veces me he puesto a pensar en aquella tarde y en lo que hubiera sucedido si, por algún capricho del destino, no nos hubiéramos encontrado. ¿Quién sabe? Pero estoy convencido de que ninguno de los dos seríamos quienes somos hoy. Para mejor o para peor.


Después de una par de polvos más, antes de que dieran las ocho, me fui. Él me despidió en la puerta de la casa y me dio un beso en la boca que me nubló la visión. Un poco mareado me encaminé hacia la San Juan. Ya no llovía pero había refrescado bastante y mi ropa todavía estaba húmeda. Metros antes de llegar a la esquina, escuché sus pasitos detrás de mí y cuando me di vuelta para verlo, se me colgó del cuello:

– Jurame que nos vamos a ver otra vez.

Tenía los ojos brillosos y yo no pude (ni quise) romper sus ilusiones.

– Yo no juro… pero lo prometo.

Era mucho más de lo que hubiera hecho por cualquier otro desconocido.

– Aunque tengo un problema: no sé tu nombre.

– Pero sabés dónde vivo…

– ¿Y tu nombre?

– Nunca te lo voy a decir, pero podés decirme Sony.

Después de mucho tiempo sí me dijo cómo se llama. Pero imaginarán que no puedo traicionar su confianza y develar su secreto.

La gripe porcina y la madre que me parió!!!!


Pocas cosas me irritan tanto como ser despertado de madrugada sin una razón valedera. Y Sony lo sabe. Pero su criterio difiere grandemente del mío en lo que se refiere a la importancia que le damos a ciertas cuestiones y, sobre todo, en el significado de la expresión “de madrugada”.

Eran las 11:AM. Yo dormía profundamente después de una noche de trabajo como pocas. Al cliente se le había ocurrido jugar a la maestra. Él era la maestra. Llevaba un delantal blanco abotonado por delante, peluca rubia a lo Marilyn, falda tableada y zapatos de taco aguja. Para mí había preparado pantaloncito corto, camisita blanca con corbata roja, calcetines de rombos hasta la rodilla y zapatones negros, sin olvidar un maquillaje ad hoc: peinado a la gomina, lentes de marco oscuro, pecas dibujadas con fibrón y una gran paleta multicolor que yo debía lamer constantemente con actitud provocativa. Toda una puesta en escena orientada a crear una ilusión de escuela primaria donde la maestra tomaba lección a su alumnito. El tema del día: las distintas posiciones del Kamasutra. Y el muy jodido se empeñó en no dejar ninguna afuera. Toda la noche contorsionándome para metérsela por delante, por detrás, por arriba y por abajo. Y después hay quien dice que lo nuestro no es laburo.

Bueno… once de la mañana y Sony que viene a despertarme.

– Llamó tu mamá.

Lo miré sin comprender qué me decía. A mi vieja no la veía desde hacía meses. Desde aquella mañana en que se presentó en mi casa de improviso y dio lugar a una muy desagradable situación, mis visitas a la casa materna se espaciaron notablemente y con la excusa de mi viaje a Europa logré convencerla para que abriera una cuenta corriente. Desde entonces, ya no necesito verla para entregarle la mensualidad: las transferencias bancarias son un invento maravilloso.

Sin entender de qué venía la cosa, reaccioné como mejor pude:

– Decile que no estoy… Que llame más tarde…

– Ya cortó, bobo.

– ¿Y entonces para qué mierda me despertás?????? -estallé.

– Es que está enferma y necesita alcohol en gel.

Historia vieja. Mi madre fue desde siempre una mujer hipocondríaca. Enfermedad que llegaba a su conocimiento, peste que la terminaba afectando. O al menos eso es lo que ella terminaba creyendo y afirmando. ¿Qué podía esperarse en las circunstancias actuales?

Veinte minutos había estado al teléfono, contándole a Sony lo mal hijo que soy, que ella está en cama con gripe porcina, volando de fiebre, sin poder moverse de la casa para ir a la farmacia a comprar alcohol en gel. A través del relato de Sony, podía escucharla e incluso imaginar todo lo que mi amigo se cuidó de no contarme, por pudor.

Lo de mi vieja es normal. Estoy acostumbrado. Sin embargo, lo que me tomó por sorpresa fue verla multiplicada por decenas y por miles, en las calles, en la televisión. No sé qué habrá sucedido en otros países pero en Buenos Aires se ha desatado una verdadera sicosis que, a mi entender, es más nociva que la pandemia en sí. Ya no tenemos crisis, ya no hay corrupción, ya no hay inseguridad… ahora tenemos gripe porcina acechando a las personas buenas que pagan sus impuestos y ya nada más importa. La gente camina usa barbijos, por la tele nos repiten y repiten que debemos lavarnos las manos por lo menos diez veces al día, no dar besos, no abrazar, no tomar mate, no reunirnos… Todo el mundo paranoico. Todo el mundo amenazado por un virus que no puede ver y que puede estar en cualquier lado…

Ahora… digo yo… ¿cuántas de esas personas que han alterado su modus vivendi en función de la nueva peste cogen con forro? No me cabe duda que el vih es una infección mucho más importante que la gripe, por más porcina que sea. ¿Cuántas de esas personas que ya no le dan la mano a nadie tienen el hábito de ajustarse el cinturón de seguridad cuando suben al auto? ¿Cuántas cruzan la calle por senda peatonal? ¿Cuántas usan casco cuando se montan en la moto? Mueren muchas más personas en accidentes de tránsito (la mitad de ellas son peatones) que las contabilizadas hasta el momento por complcacionmes de la gripe. En Latinoamérica todavía hay gente que muere de dengue, de cólera, de mal de chagas… y nadie se persigue por ello. ¿Será porque los medios de “comunicación” no hacen tanta alharaca con esos males que ya no venden? A mí que me perdonen pero creo que tengo más posibilidades de morir atropellado por un camión que de gripe A. Somos unos 40 millones de habitantes en la Argentina y hasta el momento ha habido unos 100 desenlaces fatales. Una cifra apenas superior al índice de mortandad por complicaciones de la gripe común. Yo no digo que no tomemos precauciones. Solo pido un poco de cordura y que tratemos de continuar con nuestra vida sin obsesionarnos. Que el miedo y la sicosis también pueden fustigar nuestras defensas y hacernos más propensos a las enfermedades. Eso sin mencionar el gran, el enorme, el fantástico, el inconmensurable NEGOCIO que se ha armado alrededor de este asunto.

En otras palabras: LA GRIPE PORCINA ME TIENE REPODRIDO. Y hasta en mi propia casa he tenido que soportar los efectos de la paranoia.

A mi vieja le mandé varios frascos de alcohol en gel por un servicio de mensajería. Lo último que necesitaba era tenerla frente a mí reprochándome una vez más lo mal hijo que soy. Lo de que estaba en cama con gripe A no se lo creí ni por un momento (ha mentido tanto con el tema de sus enfermedades que el día que esté enferma de verdad le va a suceder como a Juanito y el Lobo).



Me di una larga y reconfortante ducha caliente. En una de esas tiendas exóticas que él suele frecuentar, Sony compró unos jabones con perfume a flores silvestres que son realmente decontracturantes. No sé cuál es el secreto, pero al enjabonarme el aroma se esparce por toda a estancia (supongo que favorecido por el vapor) y crea un ambiente de bosque que me libera de todas las tensiones. Luego de un tiempo prudencial (con el claro propósito de encontrarme en mi mejor estado), Sony se presentó ya desnudo y se metió bajo la ducha junto a mí.

Ha cambiado mucho desde que vive en casa. Lo veo más hermoso cada día. Y esta, más que una apreciación de tonto enamorado, es un hecho fáctico: ha abandonado la calle y ahora solo trabaja con clientes fijos. Estaba desperdiciando su belleza y sus talentos con los clientes baratos que levantaba por Florida. Ese culito reventón merece un trato especial. Todo él lo merece. Incluso ahora lo veo más grande, menos nenito y, sin embargo, no ha perdido ni un ápice de su sensualidad aniñada. ¿Pueden creerme? ¿Se entiende lo que quiero decir? Aun en los momentos de mal humor, verlo a mi lado me relaja, me genera una sensación de bienestar que desconocía hasta su llegada… El amor debe ser eso ¿no? Aunque todavía no le hemos puesto nombre a nuestros sentimientos. Para chicos como nosotros puede resultar difícil el hecho de afrontar los afectos de cara a un futuro. Creo que estamos abriendo un capítulo nuevo en nuestras vidas y tal vez en la de muchos otros. La tradición dice que nosotros no debemos enamorarnos…

Con una sonrisa incomparable (como es siempre su sonrisa en nuestra intimidad) se acercó a mí y, sin decir palabra, rodeó mi cintura con sus manitos suaves. Nos besamos: él cerrando los ojos y yo observando el imperceptible ondular de sus párpados mientras degustaba el sabroso calor de sus labios y la delicada invasión de su lengua. Sus manos incursionaron en mi entrepierna y las mías recorrieron sus hombros y su espalda. El beso continuaba y el roce de nuestros vientres tuvo que abrir paso a la presencia de las vergas que no habían podido (ni querido) mantener la discresión. Eso es algo que, muy a pesar de mi vasta experiencia, sigue conmoviéndome como el primer día: la resolución y el empeño con que el pene impone su rigor, ignorando (muchas veces a conciencia) los deseos y necesidades de su supuesto dueño. Supuesto porque no es cierto que el hombre sea “dueño” de su pene, del mismo modo que no lo es de tantos otros órganos que funcionan ajenos a su voluntad. El pene se gobierna solo y eso es lo maravilloso: ¡No nos deja mentir! La piel y el ritmo cardíaco son sus cónmplices, pero el pene erecto es la prueba irrefutable de que lo que está sucediendo es placentero. Y si no lo es, nada ni nadie es capaz de obligarlo a demostrar lo contrario. Claro que en mis relaciones con Sony esto último nunca sucede (o al menos nunca ha sucedido hasta el momento). Sony tiene una manera de acercarse, de besar, de respirar sobre la piel desnuda, de acariciar, de entregarse, que lo transforman en un ser único, un chico que destila sensualidad en cada gesto, una sensualidad que no tiene nada de afectado. No es una diva fatal como las que solemos ver en las películas, esas que miran con aire felino y tienen calculado cada uno de sus movimientos. Muy por el contrario, Sony es un ser natural que solo te mira, diáfano y sencillo, y el deseo de besarlo es incontenible. Muchos me lo han dicho y yo lo sé mejor que cualquiera de ellos.



Mis manos descendieron hasta sus nalgas y las exploraron con placer meticuloso… ¡vaya la coincidencia entre la palabrita y mis intenciones, juas! Él no lo dijo en ningún momento, no lo necesitaba: su piel erizada era muestra de sus deseos. Disfrutaba mis caricias. No caben dudas de ello. Sus caderas hacia atrás buscando mis manos. El gesto vampiresco de sus labios en mi cuello. La agitada frecuencia de su resuello. Poco a poco, fue inclinándose ante mí, recorriendo mi pecho y mi vientre hasta instalarse frente a la impaciencia de mi erección. Tampoco fue necesario decir nada: el sexo es un lenguaje que no precisa de palabras. El agua tibia también recorría nuestros cuerpos y el vapor del entorno creaba un ambiente como de ensueño. Luego de una prolongada atención a mi entrepierna y urgido por un deseo devenido en necesidad extrema, Sony se puso de pie y apoyándose de manos en la pared, ofreció la ardiente predisposición de su trasero a la rigidez incontenible de mi verga. Sin hacerme rogar, lo penetré con prudencia. Mi excitación era tal que no podía darme el lujo de dejarme llevar, si pretendía que aquella tensión se extendiera en el tiempo para satisfacer plenamente a ambos. Todo cuerpo se hizo eco de la invasión. Un estallido de gozo que se fue intensificando a medida que yo entraba y salía. Mis caderas iniciaron su danza circular y mis piernas su mecánico sube y baja, apoyadando con firmeza mis pies junto a los de él. Mi torso volcado sobre su espalda y mi boca buceando en su cuello y en su nuca completaban el cuadro del placer. Ahora que lo pienso, la imagen de nuestros cuerpos sumidos en el sexo ha de ser sublime. Y no es inmodestia. Es simple certidumbre de que nuestra unión irradia felicidad. Solo eso.


Cuando acabamos, permanecimos el resto de la tarde en la cama, abrazados, mirando tele y disfrutando nuestra intimidad. Una preparación especial para lo que nos esperaba esa noche: el primer trabajo juntos. Uno de mis viejos clientes lo conoció por casualidad y quiso una sesión conjunta.

– Yo te advierto de una cosa: -me dijo Sony con mucho fastidio- al más mínimo estornudo del tipo ¡me hago humo!

Si tengo tiempo y ganas, ya les contaré los detalles de aquella desastroza experiencia...

Remodelaciones


Como podrán ver, he renovado la decoración del blog. Confieso que no fue idea mía pero sí me he inspirado para que quedara lo mejor que posible.

Todo comenzó hace unos días, cuando llegaron los obreros que contraté para redecorar mi departamento. Esa sí fue idea mía. El empapelado ya necesitaba un recambio y los muebles, un respiro. Sobre todo el sofá del living, que ya estaba desvencijado a fuerza de tanto fuki-fuki, juas. Sin embargo, hay cuestiones en las que soy conservador y las paredes seguirán siendo blancas, como corresponde, lo único que ahora en vez de estar empapeladas lucen un sensacional acabado en yeso que me calientaaaaaa, jajajajaja. Compré un nuevo sillón de tres cuerpos, tapizado en cuerina negra (en esta casa se coge demasiado como para tener tapizados de pana, juas) y mandé a lustrar todos los demás muebles en tonos oscuros, de manera que hicieran contraste con los muros. Un par de cuadros por aquí y por allá y todo quedó muy pero muy bien.

Antes de que vuestras calenturientas cabecitas estallen de excitación les adelanto que ninguno de los obreros contratados estaba para darle. Me esmeré particularmente en que eso fuera así. Con tanto puto en la casa, si dejo entrar un chongo cogible lo que menos hubiera hecho hubiese sido trabajar. Y la idea no era esa. Los elegidos fueron tres tipos que me recomendó Horacio, el portero del edificio, que fue en verdad quien me advirtió sobre la conveniencia de que los trabajadores fueran “impresentables”. Y la elección fue la correcta. Fue poco más de un mes y medio de trabajo entre polvo, golpes y cascotes, albañiles, plomeros y pintores, que dieron sus frutos: el depto ha quedado hermoso y como nuevo.


Cuando llegaron los obreros, Sony (que acababa de despertarse) se horrorizó.

– Ay, ¿de dónde sacaste a estos gorilas prehistóricos? -me reclamó.

– ¡Callate! Que más de un cavernícola te habrás comido cuando laburabas en la calle…

– ¡Atrevida! -me espetó con los brazos en jarra y poniendo cara de ofendido- Te gusta meterme el dedo en la llaga, justo donde más me duele… snif.

Me acerqué por detrás y lo abracé tiernito, lo besé en la nuca y le susurré al oído:

– Mmmm… Más me gusta meterte otra cosa, juas… Y si te enojás así otra vez, los echo a todos y te revuelco furiosamente entre las sábanas…

En ese momento, justo en ese momento, entró Florencio, el mayor de los albañiles, y con cara de “esto va a ser un trabajo muy duro” me preguntó dónde ponían los muebles de la sala para que no se dañaran. Era obvio que ya estaban advertidos sobre nuestras “peculiaridades hogareñas”, juas.

Después de dictar las directivas generales, Sony y yo bajamos a desayunar (imposible hacerlo en casa) y fue en la confitería donde a él se le ocurrió la idea de redecoración total.

– ¡Claro! Al blog lo tenés bastante abandonado -me dijo-. Yo te puedo dar una mano de tanto en tanto, subiendo algún videíto o escribiendo alguna que otra boludez, pero la mano maestra es la tuya. Si vos no escribís, no sirve.

– Pero me insume mucho tiempo y no siempre tengo gamas de sentarme frente a la compu a escribir. Vos sabés que no soy un adicto a la máquina.

– Sí lo sé, pero lo que hacés es muy bueno y sería una pena que lo abandonaras. No al pedo tenés tantos lectores. Y seguro que serían muchos más si te pusieras un poco las pilas…

– Todo lo que quieras, pero la pregunta acá es “¿para qué?”. Yo tengo facilidad para calentar a la gente con lo que escribo pero eso ¿le sirve a alguien?, ¿me sirve a mí?

Sony permaneció en silencio unos instantes y después respondió con una lucidez que (ahora que lo recuerdo) me deja pasmado.

– El “para qué” yo no lo sé. Pero de algo debe servir porque hay mucha gente que está esperando tus cuentos. ¡Preguntales! ¡Que te digan los propios lectores qué es lo que les gusta de lo que escribís!… Y a vos te debe servir en algo, si no, no lo harías… o no lo harías tan bien.

Me dejó pensando con la medialuna en la mano, juas.

– Ta bien, pero…

– Pero ¿qué?

– Algo tiene que cambiar. Hay algo que no me da satisfacción en este asunto del blog… No sé qué será, pero últimamente siempre hay algo que me frena.

– Es que te lo tomás como una obligación.

– Continuá.

– Fijate lo que te pasa con el laburo: a vos te gusta coger más que a nadie pero a veces te han llamado para laburar y les dijiste que ya estabas ocupado cuando no era así. Te podés dar el lujo de trabajar cuando querés y eso te da una libertad que no se paga con nada. Para vos el laburo no es laburo. ¿Me explico?

Se explicaba.

– Además, yo creo que tendrías que darle una lavada de cara…

– ¿?

– Sí, una lavada de cara. Hace un montón que armaste el blog y nunca lo renovaste. Esa imagen que le pusiste en el encabezado es una cagada. Lo dijiste más de una vez y nunca la cambiaste. Sería bueno que le cambiaras un poco el aspecto…

Y por ahí empezamos.

Esa misma tarde, cuando regresamos a casa después del almuerzo (sí, la charla fue mucho más extensa y nos sorprendió el mediodía), nos encerramos en el dormitorio con la laptop y pusimos manos a la obra. Lo primero fue encontrar una nueva plantilla, una que me dejara satisfecho. Yo quería una de tres columnas y después de muuuuucho buscar encontramos una muy bonita. Desde la sala llegaban las voces y los ruidos de los albañiles, que quitaban el papel de la pared y demolían el tabique que dividía la sala del comedor.

– Una vez tuve una historia con un albañil -me comentó Sony desde la nada.

– ¿Con uno solo????

– Bueno… Estoy hablando de la “primera” historia con un albañil, je.

Lo recordaba muy bien. Se llamaba Eduardo, tenía diecinueve, estaba juntado con una mina, tenía una hijita y jugaba al rugby (cuando Sony mencionó este detalle, instintivamente se me hizo agua la boca, juas). No tenía trabajo fijo y ayudaba al padre en su oficio de albañil. A pesar de su corta edad, tenía un físico privilegiado y “todo cubierto de pelos!!!!!”.

La madre de Sony los había contratado para que construyeran una habitación extra para mi amigo. Su hermanito menor ya había cumplido los doce, Sony ya tenía dieciseis, y los padres creyeron pertinente separar los cuartos. En realidad la cosa fue mucho más complicada y sórdida, pero eso lo dejaremos para otra oportunidad, si se da la ocasión y Sony me da permiso para contarlo.

El caso es que los dos albañiles, padre e hijo, llegaron una mañana y se pusieron a trabajar. Era un lunes y Sony estaba en el colegio. Cuando regresó a la casa, después del mediodía, los vio, pero no les prestó mayor atención, salvo que el jovencito no tenía para nada pinta de obrero de la construcción. En realidad, no se tomó el tiempo de mirarlo con mayor atención y solo le pareció que se trataba de un chongo con buen culo. Es que llevaba puesto un mameluco azul tres talles más grande que él y eso favorecía la indiferencia. A media tarde, Amanda, la madre de Sony, le pidió que les alcanzara una jarra de jugo fresco y entonces pudo prestarle mayor atención al chico. Era medio gordito, de carita redonda y con barba crecida de varios días (muy parecido al chongazo que aparece en las fotos de mi anterior relato, fíjense). Lo que más le llamó la atención fue la sonrisa (por esa época, mi amigo guardaba todavía cierto romanticismo, juas) y la sensación que experimentó entonces fue tan fuerte que se puso colorado y se retiró muy nervioso. Se encerró en el cuarto y tuvo una erección, pero al poco rato entró su hermano menor y toda posibilidad de paja se hizo humo. ¿Qué podía hacer? Le dio un poco de miedo porque sintió una necesidad irrefrenable de asomarse a la obra. Tan irrefrenable que no pudo resistirlo.

Eran las tres de la tarde y el sol de abril todavía calentaba. El chonguito trabajaba como si Sony no estuviera allí. Era lógico. Sony, entretanto, trataba de descubrir bajo la tela del mameluco alguna forma que le permitiera alentar sus nuevas fantasías. Pero nada. Esa cosa que el falco llevaba puesta tenía que haber sido del viejo, que estaba bastante entrado en carnes. Sin embargo, el calor hizo lo suyo y pronto el chongo empezó a desabrochar los botones de su pecho. Con mucho disimulo y precaución, Sony alcanzó a ver los vellos enrulados que aomaban entre la tela. Hasta entonces, mi amigo contaba aun pocas experiencias y nunca había estado con un chico peludo, lo cual desbandó todos sus ratones. Pero había demasiados inconvenientes: estaban en el hogar paterno, Amanda y su hermano estaban siempre en casa y el chongo parecía muy chongo.



Acá hago un paréntesis en el relato y acoto que nunca debemos dejarnos llevar por las apariencias cuando de chongos se trata. No siempre los más machos le rehuyen a la pija y, muchas veces, el que empieza soplando la nuca termina modiendo la almohada.

El primer día no pasó nada, como era de esperar. Pero el segundo día hubo un cruce de miradas. Sony dice que no, pero yo estoy seguro de que su mirada dejó bien en claro cuáles eran sus intenciones. Puedo imaginarlo con la carita de “yo no fui”, sonriendo y mordiéndose la puntita del dedo índice, como excusa pra dejar entrever la puntita de la lengua. ¡Una puta consumada ya a los diciséis! juas.

Llegó el miércoles y, cuando Sony regresó del colegio, los encontró en medio del patio comiendo unos sanguches de queso y salame. La sorpresa fue el nuevo atuendo: el chonguito ya no llevaba el mameluco sino una remera rotosa y bermudas de jean que dejaban al descubierto sus pantorrillas velludas y musculosas. El shock fue muy fuerte para mi amigo. La noche anterior, se había hecho tres pajas pensando en el albañil. Entró en la casa y Amanda se dirijía hacia el patio con una nueva jarra de jugo. Sony prácticamente se la arrebató de las manos y fue él mismo el que la llevó.

– Gracias, chabón -le dijo el chonguito (con una sonrisa que a Sony le pareció de ensueño) y al tomar la jarra las manos se rozaron levemente.


Sony tuvo una erección instantánea y tuvo que refugiarse en el baño. El chonguito tenia las manos rasposas y la sola idea de ser apretado por ellas le hacía volar la sesera. Después de la comida, mi amigo volvió al acecho y otra vez se cruzaron las miradas. Esta vez con un poco más de detenimiento. Y a la hora de finalización de tareas, fue llamativa la aparición del chonguito en la puerta de la cocina, donde Sony trataba de concentrarse en la trama de la telenovela, con el torso descubierto y solicitando un poco de jabón para higienizarse antes de irse. ¡El obrerito era todo lo que Sony había imaginado y mucho más! Tanto que al verlo con todos esos pectorales impunemente expuestos se fue hacia atrás con silla y todo… ¡Y entonces sucedió lo inevitable! Al ver a Sony en el suelo, el albañil se acercó para ayudarlo a levantarse, le aferró por los sobacos y lo elevó como si fuera un bebé.

– ¿Te lastimaste? -le preguntó.

Y Sony solo pudo negar con el gesto. Se había quedado sin palabras al tenerlo tan cerca. Entonces se hizo el mareado y (muy zorramente) apoyó sus manos en los hombros del albañil, lo cual motivó que éste lo tomara por la cintura y… ¡zas!… entró nuevamente el hermanito menor, que miró a los dos con ciertas sospechas, pero no dijo nada.



Esa noche, Sony no pudo dormir. Estaba tan caliente que las pajas no le alcanzaban. El amanecer lo sorprendió recreando en su mente la fuerza con que aquellas manos lo habían levantado y la sonrisa con que se había despedido, después de que fueran interrumpidos.

El jueves fue de terror. En la escuela no pudo concentrarse en nada y tuvo que luchar contra el cansancio durante toda la mañana. Regresó después del mediodía con muchísima ansiedad. Encontró a los albañiles como el día anterior, comiendo en el patio. El chonguito llevaba la misma remera rotosa pero esta vez había cambiado las bermudas de jean por unas bermudas de baño color amarillo. Durante toda la tarde, Sony trató de entrar en contacto pero el objetivo de sus desvelos no se daba por aludido. Les llenó la jarra de jugo en tres oportunidades, rondó por el patio con cualquier excusa y trató de sacar conversación… pero en general la charla era encarada por el padre y no por el hijo, que se limitaba a sonreir… típica estratagema del histérico. Cuando llegó la hora de retirarse, Sony les alcanzó el jabón. El chonguito se había quitado la remera y se estaba lavando con ayuda de una manguera. Yo opino que estaba todo calculado: el agua había mojado la bermuda y, como era de esperar, la tela se adhirió sugerentemente a su cuerpo, trasluciendo además el diminuto slip negro que llevaba debajo y dejando bien a las claras la redondez de sus nalgas. El rostro de Sony se encendió y tuvo que bajar la mirada. El chongo se dio vuelta y sus ojos se clavaron en el bulto… con lo cual mi amigo sopesó la conveniencia de retirarse. Por suerte no lo hizo y, entre chanza y chanza en relación a la prominente panza del padre, sin ningún tapujo el chonguito se quitó las bermudas. Sony creyó que se desmayaba y el choguito lo advirtió. Inmediatamente se puso el jean que había guardado en su bolso y, antes de Sony pudiera tomar conciencia de lo que estaba sucediendo, le apretó la mano y lo saludó hasta el día siguiente.

Huelgan las palabras acerca de la calentura que Sony padeció aquella noche. Pero los padecimientos encontraron una cierta esperanza a la mañana siguiente, durante el desayuno.

– Hoy no vas a poder ir a la clase de gimnasia porque tenemos turno con el pediatra -le recordó Amanda a su hermano menor.

Y así fue: a las tres de la tarde del viernes, solo quedaron en la casa Sony y los dos albañiles. El choguito seguía simpático y exhibicionista y todo seguía tal cual había sido hasta el momento. Todo igual: las jarras de jugo, las conversaciones forzadas, el jabón, la bermuda mojada… Hasta que los dos albañiles se retiraron y Sony se quedó solo en la casa, ahogado en leche y sufriendo porque ya no lo vería hasta el lunes siguiente.

Estaba al palo. Tanto que le dolía la pija y le palpitaba el culo (si se me permite la grosería). Entonces sonó el timbre.

¡Era el chongo!

– Me olvidé el reloj -dijo simplemente.

Sony le abrió la puerta con mucha ansiedad. El chongo entró y se quedó mirándo a mi amigo sin tomar iniciativa alguna. Sony tampoco. Y así pasaron algunos minutos… hasta que el chongo se llevó la mano a la entrepierna…

Lo demás es más que obvio. En el más absoluto silencio, chongo se sobó la verga hasta que la erección fue indisimulable y, como Sony no reaccionaba, le tomó la mano y la guió hasta su entrepierna. Así fue como Sony pudo constatar por primera vez su dureza pero seguía tan estático que el chongo necesitó ser más explícito con sus gestos para que la accion avanzara. Con una mano bajó el cierre de su bragueta y puso la otra sobre la cabeza de Sony para animarlo a agacharse. ¡Y entonces sí se despertó el monstruo! O los monstruos: el que salió de dentro de la bragueta del chongo y el que surgió de las entrañas de mi amigo, el gran mamador.

De rodillas, Sony se comió la verga del flaco con tanta gula que el albañil se sorprendió y, sin duda, en algún momento habrá temido por la seguridad de su falo. El silencio de la casa solo se veía interrumpido por el chup-chup de la mamada. Luego se sumaron los jadeos del chongo, a medida que la excitación se hacía más incontenible.


El gran mamador estaba tan concentrado en su tarea que no advirtió el clímax de su compañero y la acabada le llenó la boca de manera intempestiva. Un néctar agridulce y generoso, cuyo sabor permaneció en su recuerdo durante mucho mucho tiempo.

Aquella tarde, el chonguito acabó y se fue, así como así, con apenas un “gracias” de compromiso. Ni siquiera se llevó el reloj que había “olvidado”. Sony trató de recrear las condiciones para que pudieran volver a encontrarse a solas, pero fue imposible. Y así llegamos al día de hoy, en que le gustaría reencontrarse con aquel albañil de diecinueve años, padre de una hijita, que nunca llegó a cogérselo.

Por eso, para que no se sintiera frustrado, después de redecorar el blog, una vez que Florencio y su troupe se hubieron marchado, le hice un servicio de lujo, juas.

Reencuentro (2da parte)


Después de semejante relato, el ambiente había quedado más que caldeado. A pesar de que el aire acondicionado mantuviera una temperatura constante de 22ºC, ya todos estábamos con el torso desnudo. Incluso Joao había quedado con solo un escueto boxer de lycra, que le marcaba la verga semierecta y echada hacia la izquierda. Si se miraba con atención, se podían percibir hasta las gruesas venas, cargadas de pura energía. En más de una ocasión, mientras Sebys y Leandro relataban su historia de las lamparitas, Joao se había manoteado el bulto sin ningún disimulo (no tenía caso guardar esos reparos entre nosotros) y también Federico colaboró con la tarea. La pija del curitibeño se hinchaba y se imponía testaruda a la ajustada tenacidad de la tela. El negro sonreía entonces con una doble satisfacción: la propia de su notable pene erecto y la del orgullo de saber que no pasaba desapercibido para ninguno de los presentes y despertaba el deseo en todos nosotros, por más que fuera un “viejo conocido”.

Todos estábamos calientes y me preocupaba que todavía no hubiéramos comido el postre. Me había llevado mucho tiempo prepararlo. Primero, salteé unas rodajas de banana con una copita de mistela. Luego batí unas yemas y preparé un exquisito sambayón con el que hice un leve colchón en el fondo de cada copa. Sobre él, coloqué las rodajas de banana, en posición vertical y formando un círculo en forma de rayos. Copa por copa. En el medio, una frutilla sazonada en mistela, y finalmente el resto del sambayón hasta el tope de la copa. Para decorar y antes de enviarlas a la heladera, cuatro triángulos de kiwi y dos puñados de arándanos frescos entre ellos. Demasiado trabajo para que mis hermosos orangutanes terminaran utilizando mi creación como lubricante anal.

– ¡Bueno, bueno! ¿Quién me ayuda a servir el postre? -vociferé batiendo palmas con la intención de cambiar el clima.

– ¡Yo te ayudo! -reaccionó Leandrito dando un salto e imponiendo ante nuestros ojos la firmeza de su metro ochenta. O sea: cualquier artilugio de mi parte para disipar la tensión sexual reinante era totalmente inútil.

El pendejo era de catálogo. Piel cetrina, espaldas anchas, brazos fuertes, pectorales finamente insinuados y cubiertos por una delgada mata de vello oscuro y enrulado que marcaba una punta sobre el ombligo, luego de atravesar las sinuosidades del abdomen. Para nosotros, sin duda, ese era su mayor atractivo. En nuestro medio, lo habitual es la depilación. Está impuesta la creencia de que a los clientes les gusta más así. De modo tal que la presencia de un especimen tan “al natural” representaba un condimento muy diferente a lo que estábamos habituados. Aunque, tampoco había que menospreciar sus demás atributos. Leandro tiene un rostro muy singular. sus facciones finamente aindiadas, en conjunción con una expresión casi infantil en la mirada, le conferían un atractivo difícil de emular. Sus piernas son robustas y sus pies… (ya se sabe que soy fetichista de los pies)… elegantes y firmes.

Sin embargo, no vayan a creer que se trata del chico diez. A mi juicio, el más destacable de sus defectos es su voz. Parecerá curioso e increíble, pero en cuanto lo vi lo primero que me vino a la mente no fue preguntarme si la tendría grande. Lo que imaginé en ese momento fue que tendría una voz grave y profunda, como de locutor de radio. Fue una desilusión escuchar su vocecita chillona y ceceante. Por otra parte, usa lentes de contacto por simple coquetería y aquella noche lucía unos color verde que le daban aspecto de muñeco KEN.


Ya en la cocina, inicié mi interrogatorio a quemarropa mientras preparaba una séptima copa (Leandro no estaba en la lista de los comensales).

– ¿Así que nunca entregaste el culo?

Se quedó atónito. No sabía qué responder y se vio obligado a forzar una sonrisa. Titubeó:

– No… ¡No!… ¡Yo no soy puto!!!!!

Yo terminé de cortar los triangulitos de kiwi y le ofrecí el resto de la fruta. Como si tal cosa… Decoré la copa con total parsimonia y finalmente proseguí la charla:

– Pero te cogiste a Sebastián.

– Sí… porque me hizo un pete y después se me ofreció.

– Y ¿te gustó?

– Sssssí… Tiene un buen orto tu amigo… Se le abre de nada ¿viste?

– ¡Ja! ¡Decímelo a mí!

– Es raro… Nunca me había pasado.

– ¿Qué cosa?

– Que me guste culearme un puto.

– Entonces ya habías cogido con un tipo antes.

– Una vez.

– Ajá.

– En la secundaria.

– ¿Él también te hizo un pete y después se te ofreció?

– Exacto.

– Lo supuse.

– Pero era un favor que yo le hacía.

– ¿Cómo es eso?

– Él me hacía los trabajos prácticos del cole y yo me lo garchaba una vez a la semana.

– ¡Ah, entonces lo hicieron más de una vez!

– Bueno… sí… durante todo el quinto año.

En ese momento, entró Sebys, cortando el clima confesionario:

– ¿Qué está pasando acá? ¿Me querés birlar el chongo? -bromeó.

Entonces regresamos a la sala, donde todo estaba ya al límite del desborde. Juaco, Fede, Sony y Joao estaban ovillados en el sillón blanco y daba trabajo descubrir donde terminaba uno y comenzaba el otro, en medio de un coro de risotadas. Tan entretenidos estaban, riendo y metiéndose mano, que no advirtieron nuestro regreso con el postre. Tuve que alzar la voz para que salieran de esa especie de jocoso trance.

– ¡Y bueno! -se excusó Juaco- Si ustedes se van a darle a la lengua a la cocina, nosotros nos tenemos que entretener con algo…

– Y ¿se puede saber qué estaban cuchicheando tanto en la cocina?

Abrí la boca para decir un chiste, pero Leandro se me adelantó con una confesión:

– Le contaba a Ezequiel que nunca entegué el culo…

Risotada general mientras yo repartía las copas y al son de “¡Que muestre! ¡Que muestre!”. Y Leandro, sin demasiada timidez, mostró. Se puso frente a todos, nos dio la esplada y lentamente fue bajándose el jean hasta que el magistral culo quedó expuesto, aunque bajo la delicada tela de un boxer blanco. Algarabía general. Chiflidos de calentura. Gritos desmesurados. El culo de Leandro había despertado ente nosotros el más puro espíritu baboso. Todo fue muy fugaz. Antes de que pudiera pestañear ya se había subido nuevamente el pantalón. Sin embargo, la imagen quedó grabada en la retina de todos nosotros y el tema de conversación no se apartó entonces de su trasero.

– ¿Nunca entregaste el culo? ¿Nunca, nunca? -inquirió Juaco con no pocas dudas.

– Nunca, nunca.

– Es un desperdicio… -concluyó Federico y todos reímos.

Sony fue al grano.

– Pero la pregunta es: ¿tenés ganas de entregarlo?

– ¡Nooooo! -fue la reacción instantánea de Leandro- ¡Yo no soy puto!

Y volvimos a empezar con la charla de la cocina. Todos empezaron a acosarlo con preguntas acerca de su idea de lo que es y no es ser puto. Nada que valga la pena reproducir en estas líneas. El nene está muy pero muy bueno desde el exterior pero dentro de la sesera parece tener un vacío insalvable. Afortunadamente, todos estábamos lo suficientemente calientes con él como para dar importancia a sus palabras, porque en verdad muchas de sus creencias rondaban desagradablemente en la homofobia más rancia. Fue así como Sony (que tratándose de sexo no da puntada sin hilo) fue llevando la conversación hacia el terreno que más le interesaba. Aunque su éxito fue relativo porque terminamos en un campo más interesante para Joao y para mí que para él mismo. En un momento de la charla, Sony preguntó:

– ¡Entonces lo que más te gusta es que te la chupen! ¡Nosotros podemos ayudarte con eso!

Todos volvimos a reir pero era más por calentura que por humor. Leandro se agarró el paquete, puso trompita e hizo un gesto de negación muy pícaro:

– Pero a mí me gusta que se la traguen toda… Y no todos pueden…

Nos miramos sin entender del todo a lo que se refería.

– Es que es muy grande -aclaró.

– Y ¿dónde está el problema? -quise saber.

Leandro y Sebys se echaron una mirada cómplice y fue mi amigo el que asumió la responsabilidad de evacuar nuestras dudas.

– Es MUY grande.

Entonces todos quedamos con la boca abierta. Si Sebys decía que era muy grande era porque en realidad era MUUUUUYYYYY grande.

– ¿Tanto?

Sebys respondió que sí con la cabeza. Y una sonrisa.

Sin pensarlo, dejé mi copa vacía sobre la mesita ratona y me arrodillé frente a Leandro, sentado sobre mis talones y las manos en la entrepierna (la mía). Las ideas iban acomodándose lentamente en mi cabeza y los demás no decían ni una palabra entre tanto. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Leandro me miraba fijamente a los ojos y yo trataba de indagar si lo que me estaban diciendo era realmente así.

– A ver… ¿de qué tamaño estamos hablando?

Leandro enfrentó sus palmas a una distancia de algo más de veinte centímetros.

– ¿Gruesa?

– También.

– Quiero ver.

El pendejo se quedó callado. No puedo creer que no haya previsto que aquella conversación terminaría de ese modo. Noté cierto rubor en sus mejillas cobrizas. Miró a Sebastián como pidiendo ayuda y mi amigo se limitó a alzar los hombros y a sonreir tontamente. Todos los demás quedaron expectantes. Hasta que la timidez de Leandro cayó vencida y con un simple movimiento desabrochó el botón de su cintura y tiró con ambas manos de la tela para que los demás botones soltaran a la presa. Un rápido movimiento de caderas y el jean quedó por debajo de las nalgas. Finalmente un gesto con la mano derecha deslizó el borde del boxer blanco y el falo quedó expuesto ante nosotros como una suave morcilla vasca. Nadie dijo nada.

– No es tan grande -aventuró Fede después de unos largos segundos.

Leandro no respondió. En su lugar, comenzó a sobar el miembro y poco a poco fuimos viendo cómo tomaba entidad frente a nuestros ojos el ideal de la superverga. Transcurridos algunos minutos, lo que Leandro llevaba entre las piernas se había transformado en una fabulosa pija que nos hizo babear a todos. Claro que la emoción del momento nos llevaba a confundir las cosas (después, con mayor tranquilidad, recordé alguna verga más grande que la de él, la de un cliente dominicano que me contrató el año pasado, tras estar con él tuve que untarme el culo con crema desinflamatoria; es lo más grande que he probado) pero la de Leandro no tiene nada de qué avergonzarse. Gruesa. Enorme. Y con una cabeza gorda y lustrosa de un bordó palpitante.

– ¿Te la tragarías toda? -me desafió el pendejo.

Y como no soy de los que se amilanan ante los retos imposibles, redoblé mi apuesta:

– Y si me la trago toda, ¿vos me entregás el culo?

Los ojos de Leandro se abrieron desmesurados. Se ve que la idea no había pasado jamás por su cabeza. Se quedó en silencio unos minutos (los demás presenciaban nuestro duelo conteniendo el aliento), miró nuevamente a Sebys en buscá de consejo (pero éste volvió a alzarse de hombros con una sonrisa burlona) y finalmente tomó una decisión:

– Trato hecho -y buscando una vez más la complicidad de Sebys le dijo- Total estoy seguro de que va a perder, ¿no?

– Yo creo que vos tenés ganas de que rompan el orto.

Y todos rompieron el silencio con una risotada que tenía mucho de tensión contenida.

Yo puse mis condiciones. Lo primero era ponernos en bolas para estar más cómodos. La idea era tragármela toda pero no comérsela hasta hacerlo acabar, de modo que en cuanto mis labios rozaran su vello púbico la prueba debía darse por superada. Él estuvo de acuerdo, se quitó la ropa por completo y se prestó a seguir mis indicaciones. De ahí en más, el que mandaba era yo.

Después de desnudarme, le pedí que se tendiera de espaldas sobre la alfombra. Era un verdadero espectáculo verlo allí, tan bello y largo como es. Tal vez fueran nervios, pero la verga había vuelto a perder turgencia. Lo observé nuevamente y no la vi tan pequeña. Probablemente me había metido en un brete pero ¿qué podía perder? En su dilema por la posibilidad de entregar el rosquete, el pendejo se había olvidado de plantear sus exigencias en el caso en que yo no pudiera cumplir con mi parte del trato. ¿Qué podría pedirme? ¿Que fuera yo el que le entregara el culo? ¡Vaya problema! Estaba más claro que el agua: yo tenía todas las de ganar.

Ya tendido él sobre la alfombra, me acomodé entre sus piernas y tomé la pija por primera vez entre mis manos. Estaba flácida pero igualmente daba gusto tocarla. Además tenía un olor muy agradable. Retiré el prepucio y puse manos a la obra. Mejor dicho: lengua a la obra. Le lamí el glande con extrema suavidad y el pene dio su primer respingo. Una oleada de sangre lo recorrió prestamente y empezó a tomar volumen. Continué la lamida de la base del glande con un movimiento circular. Se le empezó a poner dura y eso me dio gusto… NOS dio gusto, a todos los presentes. Como noté que respondía, seguí con los lametones, acompañandolos con suaves caricias en el perineo.

Transcurridos algunos minutos, la verga había alcanzado todo su esplendor… ¡y vaya que era esplendorosa! A ojo de buen cubero, superaba los veinte centímetros que Leandro había sugerido con el gesto de sus manos. Pero lo más notable era su grosor: era una verga larga y gruesa, surcada de venas violáceas que resaltaban el tono oscuro de su piel. Mi propia verga estaba henchida de placer y tanto era el gozo que no quise tocárnela por miedo a acabar antes de tiempo y arruinar la sesión (es una de las técnicas que empleo cuando estoy con un cliente: ya sea que se la esté chupando o que él me esté cogiendo, salvo que me lo pida expresamente, jamás me pajeo cuando estoy trabajando). Los demás no se quedaban atrás tampoco. Ya todos se había puesto en pelotas y se tocaban entre ellos sin despegar los ojos de mi boca y de la pija de Leandro.


Así pues, todo estaba dado para que yo comenzara con la verdadera tarea en la que estaba empeñado. Sin ningún tipo de aviso, hice que el glande de Leandro traspasara los límites demarcados por mis labios y se internara en la tenue penumbra de mi boca. El pendejo exclamó un “GUAUUUU” y llevó su mano a mi cabeza con la clara intensión de presionarla hacia él. Estoy acostumbrado a ese tipo de reacciones y supe atajarlo antes de que su palma entrara en contacto con mi cabello siquiera. Sin quitarme la pija de la boca, cambié la expresión de mi mirada en tono reprobatorio y desvié su mano con la mía. Él lo entendió y lo aceptó, de modo que llevó ambas manos a su nuca y se recostó con mayor soltura sobre el sofá. En la maniobra, intentó la clásica “empujadita” para que yo chupara más a fondo pero también pude anticiparme a sus pensamientos y mi cabeza describió el mismo movimiento de sus caderas. Sin embargo, el intento me entusiasmó; quería decir que mi trabajo estaba dando resultado y su calentura iba en aumento. Seguí entonces masajeando su glande con mis labios, sacudiendo suavemetne mi cabeza. De tanto en tanto, me inclinaba hacia delante para que la mamada fuera un poco más profunda (algún gustito extra tenia que darle al pobre pendex, juas). Él resoplaba con fuerza y todos suspiraban. Sin darme cuenta, la pija de Leandro fue adentrándose cada vez más en mi boca hasta alcanzar mi garganta. Al primer contacto sentí una leve arcada. Debía acomodar mi garganta al calibre de su falo y para eso necesitaba relajar lo más posible los músculos y expandir mis fauces. Para quien no sepa cómo se hace, es como bostezar. De ese modo, la poronga de Leandro fue encontrando su camino entre mis amígdalas y yo pude controlar la situación de manera que me fue posible también disfrutar de la mamada tan profunda. A nuestro alrededor, empezaron a vitorearme. Sin perder la concentración, con el rabillo del ojo vi que Federico aplaudía mientras se la lamía a Joao. Por su parte, Sebys le chupaba los pezones a Leandro mientras la lengua de Juaco se ocupaba de su culo. Sony era el único que se mantenía en su rol exclusivo de espectador… mientras se la meneaba y se metía dos dedos en el culo, por supuesto.

Todos perdimos la noción del tiempo. Pero todos recordamos ese instante en que mis labios sintieron las cosquillas del vello púbico de Leandro. Ni yo mismo podía comprender cómo había logrado que aquella enormidad se alojara con tanta comodidad en mi garganta. Pero lo cierto es que no era en absoluto una molestia. Antes bien, era para mí una fuente de placer no muy frecuente que se potenciaba con el griterío y los manoseos que inspiró mi hazaña. Todos reían y vociferaban sin miramientos. Todos menos Leandro.

En verdad no se había dado cuenta de que me la había tragado toda y, por consiguiente, de que él había perdido la apuesta. El disfrute era tan grande que había olvidado quizá el origen de aquel pete tan particular. Fue Sony el que se lo dijo a voz en cuello:

– ¡Perdiste! ¡Perdiste! ¡Ahora tenés que entregar el rosquete! Jajajajaja.

Al oirlo, Leandro abrió los ojos con expresión de pánico, me miró, comprobó que su verga estaba todavía por completo dentro de mi boca y su cara empalideció. Alguien tomó una foto de la escena con su celular, mi orgulloso semblante engullendo aquel portento y el gesto de pavor que invadió la (hasta minutos antes) concupiscente sonrisa del chonguito.

Se la chupé un poco más antes de pasar a la siguiente etapa. Estaba claro que mi garganta se había acostumbrado al tamaño de esa cosa y ya no ofrecía resistencia. Era un deleite extra sentir la caricia de su glande en mi garganta.

– Vas a tener que pagar tu deuda. -le dije finalmente.

Miró a su alrededor y solo vio rostros de entusiasmo ante su derrota. Solo Sebastián lo contemplaba con expresión de “te lo dije”.

– ¿Ahora? -me preguntó.

– Ahora. -le respondí.

No obstante, no soy un sádico y no me interesaba hacerlo pasar por una experiencia desagradable. Estaba dispuesto a olvidar el asunto. Pero Leandro, con una decisión que no esperaba, se puso de pie y luego se arrodilló sobre el sofá, dándome la espalda y exponiendo ante mis ojos todo el esplendor de sus nalgas.

– ¿Estás seguro? -le pregunté, a lo que él respondió solo con un además afirmativo de su cabeza.

Escondió su rostro contra sus antebrazos cruzados sobre el respaldo del sillón y puso su culo en pompa para que quedara más expuesto. La algarabía volvió a estallar. Federico era el más entusiasta, con la verga de Joao todavía entre las manos gritaba “Que se la meta, que se la meta” como si se tratara de un cantito de cancha.

La suerte estaba echada pero igualmente quise ir despacio. La primera vez debe ser siempre una experiencia que nos guste recordar y yo estaba dispuesto a que fuera de ese modo para Leandro.

Su culo era algo especial (¿ya lo dije?). Sus nalgas pulposas y velludas ocultaban el centro de placer que pronto mi lengua y mi pija desvirgarían. Comencé por acariciarlas con extrema suavidad al tiempo que me arrodillaba frente a ellas. Luego acerqué mis labios y las besé casi con cariño. Mi lengua se coló entonces en el interior del surco pero sin llegar al fondo. Leandro exaló un suspiro y supe que iba por el buen camino. Sony se prestó voluntariamente a participar en la tarea de “ablande”. Con sus manitas delicadas, se ubicó tras el sillón y empezó a masajear pausadamente los hombros del pendejo. Yo aparté sus nlagas con ambas manos y su deseado hoyito quedó expuesto ante mis ojos, oscuro y apretado entre el matorral de vellos renegridos. Me chupé el pulgar y lo deslicé por la raja. Su cuerpo se sacudió ante el contacto. Su ano se frunció todavía más. Comprendí que necesitaría mucha paciencia. Por eso volví a ensalivar mi dedo y proseguí con mi masaje. El primer gemido no tardó en surgir de entre sus labios, tímido y contenido. Es algo inevitable. No saben muchos héteros lo que se pierden por no dejarse dar un buen masaje en el culo. Sony insistía con los masajes y daba resultado la estrategia. Los músculos de Leandro se iban distendiendo de a poco.

El alborozo general iba en aumento. Federico ya se la chupaba al morocho y Juaco se había instalado en su trasero para hacerle el honor con su lengua experta. El único que se mantenía expectante era Sebastián, un tanto anonadado por la atención que le estábamos propinando a su “amiguito”. Sin embargo, no era enojo lo suyo. En cierto sentido, me miraba con admiración. Tal vez por haber logrado en tan poco tiempo lo que él no había logrado en días. De pronto, sin decir palabra, se aproximó a mí, tomó mi cara suavemente y me besó en los labios. Curioso gesto. Si bien eran habituales los besos tiernos entre nosotros, aquel en particular fue especial. Luego me sonrió y, siempre en silencio, se quitó la ropa que le quedaba y se acomodó a mi espalda con la verga bien parada. Mientras yo continuaba sobándole la raja a Leandro, Sebys me apoyó por detrás y rodeó mi vientre con sus brazos. No sé en qué momento lo hizo (Sebys tiene cierto arte para esas cosas) pero su glnade estaba perfectamente lubricado, de manera que cuando empezó a penetrarme no halló resitencia. Y al tiempo en que su poronga se internaba en mis entrañas, casi por impulso, mi dedo se clavó suavemente en el culo de Leandro. El pendejo emitió un quejidito, creo yo que más por sorpresa que por dolor. Su esfínter aprisionó mi dedo como no deseando que lo sacara. Un beso húmedo de Sebys en mi nuca, me animó a mover mi dedo al ritmo en que él se movía dentro de mí.

Sorprendidos quedamos todos cuando descubrimos a Leandro con la verguita de Sony en la boca. Sobre todo el mismo Sony que no estaba muy habituado a ese tipo de trato por parte de un extraño. ¡El pendejo se la estaba chupando! Fue entonces cuando Sebys me dio la orden al oído:

– Cogételo.

Y yo no dudé. El esfínter de Leandro ya estaba bastante relajado y mi pija por demás urgida. Fue un momento memorable. Sebys puso un forro entre mis manos. Sony abrió los ojos y la boca como si nunca hubiera imaginado que llegaríamos a esas instancias. Fede abandonó la verga de Joao. Juaco descuidó por unos instantes su raja. Y todos fueron testigos de lo sorprendente: el culo de Leandro me recibió con alegría. Ni una queja, ni un suspiro, ni un estertor. Entré dentro de él y el calor de su carne fue como un premio. Detrás de mí, Sebys empujó con fuerza y fue como si su verga fuera la que penetrara en el pendejo. El pendejo que seguía con la pija de Sony en la boca y parecía ignorar lo que estaba sucediendo en su retaguardia. De allí en más fui como un carbónico, un dulce mediador entre Sebastián y su amiguito. Hasta que preferí cederle el lugar para que todo fuera más “directo”. Juaco ya estaba dentro de Fede y yo me quedé a un costado disfrutando de la panorámica mientras me pajeaba con gusto.



Cuando Leandro notó que quien estaba detrás de él ya no era yo, se incorporó y retorció su torso hasta que sus labios alcanzaron los de Sebys. Fue la oportunidad que aprovechó Sony para escurrirse hasta mi lado y hacerse cargo de mi verga.

– Siempre terminamos juntos vos y yo. -me dijo con una sonrisa.

Y así es en realidad. Por el trasero de Leandro, a lo largo de la noche, pasaron todos. Varios mililitros de leche tibia se derramaron en su interior y en su entorno.

Sony y yo permanecimos como testigos. Bien cierta fue su afirmación.


REENCUENTRO (1ra parte)


Mucho tiempo sin publicar, es cierto. Pero a juzgar por la cantidad de mails que he recibido en este período de ausencia, se ve que no me han olvidado. Me han elevado el ego con sus amables reclamos (y no es que lo tuviera bajo, jeje), razón por la cual serán acreedores del odio de mis queridos amigos que ya soportan a diario mis aires de diva, sin que tenga nadie la necesidad de venir a inflarme la autoestima.

Desde mi última aparición por estas latitudes de la webosfera, han sucedido muchas cosas en mi vida. Muchas de ellas, dignas de ser contadas con detalle en esta página. Pero como soy un tipo cuyos métodos suelen ser erráticos, el respeto estricto por las cronologías no forma parte de mi modus operandi.

Después de muchos meses de trabajar a destajo los siete días de la semana sin tomarme descanso (aunque para no aparecer como una víctima de la compulsión laboral debo confesar que mi trabajo de las últimas semanas incluyó un largo y placentero viajecito por Europa), este finde decidí hacer un parate y disfrutar de la paz del hogar. Relativa paz, por supuesto, dado que el sábado por la noche fue noche de amigos como en los viejos tiempos. Hacía tanto que no nos juntábamos que no dábamos abasto con las anécdotas.

Participantes del encuentro:

– Juaco y su yeso: se fracturó el brazo izquierdo por practicar el “salto del tigre” con un cliente intrépido y exigente.
– Seby sin gorra: por primera vez desde que lo conocemos se quitó esa cosa que llevaba siempre en la cabeza.
– Joao y su matraca: recién llegado de Curitiba después de casi un año de ausencia, bajó del avión con una enorme matraca que solía usar, años ha, cuando sambaba en la scola para carnaval.
– Sony y sus nuevos músculos: después de mucho meditarlo, ¡por fin se decidió a inscribirse en el gimnasio para dejar de ser un alfeñique de 44 kilos! (dicho muy antiguo que solía repetir mi padrino).
– Federico en calidad de invitado: aunque desde aquel “affaire” entre nosotros, nuestra relación no volvió a ser la misma, juas.
– Leandro: especie de amigo/novio/discípulo de Sebyta, que pasó de repartir lamparitas a chupar pijas con factura a consumidor final.
– Y por supuesto, YO: alma mater de la fiesta y maestro del arte culinario.

Si bien todos estaban entusiasmados por conocer detalles de mi viaje y de poder reencontrarnos en una cena amena y lujuriosa, lo que más los motivaba era la posibilidad de volver a comer comida elaborada con los mejores ingredientes y preparada con esta manitas que dios me dio y que no solo sirven para amasar una verga. No es que quiera insinuar que mis amigos son unos muertos de hambre. Sólo afirmo taxativamente que todos y cada uno de ellos son unos perfectos inútiles en la cocina y que la única manera de que se hagan un huevo frito es cayéndose en bolas sobre una sartén de aceite hirviendo. Lo dejó bien en claro Seby en cuanto Sony le abrió la puerta:

– ¿Qué vamos a comer?????

– Suela hervida, puto del orto -le respondí-. ¿Ni siquiera un “hola” me merezco después de tanto tiempo que no me ves? ¿Tan poco me extrañaste?

– No te chivés, trolito mío… Si vos sabés que te quiero más que a tu lomo a la pimienta -bromeó-. Porque me imagino que estás haciendo lomo a la pimienta ¿no?

– Error -le señalé-. El plato de hoy está directamente relacionado a nuestra profesión: embutido de carne con salsa blanca

– ¡Un chorizo que eyacula!

– ¡Cooooooorrectooooooo! -vociferó Sony al mejor estilo Susana Giménez- Una morcilla que, si la acariciás, te salpica.

Cuando terminamos de reirnos y de abrazarnos y besuquearnos, vi por primera vez a Leandrito y la verdad que lamenté no haberlo visto antes para hacerlo participe de los efusivos saludos de bienvenida. Algo intenté igualmente pero me frené por si acaso tuviera una relación más “seria” con mi amigo (uno nunca sabe con qué nos puede salir Sebastán). El pendejo tiene diecinueve añitos y está más bueno que el pan.

– Me dijo Sebastián que sos el que escribe en “Bananas”…

– Siempre buchoneando el tipo.

– Y… ¿va a haber bananas de postre como en tus historias?

Sin duda su pregunta tenía todos los dobles sentidos que pueden imaginar. Entonces los tres amigos nos miramos con complicidad y coreamos al unísono:

– Pero Mamá Cora, ¿qué duda cabe?????

En ese momento llegó Joao y nos cortó la historia. Apareció con su enorme matraca multicolor entre las piernas, como si de un monstruoso pene se tratara. El morocho se vino más puto que nunca. Se había puesto una camisa de gasa color fuxia (que por cierto dejaba a la vista de quien deseara mirar todo el esplendor de su musculatura), pantalones blancos tan ajustados que no dejaban nada librado a la imaginación y lentes oscuros con strass que hubieran sido la envidia de Elton. Sony fue el encargado de poner en palabras lo que todos pensamos:

– ¡Nena! ¡Dijimos que HOY no se trabaja!

Los últimos en llegar fueron Juaco y Federico, que llegaron sospechosamente sincronizados.

– No me digan que vienen juntitos del telo… -sugirió Sebyta.

– ¡Nada que ver! Nos encontramos en la esquina. -aclaró Fede.

– Mmmmm… No sé… Se los ve muy relajaditos…

– ¿Para qué íbamos a ir al telo si después acá tenemos postre? -ironizó Juaco.

Como buen hijo de mi señora madre, usé para la ocasión la mejor mantelería y la mejor vajilla. La ocasión lo ameritaba. Sony fue el encargado de preparar la mesa y ocuparse de las bebidas. Pronto el departamento se llenó de gritos y algarabía. Madonna estaba presente, ¡por supuesto!. Y era tanto el bullicio que supuse que en cualquier momento me tocaban el timbre los del consorcio para quejarse por los ruidos molestos. Pero no llegaron.

– ¿Y ustedes cómo se conocieron? -les preguntó Juaco a Seby y Leandro.

La historia es realmente increíble. Aunque tratándose de Sebyta, no sé cuál podría llegar a serlo en verdad. Les transcribo (palabras más, palabras menos) lo que ambos relataron:

Hace un tiempo, el gobierno (o el congreso, no lo recuerdo bien) decretó que a partir del año 2010 ya no estará permitido el uso de las lámparas incandescentes para el uso domiciliario. La medida tiene como propósito el ahorro de energía y un mejor aprovechamiento de la misma para garantizar la actividad económica e industrial. Como incentivo, se dispuso el suministro gratuito de dos lámparas de bajo consumo en cada domicilio, por lo que se requirió a los vecinos estar atentos a la visita que efectuaría personal de los organismos comprometidos. Como por mi casa nunca pasó nadie para dejar lámpara alguna, supuse que el proyecto había quedado en el olvido (como tantos otros) o que habían priorizado las zonas de menor poder adquisitivo. Sin embargo, parece que la idea de alentar el ahorro energético ente la población sigue en pie y se está desarrollando, solo que está un poco lento.

Según contó Seby, hace un par de semanas, tocaron a su puerta muy temprano. A las diez de la mañana, lo cual para un chico que trabaja de noche es de madrugada. Como estaba durmiendo profundamente, los timbrazos fueron más que insistentes y terminaron por despertarlo y obligarlo a levantarse. Con todo el mal humor del que es capaz, Seby se encaminó hacia la puerta con la firme intención de recordarle al (o la) causante de aquel bochinche la mala vida de su madre. Para colmo, era un día húmedo, de lluvia, y la madera de la puerta se había hinchado como de costumbre. De manera que Seby tuvo que luchar para abrirla, mientras del otro lado alguien seguía dándole al timbre como con saña. Ya estaba la puteada lista para salir de su boca cuando la puerta por fin cedió y se abrió de par en par. Entonces todo cambió. El cielo se despejó de nubes, comenzaron a cantar los pajaritos de colores y el sórdido zaguán de la vetusta casa donde vive mi amigo se transformó en un jardín luminoso y fragante. Al otro lado de la puerta había un hermoso muchachito moreno, con uniforme de EDENOR (la empresa de electricidad), que cargaba un enorme bolso con el logo de la compañía. No era otro que el repartidor de lámparas de bajo consumo.

El rostro de Sebastián se iluminó y, por dentro, los colmillos de vampiro se aprestaron a morder carne fresca. El chico le explicó la razón de su visita y ante la falta de respuesta de mi amigo (en parte porque no terminaba de despertarse pero más que nada porque sus fantasías iban más rápido que su capacidad de habla) esbozó una sonrisa nerviosa y trató de disculparse por la insistencia con el timbre.

– … es que es la única vez que vamos a pasar y no…

– Está bien, está bien. No te preocupes. Igual me tenía que levantar… Es que anoche estuve hasta tarde en Amérika y… bueno… vos sabés cómo son esas cosas…

El chico lo miró extrañado. No comprendía muy bien a qué iba tanta explicación. En realidad, aunque parezca mentira, no había una definida segunda intención en ella por parte de Sebastián. Simplemente fue lo primero que se le ocurrió decir para mantener el diálogo y evitar que el pendejo se fuera.

– ¿Conocés Amérika? -le preguntó Sebys y el pendex se mostró algo dubitativo. Se diría que decididamente nervioso.

– Eeeeee… Algo me contaron… Me dijeron que ahí pasa de todo ¿no?

Sebys hizo una pausa y puedo imaginar su mirada felina cuando le respondió:

– Te dijeron bien: pasa DE TODO. Como en todos lados.

Tal vez fue el tono con que lo dijo o que ya no van quedando tiernos corderitos en la pampa, pero lo cierto es que ante esas palabras el pendejo pareció envalentonarse y su actitud fue, desde entonces, más audaz. Ciento por ciento.

– ¿Y qué sería TODO ESO que pasa?

– Lo que quieras. Si tiene que ver con el sexo, mejor. Lo-que-quie-ras.

– ¿Ah sí? Y por ejemplo, si uno quiere un pete…

– Si querés un pete LO TENÉS.

Y ese fue el inicio de la historia, que no sé si fue de amor pero seguro que no podía menos que terminar en una cama.

Sin decir más, Sebys lo tomó de la mano y llevó hacia adentro. Luego de cerrar la puerta el bolso cayó a los pies de ambos y mi amigo se avalanzó sobre su nuevo visitante. Pero éste se hizo el estrecho y, con la advertencia de “yo no beso”, puso un límite a los ímpetus del dueño de casa. Sin embargo, Sebas no se amilanó (después de todo no pretendía hacerle el verso del amor eterno) y prestamente cayó de rodillas para cumplir con su promesa lo más expeditivamente posible. El pantalón de trabajo no fue problema. Desabrochar un cinturón y desabotonar una bragueta son ejercicios para los que el guacho está más que entrenado. Leandro emitió un gemido tenue y, antes de que pudiera dejar escapar el segundo, su pija ya salía a la luz del día y se metía en la boca de Sebastián, todavía flácida. Dentro de la boca, la humedad y el cálido roce hicieron lo suyo y, poco a poco, fue tomando volumen. La lengua de Sebastián era experta en ese tipo de labores y con suaves movimientos de cabeza fue dando placer a ese falo que crecía y crecía de manera increíble.

– Cuando me quise dar cuenta ¡ya me llegaba a la garganta! -relataba mi amigo.

Las glándulas salivales estuvieron a la altura de las circunstancias y dieron suficiente producción como para lubricar abundantemente el falo del muchachito. Ambos entraron en un limbo de gozo y perdieron la noción del tiempo. La pelvis del visitante comenzó a mecerse hacia adelante y hacia atrás y la garganta de Sebys estuvo gustosa de alojar, dentro de sí, un glande tan suave y lustroso. La tensión iba in crescendo y los gemidos de ambos sintonizaron un contrapunto sexual en el que incluso los silencios destilaban erotismo. Claro que, dada la inexperiencia de Leandro en las artes amatorias, esta primera parte de la historia no llegó a ser de antología. Cuando menos lo esperaban, el pendex se dejó llevar por la pasión y, en un arranque salvaje, bombeó con tal salvajismo que la eyaculación se le hizo inevitable.

– ¡El guacho me atragantó de leche! -se quejó Sebys.

– ¡No digas así! -le reclamó Leandro, avergonzado- Vos tuviste la culpa por chupármela tan bien.

Y de eso todos los presentes podíamos dar fe.

De más está decir que, a medida que el relato de Sebys y Leandro progresaba, la temperatura del ambiente subía minuto a minuto. Ya habíamos terminado de cenar y nadie reclamaba el postre todavía. Pero el deseo estaba en el aire. Joao se había sentado en el sillón y, abierto de piernas, se sobaba el paquete sin disimulo mientras le lanzaba miradas provocativas a Fede. Por su parte, Fede ni se enteraba de la carga erótica del morocho puesto que estaba sumamente concentrado en la observación de su bulto. Juaco también se manoseaba pero, como estaba todavía sentado a la mesa, los lentos movimientos de su mano tenían como aliado al vuelo del mantel. Yo estaba también sentado en mi silla, pero tuve que retirarme un poco de la mesa porque Sony quiso sentarse sobre mi falda.

– Después de que acabé, pensé que ya había terminado todo. -continuó Leandrito.

– Es que recién nos estábamos conociendo… -aclaró Sebys, aludiendo a que el sexo con él siempre es de tiro largo (y no me refiero solo al tamaño de su pene).

Sebytas se puso de pie y, sin soltar la verga todavía erecta del repartidor, tomó la mano del muchacho y la introdujo dentro de su bragueta. Claro que el pendejo mucho no se resistió y, una vez que estuvo firme en sus funciones, demostró ser un experto en las artes masturbatorias. Pronto sacó la verga fuera del pantaloncito para trabajar con más comodidad y pareció sorprenderse con el tamaño. Bajó la mirada y así se quedó medio con la boca abierta, hasta que Sebastián (aprovechando el pasmo) le tomó la cara y le dio un chupón de antología. Leandro no tuvo tiempo de quejarse y, ante los hechos consumados, se limitó a disfrutar de ese beso iniciático. Aunque “limitarse” no es un verbo que se ajuste a la situación. Más bien se predispuso a gozar y a participar activamente de aquella degustación. En definitiva, se comieron la boca mutuamente. Durante largo rato.

Cuando sus labios se separaron, no hubo palabras. Sebas puso su mano sobre el hombro de Leandro y con una leve presión hacia abajo lo invitó a ponerse de rodillas frente a él. Leandro al principio no comprendía (o no quería comprender) pero ante la insistencia de Sebys hizo caso y entonces sí no quedaron dudas acerca de lo que Sebastián pretendía. El húmedo glande se rozó contra sus labios y el inconfundible olor del sexo se coló dentro de sus fosas nasales, liberando vaya uno a saber qué traba le había impedido confesarse desde hace tanto tiempo que todo aquello le gustaba. En consecuencia, abrió la boca y se tragó suavemente la verga de Sebytas. Apeló a su memoria emotiva y se la comió tal como le gusta a él que se la comieran. Sebas lo disfrutó. Tanto que, contrariamente a su costumbre (nunca tan acertada la expresión “es un culo inquieto”) se quedó quietito y lo dejó hacer sin siquiera dar una indicación. Leandro puso en juego todas sus armas. Usó legua, labios, manos, todo lo que estuvo a su alcance, para dar placer. De tanto en tanto, se tomaba el tiempo para lamer los testículos o acariciar el perineo. Nunca lo había hecho pero sabía cómo hacerlo (lo cual comprueba que todo hombre que ha recibido alguna vez una buena mamada está capacitado para hacerlo a su vez). Y si bien Sebas es un profesional, los profesionales también somos humanos y tenemos nuestras limitaciones. Llegó el momento en que el placer era muy intenso y sintió que su resistencia llegaba al límite. Antes de vaciar su verga en la boca de Leandro, pudo retirarse y contener la eyaculación. Lo ayudó a ponerse de pie y ambos volvieron a besarse apasionadamente. Las manos de mi amigo fueron a ubicarse sobre las nalgas gorditas del pendejo pero ahí sí que éste se puso firme:

– No. Olvídalo. El culo no te lo voy a entregar.

Y esta vez no parecía dispuesto a ceder. De modo tal que Sebys se dio vuelta y cambió la estrategia:

– Cogeme vos entonces.

No fueron necesarios más argumentos. Ni siquiera un comentario. Leandro se escupió la mano derecha y se embadurnó la pija con saliva. Volvió a escupirse y lubricó el culo de Sebas. Lo hizo con tanta rapidez que, en menos de treinta segundos, su pollón se internaba suavemente entre las nalgas que esperaban frente a él.

El silencio hubiera sido total y completo de no haberse escuchado el chasquido rítmico que hacía el cuerpo de Leandro al chocar contra el trasero de Sebastián. Mi amigo estaba recostado contra la pared, con las manos extendidas hacia adelante y las piernas bien separadas como para dejar que el chico trabajara con total libertad. Y por cierto que no lo hacía nada mal. Tenía mucho ritmo, lo cual en estas cosas es muy importante. Y además tenía la picardía de remover su pelvis en círculos con un rápido movimiento cuando penetraba en lo más profundo. La verga de Sebastián seguía dura también y todavía cargada de leche. No quiso pajearse para no acabar. Quería disfrutar de aquella tensión todo lo que le fuera posible. El pene de Leandro no había perdido la erección después de la acabada y de veras que estaba dando una exhibición digna de los mejores cogedores. Largos minutos tanscurrieron (aunque cortos para los felices involucrados) y a los chasquidos se sumaron los gemidos y suspiros de ambos. Las piernas de Sebastián empezaron a temblar y su respiración se aceleró de un modo inusual. Todo presagiaba que no restaba mucho tiempo, por lo cual decidió hacerse cargo de la situación. A cada embestida de Leandro, contraía el esfinter y el pendex deliraba de placer. Sintió también el temblor de su cuerpo y pronto las gotitas de sudor que caían sobre su cintura. Se dejó llevar por el gozo y, cuando quiso darse cuenta, su pene estallaba en cuatro impresionantes chorros de semen que fueron a estrellarse contra el muro. En ese mismo momento, Leandro daba su último estertor y acababa por segunda vez.

CONTINUARÁ…

Año nuevo en Curitiba (parte 4 y última)


Después del festejo (¡del gran festejo!) en casa de los padres de João, ya de día, regresamos al departamento de Bassinho. Todos menos Sony, que jamás regresó al patio luego de su encuentro con Bento. Claro que tampoco Bento regresó y todos dedujimos la obviedad de que habían “desaparecido” juntos.

Los excesos con el alcohol habían dejado a Juaco y a Sebys totalmente fuera de combate, en un estado lamentable. Tomaron cantidades industriales de cerveza u caipirinha y tuvimos que cargarlos como bolsas de papas. João también había bebido pero confiábamos en que podría movilizarse por sus propios medios. Bassinho era el conductor designado, por lo cual se mantuvo responsablemente sobrio. Yo también me cuidé: no estoy acostumbrado a tomar alcohol y las mezclas me sientan fatal.

Llegar hasta el auto con los dos borrachos no fue difícil porque contábamos con la ayuda de los parientes que todavía se mantenían en pie. Lo problemático fue bajarlos del auto y subirlos hasta el cuarto piso en casa de Bassinho. En el trayecto, João también se había quedado profundamente dormido y sabíamos que lo único que podíamos esperar de él era que no tuviéramos que arrastrarlo como a los otros dos. En cuanto a éstos, si no hubiéramos constatado que respiraban, se hubiera dicho que eran dos cadáveres a los que todavía no les había llegado el rigor mortis. Eran dos muñecotes de trapo, rellenos de plomo en lugar de goma espuma. Primero despertamos a João. Aunque no fuera tan sencillo. Los sacudones y los gritos no dieron resultado y nos vimos obligados a echar mano al consabido vaso de agua. Ignoro si en broma o en serio, su hermano menor peló la verga y amenazó con mearlo si no se despertaba. Se reía con toda su enorme y excitante boca pero mi cara de espanto debió ser muy elocuente y, dándose vuelta hacia mí, se la sacudió y gritó algo que no comprendí mientras seguía riendo con todas sus ganas. Por fortuna, el agua logró despertar a João y, por más que tardó unos minutos en tomar contacto con la realidad, pudo ponerse de pie y caminar hasta el ascensor. No en línea recta pero lo mismo daba. Respecto a los otros dos, nos los cargamos al hombro: Bassinho a Sebys y yo a Juaco.

No es que yo sea un tipo particularmente delicado, debilucho o poco solidario, pero lo cierto es que lo que al principio me resultaba gracioso terminó poniéndome de malhumor. Para peor, al salir del ascensor, Sebita pareció reaccionar pero fue solo para ponerse verde, abrir la boca y vomitar gran parte de la cena, dejando el vestíbulo impregnado de un horrible tufo amoniacal y el piso patinoso con la verdosa sustancia maloliente. ¡Ni hablar de la ropa de Bassinho! De modo que, ya con un humor de perros, me puse a limpiar el vómito mientras Bassinho lo metía bajo la ducha y se quitaba la ropa (estropeada para siempre como podrán imaginar). A Sebita ni siquiera el agua helada pudo espabilarlo y finalmente los acostamos a los tres en dos colchones que Bassinho echó sobre el piso de la sala. Increíble el morocho: en ningún momento perdió la sonrisa, como si todo lo que pasó le resultara cotidiano y simpático. Además, había quedado son con un bóxer con los colores de la bandera brasileña que le marcaba muy bien el culo y el bulto. ¡Un lujo para los ojos! Tanto que se me empezó a ir el mal humor.

Sin embargo (aunque me cuidé de no mencionar el tema) yo seguía pensando en Sony y en lo que había visto en el cuartito en penumbras. En cierto modo, me preocupaba su desaparición pero, en el fondo, sabía que lo mío no era otra cosa que un cuadro de celos improcedentes.

− Eu não estou fatigado –dijo Bassinho sobándose el bulto.

“¡Qué rayos!” me dije. Yo tampoco tenía sueño y por cierto que necesitaba distraerme. Le sonreí, me acerqué a él, lo besé en la boca, metí una mano por debajo del bóxer, le saqué la pija y lo lleve a la cama.


Cuando desperté ya eran más de las once, casi mediodía. Todos dormían. João, Juaco y Sebastián parecían no haberse movido desde que los echáramos sobre los colchones. Estaban como petrificados. Sony no había dado señales de vida y, a mi lado, hermosamente desnudo, Bassinho abrazaba la almohada boca abajo, con una pierna ligeramente plegada y el maravilloso culo en pompa. Como esperando que lo desvirgara. El morocho me había cogido con ganas y me había hecho acabar dos veces, pero verlo así me despertó el deseo como si llevara meses de abstinencia.

Fue en ese momento cuando sonó el portero eléctrico.

Primero pensé que, al no tratarse de mi casa, no me correspondía atender. En cambio, cuando recordé que Sony todavía no había regresado me levanté de un salto. Me puse lo primero que encontré (resultó ser un bóxer de Sony que me calzaba como faja y me apretaba los huevos). Busqué entre las ropas de Bassinho, encontré las llaves y bajé a abrir.

Cuando entramos en el departamento, el muy caradura todavía tuvo el coraje de reclamar.

− ¡Estaba tocando timbre como desde hacía una hora!

− ¡No tenés vergüenza! ¡Desapareciste sin decir nada y nos dejaste a todos preocupados!

Entonces vio a Bassinho y sonrió.

− Veo que estabas muy preocupado… Y para combatir la angustia estuviste tomando leche tibia.

¡Touché! Pero como buen acuariano que soy, no lo podía dejar ganar y volví a la carga:

− No desvíes la conversación. ¿Dónde estuviste toda la noche?

− ¡Parecés mi mamá!

− No te hagas el boludo y decime dónde estuviste

Sin atender demasiado a mis reclamos, se dejó caer sobre el suelo y mirando el cielo raso los ojitos se le iluminaron.

− Estuve con Bento. Fuimos a un parque donde vimos el amanecer y después lo invité a desayunar en una confitería del centro.

− ¿Vos también tomaste lechita tibia?

No contestó. Se quedó pensativo con carita de idiota y eludió la pregunta.

− Es un divino… ¡y habla muy bien el castellano!

Me contó entonces lo bien que la habían pasado. Pero sin mencionar lo del cuartito. Habló de Bento durante más de una hora. Me lo describió más de cinco veces como si yo nunca lo hubiera visto y cada vez agregaba un nuevo detalle. En el parque se habían tomado de la mano y se habían besado. En la calle, Bento lo había cargado sobre su espalda y en la confitería le dibujó una flor sobe una servilleta de papel. Me contó todo, salvo que él se lo había cogido en el cuartito oscuro. Eso me puso otra vez de malhumor y, de repente, para no confesarle que lo sabía, que los había visto, me vestí y me fui.

Antes de salir, de todos modos, arrojé un dardo.

− Acostate con Bassinho. Parece que anda con ganas de que algún argentino le rompa el orto y puede ser tu oportunidad.

Si hubo respuesta no la escuché.

Cuando me enojo suelo perder la conciencia de lo que hago. Es por eso que no puedo dar detalles de por dónde anduve. Pero fui previsor y anoté la dirección de Bassinho en mi celular por si no hallaba el camino de regreso. Caminé y caminé hasta que llegué a la esquina de la rua Inacio Lustosa y João Gilberto. El sol quemaba como nunca y, sin embargo, la gente no parecía notarlo. Por fortuna me había vestido íntegramente de blanco: sandalias, bermudas, musculosa y gorra (detalle fashion que todo puto debe tener siempre en cuenta). Según sé, el blanco es el color que repele la luz y, en consecuencia, la ropa blanca suele ser más fresca. ¿Será cierto? En aquel momento no lo noté. Hacía demasiado calor y necesitaba un poco de sombra.

No tardé mucho en encontrarla, Curitiba es una ciudad que se caracteriza por la gran cantidad de espacios verdes y justo enfrente había un Passeio Publico, el más importante de la ciudad. Me senté en una plaza y el malhumor se fue disipando. El paisaje urbano suele requerir de un sitio particular desde el cual disfrutar la belleza del entorno y aquel rincón entre los árboles parecía ser el indicado. Tanto así que, al poco rato, se me acercó un rubio muy bonito y de pelito largo, que me sonrió y se sentó a mi lado. Llevaba una musculosa blanca como la mía.

− Parecemos gemelos –dijo después de un rato (en portugués, por supuesto).

− …

− Hace mucho calor.

− …

Se quitó la musculosa y dejó ver su torso. Hermosos pectorales, hermosos abdominales, piel bronceada, pecho ligeramente velludo… y unos pezones oscuros y duros que me cachondearon más que el resto. También tenía lindos pies (tengo un cierto fetichismo por los pies). Se los veía muy cuidados y en el izquierdo llevaba una tobillera de oro muy delicada. Había captado mi atención y era conciente de ello. No obstante, como también soy del palo (lo confieso) y me encanta ejercer el poder de mis encantos, no estaba dispuesto a dejarlo manejar la situación por más bonito que fuera.

− ¿Te conozco? –la pregunta sonaba sincera pero no es secreto para nadie que se trata de una de las técnicas de levante menos originales.

− No creo. –le respondí con sequedad.

− ¡Vaya! Tenés muy linda voz.

− Gracias.

− Y no sos de aquí. Ese acento es argentino.

− Acertaste: aplauso, medalla y beso.

− Me conformo con lo último.

− ¡Qué lanzado que sos!

− Cierto. Pero tengo buen gusto y siempre elijo lo mejor.

− ¿Lo decís por mí? –siempre es buena una mínima demostración de humildad.

− ¡Claro! ¿Por quién si no?

− Más lanzado todavía. Casi un kamikaze.

− Todo tiene su justificación: en este caso vale la pena morir en el intento.

Es poco frecuente que algo así suceda pero el pendejo me hizo poner colorado. Además de bonito era simpático, educado y canchero, una combinación que no suelo querer resistir. Era de los que siempre tienen un truco bajo la manga. Por ejemplo, estirar el cuello ofreciendo la mejilla con cara de inocentón y sin decir palabra.

− ¿Qué hacés? –terminé preguntando.

− Espero mi premio. Al aplauso y la medalla los podemos dejar para encuentros futuros.

¡Un capo el pendejo!

− Usted me confunde, caballero.

Entonces se arrodilló frente a mí, tomó mi mano, la oprimió contra su pecho y declamó hacia el cielo, como los malos actores que insisten con el teatro clásico.

− Juro que me mataré si no consigo su amor.

Y allí tuve conciencia de que, en realidad, soy un chico fácil. El pendejo me terminó de convencer. Se llamaba Joel, tenía veinte años y era modelo publicitario. Y gay, por si a alguno le quedó la duda. Lo invite a almorzar y él después me invitó a su departamento para “comer el postre”. ¿Abundo en detalles? No creo que haga falta. Nos disfrutamos a pleno. El flaco tenía un lomo por demás exquisito y, por sobre todas las cosas, sabía usarlo para dar placer. O sea: no era solo una cara bonita. Cuando cogía sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Doy fe de ello.

Al terminar, se echó de espaldas a mi lado y, casi mecánicamente, estiró una mano, tomó un cigarrillo de la mesa de luz, lo encendió, dio una chupada profunda y, después de unos segundos, lanzó una bocanada de humo densa y blancuzca.

− ¿Querés ir a una fiesta? –me preguntó.

− Querría. Pero mañana regreso a Buenos Aires.

− ¿Temprano?

− El avión sale a las cinco de la tarde.

− Entonces podés ir conmigo. La fiesta es hoy. La organiza mi amigo A. G. y te garantizo que vas a tener todo el sexo que quieras.

Alto kamikaze el pendejo. No solo había llevado a un perfecto desconocido a coger en su casa sino que, ahora, me invitaba a una partuzza. ¿Ustedes qué creen? ¿Acepté la invitación o no? ¡Por supuesto que la acepté! Y después de que le explicara las razones de mi viaje a Curitiba, la propuesta se extendió toda la comitiva.

Regresé a lo de Bassinho pasadas las ocho de la noche. Juaco y Sebastián seguían echados en los colchones, despiertos pero deseando morir. Ambos tenían un semblante color de papel viejo y el más mínimo susurro les hacía estallar la cabeza. Sobre todo cuando Bassinho gritó:

− ¿Na casa do A. G.???? Ese hombre tiene demasiada plata. Dicen que organiza unas fiestas de locura en las que no falta NADA y pasa DE TODO.

Había puesto mucho énfasis en la última palabra y todos comprendimos lo que quería decir… Al menos todos los que teníamos el cerebro en funcionamiento. Su entusiasmo fue notorio y de inmediato supe que ya tenía un compañero para la festichola. João pareció dudar pero después aceptó ir con nosotros. Sony estaba demasiado cansado y prefirió quedarse en el departamento. Juaco y Sebas estaban por completo fuera de combate y no tuvieron opción. La diversión en Curitiba había acabado para ellos, juas.

El taxi nos dejó en un barrio muy paquete, en la entrada de una residencia rodeada de un gran parque cercado de rejas muy altas. En el portón de entrada, dos muchachos hermosísimos nos tomaron los datos y verificron que estuviéramos en la lista de invitados. Estábamos. Nos invitaron a pasar con una sonrisa. Desde allí, lo único que se veía era la gran casona de estilo colonial iluminada a más no poder. Se escuchaba música y algunas risas lejanas. A medida que nos fuimos acercando, las risas empezaban a ser más nítidas. Al trasponer la gran puerta doble que daba acceso a la casa, un jovencito nos invitó a dejar nuestra ropa en el armario que él mismo administraba. Solo se permitía permanecer en ropa interior o bien desnudos. Ninguno de los tres tuvo problemas con eso: nos desnudamos y continuamos hacia el interior de la casona. En la sala principal nos esperaba una gran sorpresa. Todo lo que hubiéramos podido imaginar era poco. El salón era enorme, altísimo y a todo lujo. Con moblaje y decoración de categoría y, por todos lados, bandejas con preservativos. Había por lo menos setenta u ochenta hombres de todas las edades, la mayoría completamente desnudos como nosotros. Uno no sabía para dónde mirar. Casi todos estaban buenísimos. João comenzó a reirse de solo imaginar todo lo que iba a coger esa noche. Un chico rubio que llevaba solo una sunguita blanca nos ofreció bebidas y una sonrisa. “Eso es servicio” pensé. Cada cual a su turno, los dos hermanos le pellizcaron el culo en cuanto se dio la vuelta y el muy bonito les volvió a sonreir mientras se alejaba. Ni lerdos ni perezosos, se fueron tras del rubiecito y me dejaron allí, solito y a merced de las fieras, juas.

Y no era tanto chiste lo de las fieras al acecho. En cuanto me quedé solo, una mano me agarró una nalga y la reconocí al instante. Era Joel.

– ¡Por fin llegaste! Te estábamos esperando.

– ¿”Estábamos”?

– Sí. Yo y mis amigos. Vení que te los presento.

Y allí empezó lo bueno de la noche. Lo bueno del viaje a Curitiba, diría mejor. Joel me guió hasta un reservado tras unas cortinas de raso blanco. En el interior había cuatro personas en plena actividad. Un chico que no tendría más de veinte estaba arrodillado sobre un sofá chupándosela con ganas a un negrazo enorme y precioso. Un señor de unos treinta y cinco, a su lado, le tocaba el culo al pendejo y se magreaba con otro morocho al que el primer negro le hacía un a paja. Todo un ejemplo de camaradería y solidaridad. En cuanto entramos, los cuatro me miraron de arriba a abajo y me sonrieron. Dejaron lo que estaban haciendo y se me acercaron para saludarme. Joel resultó un excelente presentador. Con solo decir mi nombre ya se sintieron en confianza. El negrazo precioso me tomó la cara con una de sus manazas y me dio un chupón en la boca que casi me extirpa las amígdalas. El señor mayor se me acomodó por detrás y me metió la verga entre las nalgas pero sin ánimos de penetrarme, al menos no por el momento. El pendejito y Joel se arrodillaron frente a mí y me la chuparon de a turnos, mientras el otro morocho me franeleaba y me mordisqueba por todos lados. ¡Me sentí como en casa! Nadie hablaba. Todo era sentir y disfrutar. El negro me soltó la boca y me hizo reostar sobre el sillón para meterme su pijón entre los labios. Era una cosa seria. Veintidós centímetros como mínimo. El señor mayor se ocupó entonces de lamerle el culo y Joel y el pendejo seguían dedicados a mi verga. El negro me la metía como si mi boca tuviera la elasticidad de un culo. Tuve que sofrenarlo un par de veces. El otro morocho empezó a culeárselo al pendejo y Joel inició la exploración entre mis nalgas. Me chupó el culo durante largo rato al ritmo de los gemidos del pendejo, que parecía estar sufriendo el calibre del morocho (aunque todos sabemos que no era así: algunos son un poco aspaventosos cuando se la meten). En medio del fragor de la chupada, sentí una verga que se me metía finalmente por el culo. Miré de costado y vi que era Joel. Me coloqué un poco más de costado para que la metiera mejor y también para poder chupársela mejor al negro. El señor mayor se había instalado detrás de él y ya se lo estaba cogiendo también. Después de un rato, el morocho se puso de pie y se acercó a Joel. Lo miró como pidiéndole permiso y Joel le cedió el lugar en mi trasero. El morocho se acomodó mirándome y sin perder la sonrisa. Me la metió a lo bruto pero con tal calidad que no puedo quejarme. Fue una experiencia especial y entonces entendía los gemidos del pendejo. Por su parte, el pendejo se acercó a mi boca y lamía la pija del negro al tiempo que mis labios. Me pajeó con delicadeza y después volvió a chupármela. El siguiente en la lista para cogerme fue el señor mayor. Todo un caballero. Se cambió el condón con toda parsimonia y comprobó mi dilatación con dos dedos. El negro cedió su sitio a Joel y empezó a cogérselo al pendejo. El otro morocho desapareció. El pendejo gritaba esta vez como una gata en celo. Recordé el dicho de la Gata Flora (“si se la ponen grita y si se la sacan llora”) y no pude reprimir la risa. Todos lo atribuyeron a que la estaba pasando bien. Y no era del todo errado, juas.

Seguimos así, intercambiando lugares, no sé por cuánto tiempo. A mí me cogieron todos. Incluso el pendejo, que la tenía chiquita pero igual lo hizo bien. Lo que pasa es que el pobre tuvo su turno a continuación del negrazo precioso y, después de semejante verga, cualquier cosa parecía poco.

Cuando todos acabamos, sentí de repente un mareo pero no le di mayor importancia. Era el ejercicio y el calor que habíamos generado en el interior del cuartito. Salí unos momentos para tomar alguna bebida y, de paso, ver qué estaban haciendo los dos hermanos mulatones.

No los encontré en esa oportunidad. La casa era demasiado grande y vaya uno a saber en qué cuarto estarían culeandoselo al rubiecito de las bebidas. Lo que sí encontré fue algo que me sorprendió sobremanera.

En otro de los cuartos había alguien que gritaba como si lo estuvieran matando (casi tanto como el pendejo que estaba conmigo en la otra habitación). Después de conseguir que otro chico muy bonito me diera un vaso de gaseosa, la curiosidad me obligó a correr la cortina y echar una mirada dentro. ¿Y a que no saben a quién encontré chillando con una buena verga en el culo y otra en la boca? Nada más ni nada menos que al primito que, según João, no era puto: ¡Bento!


La verdad es que encontrarlo allí en semejante situación me dejó sin habla. Mierda que nos había engañado a todos con su carita de niñito inocente. La manera en que se bancaba la vergota que le estaban metiendo por el culo evidenciaba que el chico ya tenía una larga experiencia en estas lides. Y pensar que mi amigo culón se estaba enamorando de él. Agradecí al destino que no hubiese querido ir con nosotros a la fiesta. Estoy seguro de que le hubiera afectado para mal. No por moralina (ya sabemos que, al igual que yo, Sony también pasa de eso) sino porque había visto en ese chico una posibilidad de encausar su vida hacia otros rumbos. Puedo contarlo libremente ahora que Sony ya conoce la historia. Fue duro para él. Solo diré eso.

Sin poder salir de mi asombro, olvidé la búsqueda de João y Bassinho y regresé al reservado donde me esperaban Joel y sus amigos. ¿Qué mejor que un buen conjunto de vergas para olvidar los malos tragos? Aunque esta vez vino mi revancha porque fue mi turno de cogérmelos a todos, uno a uno.

La sesión fue prolongada y llegó el momento en que ya no dimos más y nos quedamos profundamente dormidos. Despertamos al mediodía y todavía había quienes seguían cogiendo (o habían retomado después de un break). Me encontré con los hermanos mulatos y salimos de apuro al departamento. El avión hacia Buenos Aires no nos esperaría si llegábamos tarde. Le dejé mi mail a Joel para que continuáramos en contacto, nos dimos un profundo y tierno beso y ya no volvimos a vernos.

Llegamos a São José dos Pinhais con el tiempo justo para embarcar. Para mi sorpresa, en la entrada del aeropuerto estaba Bento. Había ido a despedirnos. Pero su atención se centró en solo uno de nosotros. Al ver cómo miraba a Sony volví a tener la misma sensación de ternura que le vi la noche de Año Nuevo en casa de sus tíos. Pensé entonces que quién tiene derecho a juzgar los actos de los demás. Si en aquellos ojos no había amor, entonces no he aprendido nada de la vida hasta el momento. Al subir al avión, Sony dejó escapar una lágrima. Una sola. Y fui yo el que se la secó con la punta del dedo. Él me sonrió y se acurrucó contra mi pecho. Al fin y al cabo, solo nos teníamos el uno al otro. Juaco y Sebastián no seguían bajo los efectos de la resaca.

Año Nuevo en Curitiba (3ra parte)


Bassinho, Bruno y Sony regresaron al patio justo cuando dieron las doce y brindaron con toda la familia. La algarabía que se vivía en aquella casa tan humilde no puede describirse con palabras. Ese es el misterio que la gente pobre atesora en lo más profundo de sus corazones: la fórmula de la felicidad a pesar de las carencias. Un tesoro que muchos hemos perdido, si es que alguna vez lo tuvimos.

– ¡Puta!, acomodate la ropa y dejá de mostrar la hilacha! – le reclamó en broma Juaco a Sony.

– Más que nada, pará de comerte a todos los brazucas y ¡dejá alguno para nosotros! –completó Sebys en medio de las risas de todos.

El primo Bento, que estaba sentado frente a nosotros, pareció entender lo que decíamos y nos miró con cierto recelo. Sony apuró una jarra llena de cerveza y se desplomó sobre su asiento.

– Che, ¿tan amarga era la leche que querés ahogar el gusto en alcohol? –bromeé.

El primo Bento volvió a mirarme con mala cara. Pero esta vez Sony lo vio y envalentonado por las copas de más, le habló por primera vez desde que nos lo presentaran.

– No te chivés, bonito. Estos son unos desubicados que no entienden de relaciones internacionales como yo…

Entonces sucedió casi un milagro. Por primera vez en toda la noche, el primo Bento sonrió. Ante semejante prodigio e (insisto) envalentonado por los efectos del alcohol, Sony cruzó por debajo de la mesa y se sentó junto a Bento, en el sitio que acababa de dejar vacante una de las hermanas de João. ¿De qué hablaron de allí en más? Lo ignoro. El bullicio circundante era demasiado fuerte y, además, otra de las hermanas de João, llamada Darcy, prácticamente me obligó a bailar cumbia con ella. En realidad todos bailamos y eso prueba que la cerveza es capaz de lograr lo inimaginable: este cuerpito, el mismo que suele lucirse en las plataformas de Ameri-k, recibió el 2008 sacudiéndose al compás de Los Pibes Chorros. ¡Patético! Pero igualmente divertido.

En tanto, Bento y Sony se habían apartado hacia un rincón del patio, donde continuaron bebiendo cerveza y conversando animadamente como si se conocieran de toda la vida. Era obvio que Bento hablaba por lo menos un poco de castellano. De otro modo la conversación no hubiera podido prosperar. Como ya dije, era un adolescente paliducho y delicado, onda dark, que desentonaba ostensiblemente con el resto de la familia, en su gran mayoría mulatos. Incluso en la ropa que usaba: mientras todos los demás preferían los colores brillantes y vistosos, él llevaba bermuda y camisa negras, borcegos y muñequeras de cuero trenzado, también negras. Negro era su pelo lacio, peinado con un largo flequillo hacia el costado y negro el delineador que había usado para resaltar sus ojos negros.

– ¿A este también se lo va a comer? –bromeó Juaco.

– Ya sabemos que sufre de fiebre anal. –acotó Sebita.

– Yo diría que no. –intervino João en perfecto portuñol, una inevitable confusión idiomática- O primo Bento não é puto.

Y todos nos cagamos de la risa, por supuesto. ¿Desde cuándo era ese un impedimento para Sony? Si es un ser vivo y tiene cualquier apéndice que se parezca a un pene, es candidato a ser fagocitado por el rubio culón.

Nosotros continuamos bailando y casi nos olvidamos de ellos dos. Darcy era una bailarina incansable y perseverante. Sin duda sabía cuáles son mis preferencias sexuales pero igualmente no se privaba del gusto de pellizcarme las nalgas cada vez que podía o de robarme algún pico. En verdad, de haber sido yo heterosexual no hubiera perdido un segundo para llevármela a la cama. Es una mulata bien bonita y sensual. Pero para su infortunio, mis deseos estaban concentrados en sus hermanos y sus primos, lo cual quedó de manifiesto cuando João y Bassinho me emparedaron por delante y por detrás, frotando sus cuerpos contra el mío. Ninguno de los dos osó comerme la boca pero poco faltó para que lo hicieran. O lo hiciera yo mismo. El alcohol desinhibe, juas. Aunque podríamos haberlo hecho tranquilamente ante la vista de todos. Nosotros no éramos los únicos “alegres” y estoy seguro de que nadie se hubiera espantado. En todo caso, siempre quedaba la treta de echarle la culpa a la cerveza. Esa era la excusa de Darcy, por lo menos, y todos se reían al verla con su mano en mi bulto. “Eu não sou uma perdida” declaraba con los ojos entrecerrados y el dedo índice en alto. Y todos festejaban su supuesta borrachera (aunque yo no terminaba de convencerme de que estuviera por completo alcoholizada). Claro que era entretenida la situación. ¡Era la primera vez en mi vida que me acosaba una mujer con vagina!

Y mientras todos nos divertíamos, Sony buscaba su diversión por otros andariveles.

Aprovechando la buena onda que había pegado con Bento, le propuso trasladarse a un lugar “menos ruidoso” donde seguir charlando y Bento aceptó gustoso.

Hasta ahí, nadie podía saber si el brasilerito era o no tan inocente como para ignorar por dónde iba la cosa. Lo cierto es que Sony lo guió hasta la misma habitación en la que, una hora antes, había estado con Bassinho y Bruno y allí se sentaron en un camastro, iluminados solamente por la luz de la luna que entraba a través de una ventana. Continuaron hablando sobre las bellezas de Curitiba. Bento quiso saber algo de Buenos Aires. Y poco a poco, la charla fue pasando al plano más personal…

– ¿Tenés novia? –preguntó Sony.

Bento no respondió y Sony tuvo que insistir. La respuesta fue un tímido “no” con la cabeza.

– ¿Y por qué? –insistió mi amigo.

– Não sei. Acho que não é o meu destino…

¡¿Lo qué?! ¿Qué significaba esa respuesta? ¿Qué tenía que ver el destino en todo eso? Como podrán imaginarse, Sony interpretó aquellas palabras como una luz verde para llevar adelante sus propósitos. El pendejo podría haber sugerido que pensaba hacerse cura, monje taoísta o que tenía planeado suicidarse antes de que le llegara el momento de debutar, pero mi amigo prefirió elegir, entre todas las posibilidades, la que más le convenía. “¡Este también es puto!” se dijo… ¡y avanti con los faroles! Como si Bento le hubiera confesado un secreto que lo abrumaba, Sony abundó en palabras dulces que apuntaban a reconfortarlo y a hacerlo sentirse bien. Bento le sonreía sin encontrar respuesta a tanta cortesía. Sony le tomó la mano y siguió hablando de lo maravilloso que uno se siente cuando se asume como quién es en realidad, sin vergüenzas ni malos pensamientos, con la certeza de que el mal está en la mirada de los otros y no en nuestros deseos… Bento parecía no comprender muy bien pero se sentía tan a gusto que no se animó a romper la magia del momento. Poco a poco, para ellos se iban apagando los ecos de la música estrafalaria que llegaba desde el patio y todo se reducía a aquel cuarto en el que la vocecita de Sony lo embriagaba más que cualquier cerveza. Su mano entre las de él sudaba placenteramente y su respiración comenzaba a entrecortarse con dulzura. Los ojos de Sony brillaban en la oscuridad y también su boca roja y delicada. Tal vez Bento jamás había estado tan cerca de un muchacho tan bello… De pronto, sucedió lo que ninguno de los dos pensó que sucedería pero ansiaban de todos modos: Bento se inclinó hacia Sony y lo besó en los labios.

Con la excusa de ir al baño, yo había podido desembarazarme del simpático asedio de Darcy (a pesar de que no perdió la oportunidad de ofrecerme ayuda, juas). En realidad me corroía la curiosidad por saber qué estarían haciendo Bento y Sony… Sí, digamos que fue solo curiosidad… El hecho fue que llegué a verlos, desde detrás de la cortina, justo en el momento del beso.

Fue algo mágico y fugaz. Los labios se rozaron en una eternidad que duró apenas un segundo. Sorprendentemente, Sony se quedó petrificado. Jamás se hubiera imaginado tanta ternura en un beso y todos sus planes se trastocaron. Como ninguno de los dos se movió ni hizo gesto alguno, luego del primero vino otro y otro y otro… todos con la misma delicadeza y el mismo magnetismo. Acostumbrado a entregar su boca por dinero o por mera concupiscencia, mi amigo se sintió feliz y, al mismo tiempo, desconcertado ante aquel acto de amor que jamás se animará a definir como tal. También sus manos empezaron a sudar. Y todo su cuerpo. Por primera vez, el contacto físico con otro chico no le despertaba la entrepierna.

Un poco avergonzado, Bento se retiró unos centímetros y no se animaba a mirar el rostro de Sony. Era evidente que ardía en deseos de volver a besarlo pero se sentía tonto y vulnerable. Para su fortuna, Sony pudo reaccionar y, con la misma delicadeza con la que lo había besado, unió labio con labio y lo estrechó entre sus brazos. El corazón de Bento no podía albergar tanta felicidad. El de Sony no podía abarcar tanta gratitud por haber despertado en él esa faceta afectiva que desconocía hasta entonces. Se separaron unos segundos y volvieron a abrazarse y a besarse. Ambos reían y se miraban incrédulos. Ya no hablaban. Las manos se soltaron y el sudor se transformó en caricias. Hubo muchos más besos. Interminables besos. Incontenibles besos. Los cuerpos se echaron uno junto al otro y se confundieron en las sombras. Los labios no daban abasto. Las manos tampoco. Era más que urgente la posesión amorosa del otro. No había tiempo que perder: la magia del momento podía ser efímera y ellos debían hacer lo necesario para abarcar todo el enorme espectro de la maravilla. Sony desabrochó con sutileza los botones de la camisa y acarició el pecho suave de su niño-amor. Diría que con miedo de dañarlo… o mancillarlo. Luego lo recorrió con sus labios pero sin que se cruzara por su mente la menor idea relacionada con el sexo. Todo su ser estaba cautivado por aquella piel perfumada que se le entregaba por completo. Bento, en cambio, sintió dentro de sí (además de un goce colmado de felicidad) el llamado del instinto. Cada caricia lo hacía estremecer. Cada beso le erizaba la piel y lo obligaba a desear más y más placer. Si aquello era el amor, podía sentirse dichoso de haberlo encontrado al fin. Buscó los broches de la camisa de Sony y también descubrió su piel y su pecho sin premura. El sabor de su amado será algo que no olvidará mientras viva… Después continuó besándole la caderas y las piernas pero sin atreverse a dar el paso decisivo de quitarle los pantalones. Parecía ser su primera vez y no sabía cómo hacerlo, por más que sin dudas había idealizado aquella situación miles de veces en el pasado. Finalmente lo hizo (a sugerencia de Sony) y encontró bajo la tela la tibia rigidez del miembro, que no supo abstraerse del deseo. Ninguno de los dos sabe cómo terminaron sus prendas en el suelo y sus cuerpos desnudos, frente a frente, sobre el camastro y a la luz de la luna. Yo los observé deslumbrado: sus movimientos eran plásticos y delicados, como si hubieran estado ensayados para una función de ballet. Se recorrieron por entero con cada centímetro de piel. Fue Sony el primero en cubrir el pene de Bento con sus labios y, a pesar de ser ya un avezado profesional del sexo, se sintió un novato. Luego Bento lo imitó y fue tan maravilloso que ambos comprendieron que, desde entonces, la muerte carecía de poder contra ellos.

Yo seguía observándolos desde la oscuridad y en silencio. Era todo tan perfecto y hermoso que no podía dejar de mirar. Reconozco mi costado voyeur, pero aquella escena era mucho más que sexo: era una muestra fehaciente de que la ternura y la pasión son perfectamente compatibles. Sus cuerpos serpenteaban sobre el camastro, entrando y saliendo del haz de luz. Subiendo y bajando. Rodando delicadamente al compás de los besos. Hasta que, en un momento, sucedió algo que me dejó perplejo.

Bento se echó de espaldas y colocó sus piernas sobre los hombros de Sony. Una posición clásica que no dejó de hacerme sonreír. “Pobre iluso” dije para mí, pensando que Bento buscaba un imposible si esperaba que Sony lo penetrara… Sin embargo, para mi grandísima sorpresa, el cuerpo erguido de Sony se iluminó de pronto ante mis ojos y ¡vi perfectamente cómo su pene se internaba suavemente entre las nalgas de Bento! Si alguien me hubiera dicho alguna vez que yo presenciaría un hecho semejante, me hubiera reído con ganas durante horas. Es por todos sabido que Sony no había penetrado a nadie en su vida. ¿Cómo había podido lograrlo aquel brasilerito pálido? Yo no podía entenderlo y, para convencerme, ni siquiera pestañeé por miedo a perderme algún detalle que me indicara que estaba equivocado y que aquello no era lo que parecía. ¡Una locura! ¿Cómo es que nunca me había querido penetrar a mí, que he sido su amante, su mentor y protector desde hace tanto tiempo? Y allí lo tenía, frente a mí, entregándole a un desconocido lo que tantas veces nos había negado a todos nosotros… Me costó varios minutos salir de mi asombro y (lo confieso) de mi indignación, pero luego comprendí que lo que le sucedía con ese chico debía ser mucho más fuerte de lo que jamás hubiera sentido por nadie. Como un flash, pasaron frente a mis ojos tantas historias amargas de su pasado que me sentí complacido de que alguien hubiera despertado en él un sentimiento tan grande.

Cuando todo acabó, los ojos permanecieron atónitos ante la belleza que emanaba del cuerpo del otro y yo me retiré tan silencioso como había llegado para reintegrarme a la fiesta. Quedaron los dos sobre el camastro, fundidos en un profundo abrazo que solo interrumpieron al recobrar la conciencia de la realidad. Entonces, con gran disgusto (pero no tanto como para opacar la felicidad precedente), volvieron a vestirse. Sin embargo, allí los volví a encontrar casi tres horas después, dormidos y abrazados. La expresión plácida y distendida de sus rostros lo decía todo. Y no pude reprimir la pena. Pena porque no recuerdo haber experimentado alguna vez algo parecido y pena porque (en el tumulto de emociones que siempre me han vinculado a Sony), en el fondo de mi ser, hubiera deseado ser yo mismo el origen y el objeto de aquel amor tan evidente.

Por supuesto que nadie se ha enterado por mi boca de lo que sucedió en aquel cuarto. Ni siquiera Sony sabe que lo sé y seguramente esté poniéndose al tanto al leer estas líneas. Pero no te preocupes ni te enojes, amigo: lo que escapó de tu corazón aquella noche fue algo bello y maravilloso que me hace quererte mucho más de lo que ya te quería, si eso fuera posible. ¿Qué cómo puedo saber yo lo que Sony sentía con solo verlo en la penumbra y a través de una cortina floreada? Respondo con una cita famosa: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”.

En la próxima entrega, trataré de poner fin a esta saga de relatos que, por cierto, ha tomado un rumbo inesperado… y seguirá por los mismos andariveles.

Año Nuevo en Curitiba (2da parte)



Obvio que, desde el momento mismo en que el resto de la banda ingresó en el depto de Bassinho, la acción prosiguió sin solución de continuidad. Los dos hermanos se colocaron desnudos en el centro de la cama, espalda contra espalda, y los brancos do grupo nos los repartimos dos a dos. Nobleza obliga, Sony y yo cedimos la atención del dueño de casa a Juaco y a Sebita, que se pusieron verdes de envidia al encontrarnos con él en una “interacción” tan estrecha.

El mulatón se portó de maravillas a pesar de su reciente orgasmo. Un asombroso espectáculo de recuperación. ¿Es necesario abundar en detalles acerca de lo que allí sucedió? No ¿verdad? Baste con decir que estuvo más que bueno. Ver cómo Bassinho se cogía a mis amigos, al tiempo en que João lo hacía con Sony y conmigo, fue una experiencia memorable. Y afortunadamente no sería la última vez que lo hiciéramos.

La “ducha comunitaria” posterior tampoco fue digna de olvidar. Los seis en el bañito, jugueteando, riéndonos, toqueteándonos, manoseándonos, pusimos en claro cuál era el espíritu que le imprimiríamos a aquella breve estancia en Curitiba. Juaco y Seby tuvieron nuevas erecciones y los demás (salvo Bassinho) nos encargamos de “ayudarlos”. Incluso João, que le mostró a su hermanos sus dotes en las artes felatorias.

Puedo imaginar en este punto las voces de algunos que habrán de rasgarse las vestiduras (en el supuesto caso de que las tuvieran puestas, juas) ante esta historia que muestra a dos hermanos compartiendo su sexualidad. Aun cuando no hubo incesto (ni lo ha habido hasta el momento; a no ilusionarse los más morbosos), la idea de dos hermanos cogiendo, uno frente al otro, puede llegar a horrorizar al más liberal de los mortales. Puedo comprenderlo. Como en tantas otras cosas, nos han educado para ver este tipo de cuestiones desde el balcón de la mojigatería que, normalmente, pone a la sexualidad en el plano de lo pecaminoso, la practique quien la practique. Muchas veces he reflexionado sobre este asunto en silencio pero, claro, tampoco voy a dármelas de gran filósofo: no soy capaz de elaborar una opinión que disipe dudas y controversias. Sin embargo (tal vez por eso mismo) no juzgo ni acuso. El hecho de que João y Bassinho estuviesen allí compartiendo sexo con nosotros fue una decisión libre de ambos que disfrutamos entre todos.



Por la tarde tuvimos la ocasión de conocer un poco la ciudad, una ciudad sorprendente que ya volveré a visitar en otra oportunidad con más tiempo. Y al anochecer fuimos al fin a casa de los padres de João, en uno de los barrios más humildes de Curitiba.

Nos recibieron todos con gran algarabía. Victoria, la madre de João, mulata enorme y risueña, había preparado toda clase de comidas deliciosas, cuyos nombres no me tomé el trabajo de memorizar. Todos nos dedicamos a la ingrata tarea de devorar todo lo que estuviera al alcance de nuestras manos y de beber (sin demasiada responsabilidad) toda la cerveza que Basilio, el pater familias, nos servía en abundancia. Es destacable que el hombre reunía en una sola persona lo mejor de sus dos hijos varones, al menos en lo que a físico y simpatía se refiere. Tanto que los efectos del alcohol, entre charla y risas, me hicieron verlo con cierto interés, a pesar de sus cincuenta largos, sus modales toscos y su aspecto desprolijo. Otro adelanto para los lectores morbosos: ninguno de nosotros tuvo sexo con Basilio.



Además de los dos hijos varones que ya he mencionado, había en la familia cuatro hijas mujeres. Tres de ellas eran mayores que João y la otra tenía apenas quince años. Todas pulposas y (por lo que se intuía) bien predispuestas a separar las rodillas. Las consecuencias de ello estaban a la vista: ocho pendejos de entre tres y diez años que rompieron las pelotas sin descanso y solo me simpatizaron en la medida en que iban dejándose vencer por el sueño. Claro que eso sucedió ya llegado el 2008, luego de que el alcohol cerrara el círculo alrededor de mi voluntad.

Después de las presentaciones de rigor, los saludos y demás muestras de cortesía, nos sentamos en el patio de tierra, alrededor de una mesa que tenía una pata más corta que las otras tres, e iniciamos la gran comilona. Basilio nos contaba anécdotas de su trabajo como barrendero público. João y sus hermanas se encargaban de que no faltara la comida y Bassinho ayudaba a su padre con la provisión de bebidas. Desde la cocina, Mae Victoria hacía sus acotaciones y ponía en descubierto las risueñas exageraciones de su marido. Sin embargo, lo más engorroso (y lo más divertido al mismo tiempo) era la traducción simultánea de la conversación para que Sony y Seby no se quedaran afuera de la diversión. Juaco tiene un excelente cliente brasileño gracias al cual aprendió a dominar la lengua (y no solo es un juego de palabras, juas). Él y João actuaron como intérpretes oficiales, con mi invalorable asesoramiento gramatical, juas.

La velada se puso aun más entretenida con la llegada de más parientes. Sobre todo de dos primos de unos dieciocho años escasamente cumplidos que llamaron nuestra atención apenas nos los presentaron. Uno de ellos, Bruno, era mulato como el resto de los ejemplares masculinos de la familia que habíamos conocido hasta el momento y nada tenía que envidiarles a sus primos en cuanto a simpatía y sensualidad. El otro, llamado Bento, era de tez pálida y cabello lacio y renegrido, de una delgadez extrema pero curiosamente esbelto y delicado. Parecía tímido por demás. Sonreía con vergüenza y no miraba a los ojos. Pero era evidente que se trataba de un chico dulce e inocente.



Advertidos de nuestra presencia y quizás como muestra de hospitalidad, los parientes llevaron consigo una amplia colección de compactos de cumbia villera, ¡la música (¿?) que más odio en este mundo! De modo que toda la noche la pasamos al ritmo de Leo Mattioli, Piola Vago, Néstor en Bloque y Lía Crucet. No todas podían ser rosas.

Pasadas las nueve de la noche, ya éramos catorce comensales a la mesa, sin contar a los pendejitos que seguían descontrolados a nuestro alrededor. A pesar de la música (en ningún momento de la noche pude disfrutar de Caetano, ni siquiera de Daniela Mercuri!!!!) la estábamos pasando de maravillas y hasta nos divertían las descaradas insinuaciones de las hermanas de la casa. ¡Pobres ilusas! Es evidente que la atracción por los argentinos en esa familia es una cuestión genética.

Junto a mí, Sony comía y bebía como el mejor, participando como podía de la charla y divirtiéndose junto a todos los demás. Sin embargo, de un momento a otro, empezó a removerse inquieto en su silla como si algo lo hubiera puesto nervioso. Pensé que podría tratarse de su nuevo atuendo (a duras penas lo habíamos persuadido de renovar su look, abandonar los jeans provocativos y las remeritas cortas). Llevaba una camisa de seda con bordados muy delicados, pantalones de hilo y sandalias de cuero. Nunca antes lo habíamos visto tan elegante. Pero su inquietud nada tenía que ver con su nuevo aspecto.

Desde la puerta que daba a la cocina, Bassinho lo miraba de modo sugestivo y se acariciaba el pecho con su gran manota. A su lado, el primo Bruno también le sonreía y, más explícitamente, se sobaba el bulto. Ya eran pasadas las once y se acercaba la hora de recibir el nuevo año. Los dos primos se perdieron de vista y Sony, sin perder tiempo, se puso de pie y fue en su búsqueda. Casi nadie se percató de su movida. Solo Juaco y yo, que intercambiamos una mirada cómplice y seguimos con el festejo.

Lo que sigue es una trascripción más o menos fiel de lo que Sony nos contó al día siguiente.

Cuando se dio cuenta de que Bassinho y Bruno lo provocaban con tanto descaro, supuso que no era más que un histeriqueo pasajero, un intento de calentar la pava pero sin el propósito de tomarse el mate… al menos no en lo inmediato. Era muy loco que lo hicieran tan a la vista de toda la familia y (acoto yo) eso debe haber sido lo que más lo calentó. Por eso, cuando Bassinho le hizo una seña con la cabeza y desapareció tras la cortina con su primo, el cerebro de Sony dejó de funcionar y entonces fue presa fácil de sus traseros instintos. En situaciones como esa, el culo le empieza a palpitar con fuerza y se apodera de su voluntad.



La casa no era grande y mucho menos lujosa. Al entrar en la cocina y no ver absolutamente a nadie sintió el impulso de regresar al patio y sentarse otra vez a la mesa. Pero justo en ese momento Bassinho apareció por una puerta para tomarlo de la mano y guiarlo hacia otra habitación semi en penumbras que como puerta tenía solo una cortina floreada. En esa habitación, el primo Bruno ya lo esperaba con los pantalones bajos y la verga en la mano.

Lamento no poder reproducir los diálogos (que los hubo, según el relato de Sony) pero mi amigo es un total negado para el portugués y no pudo darnos cuenta de ellos. Imagino que los morochos habrán intentado comunicarse y, ante la total y completa incomprensión por parte de mi rubio compañero culón, se resignaron a utilizar el lenguaje universal de las señas. Para hacernos una idea, baste con representarnos mentalmente a cualquiera de los dos mulatos moviendo la mano en forma de tubo frente a la boca abierta… o con ambas manos a la altura de la cadera (como quien sostiene una caja) moviendo la pelvis hacia delante y hacia atrás… aunque lo más seguro es que Bruno le haya mostrado la poronga sin más preámbulos mientras le hacía muecas inequívocamente lascivas. El caso es que Sony entró en aquel cuarto huérfano de intimidad con la expectativa de hacerse coger por ambos primos y el morbo adicional de poder ser descubiertos. No muy lejos se oían nuestras voces y nuestras risas. Se oía incluso el ruido de los vasos al entrechocarse en la infinidad de brindis que se realizaron esa noche y que servían de fondo a las insufribles canciones de Gladys la Bomba Tucumana y Damas Gratis. Dentro de la habitación también se escuchaban los chasquidos húmedos de la boca de Sony chupándoles las vergas con entusiasmo. Ahora ya sin palabras. El contacto sexual era toda la comunicación que necesitaban.

La pija de Bruno no era tan larga como la de Bassinho pero era aun más gruesa, lo cual era un atractivo más ante los ojos de Sony. En toda esta historia, también juega un papel muy especial (para todos nosotros) el aroma tan particular de las pieles oscuras que nos cachondea tanto. Sony se embriagaba con ese olor, yendo de una poronga a la otra, acariciando piernas y lamiendo huevos. Tal vez por la confianza que le daba el hecho de haberlo cogido ya durante la tarde, Bassinho abandonó su pasividad y, arrodillándose detrás de Sony, le bajó los pantalones y empezó a comerle el culo con lengua y labios generosos. El placer de Sony fue tan grande que experimentó una dilatación inmediata, gracias a la cual Bassinho pudo incorporar los dedos al juego, introduciéndolos en el recto sin ninguna dificultad. Un dedo y luego dos explorando las intimidades de mi amigo hasta que, seguramente, fue él mismo quien reclamó la penetración. Bassinho no se hizo de rogar. Se ubicó cómodamente detrás de Sony, le dio unas palmadas en las nalgas y lo penetró con fuerza, tal como había comprobado que al rubio le gustaba. El bullicio de la fiesta ahogaba los gemidos de los tres. Se acercaba la medianoche y Bruno también quiso probar el gusto de introducirse dentro del culo de Sony. Con la pija de Bassinho todavía gozándolo, mi amigo le puso a Bruno un preservativo con la boca y luego se dio vuelta para entregarle el premio por haberse portado tan bien durante la mamada. Entonces Bruno experimentó un placer que nunca antes había conocido. El culo de Sony devuelve con creces el goce que recibe. Tanto que el morenito no pudo aguantar mucho y pronto lanzó toda su leche junto a un quejido que debió ser ahogado por la mano de su primo. Bruno fue el único que acabó en esa oportunidad. Los otros dos, más experimentados en esas lides, prefirieron reservarse el festín para cuando estuvieran ya en el nuevo año.

Año Nuevo en Curitiba (parte 1)




Año nuevo, vida nueva” dice el dicho. ¡Pero yo no quiero!!!! Estoy muy satisfecho con mi vida. ¿Para qué cambiarla entonces? El negocio marcha viento en popa y, mientras estas nalgas aguanten, seguiré haciendo felices a los señores con plata, juas. Además, marcha bien con pocos clientes… un lujo que solo unos pocos podemos darnos en este metier. Por otro lado, vivo en un hermoso edificio de un hermoso barrio de una hermosa ciudad (ta bien, ahora no tengo agua, pero eso se solucionará). Me puedo dar los pequeños grandes gustos de la vida. Aspiro a tener un título universitario… No tendré una familia bien constituida, pero tengo amigos, de los verdaderos, que es lo que más importa.

Y justamente con ellos viajé esta semana a Curitiba, Brasil, para recibir el año nuevo en un entorno diferente.

Lo empezamos a planear hace poco más de un mes (en la Marcha del Orgullo de Buenos Aires, para ser más preciso), cuando João nos vino con la noticia de que pasaría las fiestas con su familia en Brasil. El primero en poner el grito en el cielo fue Sony.

– ¡No puede ser! ¿Qué hay de nuestra tradición?

La tradición a la que se refería era nuestra antiquísima costumbre (de dos años) de pasar las fiestas todos juntos como la verdadera familia que somos. La solución al problema no era muy difícil:

– ¡Viajemos todos a Brasil entonces!

Mi propuesta sorprendió. Todos se miraron sin responder y luego miraron a Joao en busca de una opinión. Y resultó que el morocho estuvo más que entusiasmado:

– ¡Perfecto! Nao se discute mais. Hacemos una gran fiesta en casa de mis padres. Estoy seguro de que van a estar felices de recibirlos.

Hubo algunas idas y venidas de todos modos pero, al final, nos pusimos de acuerdo. Solo faltaba resolver el tema financiero, al cual le buscamos la vuelta y el lunes 31 al mediodía Juaco, Sony, Sebita y yo aterrizábamos en São José dos Pinhais, el aeropuerto de Curitiba donde João (que estaba allí desde principios de diciembre) nos esperaba en compañía de su hermano Bassinho.

Bassinho tiene 19 años, es mulato como su hermano y mucho más simpático. Llevaba una remera blanca y pantalones de jean muy ajustados. Por lo que podía apreciarse, valía la pena ver qué había debajo de la tela. Muy lindo, Bassinho. Marcadito y elástico, era un deleite para la vista. Sony se flasheó desde el primer momento. Apenas lo vimos junto a João y sin saber todavía quién era, la marica empezó a rezar la Santa Madre del Divino Pedazo:

– ¡Que sea gay! ¡Que sea gay! ¡Que sea gay!

La Santa Señora cumplió sus deseos en parte. Cuando nos lo presentó, João se apresuró a hacer las aclaraciones del caso:

– Este tambein está en el negocio… ¡pero dice que es chongo!

Ninguno se atrevió a reirse pero sus miradas y gestos eran muy de gato. Y como atajándose de seguros acosos sexuales, el morochito agregó:

– Mais eu sou attivo.

Entonces se sonrió con toda la capacidad de su generosa boca y dejó al descubierto los dientes más blancos y perfectos que yo haya visto en mi vida… ¡Otra maravilla para la vista, su sonrisa! Todos nos miramos y pensamos lo mismo: “Este chico va a tener mucho trabajo mientras estemos aquí”.

Aunque, si de trabajo se trata, parece que el pendejo gana muy bien con lo que hace porque tiene su auto propio (un escarabajo blanco) y un lindo departamento en la Av. XV de Novembro, en la zona más comercial de la ciudad, donde nos alojaríamos.

El escarabajo hubiera bastado para trasladarnos a los seis, pero no al equipaje. Imagínense que cuatro putos no pueden viajar con una muda y lo puesto. Por más que el paseo fuera de dos días. De manera que Sony, yo y el equipaje viajamos con Bassinho en el Volkswagen, mientras que Juaco, Sebita y João tomaron un taxi (que en Curitiba son de color naranja!).

La puta de mi amiga no quiso perder tiempo. Me mandó a mí al asiento de atrás y él se entó en el del acompañante. En un pésimo pero entendible portugués, le hablaba al morocho sobre cualquier cosa y, como quien no quiere la cosa, le manoseaba las piernas, los brazos y la panza. Lejos de incomodarse, Bassinho le sonreía y también le tiraba palos, muchos de los cuales Sony no comprendió. ¡Por suerte! De otro modo, hubiera sido capaz de chupársela ahí mismo, poniendo nuestras vidas en serio peligro.

Mientras ellos cachondeaban, yo me deleitaba la vista con la ciudad. Hermosa. Muy onda europea. En algún aspecto, parecida a Buenos Aires, tanto por la arquitectura como por las bellezas masculinas que se veían por la calle. Hombres de todo tipo, color y etnia. Yo pensaba que serían todos mulatos (fue más bien una ilusión de mi parte) pero resulta que hay mucha población de origen eslavo, alemanes y ¡hasta japoneses! Me sorprendió también una especie de estación de trenes en medio de una avenida en la que había personas que parecían estar esperando algo. Era un recinto cerrado. Tal cual una estación de trenes pero con onda futurista. Mi imaginación se disparó y se me ocurrió que, en cualquier momento descendería ¡un tren volador para levantar a sus pasajeros!

– E a Linha Turismo. – me aclaró Bassinho pero no pudo dar más detalles porque mi amigo volvía a acosarlo, metiéndole la mano bajo la remera para hacerle cosquillas y comprobar la solidez de sus abdominales. Cuando se pone loco con un chongo, no para hasta conseguirlo.

Después supe que la Linha Turismo es una línea de transporte público que te lleva a recorrer los puntos principales de la ciudad por solo quince reales (unos treinta pesos argentinos). Podés bajarte en cualquier punto del recorrido y, con el mismo boleto, subirte en el próximo bus, que pasa cada media hora.



Cuando llegamos al departamento, entre Bassinho y Sony ya estaba todo más que claro. Bajamos los equipajes del auto y subimos al tercer piso. Era un sitio muy agradable, con pocos muebles pero cálido. Bassinho nos ofreció una jinjibirra bien helada, una especie de cerveza hecha a base de jenjibre que (yo creo) tendría mucho éxito en Buenos Aires. Hacía mucho calor y el lugar no tenía aire acondicionado. Apenas un ventilador que removía el aire caliente. Acomodamos los bolsos en una de las habitaciones y nos pusimos cómodos. Bassinho se quitó la remera y dejó bien en claro que lo que se apreciaba a través de la tela era apenas un indicio. Yo me quité la remera también pero ovio que mi pancita no podía competir con la del morocho. Sony, en cambio, ¡se quitó casi todo! Por lo visto, estaba decidido a hacerse coger antes de que llegaran los demás. Se dejó solo una sunguita negra y se colgó del cuello de Bassinho como si ya fueran novios. El acoso era alevoso y Bassinho parecía complacido. Después nos enteraríamos de que su preferencia por los rubiecitos con cara de angelito era tan fuerte como la de Sony por los morochos corpulentos. La pareja perfecta. De repente, Bassinho le tomó la cara con una de sus manotas y le comió la boca. Tanto que la lengua le debe haber hecho un lavaje de estómago. Yo presenté mi protesta.

– Che, si se van a poner a coger, ni piensen que me voy a quedar como espectador.

– No te pongas celoso… -me dijo Sony- El amor no se divide, se multiplica.

Acto seguido, los dos me abrazaron. Las tres bocas y las tres lenguas comenzaron a jugar. Las seis manos a acariciar… aunque cuatro de ellas se dedicaran exclusivamente al cuerpo de Bassinho. A mí se me dificultaba el cachondeo por la diferencia de estaturas y tenía que agacharme. Claro que pude hacer el sacrificio. Más aun cuando el calor de nuestros cuerpos nos reclamó más libertad y, una a una, las pocas ropas fueron quedando en el suelo.

Desnudo, Bssinho era simplemente deslumbrante. Se entiende que le vaya tan bien como prostituto. Además sabe usar lo que tiene. ¡Y tiene mucho! Parece que las pijas grandes son la característica de la familia.




Sony no tardó en ponerse de rodillas. No para rezar exactamente, como podrán imaginar. Era maravilloso verlo con su carita de ángel y ese vergón en la boca. De tanto en tanto le daba una chupada a la mía pero estaba claro cuáles eran sus preferencias. Al fin y al cabo, mi verga era cosa de todos los días… Le ponía tanta gana a la mamada que le hubiera dado una medalla al mérito. Y Bassinho notó la diferencia entre una mamada cualquiera y una mamada de Sony.

Supongo que pensando en la inminente llegada de su hermano, nos pidió continuar en el dormitorio a puertas cerradas y allí tomó las riendas de la acción. Como un general en batalla dispuso la estrategia: yo de espaldas sobre la cama y Sony en cuatro patas al borde del colchón y la cara entre mis piernas. Él se inclinó sobre el culo en pompa y le propinó un beso negro que, a juzgar por los gemidos que le provocaba, debe haber sido antológico. Desde mi posición yo no podía ver mucho, pero por suerte tengo una gran imaginación. Podía ver el culito de pera de mi amiguito y, detrás de él, la frente y el pelo enrulado del mulato. A los costados, sus piernotas tensas y sus brazos sacudiéndose en dirección a su entrepierna. A los pocos minutos, Bassinho se puso de pie. Con una mano se seguía pajeando y con la otra le estimulaba el culo a Sony. Lo acariciaba con las yemas suavemente y, de pronto, le hundía el dedo hasta el fondo. Al mismo tiempo, se sonreía y me calentaba a la distancia con su mirada de gato. Ese morocho tiene un magnetismo tal que le haría ganar mucho dinero en el cine porno.




Entonces, sin decir agua va y de un solo envión, clavó la verga hasta el fondo en el culo de Sony. Mi amigo se quitó la mía de la boca y gritó de dolor. Pero no era una queja sin embargo. En ese grito hubo mucho de placer y de súplica. Bassinho lo empezó a coger sin piedad. A lo bestia. Y el rostro de Sony se desencajó de gozo. Fue demasiado para mí.

– ¡Eu tambein quero!




El portugués me salió tan fluído (lo hablo mejor de lo que lo escribo) que parecía carioca verdadero.

Me puse en cuatro junto a Sony y esperé el mismo tratamiento, juas. Pero el mío fue más sencillo. Sin dejar de coger a mi amigo y sin disminuir el ritmo endiablado de la culeada, me penetró con un dedo bien ensalivado. Era bueno. Fue derecho a la base del pene, una de las caricias que más disfruto. Me lo metía y me lo sacaba. Primero despacio y, después, cada vez con más fuerza. Sony me tomó de la mano y me hizo un gesto de plenitud. En un momento me pareció advertir que al morderse los labios se estaba lastimando. Luego de que acabara todo comprobaría que estaba en lo cierto.

Yo cerré los ojos para gozar más de aquellas caricias, esperando con ansias el momento en que reemplazara los dedos con el falo que luce entre las piernas. No tuve que esperar mucho. También sin previo aviso me lo ensartó hasta el fondo de una vez. Mi esfínter estaba dilatado pero no tanto. El dolor fue contundente. Sin embargo, no tardé en acostumbrarme al desmesurado calibre y todo fue como debía ser. A mí también me cogió sin compasión. No sabía si era porque gustaba del sexo hard o porque estaba apurado. No me detuve a preguntárselo, por supuesto. La sonrisa no se le borraba de los labios. Ninguno de los tres emitía una sola palabra. Solo jadeos y suspiros. Los dedos de Bassinho se internaron ahora en el culo de Sony. Era un chico muy hábil. A pesar de la rapidez de sus movimientos pélvicos, se daba el tiempo de remover la pija en el fondo, de modo que el glande describiera un círculo cuando llegaba a lo más profundo. Podrán darse cuenta que, en ese instante y gracias al grosor de su herramienta, todo mi interior se sentía lleno!!!! Una satisfacción que muy pocas veces me ha tocado disfrutar.

Cuando nuestros gemidos, jadeos y suspiros comenzaron a entrar en sinfonía, repartió la cogida entre los dos: dos o tres culeadas a mí, dos o tres culeadas a Sony. Y esa sensación de vacío repentino vuelto a llenar antes de que el esfínter volviera a cerrarse fue lo más.

– ¡Me lo llevo a mi casa! -grité con convicción y deseo.

Sony y yo no pudimos detener a tiempo nuestras respectivas pajas y acabamos en abundancia en medio de gritos viscerales. Bassinho sonreía más que nunca. Se quitó el preservativo y se recostó sobre nuestros cuerpos, abrazándonos con fuerza y frotando su verga entre nuestras caderas. Favorecido por su posición, Sony alcanzó sus labios con la lengua y el contacto obró como un conjuro mágico. El rostro de Bassinho se contrajo y entre nosotros sentimos fluir el calor de su semen. Luego de tanto esfuerzo, volvió a sonreir.

– Meu irmão ya debe estar por llegar…

Bassinho no terminaba de decirlo cuando oímos el ruido de la cerradura y la voz de João que gritaba:

– ¡Putas degeneradas! ¿Qué le están haciendo a mi hermanito!

UNA TARDE SIN NOMBRARLO



Después de dejar a Matías en la estación de Moreno regresé a casa algo apesadumbrado. Aunque no sé si esa sea la palabra que mejor expresa mi estado de ánimo. Por prudencia, traté de no pisar fuerte el acelerador: mi concentración nop era la óptima y nunca fui bueno para las conductas de autómata. Ya sé que es muy loco lo que voy a decir, pero juro que el auto había quedado impregnado de su olor y el percibirlo generaba en mi cabeza una sinestecia de perfumes y sabores, el roce de sus dedos en mi piel, de su lengua, de su cuerpo todo, el suave estrangulamiento de su esfínter alrededor de mi pene, la punzante energía del suyo al penetrarme… Aun hoy lo recuerdo y se me pone dura una vez más.

Nunca jamás me había sucedido algo así y me resulta por demás curioso. Salvo rarísimas excepciones, suelo coger con no menos de cinco personas diferentes a la semana y siempre le busco la vuelta para disfrutar del sexo (con quien fuere). Sin embargo, el goce desaparece con su portador. Es decir: nunca rememoro vívidamente el encuentro con mis clientes, con mis amigos o con mis amantes circunstanciales (con excepción de estos relatos, claro está). Para mí, el placer siempre necesitó el soporte del cuerpo presente. Nada de memoria emotiva o cosas por el estilo. Incluso las pajas solitarias habían pasado al olvido desde que mi actividad sexual levantó vuelo. ¿Qué me estaría sucediendo entonces? El solo pensar en las opciones me daba escalofríos.

Por fortuna, cuando llegué a casa, todo estaba preparado para que apartara de mi mente las preocupaciones.

En el estacionamiento del edificio, junto a mi cochera particular, estaba la moto de mi amigo Sebastián. Imposible de confundir: es negra con guardabarros cromados y, a ambos lados tiene un diseño que representa un arco y una flecha en el que la flecha tiene la forma estilizada de una pija. Se diría que es una obra de arte “muy cuidada”.


Apenas traspuse la puerta, me di cuenta de que el visitante estaba siendo bien acogido. O mejor dicho: que el visitante estaba “acogiendo” muy bien al virtual dueño de casa. Sonaba la música de Kylie Minogue. “Enjoy Yourself” para ser más exacto. Sobre el sillón blanco de la sala habían dejado la ropa de Sebys y a la entrada de mi dormitorio, el hilo dental negro perferido de Sony. ¡Los muy guachos se habían ido a coger en mi cama! Me detuve bajo el quicio de la puerta y los observé unos instantes. Estaban tan concentrdos en lo suyo que ni se percataron de mi presencia. Sebyta le lamía el culo a Sony con dedicación y el otro gemía y jadeaba como si hubiera sido la primera vez que se lo hacían. Sebys es muy bueno para esas cosas y se entiende: siempre es como si fuera la primera vez. La escena era más que estimulante y mi verga es de reaccionar ante los estímulos. Aunque mi cerebro trastocó un poco los hechos e imaginó que los que estábamos en la cama éramos Matías y yo. Otra vez la memoria emotiva. Mi mano derecha fue directamente a la entrepierna y la izquierda a sobar los pezones, que ya estaban duros como botones de ámbar. La lengua de Maty rondando mi esfínter era casi una realidad. Tanto que hasta podía disfrutar la humedad entre mis nalgas.



La voz de Sebys me despertó del ensueño.

– ¿Qué te pasó???? ¿Estás bien????

Su tono oscilaba entre la sorpresa y la desesperación. Al verme reflejado en el espejo del placard comprendí por qué. No era solo mi remera hecha jirones; era mi aspecto en general. rostro pálido, profundas ojeras, el cabello despeinado, la mirada extraviada…

– Mejor que nunca. -fue lo único que se me ocurrió responder (y en realidad no estaba errado).

Ambos quedaron boquiabiertos durante unos instantes y no me quitaban los ojos de encima.

– ¿Fue un cliente? -preguntó Sony, señalando mi ropa desgarrada.

– ¡Nada que ver! -fue mi única respuesta.

– ¿Te violaron???? -el pendejo tiene cierta tendencia al melodrama…

– No, bolú. tuve una revolcada inolvidable con alguien muy especial. Nada más.

Y mientras hablaba, me quitaba la ropa. Los dos seguían mirándome sin comprender demasiado lo que me había sucedido. Y era lógico: si yo mismo no lo comprendía, ¿cómo podrían ellos?

– ¿Lo conocemos? -me indagó Sebys.

– … No… Ni siquiera yo lo conozco.

Nuevo silencio. Esta vez se miraron entre ellos totalmente desorientados.

– ¡Dejá de hacerte el misterioso y contá! ¿Se te dio por el sadomasoquismo?

Entonces estallé en carcajadas. ¡Nada más lejos de mis preferencias como el bondage y las cadenas! Fugazmente, sentí la dulzura de las caricias de Matías y me estremecí. Luego reí de felicidad y terminé de desnudarme. Estaba tan al palo que necesitaba un servicio.

– ¡Nada que ver! -le respondí- Después les cuento. Ahora cojamos. No crean que llegué para cortarles el polvo.

Los dos volvieron a mirarse, tan extrañados como antes, y luego de una mueca de resignación, pusieron manos a la obra… Aunque sería más correcto decir “bocas a la obra”. Sebys regresó al culo de Sony y éste comenzó a ocuparse de mi verga con experta dedicación.

Mientras él me la chupaba, no pude evitar las comparaciones. Sony tenía una técnica inmejorable (ya les he hablado en otras oportunidades de sus virtudes). Se la tragaba por completo y estimulaba el glande con los músculos de su garganta, en tanto la lengua se enrollaba alrededor del tronco. Matías, en cambio, por momentos era algo torpe. Le gustaba mamarla con movimientos rápidos y, al tragarla, solía rasparme el glande con sus muelas. ¡Eso duele! Aunque nunca falte aquel al que le guste (que no es mi caso). Sin embargo, a pesar de su torpeza, había algo en las mamadas de Matías que lo hacían único e irrepetible y no dudo que, si me dieran a elegir entre su impericia y la excelencia de mi amigo, Maty sería el elegido. No me pregunten por qué, pero es así.




Sebytas abandonó el culo de Sony y me ofreció la verga para que se la chupara. Estaba tan dura que supuse que no podría aguantar un trabajo muy profundo. Entonces obré con delicadeza, sin tragarla hasta el fondo, salvo de tanto en tanto. Cada vez que lo hacía, todo su rostro se contraía y era evidente su esfuerzo por no eyacular. Durante la noche, algo similar me había sucedido con Maty. La diferencia fue que Matías no pudo aguantar mucho tiempo y terminó ababándome en la boca. ¡Qué mal momento pasó, el pobre! Se deshizo en disculpas y me juró una y mil veces que se hacía periódicamente el test de VIH y siempre le había dado negativo, que era muy cuidadoso con esas cosas, que no había sido su intención… Por mi parte (no sé por qué), en ningún momento me alarmé. Inconciencia pura. Ya lo sé (que nadie tome esta anécdota como un ejemplo a seguir). Sencillamente no tuve miedo. Aunque pueda parecerles estúpido (que, de hecho, lo es y mucho), tuve la certeza de que nada malo podía sucederme aquella noche estando a su lado. Además, su leche era dulce y gelatinosa (otro detalle estúpido que no significa nada). HAcía tanto que no probaba el semen que la viví como una experiencia maravillosa.




Claro que con la leche de Sebastián el cuento era muy diferente. Cuando empecé a sentir el gustito del presemen (la guasquita, como la llama él) me detuve y él me lo agradeció con la mirada. “Cuando me la mamás así, no me sé controlar” me confesó una vez. Y entre nosotros esas cosas no deben suceder. Tenemos un altísimo nivel de exposición a las infecciones y, en la dedida de lo posible, debemos extremar los cuidados. No obstante, reconocemos que a veces nos dejamos llevar y tansgredimos algunos límites. Entre nosotros, este es un asunto que está más que claro, pero con Matías era distinto. Si bien hicimos el amor durante toda la noche y buena parte de la mañana, en todo momento me esmeré para no exponerlo a ningún riesgo. Incluso le insistí para que me la chupara con forro y, como no hubo caso de que aceptara (y para no discutir en el primer encuentro), traté de que la mamada no fuera prolongada, al igual que el beso negro.

– Cogeme. -le pedí a Sebys.



Él no dijo nada y complació mi pedido. Mientras Sony alternaba su boca entre ambas vergas, Sebystas se ensalivó dos dedos y suavemente me fue dilatando y penetrando con ellos hasta llegar a la próstata. Matías no había llegado a hacerlo. Le expliqué cómo lograrlo pero no pudo encontrar la bolita dura que se halla cerca de la base del pene. De todos modos, sus deditos flaquitos dentro de mi culo hicieron lo suyo y disfruté igualmente. Sebastián tiene los dedos más gruesos y más largos y sabe perfectamente dónde se ubica el centro del placer. Si me dejaba llevar, podía acabar tranquilamente con la estimulación de sus dedos, pero yo necesitaba verga y se lo reclamé al tiempo que iniciaba un sesenta y nueve con Sony. Sebys se ubicó entonces detrás de mí, se colocó el condón, el lubricante y me la metió con fuerza una y otra vez. Me mordisqueaba y me lamía la nuca y, con una mano, mantenía mi pierna en alto para que la verga entrar más profundamente. Me estaba dando una cogida realmente soberbia… hasta que Sony elevó sus justas protestas:

– ¡Guacho de mierda! Yo lo empecé a trabajar para que me hiciera el orto a mí y sos vos el que se lo come primero!!!!

Los tres nos reímos.

– Está bien, -le dije- ponete que te cojo yo…

– Ah, claro, ¡me querés conformar con un premio consuelo!

– ¡Qué sorete! ¿Qué querés decir con eso?

– Que me cogen los dos a la vez o nada!

¡Guau! Hacía mucho que no lo hacíamos y la verdad que Sebas y yo nos entusiasmamos al instante. Él se sentó en el borde de la cama y se recostó hacia atrás, apoyando los pies en el suelo. Sony se montó sobre su entrepierna y se ensartó sobre su pija, mirándolo a los ojos. De pie y por detrás, yo me embadurné la poronga con bastante lubricante, le metí dos dedos junto a la pija de Sebys (para dilatarlo más) y, cuando supusimos que ya estaba listo, se la metí yo también. La sensación es indescriptible, lo puedo asegurar. Si tienen la oportunidad (y la dilatación) no dejen de probarlo. Es fabuloso tanto para el que recibe como para los que la ponen. Si te las meten, sentís una revolución en el ojete. Literalmente, te sentís lleno. (consejo importante: si lo vas a probar, asegurate de tener los intestinos libres. Si es así, la sensación de cagar se va a transformar en un placer ilimitado. Si no, lo más probable es que la experiencia se malogre con un desagradable final). Si sos uno de los que la ponen, la sensación es igual de sorprendente. El esfínter suele estrangular más que de costumbre y el roce con la otra pija dentro del recto es algo digno de ser vivido.








Como era de esperar, los tres estábamos disfrutando a pleno. En un rinconcito de mi mente se había instalado la idea de hacerlo alguna vez con Maty pero hice un esfuerzo por rechazar la imagen. Era demasiado prematura la ocurrencia de compartirlo con alguien más.

El primero en acabar fue Sony y Sebys lo siguió casi al instante. Yo tuve que masturbarme y eyaculé sobre sus vientres. Como en las películas porno.

Finalmente, nos quedamos tendidos sobre la cama. Mi pija y la de Sony ya se habían dormido. La de Sebastián seguía palpitando.

– La verdad que me dan ganas de seguir culiando pero me muero de hambre.

– En la heladera hay bananas con crema. -le ofreció Sony.

– Ok. Pero también me intriga saber qué fue eso tan maravilloso que te sucedió hoy. ¿Con quién te encamaste?

Yo me hice el tonto, sonreí y no dije nada.

– Dale. No seas ortiva. Contanos con lujo de detalles. Sony y yo siempre te contamos cuando nos toca algún fato interesante.

Yo volví a sonreir y permanecí callado. No estaba seguro de querer hablarles de Matías. No hasta tanto no definiera lo que me estaba pasando con él. Sebastián insistió una vez más y mi persistente silencio desbordó la paciencia de Sony, que lo miró a los ojos con una rabia que, en realidad, supongo que estaba dirigida a mí:

– Se llama Matías. Pero si no quiere decir nada, dejalo. Ya va a venir con el burro cansado…

Se levantó de un salto y se metió en el baño. Sebas y yo nos quedamos desconcertados. Yo más que él.

Era justo el momento en que finalizaba “Heaven and Earth”.

Mamá se cayó por el balcón


A ver… ¿por dónde empezar?

Puedo imaginar la sonrisa burlona de muchos de ustedes. Dirán que empiece “por el principio” con evidente lógica. Pero hay casos en los cuales se hace difícil saber cuál es el principio. Hay situaciones que han sido de tal o cual manera desde siempre y es imposible establecer con claridad un origen. ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina? En esta historia no lo sé. Y por lo tanto voy a limitarme a relatar los hechos desde un comienzo aleatorio que (casualmente) se ubica en la misma mañana en que ocurrieron los hechos. O sea, ESTA MAÑANA, justo cuando la gallina se presentó frente al huevo.

Como ya les conté, hace más de una semana que Sony está instalado en mi casa. Desde aquel incidente con el camionero. Al principio fue contra su voluntad. Luego de pasar la primera noche en el cuarto de huéspedes y de dormir hasta pasado el mediodía, se levantó reclamando su ropa porque necesitaba plata y tenía que salir a yirar. Cuando entró en mi habitación, me encontró en plena faena con Juaco y entre los tres la pasamos bomba. Alternamos sexo, tlevisión y msn hasta la medianoche. A pesar del trajín, Juaco recibió un llamado de esos que no se pueden rechazar y se tuvo que ir, no antes de que Sony aceptara quedarse una noche más. Mi idea era retenerlo hasta que se repusiera de los golpes y las magulladuras. En las condiciones de entonces, no podía regresar a la calle y exponerse a una nueva paliza. A la noche siguiente, yo tenía cita con un cliente y le rogué que no se fuera hasta que regresara. Cuando llegué lo encontré tan profundamente dormido que lo tomé como excusa para no despertarlo. Así fue como, con el correr de los días, el pendejo se fue “aquerenciando” y no volvió a mencionar el tema de retomar su rutina.

No es que me moleste… pero sí. Aunque tal vez no sea por las razones que están imaginando. No pasa por el dinero sino por otro lado.

Primero: su presencia en casa va a resultar incómoda el día en que Elías o JM (mis clientes privilegiados) requieran de mis servicios. Eso puede suceder de un momento a otro y le voy a tener que pedir a Sony que “desaparezca”. Ya sé que no va a haber problemas, que Sony va a entender, pero para mí sería una situación desagradable y francamente preferiría evitarla.

Segundo: no quisiera que se confundieran las cosas. Yo lo quiero mucho, pero mucho. Sé que es un amigo de fierro y que es más bueno que Frutillita. Pero yo no soy su hado protector ni el príncipe valiente que ha de correr a salvarlo cada vez que se mande una macana. Hay errores que ya están previstos en el Manual Básico del Puto Callejero y cada quien tiene que asumir la responsabilidad de su propio negocio. O de su propia vida. Porque, en el trabajo de la calle, muchas veces se pone en juego el pellejo. La crónica policial está plagada de ejemplos que certifican esta especie de ruleta rusa.

Pero debo confesar que, más allá de estas cuestiones, lo que más me inquieta de su presencia es justamente… su presencia en casa.

¿Cómo explicarlo? No es él… soy yo. Tal vez sin proponérselo (bien, quitemos el “tal vez” porque Sony es incapaz de trazarse un plan de acción, ni siquiera a corto plazo), en pocos días le ha dado a este departamento cierto aspecto de hogar que antes no tenía. Contrariamente a lo que sucede en su habitación de la pensión, aquí Sony es un chico ordenado y prolijo. Resultó ser muy buen cocinero (casi tan bueno como yo, juas) y me ha atendido a cuerpo de rey con cantidad de comida sana y sabrosa. ¡Está atentando contra mi dieta! El martes por la mañana, me pidió plata para ir a la carnicería y volvió con la carne y dos plantas de interior que colgó junto al ventanal y un ramo de rosas que (a falta de florero) colocó en una jarra de cristal sobre la mesita ratona de la sala. Además, es muy discreto: no molesta cuando estudio (me prepara café para que no me duerma), no usa la computadora sin consultarmelo primero, jamás se adueña del control remoto y, cuando ya no resiste la necesidad de porrearse (Juaco le dejó algunos porros para las “emergencias”), se encierra en el cuarto de huéspedes y abre las ventanas de par en par, a pesar del frío, para no apestar el resto de la casa.

Insisto: no es que me moleste que viva en casa, sino todo lo contrario: tengo miedo de que llegue el día en que sea yo el que no quiera que se vaya.

Por las noches nos acostamos juntos. Sony es excelente en la cama, sobre todo si se trata de sexo oral. La única contra que yo le encuentro es que solo le gusta ser penetrado y no hay posibilidades de que sea él el que penetre.

¡Cuánta vuelta para evitar el uso de la palabra “pasivo”! Pero justamente di todo ese rodeo porque la calificación de “pasivo” es la que menos se ajusta al modo que tiene Sony de relacionarse sexualmente. Es cierto que solo entrega el culo pero (más que entregarlo) Sony te come la pija con el culo. Con su culo es lo suficientemente activo como para desmitificar cualquier clasificación discriminatoria y machista. Encima, es tierno, afectivo y se nota que le hace falta cariño…

Ya me estoy acostumbrando a tenerlo en mi cama al despertar. No es que me esté enamorando (esas cosas a mí no me suceden) pero me gusta mucho el calorcito de su cuerpo menudo.


Retomando la historia (ya me fui por las ramas y todo esto no tiene nada que ver con lo que quería contar), esta mañana yo soñaba que nadaba desnudo en un mar de aguas cristalinas. Parecía el Mediterráneo pero había corales y era mucho más profundo. Sin preocuparme por respirar, como si fuera una más de las criaturas marinas, me deslizaba entre las algas que acariciaban mi piel y me provocaban un goce casi sexual. De pronto, un calor viscoso se apoderaba de mi verga. Era una anguila enorme y negra que engullía mi falo suavemente, como el mejor de los mamadores. ¡Qué placer! Dejé de moverme para no espantar a la criatura y mi cuerpo laxo empezó a hundirse entre el verdor, arrastrando al animal adosado a mi entrepierna.

En eso estaba cuando algo extraño sucedió. En el medio del mar, rodeado de algas y viendo cómo la superficie del agua se alejaba más y más, escuché nítidamente el ruido de un vidrio al romperse. Fue inevitable despertarme y, ya en la realidad, me di cuenta de que (en un movimiento involuntario de mi brazo) había tirado un vaso que estaba en la mesita de luz. Pero lo más sorprendente fue que no había mar, ni algas, ni anguila, por supuesto. El que me la estaba chupando no era otro que ¡Sony! Yo tenía la pija durísima y la piel erizada por sus caricias “de alga”. El pendejo sabía lo que hacía y se daba tiempo para todo: me la mamaba, me franeleaba y encima ¡se pajeaba! (no puedo comprender que a este chico le vaya tan mal con el trabajo sexual). Como siempre, me volvía loco con la mamada. Tanto que mi pelvis no pudo permanecer inactiva y, sosteniéndole la cabeza con ambas manos, lo empecé a coger por la boca. Eso sí que estuvo bueno (“más” bueno, mejor dicho, porque lo otro también lo estaba, juas). Sentía el roce de la glotis contra mi glande cuando me mandaba bien a fondo. Y al deslizarme hacia adentro, las rugosidades de su paladar me hacían temblar. Y él como si nada. Se tragaba lo que fuera. Yo, en cambio, empecé a perder el control. Aquel placer era de no creer y Sony notó la diferencia.

– ¡No acabes, porfi! -me rogó luego de liberar mi pija y recuperar la capacidad de habla- Quiero que me cojas…

Al instante, estiré la mano, busqué a tientas en el cajón de la mesa de luz, encontré un forro y se lo entregué para que me hiciera su numerito. No me pregunten cómo lo hace porque no lo sé. ¡Pero lo hace! Sony abre el sobre del condón con las manos y se mete el forro en la boca; después se inclina sobre la verga y se la traga de sopetón; cuando se retira, el preservativo ya está perfectamente colocado. Ya quisiera Tinelli un talento semejante para destrozar escandalosamente las mediciones del rating televisivo.

Con el forro puesto, no había nada más que hacer que cogérmelo como perrito.

Estábamos en lo mejor cuando sonó el portero eléctrico. Obvio que ninguno de los dos estaba dispuesto a darle importancia. Sin embargo, alguien respondió. Alguien que no era ni Sony ni yo.

El que respondió el portero eléctrico era Federico.

Hasta ahora nunca les hablé de él. Fede es un chico que, una vez a la semana, hace la limpieza en casa. Cuenta con toda mi confianza y es por eso que tiene copia de la llave. En virtud de esa misma confianza decidí continuar con lo que estaba haciendo. No sería la primera vez que mi cuarto quedaba sin ordenar porque yo estaba culeando con alguien mientras Fede limpiaba. Él es incapaz de interrumpirme, a menos que hubiera algo sumamente importante. Y hoy lo hubo.

Toc-toc.

– Ezequiel -susurró- perdoná que te moleste…

¡Qué podía ser tan importante como para cortarme un polvo tan pero tan bueno! Con indisimulado fastidio, dejé a Sony culo para arriba en la cama y fui a ver qué sucedía. Para colmo, pisé los vidrios rotos con el pie descalzo, puteé a Jesús y María Santísima y dejé a mi paso una huella de sangre sobre le piso de madera. Al abrir la puerta, la mirada de Fede me dijo que en realidad era algo que no podía ser aplazado.

– En la puerta hay una señora que dice ser tu mamá.

¿¿¿Mi mamá??? ¿¿¿¿Y qué mierda hacía mi mamá en casa justo cuando yo estaba cogiendo????

Furioso, más que furioso, fui hasta la cocina, miré por el visor y cnstaté que, efectivamente, era mamá.

¡No lo podía creer! Llevo más de tres años viviendo en Buenos Aires y mi vieja jamás vino a visitarme. A ver si queda claro: hasta el día de hoy mi madre no conocía mi departamento. Cada quince días, yo suelo llevarle dinero a su casa y esas son las únicas oportunidades en que nos vemos. Nada de llamadas telefónicas, ni de intercambio de mails, ni mensajitos de texto. Así ha sido desde el día mismo en que cumplí los dieciocho (14 de febrero de 2004) y me vine a la Capital. Muy a su pesar, no tuvo medios para chantajearme e impedir que me mudara. Sabía que no me hacía falta dinero, que no me ataban amistades ni compromisos escolares y, sobre todo, tenía muy en claro que las lágrimas, los ruegos o (mucho menos) las órdenes lograrían detenerme. Cabe la posibilidad de que ella tampoco quisiera que me quedara. Hacía mucho tiempo que el vínculo madre-hijo se había cortado entre nosotros (si es que existió alguna vez) y ella es de las que defienden la idea de que cada uno debe rebuscárselas para sobrevivir en esta “jungla de cemento”. Solo me dijo “cuidate” y, de ahí en más, discutimos en su cocina una vez cada dos semanas.

Hasta esta mañana en que mamá vino, intempestivamente, a visitarme.

Fede le abrió la puerta mientras yo me calzaba unas bermudas para cubrir mis parte pudendas. Me reuní con ella en el living y no pude disimular mi disgusto.

– ¿Qué hacés acá? -pregunté con mi mejor cara de orto.

Se sonrió con ironía y se tomó su tiempo para responder (siempre manejó muy bien los tiempos teatrales). Entretanto, hizo un paneo de trescientos sesenta grados y confeccionó un pormenorizado inventario mental de todo lo que estaba a la vista. Incluído Federico.

– Esa mala onda no la habrás heredado de mí. -dijo finalmente, tras un interminable silencio- ¿Acaso no puedo venir a ver dónde y cómo vive mi único hijo?

Afilé las uñas para la batalla.

– ¿Estás acá, no? Significa que podés. Aunque deberías haberme avisado antes de venir. Estaba descansando.

El rostro se le iluminó con una mueca burlona.

– ¿Descansando?… No parece. Hubiera jurado que estabas… trabajando.

El aire se cortaba con cuchillo y tenedor.

– Bueno, Ezequiel, yo ya terminé por hoy. Nos vemos la próxima.

Incómodo y ansioso por huir antes de que empezara a correr sangre, Fede ni siquiera me dio tiempo a pagarle.

– Gracioso tu noviecito.

– No es mi novio.

– Ah, ¿no? No me digas que es un cliente. Tan jovencito que parece…

– ¿A qué viniste mamá?

Con esos modales de diva de telenovela que siempre detesté, se desplazó por la sala y se sentó a mi lado en el sillón blanco.

– Ya te lo dije: vine a verte. Hacía mucho que no peleábamos y ya te extrañaba.

Hay una larga historia de desencuentros entre nosotros dos. A veces me cuestiono hasta qué punto he sido libre de elegir mi destino, en qué medida he optado por la prostitución como respuesta a alguna especie de vocación y no como una forma de ir en contra de todo lo que ella defendía, lo moral y lo correcto. A menudo me pregunto qué habría sido de nuestra relación si mi padre no nos hubiera abandonado. ¿Qué habría sido de nosotros si alguna vez nos hubiéramos querido? (¿Qué fue primero: el huevo o la gallina?). Nunca supe por qué se fue mi padre. Solo pude hacer conjeturas y sacar conclusiones muy inciertas. Ella nunca habla del tema, así como tampoco habla de otros tantos temas que nos atañen. Mi madre es una especie de autista que solo se vincula con el mundo que ella quiere ver. Me recuerda un chiste que vi alguna vez en uno de los blogs que suelo visitar: hay un nene de espaldas y un globito que dice: “He decidido afrontar la realidad, así que cuando se ponga linda me avisan”. A los cuarenta y cinco años, mi vieja está vieja, seca, desahuciada.

Seguimos con la charla-discusión durante un rato largo, mientras yo le ofrecía un café (no porque me interesara particularmente que se sintiera a gusto, sino por puro respeto al protocolo). Como no aceptó, terminé dándole una botellita de agua mineral para que se entretuviera con algo durante la pelea. Ella insistía en formular preguntas cuyas respuestas no quería escuchar: que si soy feliz con la vida que llevo, que si tengo conciencia de los riesgos que corro, que si no me interesa hablar con el pastor de su iglesia para…

– ¡No, mamá! A ver si lo entendés: NO ME INTERESA. Es gracioso que ahora me vengas a representar el drama de la madre abnegada que sufre por las iniquidades de su hijo pervertido.

– ¡No me habñe así que todavía soy tu madre! -gritó.

– Te recuerdo que estamos en MI casa y hablo como quiero. El respeto no se gana con títulos.

Y en ese momento KODAK tan ameno, como para completar el cuadro familiar, apareció Sony. Se había puesto mi boxer de seda blanca. ¡Nada más! Tenía el pelo revuelto y la verga todavía a media asta. La luz de la sala lo encandilaba y miraba a mi mamá como asombrado, pero en realidad no lograba distinguirla entre tanto reflejo repentino. Se acercó a mí por detrás y me abrazó apoyando su cabeza sobre la mía.

– ¿Quedó un poco de café para mí?

Mamá lo miró espantada y no pudo permanecer con la boca cerrada.

– Este sí es tu novio… supongo.

– ¿Novio? -se asombró Sony, arrojándose por encima del sillón para quedar recostado sobre mis piernas- ¿Soy tu novio, mi amor?

– ¡Claro que no, pelotudo!

Los dos nos reimos con ganas y a mamá le afloró la puritana:

– Es vergonzoso lo que hacen. Es una degeneración. Un pecado.

Punto cúlmine de cualquier polémica con mi madre. Cuando recurre a conceptos tales como pecado, castigo eterno o similares, es porque ya se le acabaron los argumentos y las ideas para seguir discutiendo. La conozco muy bien. Por lo tanto, supuse que ya era hora de dar por terminada la visita que nunca debió haber sido.

– Bueno, mami, está todo muy lindo pero nosotros tenemos cosas que hacer…

– No quiero imaginar qué serán esas “cosas” – gruñó.

– Ni falta que hace. Son asuntos nuestros.

Busqué mi billetera, saqué dinero y lo puse sobre la mesita.

– Supongo que habrás venido por esto.

Entonces me miró con odio, genuino odio, pero no se animó a decir nada antes de guardar los billetes en su cartera Louis Vuitton (pequeños lujos que yo pago con el sudor de mis nalgas). Hecho lo cual, se sintió a salvo de cualquier represalia y con derecho a lanzar su último dardo:

– Ya vas a ser más educado cuando te estés…

Y me miró asustada de sus propios pensamientos. No tuvo el coraje de completar la frase. La conozco y leí en su furia lo que iba a decir: “cuando te estés muriendo”. Eso iba a decir. Lo sé. Para las personas como ella, en la vida de los gays el sida es una certeza antes que una probabilidad.

Sony debió adivinar mis pensamientos y de un salto se paró frente al ventanal, ofreciéndole involuntariamente el espectáculo de su trasero a quien quisiera deleitarse desde el edificio de enfrente. En mi mente, mamá rompia los cristales en cámara lenta y caía al vacío, después de que mis manos se encargaban de vengar tanto años de peleas e insultos. “Mamá se cayó por el balcón” le diría a la policía y purgaría con orgullo una condena de veinte años. Los jueces no suelen considerar más que los hechos inmediatos.

Sin embargo, hice un esfuerzo para no demostrarle mi indignación. La ayudé a levantarse del sillón, puse mi mejilla contra su mejilla para simular un beso, la tomé firmemente del brazo y la acompañé hasta la puerta.

– La próxima vez no te molestes. -le dije- Yo te paso un sobre por debajo de la puerta de tu casa.

Otro beso fingido y, sin darle tiempo a decir nada, le cerré la puerta en la cara.

Me quedé allí parado esperando a que se abriera la puerta del ascensor y a que se secara la estúpida lagrimita que rodaba mejilla abajo. Sony se había quedado de pie, mirándome anonadado. Se le notaba en la carita que no sabía si aplaudir o llorar conmigo.

Me aclaré la garganta y caminé hacia él con un ridículo paso marcial. Una vez frente a él, le di un tirón al boxer de seda blanca y lo dejé desnudo. Lo empujé sobre el sillón y me eché sobre él para comerle la boca.

– Ya oiste lo que dije: tenemos cosas que hacer.

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